La inerrancia bíblica hoy - Por Alfonso Ropero

 


 

Introducción: una controversia

Este es un tema vital sobre el que hay cierta ambigüedad y hasta mucho desconcierto, debido a la manera agresiva en que, en muchas ocasiones, los defensores de la inerrancia lo han utilizado como un detector de “liberales”, o no “evangélicos”, dentro de las iglesias.

Como un autor del siglo XVII dijo, la Biblia es la religión de los protestantes, y por tanto todo lo que afecte a la imagen y naturaleza de la misma afecta a la religión, a la creencia y a la misma fe en Dios de los protestantes, pues si se lograra socavar la autoridad de la Biblia, la máxima y única autoridad del protestantismo, Sola Escritura, se vendría abajo como un castillo de naipes la fe en el Dios que habla, e incluso la fe en Dios mismo, pues si Dios no habla, o lo hace de modo errático, Dios deja de ser un Dios verdadero, con autoridad, ergo Dios no existe. 

Esta cuestión ha sido siempre una cuestión muy sensible al protestantismo, sobre todo al ala evangélica. De algún modo se percibía que no se trataba de una discusión académica sobre la Biblia, su naturaleza, su contenido y significado, sino que afectaba esencial y radicalmente a la religión evangélica. Se sentía, se siente, que sin Biblia divina, infalible, inerrante, no hay Dios. Hasta tal punto es la asimilación entre la Biblia, en cuanto revelación divina, y Dios mismo.

Cuando el erudito William Robertson Smith (1846-1894), profesor de lenguas orientales y exégesis del Antiguo Testamento en Free Church College de Aberdeen (Escocia), escribió para la Encyplopædia Britannica el artículo "Biblia", donde se hacía eco de las teorías del teólogo alemán Julius Wellhausen (1844-1919), fue fulminado inmediatamente. Se acabó su actividad de profesor y su membresía de la Iglesia Libre de Escocia. El debate llenó las páginas de la prensa de la época. Un caso muy resonado; fueron las primeras notas de clarín del criticismo bíblico que iban a invadir las Gran Bretaña, que llevaría al popular predicador inglés Charles Spurgeon, a su famosa Down-Grade Controversy, que casi le llevó a la muerte.

 

Unos años antes de que estallara la controversia sobre la autoridad de la Biblia, en la Ginebra de Calvino, el teólogo reformado Louis Gaussen (1790-1863), se enfrentó a Venérable Compagnie des Pasteurs y a todos aquellos autores protestantes que, sin salirse de la iglesia, “incesantemente intentaban sacudir la autoridad de las Escrituras”. Para responder a este desafío escribió su obra más famosa: La Théopneustie, ou pleine inspiration des saintes écritures (París, 1840)[1]. El debate estaba servido, e iba a llegar a nuestros días con mayor o menor virulencia. Sonada fue la Batalla por la Biblia de Harold Lindsell, profesor del Fuller Theological Seminary (Pasadena, EE.UU.), contra todos aquellos autores evangélicos que estaban erosionando la creencia en la inerrancia de la Biblia, mediante lo que él creía una argucia, a saber, “la inerrancia limitada”[2]. En un segundo libro Lindsell pasa revista a lo estaba ocurriendo en la Convención Bautista del Sur, en la Lutheran Church Missouri Synod y otros organismos evangélicos[3]. La discusión sobre la autoridad última en las iglesias se centró en la inerrancia, porque como dijo el que fuera Presidente de la Convención Bautista del Sur de 1982 a 1984, “es vital decir que cualquiera que no afirme la inerrancia de las Escrituras es liberal, modernista o incrédulo”[4]. No hay, pues, paz ni lugar para los no-inerrantes en el evangelicalismo.


Doctrina católica

La afirmación de la inerrancia de la Biblia no es exclusiva del protestantismo conservador o fundamentalista, es una doctrina universal afirmada por todas la iglesias, comenzando por la católica[5]. “El principio de la inerrancia es bien fácil de entender”, escribía el erudito biblista católico Alonso Schökel, “Dios no puede engañarse ni engañarnos; si Dios propone algo en la Escritura, su proposición es verdadera, repugna que sea falsa”[6].

En su Introducción general a la Sagrada Escritura, los reputados profesores F.F. Ramos; O.G. de la Fuente; A.G. Lamadrid; Gabriel Pérez y M. Revuelta, entre otros, tratan el tema de la inerrancia bíblica como un efecto lógico y natural de la inspiración. Según los documentos oficiales de la Iglesia católica, la inerrancia “es una propiedad exclusiva de la Sagrada Escritura, en virtud de la cual está inmune, de hecho y de derecho, de todo error en sus afirmaciones auténticas, cualquiera que sea el campo de las mismas”.

Desde un punto vista teológico, la inerrancia, como nos dice el profesor Olegario García de la Fuente, “es una consecuencia lógica y necesaria de la inspiración. Siendo Dios autor de la Biblia, como Dios no puede errar ni engañar, tampoco su obra puede contener errores ni mentiras. Esta inmunidad de error le compete, no solo de hecho —ausencia efectiva de errores—, sino de derecho —exclusión absoluta de la posibilidad misma de error—. Por esto precisamente, la inerrancia es una propiedad exclusiva de la Sagrada Escritura. La inerrancia, de hecho, puede darse sin una intervención especial de Dios en los libros puramente humana, cuando de hecho no contienen error alguno. Las afirmaciones auténticas son las contenidas en el autógrafo, pues solo este goza de la inspiración directa. Las copias y versiones gozarán de la inerrancia en la medida en que reproduzcan el autógrafo”[7].

El campo de conocimiento que cubre la inerrancia es total, es decir, se extiende a todas las afirmaciones del hagiógrafo o aprobadas por él, según el sentido que quiso darles, en cualquier campo ideológico, ya sea el campo de la fe y costumbres, ya el de las ciencias naturales, o el de la historia, etc[8]. Es lo mismo que afirmaba el teólogo calvinista B.B. Warfield al defender la doctrina de la inspiración plenaria de la Biblia, la cual asegura que la Biblia es inspirada totalmente, no en parte, afecta a todas su partes por igual: “las cosas que pueden ser descubiertas por la razón así como los misterios, cuestiones de historia y de ciencia, así como las de fe y práctica; las palabras y los pensamientos”[9]. Como dije anteriormente, esta ha sido la doctrinal universal de todas las iglesias.

Para los católicos, como para los protestantes conservadores, la inerrancia bíblica es una verdad indiscutible, lo cual no significa que no se puedan hacer precisiones sobre la misma, especialmente cuando se trata de aplicar este principio general a los casos particulares de las ciencias naturales o históricas relacionadas con la Biblia. Aquí es donde comienzan a dividirse los caminos entre la postura católica y la protestante, concretamente, la evangélica fundamentalista. Con una particularidad, que el estado de la cuestión de la inerrancia bíblica ha sufrido una transformación entre el antes y después del Vaticano II. Sin negar la enseñanza del Magisterio eclesial sobre el tema, los teólogos y biblistas católicos de hoy analizan la cuestión desde la perspectiva la ausencia de errores de la revelación divina, sino desde la perspectiva de la verdad de la Biblia. Acogiéndose a autores clásicos, es decir, sin derivas modernistas, se hace ver que las dificultades, por ejemplo, de los primeros capítulos del Génesis con la ciencia, Tomas de Aquino afirmaba que, primero, es necesario mantener firmemente la verdad de la Escritura; segundo, cuando la Escritura se presta a diversas interpretaciones, es necesario rechazar aquellas que la razón demuestra inexactas, con el fin de no exponer la Palabra de Dios al escarnio de los incrédulo y así cerrarles el camino de la fe (Summa Theologica I, 1. 68, a.1). La Constitución dogmática Dei Verbum lo expresa de esta manera:

“Ya que todo aquellos que los autores inspirados o hagiógrafos afirman hay que reconocer que ha sido afirmado por el Espíritu Santo, consecuentemente hay que reconocer también que los libros de la Escritura enseñan con certeza, fielmente y sin error la verdad que Dios, para nuestra salvación quiso que quedara consignada en las Sagradas Letras” (DV 11)

Se confirma la doctrina tradicional sobre inerrancia, “fielmente y sin error”, pero se indica que esta “certeza” libre de errores sirve al propósito de comunicarnos de un modo auténtico “nuestra salvación”; lo cual abre nuevas perspectivas a la comprensión de este tema.

No lo entendió así Clark H. Pinnock, para quien, en su período inerrantista, esta declaración de la Dei Verbum era una afirmación novedosa que se apartaba del consenso católico sobre la inerrancia dando así pie a los progresistas. “Ahora, por primera vez, la inerrancia puede ser predicada específicamente limitada de la verdad de Dios por causa de nuestra salvación. La Biblia ya no es la palabra inerrante en todas sus afirmaciones. Solamente lo es cuando sirve como vehículo de la intención salvífica por parte de Dios. De este modo, el Concilio ha rechazado efectivamente la antigua doctrina de la inerrancia completa”[10].

El texto de la Dei Verbum no fue uno aprobado sin discusiones y una larga elaboración hasta su redacción definitiva (1961 a 1965). Precisamente, el punto más problemático fue el concepto de verdad, como verdad salvífica, aplicado a la inerrancia bíblica, lo cual levantó muchos recelos, y se calificó de “ambiguo y peligroso”, pues parecía limitar la inerrancia solo a las cuestiones fe y moral (rei fidei et morum), lo cual atentaba contra la Encíclica Providentissimus Deus, de León XIII, y el Magisterio ulterior de la Iglesia. Un grupo de obispos protestaron ante el papa Pablo VI porque la fórmula “para nuestra salvación” (veritatem salutarem) introducía expresamente la inerrancia únicamente en las cosas sobrenaturales, relacionadas con la fe y las costumbres. El Concilio, según analiza detalladamente Valerio Mannucci, adoptó una actitud positiva ante el problema. El tratamiento eminentemente apologético anterior cedía el paso a un planteamiento positivo. “La interpretación de la Escritura debe tratar ante todo de descubrir y explicar la Revelación y la realidad salvífica que Dios nos ha comunicado en Jesucristo. No se acude a la Escritura simplemente porque «no se equivoca», sino porque en ella se nos permite encontrar el Verbum salutis, la «palabra de salvación» (Hch 13,26)”[11].

La inspiración y la inerrancia deben entenderse ante todo a la luz de la voluntad divina y su plan salvífico. Mediante la revelación de Dios en la Sagrada Escritura, Dios quiere comunicarnos su verdad salvífica, tal como se puede ver con toda claridad en 2 Tm 3:16-17: “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”.

De modo que, el texto conciliar Dei Verbum “no introduce ninguna limitación material en la inspiración, ni en la inerrancia, únicamente indica su «especificación formal». El «para nuestra salvación» constituye el principio formal, según el cual es preciso juzgar lo que Dios ha intentado comunicar y aquello que el hagiógrafo quiere decir”[12].

Lo que el Concilio consiguió, como dice Ignace de la Potterie, fue superar la problemática de la inerrancia absoluta de todas las proposiciones de la Biblia. “Esto no significa que la Biblia haya sido abandonada: ¡al contrario! Pero la «verdad» es vista ahora en otro plano, que ya no es el de la sola verdad histórica”[13].

Doctrina evangélica

Los autores evangélicos se esfuerzan en demostrar que la inerrancia no solo está afirmada implícitamente, como un resultado necesario de la inspiración divina, sino explícitamente en el conjunto de los textos bíblicos. En esto no hay polémica ni discusión. La Biblia misma declara su propio origen divino y su reconocimiento posterior como tal[14].

La cuestión a debatir es el significado y extensión de la inerrancia aplicada a aquellos asuntos que no tienen nada que ver con la “verdad salvífica”, es decir, aquellas afirmaciones que tienen que ver con materias de carácter histórico, científico, médico… Para los evangélicos conservadores “reducir” el campo de la inerrancia bíblica a los asuntos “espirituales” es una opción que no se puede admitir. Sería admitir que la verdad de la Biblia solo existe en el área espiritual o religiosa, mientras que en resto sería dudosa, o está ausente. “En la Escritura —argumenta el Dr. Paul Wells, profesor de la Faculté libre de Théologie Réformée de Aix-en-Provence (Francia)—, toda revelación divina reviste un aspecto cultural e histórico. La verdad toma prestada las formas históricas y culturales del mundo: pero es verdadera hasta en su expresión. Entre la revelación y los hechos históricos y culturales no hay oposición, sino una unidad profunda. Es imposible disociar lo que tiene que ver con Dios y lo que concierne a los hombres. Nada hay de separación entre lo que es histórico o científico y lo que es espiritual. Lo divino y lo humano están unidos en la revelación bíblica, es Dios quien habla en el lenguaje humano”[15]. Como afirmación teológica de carácter teórico es impecable, pero no pasa la prueba cuando descendemos a los hechos, a la Biblia misma en su fenomenología, en su concreción histórica y literaria.

Admitir que la Biblia no pueda ser exacta, o fiable, en términos de historia y ciencia vendría a dejarnos con una inerrancia parcial, limitada, que sembraría dudas respecto al resto de la revelación. Por eso, desde el momento que reconocidos autores evangélicos como Dewey B. Beegle (1919-1995), profesor en el entonces Biblical Seminary, hoy New York Theological Seminary, pusieron en cuestión la inerrancia de la Biblia, se encendieron las alarmas, o como decía un redactor de Christianity Today: “Se avecina una nueva disputa”. “Los rumores son cada vez más fuertes. Están resonando en lugares tan inverosímiles como Grand Rapids, Winona Lake, Wheaton, Colorado Springs, Pasadena, y Santa Barbara”[16]. Y todo debido a un libro del mencionado profesor Dewey M. Beegle, titulado The Inspiration of Scripture y publicado en 1963[17]. Una segunda edición, bajo el título de Scripture, Tradition, and Infallibility, contaba con un prólogo del reputado biblista británico F.F. Bruce, donde escribía: La primera edición del Dr. Beegle fue en gran parte un trabajo de demolición. Aquí ha reorganizado y ampliado su material... y ha dado una nota más positiva. No pide a sus lectores que estén de acuerdo con él, sino que tomen en serio sus argumentos. En particular, apoyo tan enfáticamente como puedo su desaprobación de una mentalidad de la línea Maginot en lo que respecta a la doctrina de las Escrituras. La Palabra de Dios es algo vivo y activo, sobre todo cuando rompe los grilletes en las que nuestras bien intencionadas definiciones tratan de encerrarla y protegerla, y manifiesta su poder para vencer la oposición y conducir a nuevas empresas en la causa de Cristo, esas que traen la respuesta de obediencia y fe"[18].

Ante la deriva del evangelicalismo hacia posturas cada vez menos comprometidas con la doctrina de la inerrancia bíblica, un grupo de teólogos destacados en el mundo evangélico norteamericano se pusieron de acuerdo en presentar un frente unido que respondiese a esa deriva, considerada extremadamente peligrosa. Así es como a finales de 1973 se celebró en Ligonier (Pennsylvania) el primer Simposio Internacional de la Veracidad de la Escritura (International Symposium on the Trustworthiness of Scripture). En él participaron personajes de la talla de John Warwich Montgomery, John H. Frame, John H. Gerstner; Peter R. Jones; J.I. Packer; Clark H. Pinnoch y Robert Sproul. “La tendencia anti-inerrancia en el protestantismo evangélico tiene las características de una tragedia clásica de Aristóteles[19]. Ha ocurrido en un tiempo sorprendentemente corto y produce tanta pena como miedo”, señalaba Montgomery[20]



Por su parte, Francis Schaeffer salió en defensa de la inerrancia total con un panfleto titulado Sin conflicto final. La Biblia sin error en todo lo que afirma. En él, Schaeffer advierte que lo que “está en juego es si el evangelicalismo permanecerá evangélico”.  Sin una Biblia considerada en su totalidad "la comunicación verbal de Dios a los hombres que ofrece la verdad proposicionalmente verdadera sobre el cosmos y la historia", sin la que los cristianos carecerían de una autoridad adecuada sobre la cual edificar su fe[21].

A finales de 1977 un grupo de treinta líderes evangélicos se reunieron en Chicago para formar el International Council on Biblical Inerrancy (ICBI). A través de conferencias, centros de capacitación pastoral, seminarios itinerantes y diálogos técnicos con no-inerrantistas, el ICBI puso de manifiesto que aquellos que niegan la infalibilidad e inerrancia de la Biblia están “fuera de sintonía” con la corriente evangélica histórica y con la Biblia. Así es como el concepto de inerrancia pasó a convertirse en un criterio de discriminación entre evangélicos conservadores y liberales. En 1978 se redactó la Declaración de Chicago sobre la inerrancia bíblica, que se ha convertido en el texto normativo de todos los defensores de la inerrancia[22]

 

Verdad e historia

 La afirmación de la inerrancia bíblica es perfectamente lógica y absolutamente necesaria para el cristiano que considera a Dios como el autor último de la Escritura, de modo que Dios nos habla mediante la Biblia. Y si Dios habla, por deducción simple, no puede decir errores. El problema comienza cuando dejamos el plano doctrinal, teórico, y pasamos al de las aplicaciones. ¿Hasta qué punto podemos decir que todo lo que la Biblia dice es cierto en lo que dice? ¿Es equiparable la afirmación de que Dios creó el Universo en seis días con que Dios amó al mundo hasta el punto de enviar a su Hijo para salvarnos? ¿Están en el mismo plano, obedecen a una misma intención revelatoria de Dios?

Esta cuestión da para mucho, y como aquí solo me he propuesto ofrecer unas pinceladas sobre el estado de la cuestión de la inerrancia bíblica, me ceñiré a un ejemplo que me parece bastante esclarecedor. No vamos en enfrascarnos en debates ya bien conocidos y con un gran peso de material publicado, como es la relación entre la fe y la ciencia; la creación y la evolución; el azar y el diseño, sino que me limitaré a una cuestión básica de historia en la que no cabe ninguna duda; tal es el consenso de los historiadores y público en general, habituados ya a entender la prehistoria humana como un tiempo en que los seres humanos, en su lucha por la vida, se dedicaban a la caza, la pesca y la recolección de frutos. La evidencia fósil y rupestre es abrumadora. Utensilios de piedra, o de hueso, como hachas cuchillos, agujas; depósitos de restos de crustáceos y frutos; cavernas habitadas, con pinturas extraordinariamente artísticas, que ponen en evidencia que aquellos primitivos habitantes de las cavernas eran seres tan inteligentes y creadores como los seres humanos que vivimos hoy día.

Pues, bien. Si leemos la historia del comienzo de la humanidad según la Biblia, vemos que la primera pareja, Adán y Eva, tuvieron dos hijos, uno era agricultor, Caín, y otro pastor, Abel. Un cuadro muy típico y normal del mundo conocido por el hagiógrafo. Pero, a menos que queramos enfrentarnos a todos los historiadores y antropólogos del mundo, no podemos tomar el relato bíblico como una afirmación verídica y adecuada de la historia de la humanidad. Hoy sabemos a ciencia cierta que antes que ser humano descubriera el arte de la agricultura y la técnica de la domesticación de animales salvajes y de la ganadería, nuestros antepasados primitivos vivieron durante milenios ignorantes de estas técnicas, dedicados, como hemos dicho, a la caza y recolección de frutos. No creo que sea necesario abundar en este punto. Me parece que este conocimiento forma ya parte universal de nuestro saber cultural.

Entonces, ¿miente la Biblia cuando dice que los primeros seres humanos ya dominaban el arte del pastoreo y la agricultura? ¿Nos ofrece una información equivocada, errónea? La Biblia nos mentiría, y caería en el error, si pretendiera darnos una clase antropología prehistórica, pero no es el caso, baste tener en cuenta lo escueto de su relato en lo que toca a la historia de los dos hermanos y lo extenso en su narración del fratricidio y sus consecuencias. Evidentemente el autor sagrado nos está ofreciendo una historia de los orígenes desde un punto de vista religioso, teológico. Lo que realmente le preocupa y afronta como escritor es ofrecer una respuesta al interrogante que más ha inquietado al ser humano desde que ha reflexionado sobre sí mismo y su historia, a saber, el origen del mal, de la violencia, de la crueldad humana. En la figura de los hermanos sintetiza la historia de una problema que aflige a la humanidad desde sus orígenes: la violencia. El ser humano es desde el principio envidioso, resentido, que no retrocede ante nada, ni ante los vínculos sagrados de la sangre, de la familia, con tal de imponer su voluntad, llegando a recurrir al asesinato, a la muerte de su hermano si con ello cree que sale ganando.

El texto bíblico comienza con Dios como fundamento último de todo lo que existe —en el principio Dios creó…— y, por tanto, como garante del orden y de la armonía de la creación. Al mismo tiempo nos dice que el ser humano no aceptó su condición de criatura y quiso ser igual a Dios, de tal manera que impuso su voluntad frente a la del Creador, dando así lugar a todos los males que afligen a la humanidad. Traspasar el mandamiento divino siempre conduce a consecuencias trágicas. Tal es el mensaje que quiere transmitirnos el texto bíblico, no ofrecernos un relato detallado y científico de los orígenes de la vida. Si pretendemos obtener de la Biblia un conocimiento científicamente verdadero de todo lo que dice, los que caemos en el error somos nosotros por hacer de la Biblia un tipo de libro, o colección de libros, que nos es. El teólogo escocés James Orr, uno de los padres intelectuales del Fundamentalismo cristiano, advertía que existe una manera estricta de considerar la inerrancia que puede llevar a una “posición suicida” capaz de destruir “el entero edificio de la fe en una religión revelada”[23].

Para no caer en enfrentamientos estériles y perjudiciales para la convivencia fraterna, que envenenan la comunión espiritual y paralizan el conocimiento de la Biblia tal como es, debemos tener conciencia que la Biblia es un libro religioso, con una meta religiosa: la comunión con Dios, y de contenido religioso, incluso cuando trata de la historia secular. Esto es manifiestamente evidente cuando consideramos el reinado de Omri, sexto rey de Israel. El autor sagrado le dedica 8 escuetos versículos de su historia de la monarquía de Israel, sin dedicar ni una sola frase a su labor como estadista (1 R 16:21-28). Por la historia contemporánea ajena a la Biblia, sabemos que Omri fue uno de los reyes más grandes de Israel, fundador de una dinastía, cuatro de cuyos reyes ocuparon el trono a lo largo de un período de 44 años (885-841 a.C.), destacado por su prosperidad económica y sus alianzas con las naciones vecinas[24]. Por la Biblia nada nos lleva ni a imaginar los logros alcanzados por Omri, todo lo contrario, nos deja la sensación, como resumen de su reinado, que fue un completo desastre, que “hizo lo malo ante los ojos de Jehová, e hizo peor que todos los que habían reinado antes de él(1 R 16:21-28). El cronista sagrado no falta a la verdad, ni miente, él sabe que Omri hizo de Samaria la capital del Reino del Norte (aunque no lo dice explícitamente, v. 24), y que reinó doce años (v. 23), pero su descripción es muy parcial y negativa, pues él lo valora desde el punto de vista religioso, especialmente, desde un monoteísmo absoluto o yahvismo estricto: “Hizo pecar a Israel, provocando a ira a Jehová Dios de Israel con sus ídolos” (v. 26). En este sentido, en el propósito e intención que tenía en mente al escribir, o que fue inspirado para hacerlo, él no yerra ni engaña; el texto es confiable en todo lo que dice, aunque no es aprovechable en todo lo históricamente fue el reinado de Omri sobre Israel.

De manera que, aunque en la Biblia cristiana tenemos una sección de libros llamados “históricos”, no nos debemos dejar engañar por su nombre y llegar a sacar deducciones inadecuadas. Esos libros históricos son básicamente libros religiosos, o libros que consideran y juzgan la historia de Israel desde una perspectiva religiosa. Por eso, los rabinos judíos sitúan a los libros que nosotros llamamos históricos (Josué, Jueces, Samuel, Reyes), entre los nevi´im o profetas.

A la luz de estos hechos tenemos que considerar la inerrancia de la Biblia con todo el respecto que se merece, pero siempre a la luz de un concepto adecuado de la naturaleza de la Biblia, de lo que fenomenológicamente es, sin dejarnos atrapar por razonamientos lógico-deductivos que se mueven en el cielo de lo abstracto y no de realidad. La Biblia es el testimonio de esa preciosa historia de salvación que se inicia desde el primer momento que Adán cae en pecado y Dios sale en búsqueda con la pregunta: “Adán, ¿dónde estás?”, y que pasando por Noé, Abraham, Moisés y David llega hasta nosotros por medio de Cristo. En este sentido, la inerrancia del mensaje bíblico es total. “Estas cosas han sido escritas para que ustedes crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su nombre” (Jn 20:31).

Para concluir con una de Donald Bloesch (1928–2010), un teólogo siempre digno de ser tenido en cuenta: “Se puede afirmar la inerrancia de las Escrituras si significa la conformidad de lo que está escrito con los dictados del Espíritu con respecto a la voluntad y el propósito de Dios. Pero no se puede sostener si se entiende que significa la conformidad de todo lo que está escrito en las Escrituras respecto a hechos históricos y científicos”[25].

 

Notas


[1] Traducida y publicada en español: La inspiración de la Biblia. CLIE, Barcelona 1990.

[2] Harold Lindsell, The Battle for the Bible. Zondervan, Grand Rapids 1976.

[3] Harold Lindsell, The Bible in the Balance. Zondervan, Grand Rapids 1979.

[4] James T. Draper, Authority: The Critical iussue for Southern Baptists. Fleming H. Revell, Old Tappan (New Jersey) 1984, p. 22.

[5] “La inerrancia ha sido la enseñanza constante de los Padres, de los teólogos católicos y protestantes, y de papas recientes, porque es una conclusión necesaria de la autoría divina”. Clark H. Pinnock, Revelación bíblica. El fundamento de la teología cristiana. CLIE, Barcelona 2004, p. 75.

[6] L. Alonso Schökel, La Palabra inspirada. La Biblia a la luz de la ciencia del lenguaje. Cristiandad, Madrid 1986, p. 313.

[7] O.G. de la Fuente, Introducción general a la Sagrada Escritura. Casa de la Biblia, Madrid 1964, p. 75.

[8] Id.

[9] B.B. Warfield, The Inspiration and Authory of the Bible. Presbyterian and Reformed Pub. Co., Phillpsburg, N.J. 1948, p. 113.

[10] Clark H. Pinnock, en J.W. Montgomery, ed., God´s Inerrant Word. Bethany, Minneapolis 1974, p. 147.

[11] Valerio Mannucci, La Biblia como Palabra de Dios. Desclée de Brouwer, Bilbao 1997, p. 236.

[12] Id., p. 237.

[13] Ignace de la Potterie, en Escritura e interpretación. Los fundamentos de la interpretación bíblica. Ediciones Palabra, Madrid 2003, p. 72.

[14] Véase Andrés Messmer y José Uwe Hutter, La inerrancia bíblica. CLIE, Barcelona 2021.

[15] Paul Wells, Dios ha hablado. Debate contemporáneo sobre las Escrituras. Andamio, Barcelona 1999, p. 162.

[16]New Dispute Looms over ‘Errors’ in Scripture”, Christianity Today, 26 de abril de 1963.

[17] Dewey M. Beegle, The Inspiration of Scripture. Westminster Press Philadelphia 1963. Este libro le costó a Beegle el puesto en seminario donde enseñaba y la membresía de la Free Methodist Church. Se mudó a Washington DC, donde comenzó a enseñar en el Wesley Theological Seminary (de la United Methodist Church), donde cuenta con un memorial que recoge toda su obra.

[18] F.F. Bruce, en Dewey M. Beegle, Scripture, Tradition, and Infallibility. Eerdmans, Grand Rapids 1973. La intervención de Bruce en esta polémica obra se explica por la diferencia entre el evangelicalismo británico y el estadounidense. El primero nunca hizo de la doctrina de la inerrancia una seña de identidad del ser evangélico.

[19] La extraña referencia a Aristóteles, que no era un dramaturgo, es una alusión a Dewey M. Beegle, cuando este reprende a los defensores de la infalibilidad por haber permitido que un método escolástico aristotélico de razonamiento deductivo oscurezca los fenómenos de la Escritura que, en su opinión, deberían haber sido la base sobre la cual el razonamiento inductivo podría haber desarrollado una visión verdaderamente bíblica (Beegle, Scripture, Tradition and Infallibility. Eerdmans, Grand Rapids 1973, p. 16).

[20] John Warwick Montgomery, ed., God´s Inerrant Word. An International Symposium on the Trustworthiness of Scripture. Bethany, Minneapolis 1974, p. 14.

[21] Francis A. Schaeffer, No Final Conflict: The Bible Without Error in All That It Affirms. Inter-Varsity Press, Downers Grove 1975, pp. 46, 45.

[22] Norman L. Geisler, ed., Inerrancy. Zondervan, Grand Rapids 1980. Ver Norman L. Geisler, ed. Explaining Biblical Inerrancy: Official Commentary on the International Council of Biblical Inerrancy Statements. Bastion Books 2013. Descarga gratuita en http://bastionbooks.com/explaining-biblical-inerrancy/ 

[23] John Woodbridge and Frank James, Church History, vol 2: From Pre-Reformation to the Present Day. Zondervan AcademicGrand Rapids 2013.

[24] Véase Alfonso Ropero, “Omri”, en Gran diccionario enciclopédico de la Biblia. CLIE, Barcelona 2013, pp. 1838-1839.

[25] D.G. Bloesch, Holy Scripture: Revelation, Inspiration and Interpretation. IVP, Downers Grove 1994, p. 107.



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Alfonso Ropero, historiador y teólogo, es doctor en Filosofía (Sant Alcuin University College, Oxford Term, Inglaterra) y máster en Teología por el CEIBI. Es autor de, entre otros libros, Filosofía y cristianismo; Introducción a la filosofía; Historia general del cristianismo (con John Fletcher); Mártires y perseguidores y La vida del cristiano centrada en Cristo.





Comentarios

  1. Al leer este artículo/comentario de la inerrancia bíblica, es preciso que podamos entender desde las perspectivas que esto conlleva. Me uno al debate bíblico, teológico y espiritual, concatenado con la realidad actual de la ciencia, como la conocemos en la actualidad. Dicha inerrancia no se puede ver desde la comprensión pasada. Creo, que si se sigue con esta idea, se podría fosilizar la fe en la dicha inerrancia, que como resultado se traduce en un vació histórico al cual sería un despeñadero crucial. Si me permiten, tengo mi propio Blog: Jairo Obregón (obregonjairo212.blogspot.com), me gustaría reescribir su texto que se encuentra en Pensamiento Protestante como parte de mi grano de arena en estos debates tan necesarios. Agradezco este texto del autor Alonso Ropero.

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  2. El propósito de la Biblia

    “LA PRETENSIÓN de una Biblia inerrante e infalible en todas las áreas del conocimiento contribuye a una total postergación, cuando no disolución, del hilo conductor de las Escrituras, de su mensaje central” (José María Tellería Larrañaga)

    La inerrancia e infalibidad son dos características fundamentales que todos los creyentes le reconocemos a las Escrituras en el sentido de no contener error y de estar en condiciones de cumplir de sobra con el propósito para el cual fue inspirada por Dios (Isa. 55:10-11; 2 Tim. 3:16-17). Pero paradójicamente, la defensa obsesiva de la inerrancia e infalibilidad de la Biblia por parte de algunos creyentes especialmente dotados para esta labor puede ser un distractor que los haga perder de vista su propósito y mensaje central, postergándolo y diluyéndolo en ejercicios apologéticos inconvenientes por los que se intenta demostrar que la Biblia se pronuncia con acierto en todas las áreas del saber humano, incluyendo el campo de las diferentes ciencias especializadas desarrolladas por el hombre moderno. La Biblia no es, pues, un libro de ciencia y no se le puede entonces pedir que nos revele con exactitud las verdades concernientes a la ciencia que ella misma debe investigar conforme a la legítima naturaleza de su actividad (Pr. 25:2). Dicho de otro modo, los intereses de la Biblia no son los de la ciencia. Así, al asumir la defensa de nuestra fe apelando a la confiabilidad de las Escrituras los cristianos no podemos dejarnos desviar y extraviar en ejercicios estériles e inconvenientes por los que, al procurar afirmar la inerrancia e infalibilidad de la Biblia al detalle, nos perdamos en discusiones bizantinas y disquisiciones inútiles que no son más que digresiones no concluyentes que nos apartan de su propósito principal y le brindan a nuestros oyentes salidas fáciles para eludir y evitar la confrontación con el Cristo de la fe, ocupados como estamos en establecer la veracidad de la Biblia en todo tipo de asuntos muy alejados y sin relación directa con éste, su tema central (Jn. 5:39). La Biblia se escribió para conducir a sus oyentes y lectores a la fe y la salvación en Cristo (Jn. 20:31) y no para impartir lecciones de ciencia y de cultura general, aunque incidentalmente y como se esperaría de la inspiración divina sobre ella, sus contenidos no riñan de manera necesaria con lo que la ciencia descubre y establece. Porque en primer lugar y antes que nada:

    “… las Sagradas Escrituras… pueden darte la sabiduría necesaria para la salvación mediante la fe en Cristo Jesús” (2 Timoteo 3:15 NVI)

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