La doctrina de la inerrancia bíblica se basa en una premisa sencilla, aparentemente irrefutable, a saber: Dios no puede errar, la Biblia es la palabra de Dios, luego la Biblia no puede errar[1]. El argumento es convincente, pero falla en un punto esencial: Dios, ser transcendente y supremo, no es igual a un libro, la Biblia, por más inspirada que se considere. La Biblia tiene su autoridad, la autoridad de Dios, en cuanto en ella se ha consignado la revelación o comunicación de Dios con el ser humano en un largo y complejo proceso histórico. Naturalmente que la Biblia no se equivoca —está libre de error—, pero no se equivoca en aquello para lo que ha sido dada, soplada, espirada: «Así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié » (Is 53:11).
Un lugar abierto a la reflexión