Hace un tiempo empecé a notar algo curioso. No fue un ataque de ansiedad ni una crisis emocional. Fue algo mucho más silencioso. Me di cuenta de que comía rápido, caminaba rápido, respondía rápido y quería terminar todo cuanto antes. Mientras hacía una cosa, mi cabeza ya estaba pensando en la siguiente. Incluso cuando no tenía urgencias reales, mi cuerpo actuaba como si las tuviera. Un día me descubrí con la espalda completamente tensa, los hombros elevados, la mandíbula apretada y el entrecejo fruncido. Entonces entendí que el estrés no siempre llega haciendo ruido. A veces se instala tan silenciosamente que terminamos creyendo que vivir tensos es lo normal. Vivimos en una cultura que nos empuja a correr. Todo parece exigir inmediatez: responder enseguida, producir más, aprovechar cada minuto, llegar antes, hacer más cosas en menos tiempo. Sin darnos cuenta, ese ritmo termina metiéndose debajo de la piel. El cuerpo, sin embargo, no miente. Nos habla a través del cansancio,...
Un lugar abierto a la reflexión