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Comentario a un salmo problemático: el 137 - Por Alfonso Pérez Ranchal

 


SALMO 137. A orillas de los ríos de Babilonia

 

«A orillas de los ríos de Babilonia, estábamos sentados llorando, acordándonos de Sión. En los álamos de la orilla colgábamos nuestras cítaras. Allí mismo nos pidieron cánticos nuestros deportadores, nuestros raptores alegría: "¡Cantad para nosotros un canto de Sión!". ¿Cómo podríamos cantar un canto de Yahvé en un país extranjero? ¡Si me olvido de ti, Jerusalén, que se me seque la diestra! ¡Se pegue mi lengua al paladar si no me acuerdo de ti, si no exalto a Jerusalén como colmo de mi gozo! Acuérdate, Yahvé, contra la gente de Edom, del día de Jerusalén, cuando decían: ¡Arrasad, arrasadla hasta sus cimientos! ¡Capital de Babel, devastadora, feliz quien pueda devolverte el mal que nos hiciste, feliz quien agarre y estrelle a tus pequeños contra la roca!» (Biblia de Jerusalén)[1]. 

El Salmo 137 está considerado como uno de los más hermosos de cuantos componen este libro de cantos, y a la vez de los más problemáticos y duros por lo que se dice en sus dos últimos versículos. Es un cántico bellísimo debido a su profundo lirismo y magnífico estilo, pero también lo hace muy perturbador lo que presenta en su parte final.

Este salmo ha sido clasificado tanto de lamentación -ya sea comunitaria o de un solo israelita- como imprecatorio cuando clama por venganza, de hecho se puede encontrar clasificado en un lugar u otro en los distintos comentarios. En el presente lo vamos a considerar como un texto en el que debe tenerse en cuenta este doble contenido por lo que debería aparecer tanto en una clasificación como en la otra.

 La discusión en torno a este salmo ha sido acalorada entre aquellos que dicen comprender los deseos de desquite de los dos últimos versículos y aquellos otros que condenan sin paliativos los mismos. Y es que no solo se desea la venganza, sino que el autor resuma una profunda amargura que no pretende mitigar en modo alguno, sino darle rienda suelta sin contención. Si los niños babilonios fueran estrellados contra las rocas él, por así decirlo, sería feliz. Es un arranque de cólera que a nosotros imbuidos por el contenido evangélico nos choca fuertemente.

 La división del salmo es bastante sencilla y podríamos optar entre dos posibilidades. La primera divide el salmo en tres: vv. 1- 3; vv. 4-6; y vv. 7-9. La segunda lo hace en dos: vv. 1-6 y vv. 7-9. Ambas son válidas pero aquí tomaremos la segunda ya que refleja con exactitud este doble contenido que apuntábamos al principio.

 De esta forma, los primeros seis versículos recogen sobre todo la lamentación, el dolor y la nostalgia de un grupo de israelitas que desde la deportación en Babilonia anhelan volver a la tierra que ellos consideran sagrada, solo en ella es que podrán cantar a Yavé, mostrar su alegría. Pero este salmista ya no estaría en el exilio, sino que hace poco habría regresado a Jerusalén y desde allí recuerda sus días en aquella nación pagana. Por ello, haremos bien en diferenciar la situación que recoge el poema y cuándo fue compuesto.   

Así, este piadoso judío ha regresado recientemente a su tierra gracias al rey Ciro, y aunque en la Septuaginta o versión griega se le daba la autoría a David, y los autores antiguos apuntaban a Jeremías, realmente se trata de un salmo de autoría anónima que podríamos fechar sobre el 538 a. C. Tal vez fuera un levita por lo que el texto dice en relación a los cantos, las cítaras, su diestra y su lengua.

 


1. Lamento y anhelo por Jerusalén, vv. 1-6

 El salmista se sitúa mentalmente en las tierras de Babilonia, junto a los ríos que hay que entender como canales (v. 1).

En este primer versículo de gran calidad literaria, el autor nos hace llegar la nostalgia que vivían entonces. No ha pasado tanto, la destrucción sigue siendo evidente, por lo que estas experiencias traumáticas están muy recientes.

Allí, al lado de tantos canales, los israelitas lloraban, el dolor los inundaba. Su patria había sido arrasada, el templo pasado a fuego y ahora en los álamos[2] colgaban sus arpas o cítaras (v.2). Posiblemente debamos considerar esto último como una metáfora ya que sería extraño que este proceder de colgar los instrumentos de música sobre los árboles se repitiera cada vez, a menos que lo hicieran a propósito, como una escenificación de su lamento.

 A un israelita le debía impresionar todos aquellos canales de ese gran río como era el Eufrates en claro contraste con la tierra seca y árida de Palestina. Pero en este lugar lleno de árboles y agua que proveía de vida a las tierras cultivables y que regada la llanura babilónica, los piadosos israelitas se reunían para llorar, para ellos sería un acto imperdonable olvidarse de la tierra del pacto y dedicarse a disfrutar de todo esto que consideraban como parte de una tierra impía. Sin duda, aquellos canales también eran una imagen perfecta de las lágrimas que corrían por sus mejillas.

 En este ambiente los opresores llamaban a que entonaran canciones, lo más seguro es que se trataran de soldados que demandaban que reprodujeran algún himno o canto litúrgico[3] tal y como se realizaban en el templo (v. 3). Además, estos opresores apuntaban a que este canto debía ser alegre lo que claramente suponía una burla, puro sarcasmo.

Se aprecia por el texto que se trataba de una situación que se repetía en el tiempo lo que hacía que la amargura y la burla soportada por los deportados se acrecentara[4].

No nos parece acertada la opinión de que esta petición para el canto fuera con buena intención, con la idea de que aceptaran la nueva situación y que así pudieran encontrar su lugar y hogar en aquellas tierras. Esto nos conecta con el hecho de que existirían tres grupos de israelitas desterrados. Al primero pertenecerían los que se habían integrado en aquella sociedad y habían formado o continuado con sus familias aceptando la situación como definitiva. El segundo sería aquellos otros que habían caído en la resignación más o menos amarga pensando también que ya no habría esperanza, al menos no a corto plazo. Al tercer grupo lo representan bien las personas que aquí aparecen. Se niegan a ser de alguna forma asimilados y también a perder toda esperanza. Se sienten extraños en aquellas tierras y siguen creyendo en su Dios que como mínimo actuará para castigar a aquellos paganos. Esto los preservó de perder su religión e identidad, algo que fue vital cuando regresaron del destierro tanto para la reconstrucción nacional como para el desarrollo de lo que será el judaísmo.   

 A sus ojos, se les estaba presionando para que realizaran un acto de profanación al entonar algún canto cultual fuera del templo y en una tierra pagana, impía, en donde se adoraba a otros dioses. Por ello, estos opresores actuaban de manera inmisericorde, incapaces de sentir el más mínimo resquicio de empatía por personas sumidas en la tristeza y la nostalgia.

 El salmista evoca la respuesta que solían dar los deportados (v. 4). Con horror respondían ante tal petición, además de con indignación y dolor. ¿Cómo podrían cometer tal acto de sacrilegio? Ya no se trataba de ellos, sino del sumo respeto que tenían por todo lo relacionado con su religión, con el mismo honor de Yavé que pensaban estaba unido a la tierra de Israel.

 En el v. 5 el autor pasa al singular para de esta forma hablar de sí mismo, lo que también hará en el v. 6 con el que acaba esta primera división.

El salmista pasa así a expresar sus propios sentimientos, su profunda indignación ante todas las afrentas sufridas, ante tantas humillaciones soportadas.

En primer lugar dice que «pierda mi diestra su destreza» (v. 5, BTI). La idea es que su mano derecha ya no sea capaz de tocar instrumentos, que deje de tener toda habilidad en este sentido, o bien que su mano se paralice como es posible entender por otra lectura[5].

 Esto es algo que solo comprende cabalmente un músico, alguien que ama este arte y por el que está dispuesto a realizar muchos sacrificios de tiempo y dinero para avanzar en su conocimiento y destreza. Es en esta misma línea lo que dice a continuación: «Péguese mi lengua a mi paladar.» (v. 6, NC). De esta forma el salmista ya no podría tocar ni cantar con lo que si nuestra propuesta de que es posible que se trate de un levita, la imagen resultante es más poderosa. Jamás podría volver a tocar y cantar para Yavé a partir de entonces, todo realidad artística y religiosa dejaría de ser para él.

Llama sobre sí a que caiga una ruina total si acede a las peticiones de aquellos impíos. Para él no existe nada más grande que su amor por la Ciudad Santa, su vida dejaría de tener sentido si manchara la santidad de su religión.

 


2. Imprecación, oración para traer las mayores calamidades a sus enemigos, vv. 7-9

 En primer lugar hay que apuntar algo sobre la naturaleza y características de lo que se ha llamado salmos imprecatorios (otros salmos de este tipo son, por ejemplo, el 35, 52 o el 109).

Los salmos imprecatorios llaman o piden a Dios que desate su ira y que castigue a los impíos en general, o a alguien en particular. Muchas veces esto se reclama de una forma muy cruda, amarga y contundente. Un ejemplo perfecto lo tenemos en el v. 9: «¡Dichoso el que agarre a tus hijos y los estrelle contra la peña!».

 Ante estos salmos las opiniones se han polarizado de tal forma que hay un tipo de cristiano muy conservador que mantiene su razón de ser en aquel entonces ya que estamos ante un texto que es tan inspirado como cualquier otro, y por ello debe ser respetado y aceptado, en tanto que la posición que está en el lado contrario apunta a que textos como estos sencillamente no merecen estar en la Biblia debido a su gran falta de moralidad. Dicho lo cual, existen opiniones intermedias que a nuestro parecer son mas serias y sensatas. Estas parten de la consideración de una serie de puntos que vamos a plasmar a continuación.

 1.  Los escritores orientales suelen presentar sus ideas más pasionales de manera hiperbólica y la poesía hebrea es especialmente dada a esto. Estas expresiones suelen estar estereotipadas y así nos parecen que no están medidas apareciendo su contenido de manera radical, absoluto, lo que hace que el lector sea impactado, lo que es además un efecto deseado.

2. En el escritor original, al dar rienda suelta a todo lo que piensa y en toda su intensidad, se produce una especie de catarsis psicológica. Es como liberarse de una carga que lo aprisiona en su interior y que necesita dar salida, gritarla.

3. Por medio de ello también pone de manifiesto sus graves dilemas teológicos, como puede ser la perplejidad que le causa cómo los malvados se salen con la suya, cómo prosperan y Dios parece que no actúa para corregir esta situación ni vindicar al justo que está siendo pisoteado.

4.  Relacionado con el anterior punto, es también un llamado a Yavé para que actúe en la historia instaurando su teocracia de forma directa, esto es que dé inicio a la era mesiánica en donde Israel sería vindicado ante todos los pueblos de la tierra.

5.  Por tanto, en algunas ocasiones el salmista no es movido tanto por su deseo de venganza como por su celo para con Dios. En un tiempo en donde la revelación divina es muy incompleta, en un contexto en donde el perdón al enemigo no existe en las reglas de la guerra y en donde rige  la ley del talión, esta forma de pensamiento es la habitual.

6.  Estos salmos en absoluto atentan contra la inspiración de las Escrituras, sino que nos hacen ser conscientes de que no todo en ella tiene el mismo valor y vigencia. Los cristianos nos regimos por la ley del amor que presentó Cristo, y el sermón del monte es un punto y aparte en la moralidad para el ser humano.

7.  El antiguo israelita no conocía las retribuciones de ultratumba por lo que el castigo o la recompensa debían darse en esta vida. Si así no sucedía no podía entender nada, ni de su propia vida ni de la actuación divina. Un auténtico callejón sin salida tanto existencial como teológico desde el cual clama.

8.  Es por ello que estos salmos suelen ser gritos para que esa ley moral que se cree real y en perfecta vigencia se cumpla. El israelita piadoso tenía un sentido muy hondo del bien y del mal en comparación con el pagano de su entorno.

Ante lo expuesto no nos parece correcta ni la postura de san Agustín ni la de Calvino. El primero sostenía que el salmista no estaba aquí presentando sus deseos de venganza, sino que estaba hablando de lo que sucedería en el futuro, en este caso con Babilonia; y en la misma línea Calvino apuntaba que el salmista actuaba en estos casos como un heraldo de Dios que anunciaba el juicio que vendría. Pero esto no tiene presente la claridad y contundencia con la que aquí habla y que una sencilla lectura evidencia que está volcando su amargura y deseo de desquite, clama por la ley del talión.



La oración imprecatoria se centra en un primer momento contra Edom. Este pueblo se alegró de la caída de Judá y de su ruina. Aunque no actuaron de forma directa mostró su regocijo ante semejante calamidad y no faltaron por su parte actos de gran crueldad. Esto podemos apreciarlo en Abdías 10-16. 

De esta forma, el salmista irrumpe en una amarga oración, exige de Dios que lleve a efecto la ley del talión, que la retribución se produzca a rajatabla, no hay lugar para el perdón. Pero su deseo más intenso, pasional y absoluto lo dirige hacia Babilonia, la causante de la ruina del reino sureño (vv. 8-9). 

El v. 8 admite dos lecturas en relación a Babilonia. O bien «Hija de Babel, la devastadora», o bien «Hija de Babel, la devastada», esto es que será asolada en el futuro, cuando su oración sea escuchada y Yavé derrame de su juicio[6].

Finalmente llegamos al último y más duro de los versículos (v. 9) y que para ser correctamente entendido deberíamos volver a leer los ocho puntos presentados más arriba.

Para el salmista aquel que estrelle a los pequeños[7] babilonios contra las rocas será dichoso, feliz o bienaventurado. Se trata de un acto de venganza de la máxima crueldad. En Judit 16, 4 se nos informa que esta práctica era propia de los asirios: «Amenazó incendiar mi territorio, matar a espada a mis muchachos, estrellar a mis pequeñuelos, entregar mis niños al pillaje y mis doncellas para ser raptadas».

Por supuesto, como ya hemos apuntado, la moral evangélica es muy superior a la que se presenta de forma general en el Antiguo Testamento y es por la que debe guiarse todo aquel que se identifica como cristiano.

 

                       

Notas

[1] Las versiones bíblicas usadas en este comentario son las siguientes:

-          Biblia de Jerusalén en su quinta edición del año 2019 (BJ).

-          Biblia de Traducción Interconfesional del año 2008 (BTI).

-          Reina-Valera del 1960 (RVR).

-          Nácar-Colunga (NC) usando el texto de la misma que aparece en la Biblia Comentada. IV Sapienciales. GARCÍA CORDERO, Maximiliano y PÉREZ RODRÍGUEZ, Gabriel. Madrid, B.A.C., 1967.

Para el texto hebreo (Heb.) hemos consultado el Antiguo Testamento Interlineal Hebreo-Español. Libros históricos y libros poéticos. Tomo II. Equipo de traductores coordinado por el Dr. Francisco Lacueva. Viladecavalls (Barcelona), CLIE, 1997.

[2] Estos árboles son álamos y no sauces, tal y como traduce la BJ y otras versiones.

[3] Muy posiblemente este debe ser el sentido de «cántico a Sión» del v. 3, esto es un canto a Yavé, un canto religioso, litúrgico.

[4] La BJ ha traducido «nuestros raptores» siguiendo el Targum, pero otras versiones toman el término hebreo tolal y traducen «quienes nos estaban oprimiendo» (BTI); «los que nos atormentaban» (Heb.); o «los que nos habían desolado» (RVR). Este vocablo hebreo proviene de yalal que es aullar o gritar, esto es el que hace aullar, el atormentador.

[5] El Heb. solo tiene aquí «olvide mi diestra». La BJ ha optado por la traducción «que se me seque la diestra» si bien apunta que es conjetural ya que el hebreo efectivamente tiene «olvidar», aunque considera que se trata de una forma de «suavizar esta maldición». 

[6] La BJ opta por traducir «devastadora» en tanto que la traducción del texto hebreo que aquí seguimos tiene «la devastada». La BTI coloca «serás devastada» aunque en una nota apunta otra posible lectura: «capital de Babilonia, destructora».

[7] Mejor traducir por pequeños o pequeñuelos ya que aunque el hebreo admite también ser vertido por niño o muchacho, se ajusta mejor a esta imagen de tomar a los pequeños con su escaso peso y arrojarlos contra las rocas.


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Alfonso Pérez Ranchal es Diplomado en Teología Pastoral por el CEIBI (Centro de Investigaciones Bíblicas), Licenciado en Teología y Biblia por la Global University y profesor del CEIBI. Vive en Cádiz.





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