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Los grandes conjuntos literarios que componen el Antiguo Testamento | Juan María Tellería



Novedad Editorial

Una vez más, y siempre fiel a su propósito de instruir a la Iglesia en sus fundamentos bíblicos, el Canónigo Juan María Tellería Larrañaga presenta al público un pequeño trabajo que responde a un gran desafío: facilitar la comprensión de esa primera parte de las Sagradas Escrituras a la que damos el nombre de Antiguo Testamento, todo un mundo de gran colorido existencial en sí mismo, impregnado de una vitalidad que lo hace algo especial, algo diferente dentro de la producción literaria de la historia de la humanidad.

Nadie se sorprenda. El Antiguo Testamento es, por encima de todo, literatura; una literatura que, atendiendo a sus núcleos temáticos, va viendo la luz en el seno de un pueblo pequeño originario del Cercano Oriente y a lo largo de las distintas etapas de su trayectoria. No siempre es fácil precisar quiénes fueron sus autores, dónde fue escrita, el momento exacto cuando fue concluida o los materiales de base —orales o escritos— que subyacen al resultado final; los eruditos y especialistas llevan más de dos siglos trabajando en ello, perfeccionando sus métodos, emitiendo hipótesis, añadiendo nuevos datos a los anteriores, puliendo y perfeccionando los resultados adquiridos, mas siempre conscientes de lo mucho que queda por averiguar, de las sorpresas que pueden tener lugar ante nuevos descubrimientos que se vayan efectuando, y de que nadie ha dicho aún —¡ni dirá jamás!— la última palabra sobre estos asuntos. Lo cierto es que hoy, al leer el Antiguo Testamento, somos más conscientes de su extraordinaria composición, de la variedad de sus géneros y estilos, de la imperiosa necesidad de conocer sus medios vitales, es decir, cuanto coadyuva a que constituya una auténtica obra maestra, un verdadero patrimonio del conjunto del género humano y no de tan solo un pueblo.
Pero hay algo más.

La literatura veterotestamentaria en sus temas distintivos, en sus núcleos específicos, está toda ella atravesada por una línea maestra, por una idea central, podríamos decir, que le da su sentido final y definitivo: el hecho de que el Dios único, el Dios revelado a Israel bajo el misterioso Tetragrámaton YHWH, se acerca a su pueblo, y por medio de él al resto de la humanidad, con un claro propósito de Redención. A partir de ahí, todo el Antiguo Testamento se transforma en un testimonio vivo de la fe del antiguo Israel, una fe que evoluciona desde estados primitivos hasta etapas de mayor desarrollo conceptual; una fe que se pule y se precisa a medida que los antiguos hebreos van desarrollando una espiritualidad más avanzada. Dios interviene en la historia de Israel, se introduce en el devenir de aquella nación para mostrar a todas las familias de la Tierra cuál es su verdadero destino.

De este modo, y por una especialísima disposición de la Providencia, encontramos en la literatura del Antiguo Testamento nada más y nada menos que la palabra viva del Dios Viviente expresada en leguaje humano, por medios y autores humanos (¡Muy humanos! ¡Demasiado humanos en ocasiones!), para conducirnos hacia una meta final cuya realidad se hará patente siglos después en la persona y la obra de Jesús el Mesías, aquel a quien los escritos veterotestamentarios anuncian y señalan. 













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