Hay algo extraño en nuestra manera de relacionarnos con los milagros. Los deseamos, hablamos de ellos, contamos las historias de quienes los experimentaron y, muchas veces, terminamos construyendo nuestras expectativas alrededor de ellos. Nos gustan esas historias en las que, cuando todo parece perdido, algo extraordinario sucede y cambia el curso de los acontecimientos. Una enfermedad desaparece, una puerta se abre, una situación imposible encuentra una salida. Y cuando escuchamos esas historias, es natural emocionarnos. El problema aparece cuando comenzamos a pensar que esa debería ser la manera habitual en que la vida funciona.
Los milagros no son la norma. Son, precisamente, la excepción. Y quizá parte de nuestra frustración nace de haber olvidado esa diferencia.
Vivimos en una época fascinada por lo extraordinario. Queremos resultados rápidos, cambios visibles y respuestas inmediatas. Esa lógica también puede entrar en nuestra espiritualidad. Oramos esperando una respuesta concreta, buscamos señales y esperamos que aquello que nos duele se resuelva de una manera espectacular. Cuando eso no ocurre, podemos empezar a preguntarnos qué hicimos mal, si nuestra fe no fue suficiente o si Dios simplemente decidió no responder.
Pero ¿por qué suponemos que toda respuesta tiene que parecerse a un milagro?
Hay procesos que no tienen nada de espectacular. Una persona cambia después de años de luchar consigo misma. Alguien aprende a poner un límite después de haber permitido durante mucho tiempo que otros lo lastimaran. Una herida deja de gobernar una vida, no porque desaparezca de repente, sino porque con el tiempo adquiere otro significado. Alguien pide ayuda después de años de creer que debía poder solo.
Nada de eso produce necesariamente una historia extraordinaria para contar. Sin embargo, para quien lo vive, puede significar un antes y un después.
Tal vez hemos aprendido a reconocer solamente los cambios que hacen ruido.
Nos conmueve la historia de quien recibió una respuesta inesperada, pero pocas veces hablamos de quien tuvo que aprender a convivir con una pregunta sin respuesta. Preferimos el momento en que todo cambia antes que los cientos de días en los que una persona tuvo que sostenerse mientras nada parecía cambiar.
Y ahí aparece una confusión peligrosa: podemos empezar a pensar que si nuestro proceso es lento, entonces algo está fallando.
También dentro de la fe puede suceder. Escuchamos testimonios de personas que cuentan cómo oraron y recibieron exactamente aquello que pedían. Alguien dice que Dios le habló. Otro cuenta que fue sanado. Alguien asegura que una puerta se abrió cuando parecía imposible.
Y mientras todos celebran, quizá haya alguien sentado unas filas más atrás pensando: “¿Y a mí cuándo? ¿Cuándo me va a sanar? ¿Cuándo va a cambiar mi situación? ¿Cuándo me va a hablar Dios a mí?”.
Incluso puede ocurrir algo todavía más difícil. Alguien dice: “Dios te dice...”, y quien escucha empieza a preguntarse por qué Dios parece tener algo que decirle a esa persona y nada que decirle a él.
La experiencia del otro puede convertirse, sin que nos demos cuenta, en una comparación contra nuestra propia vida.
Y entonces podemos terminar enojándonos con Dios.
¿Por qué no hizo el milagro que esperábamos? ¿Por qué no sanó? ¿Por qué no cambió aquella situación?
A veces empezamos a relacionarnos con Dios como si nuestras oraciones, nuestra fe o nuestro tiempo de espera le hubieran generado una obligación.
Pero Dios es poderoso. Puede sanar. Puede abrir puertas que nosotros creíamos cerradas. Puede intervenir de maneras que no podemos explicar. Creer en los milagros no significa negar su poder.
Una cosa es creer que Dios puede hacerlo y otra muy distinta es creer que Dios tiene que hacerlo.
No todas las historias terminan de la misma manera. Hay personas que oran por una sanidad y son sanadas. Hay otras que oran durante años y tienen que aprender a vivir con aquello que no cambió. No siempre conocemos las razones. No siempre entendemos por qué una oración parece encontrar una respuesta inmediata mientras otra permanece durante años en silencio.
Y quizá haya una parte de la fe que consiste precisamente en aprender a vivir sin tener todas las respuestas.
Hay un episodio en la vida de Pablo que resulta especialmente incómodo para nuestra manera de entender la fe. Pablo habla de un “aguijón” que lo afligía y cuenta que pidió tres veces al Señor que se lo quitara. La respuesta no fue quitar aquello que sufría, sino: “Mi gracia es suficiente para ti, porque mi poder se perfecciona en la debilidad”.
Pablo pidió que algo desapareciera.
Y tuvo que aprender a vivir con algo que no desapareció.
Eso también forma parte de la experiencia de fe.
C. S. Lewis, al reflexionar sobre el sufrimiento, escribió que Dios “susurra en nuestros placeres, habla en nuestra conciencia, pero grita en nuestro dolor”. El dolor, para Lewis, puede obligarnos a mirar aquello que preferiríamos ignorar y a reconocer nuestra necesidad de Dios.
C.S. LewisEso no significa romantizar el sufrimiento ni decirle a alguien que su dolor existe porque Dios quiere enseñarle algo. Hay dolores que simplemente duelen. Hay situaciones frente a las cuales lo más honesto que podemos decir es: no sabemos por qué.
Pero una vida transformada no siempre es una vida en la que desaparecieron todos los problemas.
A veces la transformación ocurre mientras el problema sigue ahí.
Y entonces aparece una pregunta todavía más profunda:
Si Dios no te sana, ¿seguirías siguiéndolo?
Si aquello por lo que llevás años orando nunca sucede, ¿seguirías amándolo?
Si esa puerta que pediste que se abriera permanece cerrada, ¿seguirías caminando con Él?
Si nunca recibís ese milagro que tanto esperabas, ¿seguirías creyendo?
Son preguntas incómodas porque nos obligan a revisar qué es exactamente lo que buscamos cuando buscamos a Dios.
¿Buscamos a Dios o buscamos aquello que esperamos que Dios nos dé?
Porque es fácil decir que confiamos en Dios cuando la respuesta coincide con lo que pedimos. La profundidad de esa confianza aparece cuando la respuesta no se parece en nada a nuestra expectativa.
La fe no debería convertirse en una garantía de que recibiremos aquello que deseamos. Confiar no significa necesariamente esperar que todo cambie de la manera que nosotros queremos. A veces confiar significa seguir caminando mientras las circunstancias permanecen iguales.
También hay momentos en los que esperamos un milagro cuando, en realidad, necesitamos tomar una decisión. Esperamos que alguien cambie cuando necesitamos poner un límite. Pedimos una señal cuando, en el fondo, ya sabemos lo que tenemos que hacer.
La fe no debería convertirnos en espectadores de nuestra propia existencia.
Quizá uno de los milagros más difíciles de reconocer sea aquel que no cambia las circunstancias, sino nuestra manera de atravesarlas. El problema sigue ahí, pero ya no somos exactamente la misma persona frente a él. La herida permanece, pero deja de decidir por nosotros. El miedo aparece, pero ya no nos paraliza de la misma manera.
Eso también es transformación.
Hay una dignidad enorme en lo cotidiano. En levantarse un día más. En pedir perdón. En empezar de nuevo. En cuidar a alguien. En aprender a cuidarnos. En atravesar una etapa difícil sin saber exactamente cuándo terminará. En continuar cuando todavía no vemos el resultado.
Nada de eso parece un milagro cuando lo observamos desde afuera.
Pero puede cambiar una vida.
Por eso los milagros pueden seguir existiendo sin convertirse en la medida de nuestra esperanza. Podemos creer en lo extraordinario sin despreciar lo cotidiano. Podemos pedir una respuesta sin asumir que necesariamente llegará como la imaginamos. Podemos esperar sin quedarnos inmóviles. Podemos confiar y, al mismo tiempo, hacer nuestra parte.
Los milagros no son la norma. Son la excepción.
Y aceptar eso no hace nuestra fe más pequeña, sino más profunda.
Porque la fe no consiste solamente en creer que Dios puede cambiar nuestra historia. También consiste en decidir qué haremos cuando no la cambie como esperábamos.
A veces esperamos que el milagro sea que el problema desaparezca.
Y quizás, en algunas ocasiones, el milagro sea descubrir que el problema sigue ahí y, aun así, nosotros aprendimos a caminar.
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