LA EVOLUCIÓN Y SUS CRÍTICOS (III)
Stephen Jay Gould y su crítica del neodarwinismo
Stephen Jay Gould (1941-2002), fue uno de los científicos más significativos del siglo XX, escritor prolífico y brillante, con una saber enciclopédico, se puede clasificar entre los grandes de la divulgación científica como Carl Sagan, Isaac Asimov, Stephen Hawking y Richard Dawkins, hizo importantes aportaciones a la forma de entender la evolución, tantas que algunos consideran que desmanteló el darwinismo, con su teoría del equilibrio puntuado[1], la cual defiende la posibilidad de una evolución rápida, abrupta, en un corto periodo de tiempo geológico, contraria a la visión ultra gradualista sostenida por los neodarwinistas. Esto dio pie a algunos críticos del darwinismo a pronosticar que la teoría de la evolución podría involucionar —desmantelarse— en poco tiempo. Los creacionistas encontraron en el equilibrio puntuado una de sus teorías favoritas para arremeter contra el darwinismo.
La idea fundamental de Darwin es que los seres vivos tienen una gran capacidad de reproducirse, pero puesto que los recursos son limitados, solo las variantes más aptas de cada generación sobrevivirán lo suficiente como para reproducirse y transmitir sus cualidades a la siguiente generación. La repetición de este proceso ciego una generación tras otra durante miles o millones de años provoca inevitablemente que las especies vayan cambiando y haciéndose más aptas para vivir en su particular entorno. «La evolución, según la ortodoxia darwiniana, se debe esencialmente, si no por completo, a ese mecanismo gradual, continuo y competitivo. Esa idea, que la selección natural constituye el principal motor de la evolución, es la que Gould desafió hasta el final de sus días»[2].
Gould, junto a su colega Niles Eldredge, comprobaron que el registro fósil no siempre responde a las predicciones de Darwin, algo que este mismo no ignoraba. La teoría de la selección natural parece requerir una permanente y continua transición gradual de las especies biológicas, pero los estratos fosilíferos se empeñan en mostrar a menudo unas sustituciones bruscas: las especies permanecen estables durante millones de años, y son sustituidas por otras nuevas en poco tiempo, en sentido geológico. Según el modelo de Gould y Eldredge, las especies son conjuntos muy estables que se mantienen en equilibrio con el medio ambiente durante largos períodos de tiempo, llamados de estasis. Estos largos lapsos de equilibrio se ven interrumpidos por acontecimientos poco frecuentes en los que tiene lugar la especiación, esto es, el surgimiento de nuevas especies. «La evolución no transforma las especies de modo inevitable e irrevocable mientras persisten a lo largo del tiempo geológico. Por el contrario, lo más frecuente es que las especies parezcan no ir a ninguna parte, evolutivamente hablando. […] La estasis [la estabilidad de las especies a lo largo de toda su existencia] está ahora abundantemente documentada como el patrón paleontológico predominante en la historia evolutiva de las especies. […] El escaso cambio progresivo de cada especie que vemos en el registro fósil es, sencillamente, demasiado lento para dar cuenta de los grandes cambios adaptativos logrados por la evolución»[3].
Gould y Eldredge admiten que la evolución gradual típicamente darwiniana puede ocurrir y ocurre, si bien destacan que su frecuencia relativa es baja, por el contrario, consideran que el equilibrio puntuado es el modo y el ritmo predominante en el cambio evolutivo. En su libro La vida maravillosa, Gould describe cómo la vida pluricelular empezó con múltiples modelos, pero la historia sólo se construyó en base a unos pocos diseños sobrevivientes. Las extinciones detectadas en el registro fósil son el resultado de un proceso de diezmación aleatorio, certificado por el dato de la muerte de 9 de cada 10 de los linajes existentes. «Ciertos grupos pueden prevalecer o morir por razones que no tienen relación alguna con la base darwiniana del éxito en las épocas normales. Incluso si los peces afilan sus adaptaciones a máximos de perfección acuática, todos morirán si los estanques se secan. Pero el harapiento y viejo Buster, el pez pulmonado, que antes fue el hazmerreír del clero de la piscina, puede salir del aprieto (y no precisamente porque un juanete en la aleta de su tatarabuelo avisara a sus antepasados de un cometa cercano). Puede ser que Buster y su linaje prevalezcan debido a que un rasgo que apareció por evolución hace muchísimo tiempo para un uso distinto permitió fortuitamente la supervivencia durante un súbito e impredecible cambio en las reglas»[4].
En opinión del historiador de la ciencia, Michael Shermer, el equilibrio puntuado es una teoría mejorada para explicar la historia fósil, y por tanto, satisface los criterios necesarios para ser una ciencia progresiva, «pero el equilibrio puntuado no sustituye el gradualismo darwiniano, solo lo modifica con el fin de describir e interpretar con mayor precisión algunos capítulos de la historia fósil. El equilibrio puntuado puede proponer muchas cosas, pero desde luego no un nuevo mecanismo para interpretar el cambio evolutivo»[5].
El entierro prematuro de Darwin
En 1981 Gould escribió un libro de ensayos dedicados a Darwin, en uno de los cuales habla de «El entierro prematuro de Darwin», donde hace referencia a un ensayo de Tom Bethell, titulado Darwin's Mistake (El error de Darwin), donde afirmaba: «La teoría de Darwin, en mi opinión, está al borde del colapso… La selección natural fue silenciosamente abandonada, incluso por sus más ardientes defensores, hace ya algunos años». Primera noticia, dice Gould, no me encuentro entre los defensores más ardorosos de la selección natural, pero tampoco estoy entre los candidatos para el enterramiento de la teoría de Darwin de la selección natural.
Según Bethell, el concepto de Darwin de la selección natural como fuerza creativa no puede ser otra cosa que una ilusión creada y favorecida por el clima social y político de su tiempo. En pleno apogeo del optimismo victoriano en la Inglaterra imperial, el cambio parecía ser inherentemente progresista; ¿por qué entonces no identificar la supervivencia en la naturaleza con una creciente adaptación en el sentido no tautológico de un diseño mejorado? Gould responde: «Si la teoría de la selección natural contiene un criterio independiente de adaptación, entonces no es tautológica. Yo mantengo, tal vez inocentemente, que su actual y persistente popularidad debe tener algo que ver con su éxito en la explicación de la información, reconocidamente incompleta, que poseemos hoy en día acerca de la evolución. Sospecho que tenemos aún Charles Darwin para rato»[6].
En otro lugar concluye, después de exponer y detallar su crítica a la creatividad de la selección natural darwiniana: «Darwin, en el centenario de su muerte, está más vivo que nunca. Continuemos alabando a los hombres famosos»[7]. Ciertamente el darwinismo está vivo y muy sano a comienzos del siglo XXI, como dice Michael Shermer; de hecho, Darwin emerge como un héroe de mayores proporciones de las que tuvo en vida o en el siglo posterior a su muerte. «Cuanto más sabemos de Charles Darwin mayor altura cobra su figura»[8].
Todo esto viene a cuento de que hoy, casi a un cuarto de siglo de la muerte de Gould, haya todavía muchos, tanto del campo creacionista como del diseño inteligente, que sigan diciendo que la crítica de Gould al darwinismo apunta a un inminente rechazo del mismo como doctrina científica es un despropósito total. Gould nunca jamás dudó de la realidad de la evolución biológica, aquella que dice que todos los seres vivos de este planeta, incluidos los humanos, se han generado en el tiempo a partir de un organismo primitivo, ni que su manera de explicar el proceso evolutivo pusiera en peligro la realidad del mismo.
Stephen Jay Gould
La evolución entre la teoría y el hecho
Cualquiera que estudie o repase la historia de la teoría de la evolución observará la cantidad de debates y controversias que se han dado desde el principio respecto a su interpretación y búsqueda sus métodos de acción, por eso no tiene nada de extraño la existencia de disidentes y críticos que parecen poner en cuestión el hecho de la evolución, cuando lo único que hacen es cuestionar determinadas teorías en pro de un conocimiento más ajustado a los hechos[9]. Por esta razón, Gould publicó en 1981 el artículo Evolution as Fact and Theory en el cual trata de esclarecer la diferencia entre la teoría y el hecho evolutivo.
En primer lugar, analiza el uso partidista que se ha de la palabra teoría, como si esta implicara un conocimiento imperfecto, tentativo, una suposición arbitraria. El ataque básico de los creacionistas modernos se divide en dos puntos generales antes incluso que nosotros alcancemos los supuestos detalles reales de su asalto contra la evolución, escribe Gould. «Primero, ellos juegan sobre el malentendido vernáculo de la palabra “teoría” para llevar a la falsa impresión que nosotros los evolucionistas estamos encubriendo el centro podrido de nuestro edificio. Segundo, ellos abusan de una filosofía de la ciencia muy popular para argumentar que ellos se comportan científicamente a la hora de atacar a la evolución. Sin embargo, la misma filosofía demuestra que su propia fe no es ciencia, y que el “creacionismo científico” es una frase sin sentido y auto-contradictoria, un ejemplo de lo que Orwell llamó “neolengua” o forma de expresión formal que sirve para fines políticos»[10].
Los hechos son los datos del mundo, afirma Gould. Las teorías son las estructuras de ideas que explican e interpretan los hechos. «Los hechos no se esfuman cuando los científicos debaten teorías rivales para explicarlos. La teoría de la gravedad de Einstein reemplazó la de Newton, pero las manzanas no quedaron suspendidas a medio caer, esperando el resultado. Y los humanos evolucionaron de ancestros simiescos tanto si lo hicieron a través del mecanismo propuesto por Darwin o por algún otro, todavía no descubierto».
Por otra parte, sigue aclarando, un hecho no significa certeza absoluta. «Las pruebas finales de la lógica y las matemáticas fluyen deductivamente de premisas indicadas y logran certeza sólo porque no tratan acerca del mundo empírico. Los evolucionistas no hacen afirmaciones de verdades absolutas, aunque los creacionistas frecuentemente lo hacen (y luego nos atacan por un estilo de argumento que ellos mismos propician). En la ciencia, un “hecho” sólo puede significar “confirmado a tal grado que sería perverso detener su aceptación provisional”. Yo supongo que las manzanas podrían comenzar a elevarse mañana, pero la posibilidad no merece igual tiempo en los salones de clases de física»[11].
Los científicos consideran los debates sobre los tópicos fundamentales de la teoría como una señal de salud intelectual y fuente de excitación. La ciencia maneja teorías siempre sometidas a examen, pues no ignora que la información antigua podría ser explicada en sorprendentes formas nuevas. Pero, pese a todas las peleas internas, la teoría evolutiva está disfrutando un vigor inusual, asegura Gould, y añade: «En medio de todo este revuelo, ningún biólogo ha sido llevado a dudar del hecho que la evolución ocurre; nosotros estamos debatiendo cómo pasa»[12].
En su famoso Proceso a Darwin, Phillip E. Johnson, acusa a Gould —a quien cita con frecuencia—, de no jugar limpio cuando establece la frontera entre hecho y teoría en un lugar erróneo[13], pero quien no juega del todo limpio es Johnson. Gould, que además de un excelente paleontólogo fue un magnífico expositor de historia de la ciencia, indica que Darwin continuamente enfatizó la diferencia entre sus dos grandes y separados logros: primero, establecer el hecho de la evolución, y segundo, proponer una teoría, a saber, la selección natural, para explicar el mecanismo de la evolución[14].
Gould, dice Johnson, reconoce que Darwin siempre insistió en que la selección natural era solo uno de los mecanismos de la evolución[15], pero lo que exactamente afirma Gould es que Darwin reconoció la naturaleza provisional de la selección natural mientras afirmaba el hecho de la evolución[16], luego no se entiende la acusación de Johnson de que Gould confunde hecho con teoría.
Ciencia y religión
Gould nació en el seno de una familia judía neoyorquina, de abuelos
Inmigrantes húngaros. «Compartí —confiesa— la enorme ventaja de un respeto por aprender que impregna toda la cultura judía, incluso en los niveles económicos más pobres. Pero no tuve educación religiosa formal (ni siquiera tuve un bar mitzvah), aunque mis padres conservaron el orgullo de la historia y el patrimonio judíos, al tiempo que abandonaban toda la teología y la creencia religiosa. El Holocausto se cebó en ambas partes de mi familia»[17]. Gould aceptó bien temprano las ideas marxistas de su padre; en sus días de estudiante organizó manifestaciones periódicas contra un salón de baile que se negaba a admitir negros; Gould se opuso siempre a la opresión cultural, criticando en sus ensayos las deformaciones de la ciencia para alentar particularismos como el racismo y el sexismo: Junto a Richard Lewontin (1929-2021) fundó el movimiento Ciencia para el Pueblo que inició como un colectivo de científicos en oposición a la ocupación de Vietnam.
A pesar de todo esto, Gould siempre tuvo un gran respeto por la religión. «El tema me ha fascinado siempre, casi por encima de todos los demás», escribe. «Creo, con todo mi corazón, en un concordato respetuoso, incluso cariñoso, entre nuestros magisterios: científico y religioso».[18] Gould era un agnóstico, pero creía que no tenía sentido la vieja manera de encarar el tema de la religión y la ciencia como una cuestión de enfrentamiento, de oposición irreconciliable. En su lugar propone una delimitación de magisterios. El magisterio de la ciencia cubre el reino empírico: de qué está hecho el universo (realidad) y por qué funciona de la manera que lo hace (teoría). El magisterio de la religión se extiende sobre cuestiones metafísicas de significado último y de valor moral. «Estos dos magisterios —escribe— no se solapan, ni abarcan todo el campo de indagación… Por citar los tópicos usuales, la ciencia obtiene la edad de las rocas, y la religión el estremecimiento de las edades; la ciencia estudia cómo van los
cielos, y la religión cómo ir al cielo»[19].
En orden a solucionar el falso conflicto entre ciencia y religión Gould propone un principio básico que llama NOMA (Non-Overlapping Magisteria), traducido en castellano como MANS (magisterios que no se superponen). El fin práctico de esta regla o principio, es la no interferencia respetuosa, acompañada de un diálogo intenso entre los dos enfoques opuestos, cada uno de los cuales cubre una faceta fundamental de la existencia humana.
«Creo, con todo mi corazón, en un concordato respetuoso, incluso cariñoso, entre nuestros magisterios: el concepto de MANS. MANS representa una posición de principio sobre bases morales e intelectuales, no una solución meramente diplomática. MANS posee asimismo dos filos. Si la religión ya no puede dictar la naturaleza de las conclusiones objetivas que residen adecuadamente en el magisterio de la ciencia, entonces tampoco los científicos pueden aducir un mayor discernimiento en la verdad moral a partir de ningún conocimiento superior de la constitución empírica del mundo. Esta humildad mutua lleva a importantes consecuencias prácticas en un mundo de pasiones tan diversas. Haríamos bien en adoptar el principio y gozar de las consecuencias»[20].
Ni qué decir tiene que a su colega científico Richard Dawkins, bien conocido por su animosidad atea contra la religión, no le gustó nada este planteamiento de respeto entre ambos magisterios. No vamos a entrar en profundidad en este tema, que no es parte de nuestro interés en este momento, solo decir, como ha señalado bien el profesor Mariano Artigas, en un artículo muy recomendable, que la propuesta de Gould sobre la coexistencia pacífica de ciencia y religión en dos ámbitos distintos es una propuesta necesario, interesante y seria. «El filósofo o el teólogo podrían desear más profundidad, y todos podemos encontrar dificultades y puntos que requerirían una mayor precisión. Pero en cuanto propuesta de un científico convencido de lo que dice y que expresa las cosas desde la mentalidad de quien está inmerso en la ciencia, se podría tomar como un punto de partida válido para establecer un diálogo desde el respeto a la diversidad. Que es, sin duda, lo que Gould deseaba»[21].
Los magisterios no superpuestos de la ciencia y de la religión han de saludarse uno al otro con respeto e interés sobre el campo humano más distintivo de la conversación, concluía su obra sobre la relación entre la ciencia y fe, que debería ser de lectura obligada para todos los estudiantes de teología.
Notas
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[1] En el sentido de «interrumpido puntualmente», o «discontinuo».
[2] Javier Sampedro, Deconstruyendo a Darwin. Los enigmas de la evolución a la luz de la nueva genética, p. 82.
[3] Eldredge, Reinventing Darwin. The Great Debate at the high table of evolutionary theory. John Willey & Sons, 1995.
[4] Gould, La vida maravillosa, 31. Crítica, Barcelona 1989.
[5] Michael Shermer, Las fronteras de la ciencia. Entre la ortodoxia y la herejía, p. 170. Alba Editorial, Barcelona 2010.
[6] Gould, Desde Darwin. Reflexiones sobre historia natural, p. 49. Crítica, Barcelona 1983.
[7] Gould, «Darwinism and the expansion of the evolutionary theory». Science, 216 (1982) 380-387. Hay traducción española.
[8] Shermer, Las fronteras de la ciencia, p. 171.
[9] Véase Edward J. Larson, Evolución. La asombrosa historia de una teoría científica. Debate, Barcelona 2006.
[10] Gould, «La evolución como hecho y como teoría», artículo incluido en Dientes de gallina y dedos de caballo, p. 272. Hermann Blume, Madrid 1984.
[11] Id., p. 273.
[12] Id., p. 274.
[13] Johnson, Proceso a Darwin. El porqué la teoría darwinista no es nada más que eso: una teoría, p. 76. Editorial Portavoz, Grand Rapids 1995.
[14] Gould, Dientes de gallina y dedos de caballo, p. 273.
[15] Johnson, Proceso a Darwin, p. 76.
[16] Gould, Dientes de gallina y dedos de caballo, p. 273.
[17] Gould, Ciencia versus religión. Un falso conflicto, p. 15. Crítica, Barcelona 2000.
[18] Id., p. 17.
[19] Id., p. 15.
[20] Id., p. 19.
[21] Mariano Artigas, «El cordero y el león. Ciencia y religión en Stephen Jay Gould», Scripta Theologica, 37 (2005/1) 141-158
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Alfonso Ropero, historiador y teólogo, es doctor en Filosofía (Sant Alcuin University College, Oxford Term, Inglaterra) y máster en Teología por el CEIBI. Es autor de, entre otros libros, Filosofía y cristianismo, Introducción a la filosofía, Historia general del cristianismo (con John Fletcher), Mártires y perseguidores y La vida del cristiano centrada en Cristo.
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