Hace unos días, alguien me dijo una frase que se me quedó grabada en la cabeza:
“Lo que natura non da, Salamanca non presta.”
Aunque la escuché en medio de una conversación cotidiana, hubo algo en esas palabras que me hizo pensar muchísimo. Hay frases antiguas que sobreviven siglos porque siguen describiendo algo profundamente humano, y creo que esta es una de ellas.
El refrán, de origen español, hace referencia a que existen cosas que no pueden enseñarse ni adquirirse únicamente a través del estudio o la formación. “Salamanca” representa el conocimiento académico, la educación y la cultura; mientras que “natura” simboliza aquello con lo que una persona nace: ciertas capacidades, sensibilidades, talentos o formas de ser.
Pero cuanto más pensaba en la frase, menos pensaba en títulos, estudios o conocimiento académico. Pensaba en personas.
Pensaba en esa gente que quizá no tuvo oportunidades, formación o reconocimiento, pero que nació con algo imposible de fingir.
Porque hay dones que no se adquieren mediante el conocimiento académico. Hay personas que, aunque intenten pasar desapercibidas, tienen una luz propia que termina notándose igual. Personas que tal vez nunca aprendieron técnicamente cómo hacer algo, pero poseen una capacidad tan natural que los demás la perciben inmediatamente.
Está quien sabe escuchar de verdad.
Quien contiene sin haber estudiado psicología.
Quien lidera sin haber leído nunca un libro sobre liderazgo.
Quien transmite calma, sensibilidad, carisma o humanidad de una forma que no puede explicarse.
Y muchas veces son justamente esas personas las que menos conscientes son de lo que generan.
Vivimos en una época obsesionada con mejorar constantemente. Cursos, libros, técnicas, discursos motivacionales. Parece que todo pudiera desarrollarse si uno se esfuerza lo suficiente. Y aunque el aprendizaje transforma muchísimo, hay dimensiones de la vida humana que no son fruto únicamente del conocimiento adquirido.
La empatía no siempre se enseña.
La sensibilidad no siempre se estudia.
La autenticidad no siempre se aprende.
Hay personas con grandes títulos incapaces de escuchar verdaderamente a otro ser humano. Y también existen personas sin formación académica que poseen una sabiduría emocional inmensa, una intuición profunda o una capacidad natural para contener, comprender y acompañar.
Y quizá por eso la frase sigue vigente después de tantos años. Porque hay algo que el conocimiento puede perfeccionar… pero no crear desde cero.
Uno puede enseñar técnicas.
Puede enseñar teoría.
Puede enseñar estructuras.
Pero no siempre puede enseñar presencia. Ni humanidad. Ni esa chispa inexplicable que algunas personas tienen naturalmente.
Y lo más curioso es que muchas veces quienes poseen esos dones intentan minimizarlos. Tal vez porque crecieron escuchando que “no eran suficientes”, o porque sienten que la falta de estudios invalida lo que son capaces de generar…Pero la gente lo nota igual.
Porque cuando alguien tiene un don verdadero, tarde o temprano se refleja en la manera en que habla, en cómo acompaña, en cómo hace sentir a los otros, en cómo transforma un espacio simplemente estando presente.
Hay personas que llegan a un lugar y, sin proponérselo, transmiten confianza. Otras tienen una capacidad natural para cuidar, para enseñar, para inspirar o para comprender dolores ajenos sin necesidad de haber leído teorías sobre ello. Y aunque quizá nunca se sientan “preparadas”, poseen algo que no puede fingirse ni aprenderse del todo.
Sin embargo, creo que la frase también tiene límites.
Porque si se interpreta de forma rígida, pareciera decir que las personas están condenadas a ser únicamente aquello con lo que nacieron. Y la realidad humana es mucho más compleja.
Las personas cambian, maduran, sanan. Desarrollan capacidades que antes parecían imposibles. Tal vez no todos nazcamos con las mismas herramientas, pero sí con la posibilidad de transformarnos a través de la experiencia, el dolor, el amor y el tiempo. Porque también existen potenciales dormidos que jamás aparecerán sin oportunidades, sin vínculos o sin alguien que crea en nosotros.
Entonces, quizá la reflexión más honesta no sea decidir si el refrán tiene razón o no, sino entender que el ser humano probablemente sea una mezcla de ambas cosas: lo que trae consigo… y todo aquello que logra construir después.
Porque hay conocimientos que se adquieren, pero hay esencias que simplemente habitan en alguien.
Y tal vez lo más importante sea entender que un título académico puede abrir puertas, pero no siempre define el valor humano de quien las cruza. Porque hay personas que, aun sin todas las oportunidades del mundo, poseen algo tan auténtico que termina dejando marca en los demás.
Algo que no se enseña.
Algo que no se compra.
Algo que simplemente se tiene.
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Aldana Bottino es escritora, ensayista y poeta. Ha publicado cinco libros de poesía y desarrolla también trabajos de investigación en psicología y estudios culturales. Actualmente se encuentra trabajando en un nuevo poemario que reúne una parte significativa de su producción poética.
Su obra es valorada por sus lectores por la intensidad y profundidad con que aborda algunos de los problemas centrales de la condición humana, explorando experiencias y preguntas que encuentran en la palabra poética una forma singular de expresión.
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