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LA EVOLUCIÓN Y SUS CRÍTICOS (8)William Dembski: Diseño versus Azar | Alfonso ROPERO

 
 
El paradigma de la complejidad surge como una nueva forma de comprender el mundo, desafiando la visión simplista y lineal de la ciencia tradicional. Se trata de un enfoque transdisciplinar que busca entender los fenómenos como sistemas dinámicos, abiertos, no lineales e interconectados. Algunos de sus valores fundamentales son la interconexión, la emergencia, la autoorganización, la incertidumbre y la reflexividad.
Álvarez B. Jacksson[1]
 

Basta una simple observación del universo físico para descubrir que es asombrosamente complejo. A escala cotidiana, vemos nubes y rocas, copos de nieve y remolinos, árboles y personas, y nos maravillamos ante la complejidad de su estructura y comportamiento. Reduciendo la escala, encontramos la célula viva, con sus elaboradas y personalizadas moléculas, muchas de ellas con miles de átomos dispuestos con precisión. Ampliando nuestra perspectiva hacia el cosmos, hallamos complejidad en todas las escalas, desde los delicados patrones de filigrana en la superficie de Júpiter hasta la majestuosidad organizada de las galaxias espirales.
Paul Davies[2]
 
 
 
El paradigma de la complejidad
 
A finales del siglo XX nació un nuevo paradigma científico que se puede llamar teoría de la complejidad. Desde los días de Galileo había predominado el paradigma determinista, que reducía ciertos aspectos de la naturaleza a fenómenos de comportamiento simples. Desde la década de 1980 la ciencia comenzó a darse cuenta que los objetos y fenómenos materiales implican aspectos complejos que desbordan la capacidad reduccionista de la ciencia clásica. Con el descubrimiento del ADN y el código genético se pensó que la vida consistía sobre todo en ejecutar la información codificada en el ADN y que la evolución funcionaba sólo por la aparición de mutaciones accidentales que eran sometidas a selección por el medio. Pero el DNA interactúa con la cromatina que le rodea y la expresión de los genes es afectada por causas de origen fisiológico: el funcionamiento de los órganos tiene efectos sobre las moléculas. «Para explicar la evolución de la materia podríamos remontarnos a la formación de los átomos —escribe el Dr. Jaume Terradas Serra—, pero es importante hacer notar que los procesos evolutivos empezaron a originar estructuras nuevas que tenían efectos sobre las estructuras más elementales de las que procedían: aparecía así una causalidad de arriba abajo, al tiempo que persistía la causalidad inicial de abajo arriba. Se entró entonces en el dominio de la complejidad». Hoy sabemos a ciencia cierta que la materia viva es tremendamente compleja, lo cual se manifiesta no solo en capacidades tales como el pensamiento o el movimiento, sino también en todos los procesos que tienen lugar a nivel celular y que hacen posible que la vida pueda mantenerse como tal. Durante siglos se creyó que esta complejidad se lograba gracias a la existencia de un principio vital (el élan vital de Bergson) capaz de hacer que la materia inerte adquiriera propiedades de la materia viva. Sin embargo, esta creencia quedó desacreditada hace mucho tiempo; se sabe que no hay ningún elemento químico que sea exclusivo de la materia viva. Esta está formada por agua y materia orgánica, la cual a su vez está constituida por un número no demasiado alto de moléculas básicas (aminoácidos, bases nitrogenadas, azúcares, vitaminas, etc.), la mayoría de las cuales han podido ser sintetizadas con éxito en experimentos llevados a cabo en el laboratorio.

La complejidad de formas y estructuras que puede adoptar la vida en la Tierra es algo que no deja de sorprendernos. El grado de complejidad de los seres vivos desde los más pequeños, como las bacterias, hasta los más grandes, como puedan ser las ballenas, desbordan la explicación reduccionista de la ciencia clásica[3]. ¿Qué fuerza ha favorecido que la vida en la Tierra haya podido alcanzar tan elevado nivel de complejidad?, se pregunta la Dra. Ester Lázaro[4]. Lejos han quedado los días de la simplicidad en biología. «En todo el mundo hay un reconocimiento cada vez mayor de que la vida es más compleja e incluso más misteriosa de lo que suponíamos»[5].

En este nuevo contexto de plena conciencia y conocimiento de la complejidad de la vida hay que situar la obra de Michael Behe y William Bembski, aunque con enfoques y conclusiones muy personales. Ambos inciden en la complejidad irreductible/especificada de la naturaleza, la cual para ellos demanda una nueva manera de entender la evolución orgánica, pues conociendo la admirable complejidad de sus estructuras, que denota un diseño asombroso, el reclama, postula la existencia un agente diseñador inteligente, previsor, creativo. Así es como el diseño inteligente se presenta a sí mismo como alternativa y nuevo paradigma estrictamente científico para la comprensión de los procesos propios de los seres vivos.

William A. Dembski es un destacado matemático y filósofo, miembro del Centro para la Ciencia y la Cultura del Discovery Institute, así como miembro distinguido del Centro Walter Bradley para la Inteligencia Natural y Artificial del mismo instituto. Se doctoró en matemáticas de la Universidad de Chicago y en filosofía en la Universidad de Illinois; obtuvo una maestría en teología en el prestigioso Seminario Teológico de Princeton. Con estos escuetos datos biográficos queremos dejar constancia de su capacidad para tratar con conocimiento y competencias temas del campo científico como del teológico. Con su obra prima Intelligent Design: The Bridge between Science and Theology (1999)[6] se convirtió en uno de los proponentes y defensores del Diseño Inteligente más destacados. A medida que el interés por el diseño inteligente ha ido creciendo en la cultura general, Dembski ha venido a ser el teórico principal de esta corriente.  
 
 
El diseño como ciencia

Dembski mantiene que la complejidad que se observa en los seres vivos atestigua que hasta el ser microscópico más primario no es tan simple como se solía pensar, de modo que no puede ser explicado fácilmente por azar, como hace el darwinismo. Por esta razón, la labor de los defensores del diseño inteligente es demostrar científicamente que este universo no obedece a las leyes ciegas del azar, sino al plan perfectamente diseñado por un ser inteligente. Por otra parte, se afirma que el diseño inteligente no es un enemigo de la ciencia, lo que pretende es ir más allá de la ciencia en su versión de materialismo reduccionista. La presencia de diseño en un sistema cualquiera se puede verificar mediante métodos científicos, aunque la inferencia de una inteligencia metacientífica pueda ofender a algunos. «La inferencia de diseño dice esencialmente que algunas coincidencias son demasiado poco probables como para atribuirlas al azar y por tanto deben atribuirse a una inteligencia diseñadora. Un ejemplo que empleo a menudo es el de la búsqueda de inteligencia extraterrestre. Si se detecta una señal de radio del espacio exterior que proporciona una lista de números primos (números divisibles tan solo por sí mismos y por la unidad), podría ser naturalmente atribuida al diseño. ¿Por qué? Por dos razones: es compleja y por tanto no es fácilmente reproducible por azar; y corresponde además a un patrón identificable e independiente (en este caso un patrón tomado de las matemáticas). La inferencia de diseño explota esta coincidencia entre patrones independientes identificables y un suceso altamente improbable de otras maneras»[7]. 

El ámbito metódico en el que pretende moverse Dembski para conseguir sus objetivos es básicamente matemático. Como tal, sus argumentos resultan difíciles de seguir para los legos en el tema. En resumen, pretende inferir el diseño a raíz de la naturaleza de las criaturas que se observa tanto en los organismos unicelulares como pluricelulares, diseño que no es solamente aparente como defiende Richard Dawkins y tantos otros darwinistas, sino diseño propiamente tal. 

Para Dembski, el análisis que hace Behe de las células y su complejidad irreductible es una prueba irrefutable es una prueba del diseño real de lo vivo. «Un sistema irreductiblemente complejo no puede ser producido por modificaciones leves y sucesivas de un sistema precursor, porque cualquier precursor de un sistema irreductiblemente complejo al que le falte una parte por definición no funcional […] En un sistema irreductiblemente complejo la función solo es mantenida cuando todos los componentes del sistema están en su lugar de forma simultánea»[8]. Como Behe ha demostrado, los seres vivos presentan innumerables sistemas y mecanismos complejos que denotan en sí mismos una forma de orden de partes orientadas a una finalidad funcional, como es por supuesto el flagelo bacteriano, pero no solo el flagelo en sí con su mecanismo fascinante, lo que es más llamativo es el proceso absolutamente finalista de construcción de un nuevo flagelo por parte de la célula en el proceso de reproducción y en el que intervienen más de 100 proteínas o máquinas proteicas. Un organismo es un sistema funcional que comprende muchos subsistemas funcionales. Se puede detectar diseño cuando se observa las complejas estructuras de la biología ricas en información.  ¿Por qué la resistencia a admitir que un sistema biológico pueda ser diseñado? Dembski considera que esto se debe al miedo, miedo a que el concepto de diseño asfixie la investigación científica. A este miedo hay que decirle que «el diseño no es un freno para la ciencia. En realidad, el diseño puede darle alas a la indagación donde las propuestas evolutivas tradicionales la obstruyen»[9]. Es más, asegura Dembski, «el diseño estimula a los científicos a buscar función donde la evolución desestimula»[10].

Los científicos, considera Dembski, no tienen nada que temer al diseño, sino todo lo contrario. El estudio del diseño en la ciencia solo puede enriquecerla al liberarla del reduccionismo materialista de la mayoría de los científicos, que lleva a una visión restringida de la realidad y de nosotros mismos[11]. «El diseño promete revigorizar la corriente ética que va de Aristóteles a Tomás de Aquino conocida como ley natural»[12].

La propuesta de Dembski es reconceptualizar la biología evolucionista en términos de teoría de la información, lo cual se viene haciendo desde hace un tiempo. «Cuanto más avanza el proceso evolutivo, más visible se hace la información como constituyente de la realidad»[13].
Dembski no es creacionista en ningún sentido, él entiende que la selección natural darwinista como mecanismo para conservar, adaptar y asentar estructuras biológicas existentes es idealmente adecuado[14]. La reconceptualización de la biología evolutiva desde la teoría de la información es «suficientemente flexible como para acomodar los mecanismos de cambio evolutivos propuestos hasta la fecha […] De este modo, el mecanismo darwinista tendrá que ser reformulado en términos de la teoría de la información como la selección y la herencia con modificación de la información»[15]. Aunque Dembski no desarrolla teológicamente este punto, me gustaría aportar varias notas del profesor Karl Schmitz-Moormann, en lo que tienen de sugerente para el desarrollo el pensamiento cristiano. El almacenamiento de la información, nos dice, pone de manifiesto una cualidad presente en el nivel de la vida. El ADN contiene información, pero no es la información. El ADN constituye claramente el soporte de la información codificada. Su función en la célula es la de servir como depósito para ser utilizado cuando sea necesario. «Este fenómeno que supone el almacenamiento de la información es algo absolutamente nuevo: no se conoce otra materia que almacene una información cuyo contenido no resulte esencial para esa materia como tal. Existe, incluso, algo de inmaterial en esta información: aunque la materia se utiliza para almacenar la información, es el orden, algo no material impreso en la materia, el que contiene la información»[16]. De aquí se desprende que la vida no es solo materia viva, sino que muestra ciertos rasgos en lo que al almacenamiento de la información se refiere que resultan desconocidos en la materia inerte. La evolución tiene lugar, cada vez más, en un nivel que trasciende la materialidad del mundo. «La descripción basada en la ciencia de los niveles de información, de su almacenamiento y su comunicación no contienen referencias inmediatas al Creador, pero si adoptamos las relaciones básicas de la analogía del ser podemos observar nuevamente la evolución de la información, puesto que esta está cada vez menos atada a la materia y es causalmente más efectiva.

 La creación evolutiva de Dios está dando lugar, de manera gradual, a una información más afectiva y menos vinculada a lo material. Según esta perspectiva, la información muestra un cierto grado de similitud con el Creador, que según nosotros creemos trasciende toda materialidad. Al evolucionar hacia un nivel informacional más elevado, el universo alcanza una mayor similitud con su creador»[17].
 
 
Diseño y teología

Como anuncia en el subtítulo de su libro, Dembski considera que la teoría del diseño inteligente va de la mano de la teología, tiene implicaciones transcendentales en ambas vías. Considera que la ciencia y la teología son como dos ventanas diferentes para ver una misma realidad poliedra y compleja. Por tanto, la ciencia y la teología, cada cual a su manera, son complementarias, de esto modo es posible dejar atrás lado el modelo de conflicto, común casi desde el inicio de la ciencia moderna. Conflicto a menudo propiciado por los teólogos encastillados en su interpretación de la vida y la realidad. Dembski cita en su apoyo al teólogo de Princeton Chales Hodge, cuando afirma: «Los teólogos no son intérpretes infalibles de la Escritura. Por lo tanto, puede ocurrir en el futuro como ocurrió en el pasado, que las interpretaciones de la Biblia, confiadamente recibidas tiempo atrás, deban ser modificadas o abandonadas, para mantener la revelación en armonía con lo que Dios enseña en sus obras. Este cambio de posición en cuanto al verdadero significado de la Biblia puede ser un proceso doloroso para la Iglesia, pero no perjudica en lo más mínimo la autoridad de las Escrituras. Ellas permanecen infalibles, meramente somos convictos de haber malinterpretado su significado»[18].
Así que, frente al modelo de conflicto Dembski propone el clásico modelo de apoyo mutuo, o armonía de la fe y la razón. Para ello apela a unos de los principios esenciales de la teología natural. «Dentro del cristianismo, Dios tradicionalmente se ha revelado en dos libros: el libro de las Escrituras y el libro de la Naturaleza, que es la creación, ambos libros testifican del Dios que es su autor común»[19]. 

Dembski da un paso más y afirma que todas las disciplinas, científicas, filosóficas y teológicas, encuentran su completez en Cristo y no pueden ser entendidas apropiadamente aparte de él»[20]. Esta es una expresión de fe loable, pero me parece que muy difícil de sustentar científicamente, pues mezcla dos realidades muy distintas, como son la materia y la divinidad. Dios -Jesucristo en cuanto Dios- no es dato de la creación, es su fundamento último, pero no forma parte de la misma, como sería de esperar de un concepto panteísta[21]. Ni siquiera la creación en cuanto obra del Creador mediante su Palabra, Verbo o Espíritu es un dato de lo existente demostrable por la investigación o la ciencia. Es un concepto metafísico, teológico. Como dice el texto apostólico, «por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía» (Hebreos 11:3). La creación es un artículo de fe —Creo en Dios Padre creador—, y como tal se puede y se debe postular, pero hay que reconocer que a la investigación científica lo que menos le hace falta es un complemento teológico para realizar su tarea, aunque pueda tener un valor epistémico a la hora de plantearse una visión global de la vida y el universo[22]. 

Dembski es consciente del problema que plantea, y aclara que hay que distinguir entre Cristo como un adendum a una teoría científica, y Cristo como completez, término matemático que él usa para referirse a los números tanto racionales como irracionales. «Un científico puede investigar un aspecto del mundo sin referencia a Cristo tanto como un matemático aplicado puede hacer sus cálculos sin referencia los números reales. Pero la validez de las ideas del científico nunca puede estar divorciada de Cristo, quien a través de la encarnación entra, toma y transforma el mundo y de esta manera no puede menos que llenar el dominio de indagación del científico»[23]. Hasta dónde la encarnación de Cristo transforma el mundo no está clara y me parece impropia, pues como bien dice el término, la encarnación, como bien sabe Dembski, solo dice que el Verbo divino ha asumido en Cristo la totalidad de nuestra humana en orden a su redención. Luego, es un poco exagerado asegurar que «Cristo es indispensable para cualquier teoría científica, aun si sus practicantes no tienen ni idea acerca de él. La pragmática de una teoría científica puede, de seguro, ser perseguida sin recurrir a Cristo; pero la solidez conceptual de la teoría al final solo puede ser localizada en Cristo»[24]. Desde la teología cristiana podemos afirmar sin duda que tanto la humanidad como el universo están referidos a Cristo. Pierre Teilhard de Chardin sostenía que Cristo es el Punto Omega, es decir, la meta, la plenitud del movimiento evolutivo, pero entendemos que esto cae más dentro de la mística cristiana, en el buen sentido de la palabra, que de las ciencias naturales[25].

Volviendo al concepto central del diseño inteligente, Dembski mantiene que este es una inferencia científica, no una ilusión filosófica, de modo que «cualquier ciencia que sistemáticamente ignore al diseño es incompleta y defectuosa»[26]. También aclara que el diseño inteligente necesita ser distinguido del llamado creacionismo científico. «La diferencia más obvia entre los dos es que el creacionismo tiene compromisos religiosos a priori, mientras que el diseño inteligente no. […] Interpreta los datos de la ciencia sobre principios científicos aceptados generalmente. En particular, el diseño inteligente, no depende del relato bíblico de la creación»[27].

Para Francis S. Collins los pretendidos espacios que la inferencia del diseño inteligente intenta llenar con la actividad Dios están siendo llenados con los avances de la ciencia. Al forzar esta visión estrecha y limitada del papel de Dios, el diseño inteligente irónicamente está en camino de causar un considerable daño a la fe. Pero, desde el punto de vista estrictamente lógico, la inferencia del diseño tiene un grave problema, consiste en que, desde la biología o la física, y con más razón desde las matemáticas, es metódicamente inalcanzable la noción de diseño, tal como se concibe dentro del movimiento: disposición intencional de las partes, pues según el profesor Santiago Collado González, «es injustificado el salto metódico desde la improbabilidad al diseño, llámese complejidad irreductible o complejidad especificada. Se incurre en incongruencia, porque la probabilidad o improbabilidad de alcanzar una determinada complejidad en una estructura no autoriza en general a hablar de inteligencia. Esta se mueve en un plano metódico distinto. Desde la matemática “no se sabe” lo que es la inteligencia, y menos aún desde la probabilidad. […] Meter la inteligencia en el proceso de inferencia desde el principio, a priori, es incurrir en una circularidad que invalida el método. Para inferir diseño, es necesaria la existencia de inteligencia; pero es la inteligencia, el diseño, lo que se quiere inferir. Para que fuera válido este método, habría que expresar la inteligencia en términos matemáticos, pero no es esto lo que hacen los teóricos del diseño inteligente. Y si lo consiguieran, podría decirse que habrían dado la razón al materialismo, en lugar de expulsarlo de la ciencia»[28].


El fallo del diseño inteligente como ciencia

Una teoría científica viable predice hallazgos y sugiere enfoques para verificaciones experimentales posteriores, por esta razón, William Dembski predice: «Si se pudiera demostrar que sistemas biológicos maravillosamente complejos, elegantes e integrados, como el flagelo bacteriano, se podrían haber formado mediante un proceso gradual darwiniano (y que, por lo tanto, su complejidad específica es una ilusión), entonces el Diseño Inteligente sería refutado en los principios básicos de que no es necesario invocar causas inteligentes cuando bastarían causas naturales indirectas. En ese caso, la navaja de Occam acabaría con el Diseño Inteligente (DI) con facilidad»[29].

Pues bien, según, según Francis S. Collins, científico y creyente, que escribe con mucho respeto sobre el Diseño Inteligente[30], considera que «una sobria evaluación de la información científica actual tendría que concluir que este resultado ya está disponible. Los pretendidos espacios que el DI intenta llenar con Dios están siendo llenados con los avances de la ciencia. Al forzar esta visión estrecha y limitada del papel de Dios, el DI irónicamente está en camino de crear un considerable daño a la fe»[31].
Los partidarios del DI, continúa Collins, «han cometido el error de confundir lo desconocido con lo no conocible, o lo no resuelto con los irresoluble»[32]. Así ocurre con los tres ejemplos de estructuras que parecen cumplir con la definición de Behe de complejidad irreductible, a saber, el flagelo bacteriano, la cascada de coagulación de la sangre humana y el diseño del ojo, «muestran signos claros de cómo podrían haber sido ensamblado por la evolución en su proceso gradual»[33].
Como bien señala el profesor Rafael Alemañ «nuestros conocimientos actuales sobre la evolución demuestran que los sistemas complejos con nuevas funciones, suelen evolucionar de sistemas menos complejos con funciones diferentes»[34].  


Diseño y finalidad

El concepto diseño es la forma moderna de referirse a la tradicional creencia de la existencia de una finalidad en la naturaleza. En este sentido, como bien dice el profesor Mariano Artigas, «el diseño inteligente acierta al subrayar la existencia de finalidad en la naturaleza, y de una finalidad que se puede comprobar y que parece exigir un plan», pero, y es la problemática cuestión, «¿es esto ciencia, en el sentido moderno?, ¿es legítimo introducir la noción de un plan “inteligente” en la biología?»[35]. La ciencia natural no nos lo permite, pero «si se aborda el tema de la finalidad en la naturaleza desde el ámbito de la racional metacientífica, no debería ser ningún problema para armonizar la evolución y la evidencia de un plan divino, ya que la combinación de azar y necesidad, de variedad y selección, junto con las potencialidades para la autoorganización, pueden ser contempladas fácilmente como el camino utilizado por Dios para producir el proceso de la evolución»[36]. «La contingencia y el azar son compatibles con la existencia de un plan divina que gobierna la creación. Por lo tanto, de la existencia real del azar y la evolución no se puede concluir que exista un plan divino y que el ser humano no sea el resultado previsto de ese plan»[37]. «El concepto de creación es fundamental en la teología cristiana; sin embargo, no hay ningún inconveniente en concebir la evolución como un hecho dinámico que se va desplegando a lo largo del tiempo»[38].

En la biología contemporánea existe la tendencia a comprender los organismos en términos de autoorganización. Stuart Kauffman, uno de sus principales promotores, sostiene que la naturaleza misma, simplemente obedeciendo las leyes de la física puede producir entidades de gran complejidad y «creatividad incesante». La naturaleza, afirma, es en sí misma suficientemente creativa y no es necesario apelar a un creador[39]. Esto último es juicio de valor, una deducción metafísica que va más allá de lo propiamente biológico; por tanto, desde un punto de vista teológico también es razonable interpretar que «la creatividad espontánea de la vida es la forma de la actividad creadora de Dios»[40]. Es más, como apunta Pannenberg, «la autoorganización creativa de la vida en el proceso de la evolución, desde la transición de la materia inorgánica hasta los primeros organismos, corresponde al soplo del viento divino, el Espíritu que insufla vida en cada nueva criatura y así sopla a través de la evolución»[41]. Ciertamente, para la mentalidad moderna, como señala nuestro teólogo, la descripción bíblica de la vida como creada por la actividad dinámica del Espíritu divino puede parecer una mera metáfora. «Sin embargo, el aliento es más que una imagen arbitraria, pues indica la dependencia de la vida del flujo de energía que entra en nuestro cuerpo desde afuera y pasa a través de nosotros»[42].

Hablar de la naturaleza «autocreadora» es una afirmación metafísica, y es aquí donde, con el mismo derecho, entra Dios como causa final de la existencia sin competir con la causación de las criaturas, sino que la posibilita y le da soporte. «Las concepciones tradicionales de Dios como creador ciertamente no necesitan ser abandonadas para aceptar un universo en evolución»[43], cuya finalidad atrae la creación hacía sí mismo.



Notas
[1] Álvarez B. Jacksson, Paradigma de la complejidad: claves y valores para una nueva compresión del mundo. SciELO Preprints 2024.
[2] Niels, Henrik Gregersen, ed., From Complexity to Life. On the Emergence of Life and Meaning, p. 3. Oxford University Press, Oxford 2003.
[3] Véase Nicolás Caparrós y Rafael Cruz, dirs., Viaje a la complejidad, vol. I. Del Big Bang al origen de la vida. Biblioteca Nueva, Madrid, 2012.
[4] Ester Lázaro Lázaro, La vida: Un viaje hacia la complejidad en el Universo. Editorial Sicomoro, Madrid 2019.
[5] Gordon Rattray Taylor, El gran misterio de la evolución, p. 232. Planeta, Barcelona 1983.
[6] William A. Dembski, Diseño inteligente. Un puente entre la ciencia y la teología. Vida, Miami 2005 / Homo Legens, Madrid 2006.
[7] Entrevista realizada a William Dembski por Eduardo Arroyo y Mario A. López y publicada en el elmanifiesto.com. URL: http://www.elmanifiesto.com/articulos_imprimir.asp?idarticulo=638
[8] Dembski, Diseño inteligente. Un puente entre la ciencia y la teología, p. 141. Vida, Miami 2005
[9] Dembski, Diseño inteligente, p. 143. «Mientras algunos científicos se han sentido obligados a postular alguna influencia directiva en la evolución, a otros la sola idea les produce dentera. Eso se debe al miedo de que volvamos a creer en un plan divino». Gordon Rattray Taylor, El gran misterio de la evolución, p. 13.
[10] Dembski, Diseño inteligente, p. 144.
[11] Aquí, Dembski introduce una nota negativa, que no es del todo correcta ni justa: «La psicología evolucionista justifica todo, desde el infanticidio hasta el adulterio, lo cual es un síntoma de esta inadecuada concepción de la ciencia», Op. cit., p. 145.
[12] Dembski, Diseño inteligente, p. 144. 
[13] Karl Schmitz-Moormann, Teología de la creación en un mundo en evolución, p. 136. Ed. Verbo Divino, Pamplona 2005.
[14] Dembski, Diseño inteligente, p. 173.
[15] Dembski, Diseño inteligente, p. 175.
[16] Karl Schmitz-Moormann, Teología de la creación en un mundo en evolución, p. 152.
[17] Karl Schmitz-Moormann, Teología de la creación en un mundo en evolución, p. 161. «Respecto a la materialidad, debemos recordar que en nuestro lenguaje habitual materia y espíritu son términos opuestos. Ciertamente la información está mucho más relacionada con el espíritu que con la materia» (id.).
[18] Dembski, Diseño inteligente, p. 182. Cita de Systematic Theology, tomo I, p. 59. 
[19] Dembski, Diseño inteligente, p. 183.
[20] Dembski, Diseño inteligente, p. 185.
[21] «Dios no se concibe como una fuerza física más interactuando con otras fuerzas físicas, sino más bien el dador del ser, de quien todo lo demás depende para existir en cada momento», Luis Fernando Munera, Ciencia y creación, p. 32. Sal Terrae, Maliaño 2018.
[22] Cf. Niels Henrik Gregersen, Incarnation: On the Scope and Depth of Christology (Augsburg Fortress, 2015);  «“The God with Clay”: The idea of Deep Incarnation and the Informational Universe», Zygon: Journal of Religion and Science 58(3), 683–713.
[23] Dembski, Diseño inteligente, p. 199.
[24] Dembski, Diseño inteligente, p. 200.
[25] Véase Ilia Delio, Cristo en evolución (Sal Terrae, Maliaño 2014); Denis Edwards, Aliento de vida. Una teología del Espíritu creador (Ed. Verbo Divino, Estella 2008); John Polkinghorne, ed., La Trinidad y un mundo entrelazado (Ed. Verbo Divino, Estella 2013).
[26] Dembski, Diseño inteligente, p. 213.
[27] Dembski, Diseño inteligente, p. 234.
[28] Santiago Collado, en F. J. Soler Gil y M. Alfonseca, coords., 60 preguntas sobre ciencia y fe respondidas por 26 profesores de universidad, p. 174. Stella Maris, Barcelona 2016, 3ª ed.
[29] Dembski, The Design Revolution, p. 282. IVP, Downers Grove 2004.
[30] «El surgimiento del Diseño Inteligente (DI) coincidió con una serie de derrotas judiciales sobre la enseñanza del creacionismo en las escuelas de los Estados Unidos, un contexto cronológico que ha hecho que los críticos se refieran al DI inmisericordemente como “creacionismo furtivo” o “creacionismo 2.0”. Pero estos términos no hacen justicia a la reflexividad y sinceridad de los precursores del DI. Desde mi perspectiva como genetista, biólogo y creyente en Dios, este movimiento merece una seria consideración». Francis Collins, ¿Cómo habla Dios? La evidencia científica de la fe, p. 197. Temas de Hoy, Madrid 2007.
[31] Collins, ¿Cómo habla Dios?, p. 210.  
[32] Collins, ¿Cómo habla Dios?, p. 203.
[33] Collins, ¿Cómo habla Dios?, p. 203.
[34] Rafael Alemañ Berenguer, Evolución o diseño. ¿Un dilema?, p. 303 Sirius, Madrid 2007.
[35] Mariano Artigas y Daniel Turbón, Evolución del hombre. Ciencia, filosofía y Religión, p. 122. EUNSA, Pamplona 2007.
[36] Carlos A. Marmelada, en F. J. Soler Gil y M. Alfonseca, coords., 60 preguntas sobre ciencia y fe, p. 156.
[37] Carlos A. Marmelada, en F. J. Soler Gil y M. Alfonseca, coords., 60 preguntas sobre ciencia y fe, p. 157.
[38] Carlos A. Marmelada, Fronteras del conocimiento. Ciencia, filosofía, religión, p. 137.  Skotia, Madrid 2014.
[39] «Creo que gran parte del orden en los organismos es autoorganizado y espontáneo. La autoorganización se mezcla con la selección natural de maneras apenas comprendidas para dar lugar a la magnificencia de nuestra rebosante biosfera. Por lo tanto, debemos ampliar la teoría evolutiva». S. Kauffman, Investigaciones, p. 151. Tusquets, Barcelona 2003.
[40] Woflhart Pannengerg, en Múnera, Meléndez y Gómez, eds., Ciencia y creación. La investigación científica de la naturaleza y la visión cristiana de la realidad, p. 327. Sal Terrae, Santander 2018. 
[41] Pannengerg, Ciencia y creación, p. 328.
[42] Pannengerg, Ciencia y creación, p. 329.
[43] William Carroll, en Múnera, Meléndez y Gómez, eds., Ciencia y creación, p. 314.






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Alfonso Ropero, historiador y teólogo, es doctor en Filosofía (Sant Alcuin University College, Oxford Term, Inglaterra) y máster en Teología por el CEIBI. Es autor de, entre otros libros, Filosofía y cristianismo, Introducción a la filosofía, Historia general del cristianismo (con John Fletcher), Mártires y perseguidores y La vida del cristiano centrada en Cristo.









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