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Identidad entre Dios y su Palabra | Alfonso Ropero


 
La doctrina de la inerrancia bíblica se basa en una premisa sencilla, aparentemente irrefutable, a saber: Dios no puede errar, la Biblia es la palabra de Dios, luego la Biblia no puede errar[1]. El argumento es convincente, pero falla en un punto esencial: Dios, ser transcendente y supremo, no es igual a un libro, la Biblia, por más inspirada que se considere. La Biblia tiene su autoridad, la autoridad de Dios, en cuanto en ella se ha consignado la revelación o comunicación de Dios con el ser humano en un largo y complejo proceso histórico. Naturalmente que la Biblia no se equivoca —está libre de error—, pero no se equivoca en aquello para lo que ha sido dada, soplada, espirada: «Así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié» (Is 53:11).


Dios no es manipulable, es inaccesible al control humano, contra las pretensiones de aquellos que pretender disponer de Dios se dirigen todos los mandamientos y denuncias proféticas que condenan la idolatría que convierten a Dios en un objeto. «¿A qué, pues, me haréis semejante o me compararéis? dice el Santo. Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas» (Is 40:25-26). Dios no se puede convertir en un objeto a nuestro alcance, por más sagrado que se considere, ya se trate de una estatua de oro o de un libro forrado en piel. No se puede agarrar la Biblia y decir alegremente «Dios dice» o «la Palabra de Dios dice», sin más preparación o precaución que la propia soberbia e ignorancia, arrogándose una autoridad que no le corresponde[2]. Frente a los pretendidos portavoces o voceros de Dios, la misma Escritura nos recuerda que los pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos, ni nuestros caminos sus caminos. «Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos» (Is 55:8-9). Por esta razón, la predicación o proclamación de la Palabra de Dios debe hacer conforme al ejemplo de Pablo: «estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temor y temblor» (1 Co 2:5-6). La Biblia es terreno santo en cuanto custodia la revelación de Dios, ante la cual debemos descalzarnos de nuestros conocimientos adquiridos, y proceder con diligencia a escuchar e interpretar correctamente que Dios tiene que decirnos en cada momento (2 Ti 2:15).

La Biblia la manejamos, la agitamos, la subrayamos, la anotamos, esto nos es permitido hacer porque no es un objeto sagrado cuya sola visión nos deje ciegos. Es Palabra de Dios, pero Palabra de Dios en cuanto testimonio de una revelación que se ha dado en visiones, comunicaciones sobrenaturales, historias puntuales y fundamentales, que nos sirven de admonición, guía y consuelo. «Porque todo lo que fue escrito en tiempos pasados, para nuestra enseñanza se escribió, a fin de que por medio de la paciencia y del consuelo de las Escrituras tengamos esperanza» (Ro 15:4).

William Lane Craig realiza un prolijo análisis del argumento mencionado —Dios no puede errar, la Biblia, que es su palabra, es inerrante—, recurriendo a la filosofía y teología en las que él se mueve con soltura. Craig hace ver que los que afirman la inerrancia bíblica deducen esto de su estudio personal de la Biblia, pero ellos «no leen lo que la Biblia dice sobre sí misma para que sirva como única justificación de la inerrancia. Su justificación comienza con la teología de la naturaleza de Dios, que se basa en prolegómenos teológicos o precondiciones filosóficas establecidas, que trasladan a la Biblia. Por lo tanto, la inerrancia es una precomprensión para guiar la interpretación de las Escrituras y fundamentar su enseñanza o doctrina. En efecto, lo que un texto enseña o afirma sólo se conoce a través del lenguaje. Así como la forma está relacionada con la materia, también el significado está relacionado con el lenguaje. Por lo tanto, la inspiración debe estar basada en la palabra escrita de Dios, y un concomitante de esto, debido a la naturaleza de Dios, es la inerrancia[3]. Pero, ¿inerrancia de qué tipo? En aquello que realmente pretendía afirmar, no en ninguna otra cosa. Si tenemos en cuenta la visión cristiana de la sagrada Escritura (que no coincide con la del judaísmo), esta tiene la capacidad de hacernos sabios «para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús» (2 Ti 3:15). Por eso son «inspiradas por Dios» (theopneustos), procedentes, por así decirlo, «de la boca de Dios» (Mt 4:4). El profesor de exégesis Ian H. Marshall deduce este texto, que «el propósito del adjetivo [theopneustos] aquí es, sin duda, enfatizar la autoridad de las Escrituras como provenientes de Dios e indicar que tienen un propósito divinamente establecido relacionado con su plan de salvación»[4].

Este texto, 2 Timoteo 3:16, no enseña, como ya hacía notar James Orr, que la inspiración divina de las Escrituras «garantizara la infalibilidad verbal en asuntos históricos, geográficos, cronológicos o científicos ordinarios. Pero parece implicar claramente que no existía ningún error que pudiera interferir o anular la utilidad de las Escrituras para los fines especificados»[5]. Así que lo que la Biblia enseña explícitamente son verdades doctrinales relacionadas con la redención y comunión con Dios, luego, como muy bien dice Craig, la pregunta controvertida no debería ser «¿son las Escrituras veraces en todo lo que enseñan?», sino más bien «¿Qué enseñan las Escrituras?».
 

Palabra divina, palabra humana


Creemos y confesamos que la Iglesia es cuerpo de Cristo (1 Co 12:27), por ello decimos que la Iglesia es divina por su cabeza, Cristo (Col 1:18), y humana, por sus miembros, los creyentes. Me parece que esto es una interesante analogía respecto a la Biblia como Palabra de Dios. La Biblia es divina por su origen última, Dios, y humana por su ejecución escrita, los hagiógrafos, con las limitaciones lógicas de su época. La Iglesia es una, como la Biblia, no obstante, presenta una diversidad (como la Biblia), que procede de la variedad de los dones de Dios y de la multiplicidad de las personas que los reciben. Por medio de la Biblia aprendemos el camino de salvación, por medio de la Iglesia podemos alcanzar la plenitud total de los medios de salvación, que arrancan de Cristo y a Cristo conducen.
Desde un punto de vista litúrgico se dice que la Biblia tiene un carácter sacramental, que, como tal, aúna en sí lo humano y lo divino. 

«La Biblia es el sacramento de la Palabra de Dios porque, aunque en un aspecto es un libro humano con palabras y frases humanas, también es un canal material de la gracia de Dios y Dios la usa de manera única para llevar a las personas a un encuentro transformador con Él que las informa y las cambia»[6].

La iglesia es santa porque Cristo se entregó por ella para santificarla, «la unió a sí mismo como su propio cuerpo y la llenó del don del Espíritu Santo para gloria de Dios», por ello sus miembros son llamados «santos» (cf Hch 9:13; 1 Co 6:1; 16:1). Al mismo tiempo es santificadora por cuanto, unida a Cristo, está santificada para santificar a los fieles mediante la proclamación de la Palabra, la oración y la comunión de unos con otros. Al mismo tiempo es pecadora en sus miembros, en constante necesidad de perdón y renovación. Del mismo modo, la Biblia es santa en la fuente divina que le dio el ser, pero pecadora, limitada históricamente por los tiempos y ciencias de la época de su redacción. Todos los textos bíblicos han sido escritos por autores humanos en un contexto histórico y cultural concreto. Por esta razón, para comprender la Escritura conforme a lo que realmente es, debemos «hacer un esfuerzo de comprensión doble: el que se impone para cualquier texto de literatura o de historia antigua y el que intenta, además, comprender la Escritura como Palabra de Dios, como revelación»[7].
La Biblia es palabra divina porque más allá de los textos particulares, más allá de los diversos libros que la componen, más allá incluso de los dos Testamentos, abarca en su conjunto toda la Revelación, que está centrada en Cristo. En Jesús se cumple y condensa toda la Escritura. El Evangelio de Juan recoge estas palabras de Jesús: «Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí» (Jn 5:39). Su vida va conforme a todo lo que está escrito sobre Él en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos (Lc 24:44). Su vida y muerte fue conforme a las Escrituras (Jn 19:28). Hugo de San Víctor decía, resumiendo el sentir de la Iglesia de su época: «Toda la Escritura divina es un único libro, y ese único libro es Cristo». En nuestros días el teólogo reformado Kevin J. Vanhoozer, ha venido a decir los mismo en el contexto de su teología teo-dramática: 

«La Biblia —no solo los evangelios, sino toda la Escritura— es la versión (divinamente) autorizada del evangelio: el marco necesario para comprender lo que Dios hacía en Jesucristo. La Escritura es la voz de Dios que articula la Palabra de Dios: Jesucristo»[8].
En su confrontación con el judaísmo de su época, Jesús les recrimina su incredulidad que atenta contra su propia veneración de Moisés, pues Moisés dio testimonio de Él. «Si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él. Pero si no creéis a sus escritos, ¿cómo creeréis a mis palabras?» (Jn 5:46-47). Los cristianos de los comienzos tomaron buena nota de este punto, y bien pronto aprendieron a leer el Antiguo Testamento a la luz de Cristo, como testimonio de su vida y obra[9]. Para ello utilizaron un medio existente en su época, la interpretación alegórica, muy denigrada por aquellos reformistas que hicieron hincapié en el único sentido hermenéutico posible, el histórico-gramatical. Pero fue la alegoría, no el texto literal, la que ayudó a los cristianos a fundamentar su fe en Cristo según la Escritura de sus padres[10]. El método histórico-gramatical no les valía, si querían ver, descubrir a Cristo en toda la Escritura. Entendieron que la Escritura es más que su mera letra. Su fe, arraigada en la religión recibida de sus padres, compartía con los miembros de su nación la fe de Israel y el dato de su revelación, les ayudó a descubrir un sentido nuevo, diferente del de sus modelos judíos, que en Cristo se esclarece, pues el Dios autor de la Escritura que «abarca el conjunto del plan de salvación, supera inmensamente a los autores bíblicos que él inspira»[11]. ¿Por qué? «Porque la verdad de la Escritura no es la verdad en el sentido positivista de la ciencia moderna, sino “la gracia de la verdad” (cf. Jn 1:14; 17), la verdad revelada, el Evangelio que nos salva (cf. Ef 1:13). Un verdadero trabajo científico sobre esta verdad no puede ser practicado más que dentro de una ciencia de la fe»[12].

«El acontecimiento pascual, la muerte y resurrección de Jesús, ha establecido un contexto histórico radicalmente nuevo, que ilumina de modo nuevo los textos antiguos y les hace sufrir una mutación de sentido […] Persuadidos de que el misterio de Cristo da la clave de interpretación de todas las Escrituras, los exégetas antiguos se esforzaban por encontrar un sentido espiritual en los menos detalles de los textos bíblicos»[13].
 

La Escritura, transmisora de Cristo

 
A la luz de lo hasta aquí estudiado, no tiene nada de extraño que los reformadores dijeran que la sagrada Escritura es transmisora de Cristo, solo entonces, en la medida que es transmisora de Cristo, se la apropia uno mismo de un modo significativo.
Todos estamos de acuerdo en que, desde un punto de vista cristiano, el mensaje central de la Biblia consiste en que Dios ha amado de tal manera al mundo que ha dado a su Hijo para que tenga vida eterna (Jn 3:16), con ello, como decía Karl Barth, «Dios le ha dicho al mundo todo lo que tiene que decirle, todo lo que tiene el mundo que oír de él. Dios no podía hacer más por el mundo una vez que le habló y le dio a entender esto; ni el mundo puede esperar ya otra cosa después que Dios ha hecho precisamente lo inesperado. […] En su Hijo, Dios se nos revela como el secreto de nuestra existencia»[14].

Aquellos que enfatizan la inerrancia de la Biblia, arremetiendo contra cualquiera que la ponga en cuestión, sin duda que lo hacen debido a un alto concepto de la Biblia como auténtica y verdadera Palabra de Dios que les obliga a defenderla de sus críticos. Concedido, pero lo que puede parecer su mayor virtud se puede convertir en su mayor obstáculo y peligro. La Biblia advierte una y otra vez sobre el peligro de convertir en ídolo los objetos sagrados, y mucho nos tememos que algunos han caído en una especie de culto a la Biblia que raya la idolatría. La Biblia no puede ser divinizada ni siquiera absolutizada, pues, como nos recuerda el profesor Felipe Fernández Ramos, los judíos se gloriaban de su fidelidad a la ley de Moisés y esperaban que este fuese su abogado ante Dios (Jn 5:41-48), pero Jesús les salió al frente y les dijo que Moisés no sería su defensor, sino su acusador, pues los judíos se habían quedado en la letra de la Ley y no habían sido capaces de captar el espíritu de la misma. Ciertamente «las Escrituras son un medio para entrar en contacto con Dios, pero no son Dios. Desde ellas se puede descubrir el camino, la andadura de Dios, que culmina en Cristo»[15].

La divinización de la Biblia puede llevar a muchos a creer que en sus páginas se encuentra la explicación a los misterios de la vida, de la naturaleza y del universo. De ahí el afán de algunos de sus lectores de buscar cosas nuevas y extraordinarias nunca antes descubiertas, cuando el misterio siempre tiene a Cristo como objeto, meta y propósito. Esa es la función de las Escrituras en su totalidad: «dar la sabiduría que lleva a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús» (2 Ti 3:15). Este es el máximo aprecio que podemos a la Biblia, el respeto a la naturaleza y al propósito para el que ha sido escrita. Con otra particularidad, que la Biblia, en cuanto testimonio de la Palabra de Dios, siempre está por encima de la comunidad creyente y del lector individual, pues solo ella es la autoridad a la que todos deben someterse. «La importancia práctica de la autoridad bíblica consiste en que, dentro de la comunidad, nunca se deja de escuchar a quienes Jesús dirigió sus palabras: “Quien a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 10:16); en que siempre se les presta atención»[16].
 
La inspiración que debe producir la Escritura en el lector creyente solo es posible cuando uno está dispuesto de tal modo que ofrezca la menor resistencia imaginable al mensaje del Señor, que es apertura y libertad desde la libertad y la apertura al testimonio del Espíritu. La palabra de Dios no es nunca ni de ningún modo algo disponible, es el Espíritu de Dios que sopla donde quiere.
Estas reflexiones nos ponen en guardia del extremo racionalismo del que constantemente apela a la Biblia como un código-para-todo con un «la Biblia dice», que solo define la soberbia de quien así se comporta. No en vano, el uso extremo del término inerrancia surge y se expande en aquellos que han hecho de la Biblia un código lingüístico donde cada coma, cada acento es utilizado como una expresión del mismo Dios, repitiendo así el pecado de los fariseos. «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque pagáis el diezmo de la menta, del eneldo y del comino, y habéis descuidado los preceptos de más peso de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad; y estas son las cosas que debíais haber hecho, sin descuidar aquellas» (Mt 23:23). O aquella otra denuncia de Jesús, que se refiere a los maestros del Israel de su época como «guías de ciegos» (Mt 15:14), porque habían convertido la Biblia en fuente de material lingüístico para sus propios pensamientos[17], más o menos como algunos utilizan su Biblia como una cantera donde extraer textos a voluntad y placer personal. 

A algunos puede parecer extraño, paradójico, relacionar racionalismo con evangelicalismo, sabiendo que los evangélicos son radicalmente escépticos ante la razón secular, aunque es un hecho el esfuerzo que realizan por encontrar mil y una pruebas científicas de la veracidad de la Biblia[18]. La profesora Molly Worthen escribió hace unos años una historia magistral del movimiento evangélico, donde narra cómo este trata de superar el callejón sin salida de la autoridad bíblica frente a las pretensiones de autoridades intelectuales rivales. Aunque, como ya hemos visto en esta obra, los intelectuales evangélicos americanos se han forzado en adquirir credenciales académicas que le ayuden a ganarse el respeto de la cultura secular, se han visto atrapados en una visión intransigente, y sectaria, que les obliga a defender contra toda evidencia la inerrancia ilimitada de la Biblia como si se tratara de un teorema matemático[19].

«Los teólogos reformados insistieron la aceptación de la sagrada Escritura como palabra de Dios separada de la fe en Cristo es confusa y carente de significado. Esto no supone ninguna subestimación de la Escritura, antes bien muestra un gran respeto por ella en cuanto testimonio de la fe; de ahí su conexión por el testimonio del Espíritu Santo»[20].
 
Falsas dicotomías

Donald G. Bloesch (1928-2010) fue uno de los grandes teólogos que dio el evangelicalismo estadounidense. Para muchos de nosotros fue un gran descubrimiento, que nos animó a hacer teología con rigor y un toque de espiritualidad[21]. Bloesch se quejaba de que para muchos evangélicos el principal problema es el racionalismo que presupone que la Palabra de Dios está directamente disponible para la razón humana, cuando es un hecho cierto que la Palabra de Dios no nos llega directa de Dios, sino indirectamente a través de la instrumentalidad humana[22]. En este mismo punto incide Andrew T. B. McGowan, pastor y teólogo escocés, el cual nos viene a decir que «habiendo elegido libremente usar seres humanos, Dios sabía lo que hacía. No nos dio un texto autógrafo inerrante, porque no era su intención. Nos dio un texto que refleja la humanidad de sus autores, pero que, al mismo tiempo, evidencia claramente su origen en el ser divino. Mediante la acción del Espíritu Santo, Dios es perfectamente capaz de usar estas Escrituras para cumplir sus propósitos»[23]. Esto explica que las aparentes discrepancias, contradicciones y otras dificultades que tanto preocupan a los defensores de la inerrancia deben aceptarse tal como son[24]. Por ello, como sigue diciendo McGowan, la palabra «inerrancia» suele dar lugar a debates algo estériles sobre autógrafos, textos y versiones, y pasa por alto el punto principal: que las Escrituras son verdaderas porque surgieron por la inspiración del Espíritu Santo, de modo que es preferible usar el término «veracidad», en correspondencia verdades espirituales expresadas en palabras espirituales dadas por el Espíritu Santo.

Avisaba el teólogo reformado Robert Leunberger, que «se nos impone convivir como cristianos con el análisis científico de la palabra bíblica», reconociendo la debilidad humana de los agentes humanos de la Escritura, la cual engendra dificultades peliagudas, que precisan de un gran esfuerzo para comprenderla y superar sus tensiones[25].

Tambien conviene tener en cuenta, como señaló Berkouwer, que «la palabra profética es verdaderamente palabra de Dios, pero no porque las palabras humanas se transubstancialicen en algo divino, sino porque la palabra humana de los profetas es auténtica palabra de Dios dirigida al hombre»[26]. La Palabra de Dios no es un fenómeno milagroso, sino que señala, indica, remite al testimonio profético-apostólico de la Escritura. No hay que confundir el término theopneustos (inspirada por Dios) con la inspiración extática, una especie de arrebatamiento espiritual o trance en el que el sujeto humano pierde su propio sentido. Por esta razón la Escritura lleva las marcas de la persona, del período y el ambiénte en que ha sido escrita. Kuyper y Bavinck ya habían adelantado que la Palabra se hizo Escritura[27], transmitiendo así la memoria de la Encarnación y la Redención a lo largo del tiempo, en cuanto testimonio de los testigos oculares de Jesús. Pero así como el tesoro del mensaje de Cristo está confiado a vasos de barro, que son los ministros del Evangelio, el tesoro de la revelación consignado en la Biblia está confiado a esos barros de barro que son los hagiográfos, lo cual de ningún modo significa un desdoro o menoscabo su verdad, pero sí esa limitación de los productos humanos en el tiempo y el espacio. La Sagrada Escritura se reviste con el manto de nuestra forma de pensamiento y se adhiere a nuestra realidad humana para transmitir el mensaje de Dios, lo cual nos obliga a discernir lo que procede de Dios de lo que procede o pertenece al hombre. No se puede atribuir una autoridad general a todo lo que se dice en la Biblia, sin separar o distinguir lo que el autor sagrado transmite como de parte de Dios, de aquel marco propio de su era que es solo accesorio y sometido a los condicionamientos del tiempo.

«Quien exige que toda concepción presente en las Escrituras sea absolutamente correcta en todas las cosas basándose en el carácter divino de las mismas, parte de la presuposición de que solo entonces la voz de Dios puede ser fidedigna y que los autores bíblicos no pueden ser testigos ni instrumentos de la Escritura inspirada por Dios cuando emplean ciertas concepciones temporales en sus escritos. Esta noción de “inerrancia” puede llevar rápidamente a la idea de que la “corrección” de todas las concepciones anticipa descubrimientos científicos posteriores, como si el Espíritu Santo les hubiera concedido los secretos de la ciencia moderna. Al final, esto dañará la reverencia por las Escrituras más de lo que la fomentará»[28].

McGowan considera que el debate sobre la infalibilidad y la errancia, tal como se ha llevado a cabo en Estados Unidos, presenta una falsa dicotomía, cerrando el paso a un camino más excelente. «Existe una tercera opción, a saber, las Escrituras que tenemos son exactamente como Dios las concibió, pero debemos tomar en serio el hecho de que Dios utilizó autores humanos para comunicar su Palabra y no los convirtió en meros instrumentos de manipulación al hacerlo»[29].  ¿Sobre qué base creemos que las Escrituras son la Palabra de Dios?, se pregunta McGowan, y responde, recurriendo a la autoridad Calvino, «tal creencia solo es posible mediante el testimonio interno del Espíritu Santo en la vida del creyente. En otras palabras, él nos capacita para “reconocer” las Escrituras como la Palabra de Dios. Sin embargo, esta no es la historia completa, pues el mismo Espíritu Santo que nos da ese “reconocimiento” también nos comunica la verdad de las Escrituras mediante la revelación proposicional, de modo que podemos comprenderlas. De esta manera, Dios el Espíritu Santo nos capacita para entender el significado de las Escrituras, iluminando nuestras mentes»[30].

La forma de siervo de la Palabra de Dios no relativiza la revelación, sino que la transciende y revela su verdadera riqueza, su tesoro, el cual en esencia es: «Cristo en vosotros, la esperanza de gloria» (Col 1:27).
 

Notas


[1] Norman L. Geisler y William E. Nix, A General Introduction to the Bible (Moody Press, Chicago 1968); R.C. Sproul, ¿Puedo confiar en la Biblia? Reformation Trust Publishing, Sanford 2009.
[2] Véase Robert P. Carroll, Wolf in the Sheepfold: The Bible as Problematic for Theology (SCM Press, Londres 2012). El autor denuncia aquellos que hacen lecturas literales de la Biblia fuera de contexto, que distorsionan su aplicación a la situación actual.
[3] William Lane Craig, Systematic Philosophical Theology. Wiley Blackwell, Hoboken 2025.
[4] Marshall, A Critical and Exegetical Commentary on the Pastoral Epistles, pp. 794-5. T. & T. Clark International, Londres 1999.
[5] Orr, Revelation and Inspiration, p. 162. Charles Scribner’s Sons, Nueva York 1910.
[6] Roger E. Olson, The Mosaic of Christian Belief. Twenty Centuries of Unity & Diversity, p. 106. IVP-Apollos, Downers Grove 2002. Cf.  Hans Boersma, Scripture as Real Presence: Sacramental Exegesis in the Early Church. Baker Academic, Grand Rapids 2017.
[7] Ignace de la Potterie, en Escritura e interpretación, p. 61. Libros Palabra, Madrid 2003.
[8] Vanhoozer, El drama de la doctrina, p. 69. Sígueme, Salamanca 2010.
[9] «La referencia del Antiguo Testamento como tal a Cristo es un dato esencial de la fe cristiana», Ramón Trevijano, La Biblia en el cristianismo antiguo, p. 63. Ed. Verbo Divino, Estella 2008.
[10] Recordemos cómo el apóstol Pablo usa la historia de Sara y Agar como una alegoría de dos pactos (Ga 4:21-5:1). Agar representa la esclavitud de la Ley (el Antiguo Pacto) y Sara representa la libertad de la gracia (el Nuevo Pacto). Orígenes en su Tratado de los principios, recomienda que el Antiguo y el Nuevo Testamento se interpreten alegóricamente en tres niveles. Afirma que muchos de los hechos relatados en las Escrituras, si se interpretan en sentido literal, o carnal, son imposibles o carecen de sentido. Véase Orígenes, Tratado de los principios. CLIE, Barcelona 2002.
[11] Ignace de la Potterie, ob. cit., p. 72.
[12] Id., p. 98.
[13] Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, II,2. 
[14] Karl Barth, Ensayos teológicos, p 99. Herder, Barcelona 1978.
[15] Fernández Ramos, Fundamentalismo bíblico, p. 164. Descleé de Brouwer, Bilbao 2008.
[16] Barth, ob. cit., p. 187
[17] Barth, ob. cit., p. 200.
[18] «A los evangélicos se les recuerda con frecuencia los peligros del subjetivismo liberal. Con un sincero deseo de evitar ese extremo, adoptan el escolasticismo racionalista del antiguo Princeton [Hodge, Warfield]». A.T.B. McGovan, «The Divine Spiration of Scripture», Scottish Bulletin of Evangelical Theology, 199-217.
[19] Molly Worthen, Apostles of Reason. The Crisis of Authority in American Evangelicalism. Oxford University Press, Nueva York 2013.
[20] G.C. Berkouwer, Holy Scritpure, pp. 54-55. Eerdmans, Grand Rapids 1975.
[21] Donald G. Bloesch, El renacimiento evangelico. CLIE, Barcelona 1979.
[22] Bloesch, Essentials of Evangelical Theology, vol. I, pp. 75-76. HarperOne, Nueva York 1982.
[23] McGowan, The Divine Authenticity of Scripture, p. 124. IVP Academic, Downers Grove: 2007. 
[24] Id., p. 163
[25] Leunberger, La Biblia en el diálogo interconfesional, p. 48. Sígueme, Salamanca 1963.
[26] Berkouwer, ob. cit., p. 146.
[27] «Cuando Cristo, el Verbo se hizo carne y habitó entre la humanidad (Jn 1:14), de forma análoga el Verbo se hizo Escritura, el medio por el cual Dios habla universalmente a todas las personas», H. Bavinck, Dogmática reformada, p. 166. CLIE, Barcelona 2003.
[28] Berkouwer, ob. cit., pp. 182-183. Una obra muy popular aquí apuntada por Berkouwer, y traducida a varios idiomas, fue The Bible and Modern Science (Moody Bible Institute, Chicago 1951), escrita por Henry M. Morris, padre del creacionismo científico. Bernard Ramm respondió con una obra muy significativa: The Christian View of Science and Scripture (Eerdemans, Grand Rapids 1955), que ponía las cosas en su sitio.
[29] McGowan, The Divine Authenticity, p. 125.
[30] A.T.B. McGovan, «The Divine Spiration of Scripture», Scottish Bulletin of Evangelical Theology, 199-217.





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Alfonso Ropero, historiador y teólogo, es doctor en Filosofía (Sant Alcuin University College, Oxford Term, Inglaterra) y máster en Teología por el CEIBI. Es autor de, entre otros libros, Filosofía y cristianismo, Introducción a la filosofía, Historia general del cristianismo (con John Fletcher), Mártires y perseguidores y La vida del cristiano centrada en Cristo.







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