LA EVOLUCIÓN Y SUS CRÍTICOS (IV)
Lynn Margulis, revolución en la evolución.
«Existen dos maneras de contemplar la evolución. La historia tradicional se centra en los últimos quinientos millones de años, basándose en los fósiles y hallazgos arqueológicos como puntos principales. Las estrellas de esta historia son los dinosaurios, los simios y, por supuesto, los humanos. En la historia molecular, la mayor parte de la acción transcurre en los primeros dos mil millones de años, siendo los microbios los protagonistas principales».
Susan Aldridge[1]
Lynn Margulis (1938-2011), catedrática del departamento de Geociencias de la Universidad de Massachusetts, fue una crítica mordaz del neodarwinismo, desafió el núcleo del mismo al argumentar que la evolución no se basa principalmente en la competencia y mutaciones genéticas al azar, sino en la simbiogénesis (cooperación y fusión de organismos). A ella se debe el descubrimiento del origen bacteriano de las mitocondrias, cloroplastos y otros orgánulos que desempeñan funciones indispensables en el mecanismo celular, tanto animal como vegetal. Su teoría endosimbiótica demostró que las células complejas surgieron de la unión de bacterias, convirtiendo la cooperación en un motor evolutivo clave.
Margulis se enfrentó a los herederos de Darwin, tildando sus ideas de reduccionistas y simplistas, al mismo tiempo que denunció por todos los medios posibles la situación de la mujer en la ciencia, cuyas ideas eran a menudo descartadas por el simple hecho de ser mujer. «El camino que escogió Margulis, bióloga de primer nivel, ha pasado a la historia por su rebeldía y por un pensamiento creativo único que expandió las fronteras de la ciencia. Y así fue como, en un momento de su carrera, su camino se cruzó con el de James Lovelock, científico y ambientalista, y juntos dieron forma a una de las teorías más revolucionarias y controvertidas de las últimas décadas: el planeta está vivo»[2].
A diferencia de gran parte de los evolucionistas de su época, Margulis defendió que la base del estudio de la evolución es la célula, la unidad elemental de la vida, por esta razón, desde su formación biológica, Margulis centró su atención en los microorganismos, particularmente en las bacterias, al considerarlas el origen de la diversidad biológica actual. Mientras que la mayoría de los biólogos ponían el énfasis en el papel de la competición en el proceso evolutivo, ella acentuaba la cooperación, echando por tierra la arraigada creencia de que sólo sobrevive el más fuerte. Con esta propuesta, Margulis se enfrentó a la visión individualista ofrecida por el neodarwinismo, al que consideraba doctrinario y reduccionista.
Lynn Margulis en sus comienzos
Alegato contra el neodarwinismo
En su discurso de investidura como doctora Honoris Causa por la Universidad de Valencia, Lynn Margulis se refirió a la muerte del paradigma neodarwinista, que atribuye el cambio evolutivo a la inmigración, emigración, mutaciones al azar, tamaño de población inicial, reorganizaciones cromosómicas, etc., es objeto de múltiples críticas, las cuales —pronosticaba—, «florecerán en este nuevo milenio y el neodarwinismo morirá definitivamente». Estas palabras, el neodarwinismo morirá definitivamente, deben sonar a música celestial a los oídos de muchos creacionistas y opositores de Darwin. De momento tal funeral no se ha producido. En un extraño movimiento Margulis era capaz de elevar a la cumbre a Darwin y de arrojar a la sima a los sintetizadores de las ideas de Darwin al mismo tiempo. «Si levantamos la mano para jurar que somos darwinistas, estamos jurando también, con idéntico fervor, que no estamos de acuerdo con sus seguidores neodarwinistas ni con otros evolucionistas modernos. Es necesario distinguir los puntos de vista originales de Darwin de los de sus sucesores. Pero habida cuenta de que, tanto el neodarwinismo como la “síntesis moderna” que atribuye el cambio evolutivo a la mutación aleatoria, fueron desarrollados entre 1930 y 1960, mucho después de la muerte de Darwin en 1881, de ningún modo pudo él tener relación alguna con ambas posturas, del mismo modo que tampoco podía saber nada acerca de la “biología evolutiva”. La “síntesis moderna” fue la ciencia inventada para unificar la idea de Darwin acerca del cambio gradual de organismos y poblaciones, con el concepto de Gregor Mendel de estasis genética»[3].
Margulis defiendía que el origen de las especies lo hallamos en la simbiogénesis y no en la mutación genética; que no existen pruebas, ni por la observación de la naturaleza, ni por trabajos de laboratorio, por las que pueda pensarse que las mutaciones genéticas al azar hayan sido las responsables de la eclosión de una sola especie.
Si el neodarwinismo considera al genoma una entidad fundamental en la evolución, con los errores producidos en su replicación como su motor, Margulis niega al genoma tal capacidad y otorga el protagonismo a los organismos. Para Margulis, son los organismos, los seres vivos, los que evolucionan y estampan el resultado de esa evolución en el genoma. Mientras que para el neodarwinismo el genoma sería el director del proceso y los organismos se limitarían a seguir sus dictados; para ella, los organismos serían los verdaderos actores del proceso y el genoma un registro que estos organismos se encargarían de rellenar y modificar. Una buena metáfora de ambas concepciones de la evolución sería el de consultores frente a una enciclopedia clásica o una Wikipedia. Los consultores seríamos los organismos vivos que en el neodarwinismo nos enfrentaríamos a una enciclopedia clásica sin posibilidad de modificarla, ésta evolucionaría mediante los errores que se producirían en las sucesivas reimpresiones. Por el contrario, Margulis ve a los organismos vivos como consultores frente a una Wikipedia; se sirven de ella, extraen su información y aportan a ella su experiencia, futuros consultores se beneficiarán de la información.
Los biólogos del nuevo siglo, pronosticaba en la mencionada conferencia de Valencia, «se darán cuenta de que los microbios, seres vivos con un tamaño tan pequeño que no se pueden ver sin la ayuda de un microscopio, proporcionan la misteriosa fuerza creativa en el proceso evolutivo». El problema es que ese género de evolucionistas ignoran sistemáticamente los datos microbiológicos existentes para elaborar una teoría correcta de la evolución[4].
La fuente microbiana de la vida
En los días de Charles Darwin se consideraba que las plantas y los animales eran las únicas clases de organismos, esta manera de pensar perduró hasta 1960, sin embargo hoy, con el conocimiento de una variedad de microorganismos mediante al microscopio electrónico y la biología molecular y con la aceptación generalizada de la evolución es normal reconocer la existencia de cuatro o cinco reinos: Animales, Vegetales, Hongos, Protistas y Moneras, lo que lleva a nuevos planteamiento de la evolución biológica a partir de los organismos bacterianos[5]. Aquí es donde entra en juego la contribución del trabajo de Lynn Margulis a la teoría de la evolución. Como ella misma dice: «El microscopio ha ido mostrando gradualmente la inmensidad del microcosmos y ahora nos proporciona una visión sobrecogedora de nuestro verdadero lugar en la naturaleza. Ahora parece ser que los microbios (llámeseles microorganismos, gérmenes, protozoos o bacterias, según el contexto), además de ser los cimientos de la vida en la Tierra, ocupan un lugar indispensable en toda estructura viva y son necesarios para su supervivencia. Desde el paramecio hasta el género humano, todas las formas de vida son complicados agregados meticulosamente organizados de vida microbiana en evolución. Los microorganismos, lejos de haberse detenido en un peldaño inferior de la escala evolutiva, forman parte de nuestro entorno y de nuestro propio organismo»[6].
Hasta no hace mucho apenas si se prestaba atención al mundo microbiológico, excepto para advertirnos y defendernos de él, en cuanto causantes de infecciones y enfermedades víricas. Los microbios, escribía el microbiólogo John Postgate en una obra pionera, abarcan todos los procesos de que las células vivas son capaces, y se encuentran en todas partes: en el aire, en el suelo, en el agua, en nuestra piel y pelo, en nuestra boca e intestinos, y en el alimento que comemos[7]. Sin los microbios no habría vida. «Animales, plantas y microbios no pueden apañárselas sin los demás y, colectivamente, hacen del mundo lo que es en la actualidad, sosteniendo su atmósfera y manteniendo el carácter de sus mares y suelos, incluso de su tiempo meteorológica y de su temperatura»[8].
Consciente de esta realidad, y de que los microbios están notablemente ausentes de los escritos de Darwin y de los trabajos de sus amigos y colegas más próximos[9], Margulis se dedicó a su estudio y defendió que somos el producto de una simbiosis realizada a lo largo de millones a partir de nuestra ascendencia multimicrobiana. Nuestros cuerpos, afirma, «contienen la verdadera historia de la vida en la Tierra. Nuestras células conservan un medio ambiente rico en carbono e hidrógeno, como el de la Tierra en el momento en que empezó la vida en ella».
«Desde las primeras bacterias primordiales hasta el presente, miríadas de organismos formados por simbiosis han vivido y han muerto. Pero el común denominador microbiano sigue siendo esencialmente el mismo. Nuestro ADN proviene, a través de una secuencia ininterrumpida, de las mismas moléculas que estaban presentes en las células primitivas que se formaron en las orillas de los primeros océanos de aguas cálidas y poco profundas. Nuestros cuerpos, como los de todos los seres vivos, conservan el medio ambiente de la Tierra primitiva. Coexistimos con microorganismos actuales y albergamos, incluidos de manera simbiótica en nuestras propias células, restos de otros. Es así como el microcosmos vive en nosotros y nosotros vivimos en él»[10]. Tal es la visión científico-poética que Margulis ofrece de la evolución biológica.
«Al no poder observar a simple vista el microcosmos tendemos a menospreciar su importancia. Sin embargo, de los tres mil millones y medio de años que la vida lleva existiendo sobre la Tierra, la completa historia de la humanidad, desde la vida de las cavernas hasta el moderno apartamento de nuestros
días, representa bastante menos del uno por ciento de todo este tiempo. La vida en la Tierra no sólo se originó en un primer momento de su historia como planeta, sino que durante los primeros dos mil millones de años sus únicos habitantes fueron exclusivamente microorganismos bacterianos»[11].
Al no haber entendido esto, muchos todavía no entienden realmente la ciencia de la evolución, y dada su importancia, merece ser comprendida mucho mejor a la luz de nuestro cada vez mayor conocimiento del mundo microbiano. Cierto, protesta Margulis, que los humanos hemos evolucionado, pero no sólo a partir de los simios o de otros mamíferos; «hemos evolucionado a partir de una larga línea de progenitores y, en último término, a partir de la primera bacteria. La mayor parte de la evolución tuvo lugar en aquellos seres a los que llamamos desdeñosamente “microbios”. Ahora sabemos que toda la vida evolucionó a partir de las formas de vida más pequeñas, las bacterias»[12].
Piotr Kropotkin
De la lucha por la vida, al apoyo mutuo
El problema para un evolucionista teísta, es decir, para aquel que acepta la evolución de las especies a partir un progenitor común, no reside en el hecho de la evolución en sí, pues es fácilmente interpretado como el medio que Dios ha tenido para crear todo cuanto existe, pues es un axioma teológico que Dios obra mediante causas secundarias, es decir, que Dios, como Causa Primera y soberana, crea y gobierna el universo utilizando agentes intermedios —leyes naturales, acciones humanas, eventos— para cumplir su voluntad. El problema es que ese medio, la evolución, según es interpretada por el darwinismo, se realiza de un modo nada ético, más bien cruel, que se opone directamente al concepto de la bondad de la creación tan evidente en la Sagrada Escritura. Una creación o naturaleza de dientes y garras ensangrentadas no habla muy bien del Dios creador de este mundo. Tal como lo expone magistralmente Ernst Mayr, la evolución concebida por Darwin introduce la idea que los seres humanos no somos seres especiales de la creación, sino que hemos evolucionado de acuerdo a principios que operan en el resto del mundo viviente. «Darwin alteró las nociones establecidas de un mundo natural perfectamente diseñado y benigno, y las sustituyó por el concepto de la lucha por la supervivencia»[13].
La contradicción del cristianismo con el darwinismo es tan grande en este punto que, personalmente, me ha perseguido durante décadas, por esta razón, la visión evolucionista de Margulis ofrece cierto tipo de solución y aclaración con su teoría de la simbiosis. ¿Qué quiere decir esto? Mientras que la mayoría de los biólogos ponían el énfasis en el papel de la competición y la lucha despiadada por la existencia en el proceso evolutivo, ella acentuaba la cooperación, echando por tierra la arraigada creencia de que sólo sobrevive el más fuerte. En sus propias palabras: «El pacto es la simbiosis, al final nadie gana ni pierde, sino que hay una unión cooperativa entre los diversos los organismos que se fusionan para crear algo nuevo»[14].
Ya en los días de Darwin, el naturalista ruso Piotr Kropotkin (1848-1921) se alzó contra la interpretación de la evolución como una competencia y lucha feroz entre las especies. Darwin y los suyos, escribía, elevaron la lucha «sin cuartel», y en pos de ventajas individuales, a la altura de un principio, de una ley de toda la biología, a la cual el hombre debe subordinarse, de lo contrario, sucumbirá en este mundo que está basado en el exterminio mutuo. «Dejando de lado a los economistas, los cuales generalmente apenas conocen, del campo de las ciencias naturales, algunas frases corrientes, y ésas tomadas de los divulgadores de segundo grado, debemos reconocer que aun los más autorizados representantes de las opiniones de Darwin emplean todas sus fuerzas para sostener estás falsas ideas. Si tomamos, por ejemplo, a Huxley, a quien se considera, sin duda, como uno de los mejores representantes de la teoría del desarrollo (evolución) veremos entonces que en el artículo titulado «La lucha por la existencia y su relación con el hombre» no enseña que «desde el punto de vista del moralista, el mundo animal se encuentra en el mismo nivel que la lucha de gladiadores: alimentan bien a los animales y los arrojan a la lucha: en consecuencia, sólo los más fuertes, los más ágiles y los más astutos sobreviven únicamente para entrar en lucha al día siguiente. No es necesario que el espectador baje el dedo para exigir que sean muertos los débiles- aquí, sin ello, no hay cuartel para nadie»[15].
La contribución de Kropotkin se enmarca en una tradición de naturalistas y biólogos rusos que, aunque simpatizaban con la obra de Darwin y se consideraban a sí mismos darwinistas, cuestionaban la idea de que las relaciones en la naturaleza pudieran reducirse principalmente a la competencia. «En su opinión, una caracterización completa de la vida y la naturaleza debe tener en cuenta que muchos fenómenos evolutivos sólo pueden explicarse a través de las relaciones de colaboración entre individuos»[16].
Para Kropotkin el trabajo de campo en el bosque, en los prados, en las estepas y en las zonas montañosas, muestra, a pesar de que entre diferentes especies y, en particular, entre diferentes clases de animales, en proporciones sumamente vastas, se sostiene la lucha y el exterminio, se observa, al mismo tiempo, en las mismas proporciones, o tal vez mayores, el apoyo mutuo, la ayuda mutua y la protección mutua entre los animales pertenecientes a la misma especie o, por lo menos, a la misma sociedad. La sociabilidad es tanto una ley de la naturaleza como lo es la lucha mutua»[17].
Margulis reconoció que el trabajo de Kropotkin sobre el apoyo mutuo había «impregnado inextricablemente las discusiones relativas a los participantes en la simbiosis»[18]. La bióloga americana desarrolló esta visión colaborativa de la vida, estableciendo que la evolución se produce a partir de las relaciones que se establecen entre los organismos, que ella denominó simbiogénesis. Esta teoría destaca el origen de las células eucariotas como la discontinuidad más notable de la evolución de la vida en la Tierra, una transición evolutiva que no se debe a la lenta y progresiva acumulación de mutaciones bajo el escrutinio de la selección natural, sino a la colaboración entre dos células procariotas que antes tenían vidas independientes y que, tras la asociación, dan lugar a un nuevo tipo de individuo: la célula eucariota, propia de los animales, los vegetales, los hongos, los protozoos y las algas.
De esta manera Margulis nos ofrece una visión de la evolución a la que podemos acercarnos con una nueva comprensión compatible con lo que podamos entender por una creación buena, que no choca tan frontalmente con los planteamientos teológicos. Como todos los estudiosos de la obra de Margulis señala, su teoría nos enseña que la evolución no es una carrera en la que las especies compiten para mantener sus puestos, o un circo donde sobreviven los más fuertes y más aptos; Margulis vio la evolución como una carrera en la que los organismos que llegaban más lejos no eran los que luchaban contra otros y usaban el engaño, sino los que cooperaban para un fin común. Mostró la cara amable de la evolución, la de un mundo que ha progresado gracias a la cooperación y al altruismo. Esto nos abre un abanico muy amplio de encarar la evolución desde los distintos campos de las humanidades, fe y ética incluidas[19].
Brian Goodwin (1931-2009), por su parte, escribió por esas fechas una obra que tuvo amplias repercusiones a nivel mundial y que refrenda la visión de Margulis. Frente a las expresiones descriptivas darwinistas como «supervivencia del más apto», «genes egoístas», «lucha por la vida», que vienen a decir que el proceso evolutivo está gobernado predominantemente por la competencia, la supervivencia y el egoísmo, él defendió una teoría dinámica de los organismos como la fuente primaria de las propiedades emergentes de la vida que se han revelado en la evolución. Según esta teoría, los organismos dejan de ser meras máquinas y adquieren valores intrínsecos, que tienen que ver con la cooperación y participación creativa, contrarios al darwinismo que rebaja nuestra naturaleza biológica, provocando algunas crisis con las que ahora nos enfrentamos, a saber, deterioro medioambiental, polución, descenso de la calidad y deterioro de la salud, así como pérdida de valores comunales. Su teoría, centrada en los organismos y no en los genes, demuestra que «somos tan cooperativos como competitivos, tan altruistas como egoístas, tan creativos y lúdicos como destructivos y repetitivos. Estamos biológicamente anclados en relaciones que operan en todos los niveles de nuestro ser, una propiedad que compartimos con todas las demás especies y que es la base de nuestra naturaleza como agentes de emergencia evolutiva creadora»[20].
En una obra posterior escribe: «La “nueva” biología es la biología en forma de ciencia exacta de sistemas complejos, centrada en la dinámica y el orden emergente. Entonces, todo en biología cambia. En lugar de las metáforas de conflicto, competencia, genes egoístas, ascensos a la cima en paisajes de adaptación, lo que se obtiene es la evolución como una danza»[21].
Notas:
[1] Susan Aldridge, El hilo de la vida. De los genes a la ingeniería genética, p. 78. Cambridge University Press, Madrid 1999.
[2] Lynn Margulis: la bióloga que dio vida a la Tierra y se enfrentó al legado de Darwin, https://www.bbva.com/es/el-origen-de-las-especies-160-anos-del-libro-que-cambio-el-mundo/
[3] Lynn Margulis y Dorion Sagan, Captando genomas. Una teoría sobre el origen de las especies, p. 31. Editorial Kairós. Barcelona 2003.
[4] Margulis, Una revolución en la evolución, p. 28. Universitat de València, Valencia 2003
[5] Colin Patterson, Evolución. La teoría de Darwin hoy, p. 158. Editorial Fontalba, Barcelona 1985.
[6] Lynn Margulis y Dorion Sagan, Microcosmos: Cuatro mil millones de años de evolución desde nuestros ancestros microbianos. Tusquets Editores, Barcelona 2013.
[7] John Postgate, Las fronteras de la vida, pp. 14-15. Crítica, Barcelona 1995.
[8] Postgate, Las fronteras de la vida, p. 178.
[9] Lynn Margulis y Michael F. Dolan, Los inicios de la vida. La evolución en la Tierra precámbrica. Càtedra de Divulgació de la Ciència, Valencia 2009.
[10] Margulis y Sagan, Microcosmos, p. 54.
[11] Margulis y Sagan, Microcosmos, p. 47.
[12] Margulis, El planeta simbiótico. Un nuevo punto de vista sobre la evolución, p. 8. Debate, Madrid 2002.
[13] Ernst Mayr, Una larga controversia. Darwin y el darwinismo, p. 15. RBA, Barcelona 1995.
[14] Margulis, El planeta simbiótico, p. 68.
[15] Kropotkin, El apoyo mutuo. Un factor de evolución. cap. I.
[16] Arantza Etxeberri, David Cortés-García y Mikel Torres, “Organismos, relaciones de vida y evolución: inter-dependencias a partir del Apoyo mutuo de Kropotkin”, ArtefaCToS. Revista de estudios de la ciencia y la tecnología, 12/1 (2023), 179-204.
[17] Kropotkin, El apoyo mutuo. Cap. I.
[18] Margulis y Sagan, Slanted Truths. Essays on Gaia, Symbiosis and Evolution, pp. 298. Springer, New York, 1997.
[19] «El papel clave de la simbiosis con microbios para garantizar el buen funcionamiento de la gran mayoría de seres vivos invita a pensar que, más que un individuo, cada uno de nosotros es una comunidad, un ecosistema que funciona y se autorregula como lo hacen otros sistemas tan complejos como la propia Tierra. Por ello, la teoría y el trabajo de Lynn contribuyeron también a desarrollar el conocimiento del funcionamiento del planeta en que vivimos. El estudio de los ecosistemas nos inspira a descubrir e implementar formas de cooperación como la cocreación, la cogobernanza, el cooperativismo o la ayuda mutua, que aportan soluciones para afrontar la crisis climática y el cambio global. Muchos expertos aseguran que solo de esta manera seremos resilientes y capaces de hacer los saltos evolutivos necesarios para superar las dinámicas que nos están llevando a desestabilizar el sistema que nos mantiene vivos». Cuando aprendimos que la competición no era el único motor de la evolución, https://www.icm.csic.es/es/noticia/cuando-aprendimos-que-la-competicion-no-era-el-unico-motor-de-la-evolucion
[20] Brian Goodwin, Las manchas del leopardo. La evolución de la complejidad, p. 16. Tusquets, Barcelona 1998.
[21] G. Webster y B. Goodwin, Form and Transformation: Generative and Relational Principles in Biology. Cambridge University Press, Cambridge 1996.
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Alfonso Ropero, historiador y teólogo, es doctor en Filosofía (Sant Alcuin University College, Oxford Term, Inglaterra) y máster en Teología por el CEIBI. Es autor de, entre otros libros, Filosofía y cristianismo, Introducción a la filosofía, Historia general del cristianismo (con John Fletcher), Mártires y perseguidores y La vida del cristiano centrada en Cristo.
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