Ir al contenido principal

“Nudismo” evangélico | Jorge Fernández



Si uno anda solo por su casa en calzoncillos, o incluso como Dios lo trajo al mundo, no escandaliza a nadie. Pero si sale a la calle de esa guisa, no tardará en convertirse en motivo de burla, o de algo peor: quizá termine detenido por la policía o ingresado en un centro psiquiátrico. ¿Por qué algo que en la intimidad resulta inocuo, en público se vuelve inapropiado? La respuesta es sencilla: el contexto. Es el contexto lo que convierte lo normal en un lugar, en algo extraño, rechazado e incluso ridículo en otro.

Para que se entienda mejor, incluso en una sociedad tan liberal como la nuestra, donde el nudismo parcial o total se ha normalizado en ciertas playas, se sigue considerando del todo fuera de lugar que esa misma persona, desnuda o en topless, cruce la calle desde la playa y entre en un bar a pedir un café con leche sin cubrirse. ¿Por qué? Otra vez: contexto.

Pienso en todo esto cuando escucho o leo a muchos cristianos evangélicos indignarse por las críticas, burlas y parodias que recibimos de algunos medios de comunicación, de programas de humor, de influencers y de otros entornos digitales, al reproducir ciertas celebraciones públicas, campañas de “sanidad y milagros”, “encuentros proféticos”, “ministraciones» y otras actividades semejantes que algunas iglesias o particulares realizan en la vía pública, o que después suben completas —sin editar— a YouTube y a otras redes sociales. Ya sé lo que algunos estarán pensando: “¿Tengo que avergonzarme del evangelio?”. “¿Tengo que ocultar mi fe por la burla de los incrédulos?”. “¿Qué hay de malo en retransmitir el culto de mi iglesia por streaming?”.

No es mi intención hacer aquí una enmienda a la totalidad a prácticas que, en mayor o menor medida, hemos normalizado en muchas iglesias y ministerios. Esta reflexión tiene un objetivo mucho más humilde: ayudarnos a pensar y evitar prácticas descontextualizadas fuera de nuestra intimidad eclesial.

Hay muchas cosas que hacemos en nuestros cultos y en nuestras iglesias que, para nosotros, pueden ser buenas y normales, pero que fuera de ese ámbito de intimidad se perciben como extrañas, exóticas y hasta ridículas para quien no conoce nuestra jerga, nuestra forma de orar, de ofrendar o de ministrar. Sin embargo, hemos normalizado tanto esas prácticas que las retransmitimos por YouTube al público en general, o grabamos con el móvil, en primer plano, a una hermana que llora de emoción en la presencia del Señor —quizá incluso con un moco cayéndole por la nariz— y le hacemos un directo en Instagram, sin preguntarnos siquiera si a esa hermana le gustaría verse así en las redes.

Siempre recomiendo a los pastores que me piden consejo que, cuando un periodista quiera grabar el culto —algo que con frecuencia nos piden—, no lo permitan sin más, o que al menos acuerden qué parte puede grabarse: una presentación, un segmento concreto, una intervención determinada. Porque el periodista destacará lo extraño, lo llamativo, lo que pueda ser noticia. La paradoja es que, lo que no le permitimos grabar a un periodista en directo, luego lo facilitamos nosotros mismos a través de nuestras redes sociales.

Tenemos tan normalizada nuestra burbuja religiosa que organizamos un acto en un espacio público y hacemos exactamente lo mismo que en el culto de la iglesia, sin pensar que estamos expuestos a una mirada distinta, en un contexto completamente diferente. Y el efecto puede ser justo el contrario al que perseguimos: en vez de acercar a las personas a Cristo y al mensaje del evangelio, terminamos alejándolas. Pero como lo tenemos tan interiorizado, si se burlan o se ríen de nosotros, lo atribuimos enseguida, y sin la menor autocrítica, al “precio del evangelio”, a la gente incrédula que rechaza el mensaje. ¿Y si no están rechazando el mensaje? ¿Y si lo que están viendo es nuestra desnudez en un contexto donde deberíamos cubrirla de una forma más convencional, más comprensible para quienes están fuera de nuestra cultura religiosa?

En parte, eso es lo que Pablo aborda en 1 Corintios 14: el contexto y las reglas más elementales de la comunicación evangélica. “Si yo ignoro el valor de las palabras, seré como extranjero para el que habla, y el que habla será como extranjero para mí”.[1] Las palabras tienen un valor inmenso. Y el problema, estoy convencido, no es tanto que haya muchos extranjeros en nuestras iglesias —una distancia cultural—, sino que a veces hablamos y actuamos en público no como ciudadanos de otro país, sino ¡como si fuéramos ciudadanos de otro planeta!: una distancia subcultural.

Si alguien, por ejemplo, en una plaza, un parque o un estadio, profetiza: “declaro que estamos en los últimos tiempos, tiempo de avivamiento… que los cielos se abren y que los muros se caen…”, además de otras consideraciones, ¿qué pensará quien pase por allí buscando una palabra de esperanza y consuelo para su alma atribulada? ¿Y qué pensará un ateo crítico, si no es en una forma de meme caricaturesco para sus redes sociales?

“Si, pues, toda la iglesia se reúne en un solo lugar, y todos hablan en lenguas, y entran indoctos e incrédulos, ¿no dirán que estáis locos?”.[2] Cuando Pablo escribió eso, no podía imaginar que en 2026 el problema no sería solo que incrédulos e indoctos entrasen en algunas de nuestras reuniones y se encontraran con algo absolutamente raro e incomprensible para ellos, sino que muchas de nuestras iglesias expondrían su intimidad en público a través de YouTube y de las redes sociales.

La pregunta es inevitable: ¿cómo hemos llegado a normalizar esta exposición pública tan poco prudente e inteligente? Viene a mi mente la vieja historia de Hans Christian Andersen, El traje nuevo del Emperador (1837):

“En una ciudad vivía un emperador vanidoso, obsesionado con la ropa. Dos timadores llegaron prometiendo un traje mágico invisible solo para tontos. Falsamente tejieron aire, y el emperador, temiendo ser considerado inepto, fingió admirarlo junto a su corte. Desfilaron en procesión con él ‘vestido’, sin que nadie se atreviera a decir nada, hasta que un niño inocente gritó: ‘¡Pero si está desnudo!’. La verdad se extendió, aunque el emperador, rojo de vergüenza, continuó marchando con pompa fingida”.

Así también nosotros podemos seguir marchando, indiferentes a las críticas, o rojos de vergüenza o de indignación por las burlas y el rechazo que a veces provoca nuestra desnudez expuesta, mientras nadie dentro de nuestra burbuja se atreve a decir: “creo que …”. Pero tarde o temprano aparecerá un niño —¿quizá una nueva generación?— que lo diga: “Esto no está bien”. Quizá entonces se impondrá el sentido común.

[1] 1 Corintios 14:11
[2] 1 Corintios 14:23


Edición: Pensamiento Protestante






 
-------------------------------

Jorge Fernández
Fundador y director de la revista online Actualidad Evangélica. Consejero de Medios y responsable del Servicio de Comunicación y Prensa de FEREDE desde 2006. Comunicador, Pastor y Misionero. Está casado y es padre de 5 hijos.







Comentarios

  1. Absolutamente de acuerdo. Impecable. Muchos extranjeros que vienen replican actitudes ajenas a nuestra cultura y no se acomodan a nuestra mentalidad, haciendo el ridículo en una calle que no entienden y muchos no quieren ni entender bajo el pretexto de que se sienten bendecidos y con ello, todo vale. Tenemos normalizados comportamientos internos que lejos de acercar, alejan a los no propios. Luego nos quejamos que la comunidad evangélica autóctona decrece. Nadie dice eso, que el rey va desnudo, como dice el autor, sea por aquello de ser siempre cristianamente moderado y no escandalizar o afear la permisividad al pastor motivador, aunque luego sottovoce se diga entre corrillos que igual algo no esta bien. Oigo en la radio anuncios en donde " hablara la profetisa X" o "con la participación de la Obispo X y su marido el pastor Y" o " venido desde Cali el Apostol P". Me produce sonrojo y pienso en los comentarios que buena gente y buenos cristianos romanos pueden pensar al escuchar esto. Sé, que les produce rechazo, cuando no risa y una lógica asociación conmigo y que piensen que me han absorbido el coco y que igual los domingo voy a una secta, aunque mi comunidad no tenga nada que ver con esas personas - de común pentecostales- que gozan de obispos, profetas y apóstoles. Mi sencillo compartir, queda desde ese momento marginado y siento siembro entre piedras, porque nadie pone coto a esto. Y me pregunto: pedimos a Dios, pero ¿ antes hemos hecho bien, hasta donde nosotros podemos ?

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Inerrancia bíblica y el peso de la tradición - Por Alfonso Ropero

No hay, ni nunca ha habido, un Lutero reformista que un buen día decidió plantar cara a una doctrina tradicional y comenzó a negar la inerrancia de la Biblia para imponer un nuevo credo, o una visión liberal de la misma. El cuestionamiento de la inerrancia no obedece a ningún acto de rebeldía, ni a la negación de que la misma es parte inseparable de la creencia tradicional en la Biblia como palabra inspirada de Dios. Nadie niega la inerrancia, ni siquiera aquellos que evitan ese término, porque consideren que la Biblia contiene errores y enseñe mentiras o maquine engaños; todo lo contrario, precisamente porque tienen un alto concepto de la Biblia como el libro de Dios por excelencia y máxima autoridad en la Iglesia en cuestiones de fe y práctica, a la que siempre hay que mirar y volver para renovar la vida de la Iglesia y enderezar caminos quizá torcidos por el peso de tradiciones humanas que asfixian su espíritu y tienden lazos a su caminar y a su testimonio en el mundo, la miran con ...

LA IGLESIA DE JESÚS SHINCHEONJI | Manuel Díaz Pineda

  LA IGLESIA DE JESÚS SHINCHEONJI,  EL TEMPLO DEL TABERNACULO DEL TESTIMONIO (SCJ). También se le conoce como Iglesia Nuevo Cielo y Nueva Tierra. El grupo también ha sido llamado "religión de la Nueva Revelación". Fundador:  Lee Man-Hee, nació el 15 de septiembre de 1931 en el pueblo de Punggak del distrito de Cheongdo en la Provincia de Gyeongsang del norte (zona ocupada por los japoneses y ahora parte de la República de Corea del Sur), se crió en una familia campesina. En 1946, estuvo entre los primeros graduados de la escuela primaria pública de Punggak, después de que los japoneses abandonaron Corea.  Lee no recibió ninguna educación superior, era un evangelista autodidacta y fue soldado  de la 7.ª División de Infantería del ejército de Corea del Sur luchando en primera línea durante la Guerra de Corea (1950-1953). Cuando terminó la guerra, se instaló en su pueblo natal como agricultor. Aunque su biografía la engorda diciendo que es descendiente...