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El "Silencio" de Martin Scorsese | Alfonso Pérez Ranchal



A los nueve años del estreno de la película Silencio

Silencio de Martin Scorsese es uno de esos contados casos en los que la adaptación de una novela histórica, ya de por sí considerada la obra cumbre de su autor, se lleva a cabo a la perfección. Sobre esta novela de Shūsaku Endō ya escribí en su momento [1], por lo que ahora me centraré en la que considero una obra maestra de este realizador.
Para poder sacar adelante el proyecto, Scorsese tuvo que trabajar gratis, mientras que Liam Neeson, Andrew Garfield y Adam Driver recibieron el salario mínimo marcado por el Screen Actors Guild, "una miseria" en palabras del primero.

Ha tenido que ser de manos de un sacerdote frustrado, de una persona llena de dudas, de contradicciones morales y luchas internas, de donde ha llegado una de las más honestas presentaciones de lo que es la vida cristiana. 

Muy lejos del llamado cine "cristiano" del otro lado del charco, el director de ascendencia italiana ha plasmado en imágenes un texto de tal forma que es imposible leer totalmente su película en un primer visionado. No es únicamente una brillante adaptación, sino que él mismo ha llenado de lecturas, por medio de gestos, miradas y silencios de sus protagonistas, las imágenes.

Esta aportación de Scorsese encaja a la perfección en el conjunto, de tal manera que podemos verlo identificado en un momento u otro con lo que dice o hace alguno de los personajes. En claro paralelo con lo que acabo de mencionar, Endō fue un cristiano japonés que vivió asediado por la duda, aferrado en ocasiones a un hilo de fe, vio en aquellos creyentes del siglo XVII un reflejo de sí mismo. Él también era parte de su propia novela.

Decía al principio que se trataba de una de las más honestas presentaciones de la vida cristiana debido a que no se esconde nada, no se deja de lado u obvia lo incómodo, lo que no encaja con determinadas ideas sobre Dios.
Scorsese, con una reproducción exacta de la época, muestra el gran valor de muchos de aquellos cristianos perseguidos al afrontar la tortura y la muerte, pero también aparecen los cobardes, los que se quedaron atrás, los que apostataron. De hecho, uno de los protagonistas es un cobarde y traidor, una mezcla de Judas Iscariote y del Pedro que negó a Jesús.  Pero a diferencia de aquellos dos, Kichijiro, que así se llama en la película y que tiene aquí un peso mayor que en el libro original, traiciona en reiteradas ocasiones al padre Rodrigues y, vez tras vez, vuelve para pedirle la confesión, para recibir del mismo Rodrigues el perdón. 

Frente a tanto dolor, situaciones límite y una realidad imposible de catalogar en blanco o negro por su gran complejidad moral, llaman la atención determinadas teologías que ven en Dios al que les provee de casa, coche, ordenador y teléfono móvil.Está claro que las acciones de gracias consecuentes únicamente provienen de personas que viven en sociedades opulentas y que interpretan su realidad como si Dios estuviera detrás de todo. 

En las iglesias, de vez en cuando, se realizan cultos para que los miembros suban al púlpito y así hablen sobre lo que Dios ha hecho por ellos. No se sabe diferenciar la mano de Dios de lo que únicamente procede de la mano del hombre. 
En países occidentales tenemos techo o acceso a la medicina gracias a un determinado tipo de sociedad y sistema político (democracia) que hacen de lo anterior derechos. Cuando observamos determinados países totalitarios bajo regímenes opresores, allí los cristianos mueren de hambre o por enfermedades aquí erradicadas, en soledad y en medio de la calle.  En 2016, año en que se estrenó esta película, se contabilizó que habían perdido la vida por su fe 90.000 cristianos… la mayoría en África. Esto equivalía a uno cada seis minutos. 

Si Dios no está matando de hambre a un cristiano en algún oscuro lugar de este planeta, tampoco me está dando a mí una generosa comida. Mientras unos no tengan lo básico, el resto no tenemos derecho a lo superfluo y todavía menos a orar dándole gracias a Dios en ese sentido. La cuestión no es que no podamos estar agradecidos por lo bueno que tenemos o experimentamos, sino que la realidad es que vivimos tan por encima de lo básico que no tenemos derecho a ello en tanto en cuanto existan personas que no tengan un trozo de pan que llevarse a la boca. Además, esto no es evidencia de que a nosotros Dios nos quiera más, sino de un diabólico sistema económico que condena a muchas criaturas a la muerte. De igual forma puede pasar con nuestras casas y tantos otros elementos materiales. Tenemos derecho a un techo, pero todos, no únicamente nosotros. Además,  debemos ser cuidadosos porque a lo mejor nuestra residencia excede con mucho nuestras necesidades habitacionales, con lo cual, de nuevo, se pone de manifiesto este desnivel antibíblico y homicida.
 
Una característica de lo verdadero es que es universal. Puede ser aplicado en los Estados Unidos o en Etiopía. Dios sana a través de la medicina, se suele decir, pero ¿qué ocurre allí donde la inmensa masa de la población no tiene acceso a la misma? Pues que mueren, ¿acaso allí se niega Dios a sanar? Mucho de lo que creemos que es resultado del favor divino está viciado por la cultura en la que vivimos.

Scorsese refleja, describe y pone en imágenes la enorme complejidad de la vida. Ante la misma no existen dos creyentes iguales, que reaccionen de idéntica forma. Unos, ante las tremendas experiencias que llegan, las afrontan con un coraje y un valor impresionante, recitan versículos bíblicos y gritan su confianza en Dios; otros se vienen abajo, se hunden en depresiones crónicas, no son capaces de sostenerse con base en su fe, la duda los corroe.También están aquellos a los que les tiemblan las piernas en un primer momento, pero con el tiempo logran sobreponerse; otros viven temblorosos hasta el fin de sus días. Unos manifiestan su fe en el mismo momento de su muerte; a otros no les sale ni una palabra, paralizados por el terror, bloqueados por el trauma.
Es escandaloso que los testimonios de los cristianos que han “triunfado”, que todo lo han soportado, sean el centro de las predicaciones, tema de innumerables libros, en tanto que los casos contrarios son silenciados, arrinconados, como si se tratara de algo vergonzoso. Una fe verdadera no es la que teme la realidad, sino la que la afronta en todas sus dimensiones.
Dios no habla como nosotros quisiéramos. De hecho, decimos que en muchas ocasiones habla a través del silencio. Debemos situarnos en el silencio divino, colocarnos en su centro,  y desde ahí comenzar a meditar. 

Sé que no pocos creyentes dicen que Dios les “habla” a menudo, otros parece que tienen su teléfono personal. No es mi caso, ni el de tantos otros.

Silencio de Scorsese es como un bofetón sin manos a las ideas escapistas sobre Dios, también para aquellos que ven su voluntad detrás de todo. Pero a la par es un soplo de aire fresco, una apuesta decidida por la fe, por la verdadera fe. Y es que en el centro de todo está la figura imponente de Jesús, el varón de dolores. Es el crucificado el que dota de significado, ahora sí, a todo lo que el creyente experimenta, a toda su vida. El Siervo Sufriente no es el que manda la angustia, castiga con el SIDA o es el causante del cáncer, sino que es el compañero, en muchas ocasiones silencioso, que pasa todo lo anterior a nuestro lado. Es más, es desde la cruz que emerge la Gracia divina, esa Gracia que llega y envuelve al cristiano. Es desde allí que Dios comprende nuestras debilidades, nuestras torpezas, nuestras caídas y traiciones. Las llega a aceptar como parte de lo que significa ser el Padre de criaturas finitas, muchas veces sobrepasadas por las circunstancias. Jesús mismo fue experimentado en dolores. 

Es la Gracia de Dios la que tiene la última palabra, no nosotros, y ningún creyente puede salirse de ella. Es precisamente esto lo que significa decir que Dios nos ama.

Martin Scorsese ha sabido llegar al núcleo de la vida cristiana. Lo ha hecho desde una vida, la suya, que nadie catalogaría como ejemplar. Pero es precisamente su reconocimiento, como él mismo ha realizado y además de forma pública, el punto de partida; es más, la condición esencial para poder recibir la compasión divina. 
Por supuesto que esto no es un llamado al abandono de nuestras responsabilidades como creyentes, una especie de carta en blanco para hacer lo que queramos y después pedir perdón. No es de esto de lo que va la novela de Endo, ni la película de Scorsese, ni la vida cristiana.Por ello, podemos decir que no importa lo que sintamos en determinados momentos, desde dónde caigamos al faltarnos las fuerzas, cuántas veces fallemos o las contradicciones con las que vivamos. Jesús está detrás de la espesa niebla que a veces atenaza nuestras vidas. Nadie está más allá de su mirada, una mirada comprensiva y llena de compasión. Sí, muchas veces podemos toparnos con el silencio divino, pero no con su ausencia; su lugar en esos momentos terribles es a nuestro lado.

Nota






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Alfonso Pérez Ranchal posee una Diplomatura en Teología Pastoral por el CEIBI (Centro de Investigaciones Bíblicas), una Licenciatura en Teología y Biblia por la Global University y una Maestría en Teología por la FTCR (Facultad Teológica Cristiana Reformada). Es autor del libro La vida, la muerte y el más allá a través de la Biblia de la editorial Clie. Vive en Cádiz.










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