Esto escribía Kant en su texto El fin de todas las cosas de 1795:
Si ocurriera alguna vez que el cristianismo dejara de ser digno de amor (lo cual puede ocurrir si en lugar de su dulce espíritu se armara de autoridad imperativa), el pensamiento dominante de los hombres habría de ser el rechazo y la oposición contra él.
Hay una presión silenciosa que no siempre se nombra, pero que muchos sentimos: No alcanza con creer, hay que hacerlo bien. Hay que orar lo suficiente, sentir lo correcto, responder con amor, no dudar demasiado, no enojarse tanto, no quebrarse frente a los demás. Y sin darnos cuenta, la fe -que debería ser refugio— empieza a parecerse a una exigencia constante, en la que sentimos que no se trata de lo que Dios cree de nosotros, sino de todo lo que creemos que deberíamos ser para estar a la altura.
La presión no siempre viene de afuera. A veces está en las miradas, en los discursos, en lo que se dice… pero muchas otras veces surge adentro nuestro. En esa voz que nos recuerda lo que “deberíamos” hacer, en la culpa cuando no tenemos ganas de orar, en la incomodidad cuando dudamos, en el miedo a no estar siendo lo suficientemente buenos.
Pero también hay algo más. Muchas veces esta forma de vivir la fe no nace sola.
Se aprende. Se construye en espacios donde la fe empieza a medirse. Donde hay formas “correctas” de creer, donde quienes están en lugares de autoridad —aunque no siempre con mala intención— terminan marcando un estándar difícil de alcanzar.
Y entonces, casi sin darnos cuenta, la fe deja de ser un vínculo y se convierte en una vara.
Una vara que mide cuánto orás, cuánto servís, cuánto resistís o cuánto aparentás.Y lo que no entra en esa medida, se esconde.
Pero la fe no nació para eso. No nació para convertirnos en personas impecables, sino en personas sinceras. No para eliminar nuestras dudas, sino para enseñarnos a convivir con ellas. No para hacernos fuertes todo el tiempo, sino para darnos un lugar donde también podamos ser frágiles.
El teólogo Dietrich Bonhoeffer, en su libro El costo del discipulado, advierte sobre lo que llama la “gracia barata”: una fe vacía, sin compromiso real. Pero en esa misma línea, deja entrever algo igual de peligroso: cuando la fe se transforma en un sistema de exigencias deja de ser gracia. “Cuando Cristo llama a un hombre, lo invita a venir y morir” escribe Bonhoeffer. No como una imposición de perfección, sino como una entrega genuina, lejos de la apariencia, porque la gracia no se exige, se recibe. Y cuando deja de ser un regalo para convertirse en una carga, algo se distorsiona. Cuando la fe se vuelve exigencia, deja de ser encuentro. Se vuelve peso, se vuelve actuación, se vuelve distancia. Y lo más paradójico es que, intentando acercarnos a Dios, terminamos alejándonos de quienes realmente somos.
Tal vez no se trata de ser “buenos cristianos”.Tal vez se trata de ser honestos.
De reconocer que hay días donde no sentimos nada. Que hay momentos donde creemos… y otros donde no tanto. Que hay partes nuestras que todavía están en proceso.
Porque una fe que no deja lugar a lo humano, termina siendo una fe difícil de habitar. Y en el intento de estar a la altura, terminamos olvidando algo esencial: que la gracia nunca se trató de eso.
Quizás el problema nunca fue la fe, sino todo lo que pusimos sobre ella.
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Su obra es valorada por sus lectores por la intensidad y profundidad con que aborda algunos de los problemas centrales de la condición humana, explorando experiencias y preguntas que encuentran en la palabra poética una forma singular de expresión.

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