Rémy Chauvin (1913-2009) fue biólogo francés de prestigio internacional, especializado en la conducta animal, profesor honorario emérito de la histórica universidad parisina la Sorbona y autor de más de cuarenta obras científicas, así como numerosas obras de síntesis y de divulgación en este y otros campos.
Aquí nos ocuparemos de él por su ataque frontal al darwinismo, donde no se ahorra descalificaciones ácidas y un poco fuera de tono. En su libro Le Darwinisme ou la Fin d'un mythe (1997), mantiene que el darwinismo no se sustenta en pruebas científicas, lo cual no quiere decir que él niegue la evolución como tal, sino que la explicación darwinista del mecanismo evolutivo —la selección natural— no es nada convincente. Para Chauvín, los darwinistas son, en general, buenos científicos, pero su fanatismo evolucionista les hace desvariar con extraordinaria facilidad cuando se habla de evolución. «Me parece —escribe— que desde hace años la convicción de que el darwinismo era la respuesta ha paralizado la investigación en otras direcciones; me refiero solamente al punto de visto teórico»[1]. Este es el motivo por cual se puso a redactar obra que ahora comentamos. Me sorprendí, confiesa la abultada controversia en torno a los puntos más centrales del darwinismo, y tantas dudas, incluso sobre aspectos fundamentales, expuestas por los propios darwinistas, aunque al final los autores se corrijan a sí mismos con una reverencia furtiva a Darwin[2]. Por otra parte, admite, tanto él como otros muchos colegas biólogos, apenas si han prestado atención a los aspectos teóricos del darwinismo. ¡Bastantes problemas técnicos tienen ya los biólogos para meterse en embrollos teóricos!, exclama.
Rémy Chauvin fue discípulo de Pierre Grassé[3]; por lo general los biólogos franceses han mantenido, históricamente, una postura crítica o alternativa al darwinismo, inclinándose a menudo hacia el lamarckismo o teorías que enfatizan la organización interna y la herencia de caracteres adquiridos.
Chauvin no es el único en referirse al darwinismo como un mito agonizante, otros como Dominique Tassot, considera que el darwiniano es producto de la imaginación de filósofos y escritores prerrevolucionarios que se oponían a los científicos de su época. Para Tassot, el darwinismo es un mito moderno disfrazado de ciencia[4], El bioquímico Jean-François Moreel es igualmente crítico con el darwinismo por considerar que le falta de rigor científico, y, por tanto, aceptación universal. Ninguna rama de las ciencias biológicas, desde la paleontología hasta la biología molecular, se adhiere hoy día a las teorías darwinianas[5].
El principal argumento contra el darwinismo, según Chauvin, es la estabilidad, la permanencia de las especies en su filogénesis pese a los millones transcurridos y a la variación de su ambiente. Por ejemplo, los batracios anuros, los cuales viven en parajes pantanosos, sin embargo, algunos hacen en los desiertos, sin ninguna modificación notable en su estructura. Si vivían tan bien en las ciénagas, adaptados a su ambiente, «¿Cómo demonios podían vivir también en los desiertos, sin cambios en su estructura, ¿qué les empujó a trasladarse a los desiertos?»[6]
El registro fósil
Tocante al registro fósil, Chauvin, al igual que tantos otros críticos del darwinismo y de la teoría de la evolución, asegura que la imagen que nos proporcionan los fósiles no concuerda en absoluto con las teorías gradualistas, como el mismo Darwin reconocía. Paleontólogos como Gould nos hacen ver que la evolución da grandes saltos[7]. «No hay fósiles que muestren un paso gradual a los cordados, o que relacionen a estos con los vertebrados, a los que teóricamente dieron lugar. El primer vertebrado conocido ya tenía cráneo y huesos calcificados […] En los reptiles, la primera tortuga que conocemos disponía ya de caparazón. Las serpientes aparecieron con su forma moderna y se extendieron rapidez. Recientemente se ha descubierto un pequeño reptil de más de trescientos millones de años de antigüedad, esto es, tan antiguo como los primeros anfibios»[8].
De modo que la escasez de formas de transición fósiles abonan la crítica de los paleontólogos y de todos aquellos que encuentran insuficiente la doctrina darwinista. Este es el principal caballo de batalla de los creacionistas, para los que «el registro fósil no solo no proporciona ningún apoyo al evolucionismo, sino que le es abiertamente hostil»[9].
Ciertamente la presencia de huecos o lagunas en el registro fósil representa un reto formidable para los teóricos evolucionistas. Francisco Ayala admite que el registro fósil sugiere que la evolución morfológica es, en general, un proceso gradual, resultado de cambios evolutivos relativamente pequeños que se acumulan en el tiempo, sin embargo, «el registro fósil es dicontinuo […] La transición de un estrato a otro puede involucrar brechas de miles de años»[10]. Esto no significa, según Ayala, que la transición de un estrato a otro implique siempre cambios repentinos en la morfología; «al contario, ciertas formas fósiles a veces persisten virtualmente sin cambio algunos a través de varios estratos geológicos, cada uno de ellos representando millones de años»[11].
Según de la teoría de la ciptoevolución todos los cambios evolutivos importantes parecen ocurrir de manera muy brusca, sin conexión, mediante formas intermedias con las formas fósiles precedentes, que indujo a varios paleontólogos a proponer la evolución saltacionista. Ahora bien, cómo puede la teoría darwinista gradual explicar el enigma de los saltos? A juicio de Mayer, la evolución saltacionista dado que ocurre en poblaciones, es gradual a pesar de su rápida velocidad y, por lo tanto no están en conflicto alguno con el paradigma neodarwinista[12]. Según Carlos Javier Alonso, «el cambio evolutivo puede ser tanto gradual —porque, a fin de cuentas, hay algunos ejemplos convincentes de transición gradual en formas fósiles que apuntan hacia una evolución lenta, uniforme—, como irregular. Incluso los casos de cambio irregular de “equilibrio interrumpido” no tienn por qué desmentir obligatoriamente al neodarwinismo»[13].
La selección natural
«Algunos piensan que, por efecto de una iluminación, Darwin dio con el mecanismo supremo que todo lo explica»[14], a saber, la selección natural. Esta es una cuestión central en la teoría de la evolución, su dogma central[15], y por eso Chauvin arremete con fuerza contra ella.«Los darwinistas —escribe—piensan que la selección natural (a la que atribuyen prácticamente todos los poderes que antes eran propios de la Providencia divina) consigue adaptar el organismo cada vez y de una forma cada vez más completa a las exigencias del medio»[16]. Aquí, una vez más, Chauvin hizo mal en no prestar atención suficiente a los aspectos teóricos de la evolución orgánica, pues es en la formulación teórica donde se dilucidan las cuestiones científicas. Como bien dice Dorion Sagan: «Una buena teoría científica alumbra con su luz y revela la simetría temerosa del mundo»[17]. Y una de esas es la teoría de la evolución. «Exceptuando los relatos acerca de una creación divina, la teoría de la evolución es la única que explica la existencia y las características de nuestro planeta. La vida sobre la Tierra aún sigue siendo el fenómeno más complejo con que los humanos nos hemos topado en el Universo»[18].
Allá por los años 1970 el químico Leslie Orgel avertía que «la evolución por selección natural es quizá la más difícil de las ideas antiintuitivas que se nos exige aceptar»[19]. «La idea es sutil y lleva un poco de tiempo el acostumbrarse a ella. No hay duda que queda mucho aprender acerca del mecanismo de la evolución, pero la mayoría de los biólogos estarán de acuerdo en que dos cosas son ciertas: la adaptación biológica hace posible la selección natural, y toda evolución depende hechos al azar»[20]. Ernest Schoffeniels (1927-1992), profesor de bioquímica que fue en la universidad de Lieja (Bélgica), confesaba que «haría falta consagrar una obra entera a la discusión del concepto de selección natural»[21], tal es su importancia para la ciencia de lo evolución orgánica.
Ernst Mayr, uno de los biólogos evolutivos de mayor prestigio del siglo XX, se quejaba que muchos críticos de darwinismo, incluidos biólogos evolucionistas de talla como Jacques Monod, no acabaron de entender el sentido y la naturaleza de la selección natural (lo cual nos hace temblar a los legos), tal como hace aquí Rémy Chauvin. Esta no es una fuerza selectiva concreta en la naturaleza ni un agente selectivo definido. No hay una fuerza externa de selección que vaya creando u orientado los organismos a su voluntad. «Nunca se subrayará demasiado el carácter probabilístico de la selección. No es un proceso determinístico», sentencia Mayr. La selección es un proceso natural de dos pasos. «El primer paso consiste en la reproducción (mediante la recombinación genética) de una inmensa cantidad de nueva variación genética, mientras que el segundo paso es la retención (supervivencia) no al azar de unas pocas de esas nuevas variantes genéticas»[22].
Lo que Darwin llamó «selección natural», aclara Mayr, se refiere a cualquier atributo que favorezca la supervivencia, tales como un mejor uso de los recursos, una mejor adaptación a las condiciones meteorológicas y al clima, una mayor resistencia a las enfermedades y una mayor capacidad para escapar de los enemigos[23].
Todos estamos de acuerdo en que el cerebro humano es una maravilla, el órgano más complejo y fascinante del universo conocido. Alberga casi 86 mil millones de neuronas que gestionan funciones superiores como el pensamiento, la memoria, las emociones y el lenguaje, destacando por su neuroplasticidad o capacidad de reconfigurarse y aprender continuamente. Como alguien ha dicho, el cerebro humano una máquina biológica sin parangón que sigue siendo, en buena parte, una desconocida para la ciencia. ¿Cómo es posible que algo así de complejo y maravilloso haya surgido de la nada, de unas descerebradas células primitivas, así, por azar?
Pues bien, cada vez es más claro el papel de la selección natural en la evolución del cerebro. La anatomía comparada del sistema nervioso ha permitido seguir la evolución de este extraordinario y delicado órgano del reino animal a lo largo de la escala evolutiva, tal como como relata el Catedrático de Genética Nicolás Jouve, desde el sistema nervioso más sencillo que conocemos en la escala animal (pólipos, medusas y corales) hasta el ser humano. Hoy se conocen bien los pasos dados desde los primitivos y elementales sistemas de los invertebrados hasta el cerebro humano. La forma más elemental de cerebro del que hay que partir al estudiar la evolución de nuestro cerebro es el de los reptiles sinápsidos, del que se derivan los mamíferos. Los reptiles actuales, descendientes de aquellos precursores, poseen un cerebro sencillo, que fue evolucionando con el paso del tiempo en diferentes especies. Se puede afirmar con seguridad «que el aumento del tamaño del cerebro ha seguido un camino marcado por la selección natural, que ha favorecido de forma oportunista un proceso de encefalización que ha dotado a las especies una mejora de sus capacidades de adaptación y la adquisición de nuevas destrezas para comprender, almacenar, integrar y procesar la información»[24].
Así que hay que informarse bien antes descartar una teoría como la evolución por selección natural y reproducción sexuada. Es cierto que a la teoría de la evolución todavía le quedan muchos huecos que rellenar[25], pero esto no justifican la negación de su gran poder explicativo, y muchos menos el intento de reemplazarla por teorías de carácter místico o metafísico. Y, como ya hemos visto en otros casos, la crítica del darwinismo y sus carencias o lagunas, no anula el hecho medular y fuera de toda duda de la evolución de las especies. Ya el mismo Darwin anticipó que «cualquiera a quien su disposición le conduzca a atribuir mayor peso a las dificultades inexplicadas que a la explicación de determinados hechos, rechazará sin duda mi teoría»[26].
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[1] Rémy Chauvin, Darwinismo. El fin de un mito, p. 14. Espasa Calpe, Madrid 2000.
[2] Chauvin, Darwinismo. El fin de un mito, p. 15.
[3] Véase Pierre-P. Grassé y la evolución de lo viviente.
[4] Dominique Tassot, Le darwinisme - Un mythe persistant réfuté par la science? (Saint Remi 2020); L´évolution une difficulté pour la science un danger pour la foi (Pierre Tequi 2013).
[5] Jean-François Moreel, Le darwinisme, envers d'une théorie. Francois-Xavier de Guibert, 2007.
[6] Chauvin, Darwinismo. El fin de un mito, p. 68.
[7] Chauvin, Darwinismo. El fin de un mito, p. 196. «La extrema rareza de las formas de transición en el registro fósil persiste como el secreto profesional de la paleontología. [...] Nos imaginamos ser los únicos verdaderos estudiosos de la historia de la vida, y sin embargo para preservar nuestro favorito relato de evolución por selección natural consideramos que nuestros datos son tan deficientes que nunca vemos el mismo proceso que profesamos estudiar.» (S. J. Gould, Natural History, vol. 86(5), Mayo 1977, p. 14).
[8] Chauvin, Darwinismo. El fin de un mito, p. 204.
[9] Duane T. Gish y otros, Creación y evolución y el registro fósil, p. 98. CLIE, Barcelona 1988.
[10] Francisco J. Ayala, La teoría de la evolución, p. 173. Temas de Hoy, Madrid 2001, 3ª ed.
[11] Ayala, La teoría de la evolución, p. 174.
[12] Ernst Mayer, Especies animales y evolución. Ariel / Universidad de Chile, Santiago 1963
[13] Carlos Javier Alonso, Tras la evolución. Panorama histórico de las teorías evolucionistas, p. 221. EUNSA, Pamplona 1999.
[14] Chauvin, Darwinismo. El fin de un mito, p. 34
[15] «El quid del darwinismo y del neodarwinismo es la selección natural», Brian Leith, El legado de Darwin, p. 2. Salvat, Barcelona 1986.
[16] Chauvin, Darwinismo. El fin de un mito, p. 73.
[17] Dorion Sagan, Aprendiz cósmico. Informes desde las fronteras de la ciencia, p. 25. Barcelona 2018.
[18] Richard Alexander, Darwinismo y asuntos humanos, p. 1. Salvat, Barcelona 1987.
[19] Leslie E. Orgel, Los orígenes de la vida, p. 188. Alianza Editorial, Madrid 1975.
[20] Orgel, Los orígenes de la vida, p. 189.
[21] Ernest Schoffeniels, El anti-azar, p. 89. Ed. Luis Miracle, Barcelona 1977.
[22] Ernst Mayr, Una larga controversia. Darwin y el darvinismo, pp. 99-100. RBA, Barcelona 1995.
[23] Mayr, Una larga controversia, p. 101.
[24] Nicolás Jouve, El manantial de la vida. Genes y bioética, pp. 59-60. Ediciones Encuentro, Madrid 2012.
[25] «Hay muchos huecos, algunos de los cuales van siendo rellenados por nuevos hallazgos fósiles (los famosos eslabones perdidos), pero otros huecos probablemente nunca llegarán a cerrarse. En realidad, no es necesario tener la cadena perfectamente, e cerrada —eslabón tras eslabón— para tener la convicción de que, cuando menos, hubo una cadena» (Javier Novo, Evolución. Para creyentes y otros escépticos. Rialp, Madrid 2018).
[26] Charles Darwin, The Origin of Species by Means of Natural Seletcion, p. 482. John Murray, Londres 1859.
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Alfonso Ropero, historiador y teólogo, es doctor en Filosofía (Sant Alcuin University College, Oxford Term, Inglaterra) y máster en Teología por el CEIBI. Es autor de, entre otros libros, Filosofía y cristianismo, Introducción a la filosofía, Historia general del cristianismo (con John Fletcher), Mártires y perseguidores y La vida del cristiano centrada en Cristo.
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