Lo hemos dicho muchas veces, tantas que casi podemos ser percibidos como persona excesivamente insistente, cansina incluso, pero nos da igual. No dejaremos de afirmar una y otra vez, a tiempo y a destiempo, contra viento y marea, que leer la Biblia es un inmenso privilegio. Y lo volvemos a repetir. Ahí queda, como una de esas frases lapidarias que pasan a la historia. Y supone un inmenso privilegio porque ni siempre, a lo largo de los siglos, ha sido accesible su lectura a la mayoría de la población, ni tampoco hoy todo el mundo puede disponer de un ejemplar en su casa, y ello por muy diversos motivos que sería prolijo enumerar. Que los cristianos occidentales (1) podamos disponer en la actualidad de innumerables traducciones, versiones y ediciones de las Sagradas Escrituras en nuestros idiomas, de modo que nos sea posible escoger entre ellas la que más nos gusta o aquella con la que más cómodos nos encontremos, constituye un verdadero regalo de Dios. Pero también comporta ...
PENSAMIENTO PROTESTANTE
Un lugar abierto a la reflexión