“El sufrimiento no se vuelve soportable por tener sentido.”
Simone Weil
Hay una forma bastante instalada —y cuidadosamente sostenida— de hablar de los procesos. No es inocente. Es un discurso que ordena, limpia y vuelve digerible algo que, en su forma real, es incómodo.
Se habla de etapas, de tiempos perfectos, de propósitos. Se repite que todo tiene sentido, que todo enseña, que todo forma parte de algo mayor.
Pero esa narrativa no describe la experiencia. La corrige.
La versión institucional del proceso no busca reflejar lo que pasa: busca hacerlo tolerable. Presentable. Contable.
Porque un proceso desordenado no sirve. No edifica. No se puede enseñar desde un escenario ni resumir en un testimonio.
Entonces se lo adapta.
Se le sacan los bordes.
Se le quita la contradicción.
Se eliminan los silencios incómodos.
Y en ese recorte, se pierde lo más honesto.
La realidad es otra.
Los procesos no son claros. No siguen una línea. No siempre enseñan. Muchas veces solo desgastan. No hay una narrativa interna coherente mientras suceden. No hay cierre. No hay mensaje.
Pero eso no es lo que se dice.
Lo que se dice es que hay que esperar bien. Que hay que atravesar con fe, con paz, con paciencia. Que incluso el dolor tiene que ser vivido de cierta manera.
Y ahí aparece el problema.
No en el proceso.
En la exigencia.
Porque dentro de muchos espacios de fe, el sufrimiento deja de ser una experiencia y pasa a ser un desempeño.
No alcanza con que duela. Tiene que doler correctamente.
Hay una forma aceptable de atravesar el dolor.
Una forma válida de esperar.
Una forma correcta de quebrarse.
Y todo lo que queda fuera de ese molde incomoda.
La duda incomoda.
El enojo incomoda.
El agotamiento sin sentido incomoda.
Entonces se corrige.
Se aconseja.
Se espiritualiza.
Se suaviza.
Pero en el fondo, se invalida.
Ahí está una de las violencias más silenciosas de la espiritualidad mal entendida: convertir el sufrimiento en una prueba de rendimiento.
No es solo dolor. Es evaluación.
Si no creces, fallaste.
Si no aprendés, algo hiciste mal.
Si no salís fortalecido, tu fe no fue suficiente.
Y así, al peso del proceso se le suma otro: el de tener que justificarlo.
Porque ya no alcanza con atravesarlo.
Hay que poder explicarlo.
Hay que poder mostrar qué dejó.
Hay que poder convertirlo en algo útil.
Y no siempre hay algo útil.
Hay procesos que no construyen en el momento. Que no revelan nada. Que no dejan una enseñanza clara. Que no mejoran a nadie mientras ocurren.
Pero eso no encaja en el discurso.
Entonces no se dice.
Se reemplaza por una versión más limpia. Más ordenada. Más funcional.
Una versión donde todo tiene sentido, incluso cuando no lo tiene.
Y en ese intento de darle forma, se termina negando lo más crudo: que hay experiencias que no se pueden explicar sin forzarlas, que hay dolores que no encajan en ningún propósito visible, que hay procesos que no se viven, se padecen.
Y eso, lejos de ser un problema de fe, es un problema del relato.
Y tal vez, la próxima vez que te enfrentes a un proceso, te preguntes no solo qué sentido tiene, sino cómo lo estás viviendo, sin prisa, sin exigencias ajenas. Como dijo Nietzsche, “Quien tiene un porqué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo”. Quizás, ahí, en esa búsqueda, encuentres un sentido que no se apresura, pero que sostiene.
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Aldana Bottino es escritora, ensayista y poeta. Ha publicado cinco libros de poesía y desarrolla también trabajos de investigación en psicología y estudios culturales. Actualmente se encuentra trabajando en un nuevo poemario que reúne una parte significativa de su producción poética.
Su obra es valorada por sus lectores por la intensidad y profundidad con que aborda algunos de los problemas centrales de la condición humana, explorando experiencias y preguntas que encuentran en la palabra poética una forma singular de expresión.
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