Hace un tiempo empecé a notar algo curioso. No fue un ataque de ansiedad ni una crisis emocional. Fue algo mucho más silencioso.
Me di cuenta de que comía rápido, caminaba rápido, respondía rápido y quería terminar todo cuanto antes. Mientras hacía una cosa, mi cabeza ya estaba pensando en la siguiente. Incluso cuando no tenía urgencias reales, mi cuerpo actuaba como si las tuviera.
Un día me descubrí con la espalda completamente tensa, los hombros elevados, la mandíbula apretada y el entrecejo fruncido. Entonces entendí que el estrés no siempre llega haciendo ruido. A veces se instala tan silenciosamente que terminamos creyendo que vivir tensos es lo normal.
Vivimos en una cultura que nos empuja a correr. Todo parece exigir inmediatez: responder enseguida, producir más, aprovechar cada minuto, llegar antes, hacer más cosas en menos tiempo. Sin darnos cuenta, ese ritmo termina metiéndose debajo de la piel.
El cuerpo, sin embargo, no miente. Nos habla a través del cansancio, de la tensión muscular, de la respiración agitada, del insomnio o de esa sensación constante de estar agotados aun cuando el día recién comienza. Muchas veces pensamos que solo estamos ocupados, cuando en realidad llevamos demasiado tiempo viviendo en estado de alerta.
De la psicología hemos aprendido que el estrés es una respuesta natural que prepara al organismo para afrontar un desafío. El problema aparece cuando esto deja de ser una reacción pasajera y se convierte en un estado permanente. Entonces el cuerpo ya no distingue entre un peligro real y una lista de tareas pendientes. Vive preparado para una batalla que nunca termina.
Ese estado sostenido suele abrirle la puerta a la ansiedad. La ansiedad no siempre se manifiesta como una crisis; muchas veces aparece como una preocupación constante, o como la sensación de que siempre nos falta algo, de que nunca alcanzamos lo que deseamos, de que si nos detenemos todo se vendrá abajo. Vivir así es vivir con el cuerpo en el presente, pero con la mente atrapada en un futuro que todavía no existe.
Y cuando intentamos sostener ese ritmo imposible, aparece otra compañera silenciosa: la frustración. Porque nadie puede cumplir siempre con todas las expectativas. Nos frustramos cuando el día no alcanza, cuando los planes cambian, cuando el cansancio nos obliga a parar o cuando descubrimos que tenemos límites. Sin embargo, en lugar de aceptar nuestra condición humana, solemos exigirnos todavía más.
El filósofo Byung-Chul Han describe una sociedad donde ya no hace falta que alguien nos presione: nosotros mismos nos convertimos en nuestros propios vigilantes y verdugos. Nos convencimos de que siempre hay que ir un poco más rápido, rendir un poco más y hacer un poco más. La presión ya no viene únicamente desde afuera; aprendimos a ejercerla sobre nosotros mismos.
En la misma línea el sociólogo Hartmut Rosa considera que una de las características de nuestras sociedades contemporáneas es la “aceleración”, que funciona no solamente como una condición necesaria para el crecimiento, sino meramente para la subsistencia.
Es como conducir un automóvil con el acelerador siempre a fondo: tarde o temprano, el motor pasa factura. El cuerpo encuentra la manera de decir aquello que nosotros llevamos demasiado tiempo ignorando.
Por eso, quizás la revolución más grande hoy sea hacer las cosas despacio. Respirar profundo antes de empezar el día. Comer sin apuro, saboreando cada bocado. Bajar los hombros. Aflojar la mandíbula. Relajar los músculos de la frente. Mirar el cielo unos segundos. Caminar sin sentir que estamos llegando tarde a la vida.
No todo tiene que resolverse hoy. No todo merece una carrera. A veces, lo más valiente no es seguir acelerando, sino detenerse. Escuchar el propio cuerpo. Reconocer que estamos cansados. Aceptar que no podemos con todo y que eso no nos hace menos valiosos.
El mundo seguirá haciendo ruido. Seguirá diciéndonos que vayamos más rápido, que produzcamos más, que no nos detengamos. Pero nosotros podemos elegir otro ritmo. Podemos recordar que vivir no es una competencia, que descansar no es perder el tiempo y que la paz comienza cuando dejamos de tratarnos como máquinas y volvemos a reconocernos como seres humanos.
Tal vez la paz no consista en que el mundo deje de gritar, sino en aprender a bajar el volumen del ruido que llevamos por dentro.
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Aldana Bottino es escritora, ensayista y poeta. Ha publicado cinco libros de poesía y desarrolla también trabajos de investigación en psicología y estudios culturales. Actualmente se encuentra trabajando en un nuevo poemario que reúne una parte significativa de su producción poética.
Su obra es valorada por sus lectores por la intensidad y profundidad con que aborda algunos de los problemas centrales de la condición humana, explorando experiencias y preguntas que encuentran en la palabra poética una forma singular de expresión.
Muchas gracias Aldana por tus siempre interesantes, sensibles y sabios artículos. Son verdaderamente como agua fresca en tarde calurosa de verano. No aflojes... pero a tu ritmo eh!!
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