Hay algo extraño en nuestra manera de relacionarnos con los milagros. Los deseamos, hablamos de ellos, contamos las historias de quienes los experimentaron y, muchas veces, terminamos construyendo nuestras expectativas alrededor de ellos. Nos gustan esas historias en las que, cuando todo parece perdido, algo extraordinario sucede y cambia el curso de los acontecimientos. Una enfermedad desaparece, una puerta se abre, una situación imposible encuentra una salida. Y cuando escuchamos esas historias, es natural emocionarnos. El problema aparece cuando comenzamos a pensar que esa debería ser la manera habitual en que la vida funciona. Los milagros no son la norma. Son, precisamente, la excepción. Y quizá parte de nuestra frustración nace de haber olvidado esa diferencia. Vivimos en una época fascinada por lo extraordinario. Queremos resultados rápidos, cambios visibles y respuestas inmediatas. Esa lógica también puede entrar en nuestra espiritualidad. Oramos esperando una re...
Un lugar abierto a la reflexión