“El sufrimiento no se vuelve soportable por tener sentido.” Simone Weil Hay una forma bastante instalada —y cuidadosamente sostenida— de hablar de los procesos. No es inocente. Es un discurso que ordena, limpia y vuelve digerible algo que, en su forma real, es incómodo. Se habla de etapas, de tiempos perfectos, de propósitos. Se repite que todo tiene sentido, que todo enseña, que todo forma parte de algo mayor. Pero esa narrativa no describe la experiencia. La corrige. La versión institucional del proceso no busca reflejar lo que pasa: busca hacerlo tolerable. Presentable. Contable. Porque un proceso desordenado no sirve. No edifica. No se puede enseñar desde un escenario ni resumir en un testimonio. Entonces se lo adapta. Se le sacan los bordes. Se le quita la contradicción. Se eliminan los silencios incómodos. Y en ese recorte, se pierde lo más honesto. La realidad es otra. Los procesos no son claros. No siguen una línea. No siempre enseñan. Muchas veces solo desgastan. ...
Un lugar abierto a la reflexión