Pierre Grassé versus Jacques Monod
Jacques Monod fue todo un personaje, aparte de sus extraordinarias contribuciones a la genética molecular, fue violonchelista, montañista, navegante, filósofo, aspirante a director de orquesta, héroe de la resistencia francesa y flagelo de la pseudociencia soviética que quería anular el legado de Darwin. Invadido su país, Francia, por los alemanes de Hitler, se unió a uno de los primeros grupos de resistencia, hecho prisionero de los nazis fue enviado al campo de concentración de Miranda de Ebro en España, donde Franco colaboraba con Alemania[1].
En lo que a nosotros respecto, es interesante añadir que nació en el seno de una familia protestante. Su padre, Lucien Monod, pertenecía a una familia hugonote, que contaba entre sus miembros profesores, funcionarios, pastores y doctores. Su madre Charlotte Todd McGregor, era hija de un pastor escocés emigrado a Estados Unidos.
Premio Nobel de Medicina en 1965, Monod publica en 1970 un libro que causa gran sensación, Le hasard et la nécessité / El azar y la necesidad, en el cual afirmaba: «El hombre sabe que está solo en la inmensidad indiferente del Universo, de donde apareció por casualidad. Ni su destino ni sus obligaciones están escritos en ninguna parte». Como es de imaginar, las ideas expresadas en él tuvieron una repercusión inmensa, su impacto generó debates científicos, filosóficos y teológicos, que todavía no han concluido.
Jacques Monod
El azar y la necesidad
El debate acerca del papel del azar en el surgimiento de los seres vivos es antiguo, aparece ya en Aristóteles, aunque es solo a raíz de la formulación de la teoría darwiniana sobre el origen de las especies mediante la selección natural, que el debate adquiere el sentido actual, comenzando por Charles Darwin y su discusión con Asa Gray. Para el primero, el azar está de parte de la accidentalidad de las variaciones (que surgen por causas naturales, ajenas a cualquier propósito) y la necesidad está de parte de la selección natural, lo que hace que la evolución sea vista como un proceso casual cuyos resultados son totalmente contingentes. Como le decía Darwin a Hooker en 1870, el universo es fruto del «azar ciego». Gray contestó afirmando que en la evolución se mezclan «lo determinado y lo contingente».
La idea de que la evolución se explica mediante el binomio azar-necesidad en los términos expuestos por Monod ha llevado a muchos a pensar que los resultados de la evolución, incluido el hombre, no corresponden a ningún plan. Richard Dawkins dirá que la selección natural es un «relojero ciego»[2], que es además un «borracho» en su caminar, añadió Stephen Jay Gould[3]. Todas estas metáforas reflejan la noción de que el proceso y los productos de la evolución son aleatorios y accidentales, resultado del azar[4].
Para Monod «una proteína globular es ya, a escala molecular, una verdadera máquina por sus propiedades funcionales, pero no, lo vemos ahora, por su estructura fundamental, donde nada se discierne más que el juego de combinaciones ciegas. Azar captado, conservado, reproducido por la maquinaria de la invariancia y así convertido en orden, regla, necesidad. De un juego totalmente ciego, todo, por definición, puede salir, incluida la misma visión»[5]. El azar, sigue diciendo, «constituye la única fuente posible de modificaciones del texto genético, único depositario, a su vez, de las estructuras hereditarias del organismo, se deduce necesariamente que sólo el azar está en el origen de toda novedad, de toda creación en la biosfera. El puro azar, el único azar, libertad absoluta pero ciega, en la raíz misma del prodigioso edificio de la evolución: esta noción central de la biología moderna no es ya hoy en día una hipótesis, entre otras posibles o al menos, concebibles. Es la sola concebible, como única compatible con los hechos de observación y experiencia»[6].
En un momento dado, casi al final del libro, en el capítulo 8, Monod reflexionada para sí asombrado, como si le costara tomar por cierto lo que ha afirmado como la pieza central de su tesis:
«Cuando se piensa en el inmenso camino recorrido por la evolución a lo largo de tres mil millones de años, en la prodigiosa riqueza de las estructuras que ha creado, en la milagrosa eficacia de las performances de los seres vivos, de la bacteria al hombre, se puede empezar a dudar que todo ello sea producto de una enorme lotería, sacando números al azar, entre los cuales una selección ciega ha designado los escasos ganadores»[7].
El primero, o uno de ellos, en criticar a Monod en su campo, fue el también biólogo Pierre Grassé, de quien ya hablamos anteriormente. Para Grassé, el azar no un dios tan fecundo que sirva para explicar toda la complejidad que nos rodea.
«Verdaderamente, atribuir al dios azar la paternidad del cerebro, del ojo, de oído interno… es hacer gala de una considerable dosis de ingenuidad o de confianza ciega en una hipótesis, lo que viene a ser lo mismo. Pues no se trata de una mutación, sino de millares y millares de ellas. Fue preciso que estas mutaciones apareciesen en el momento oportuno, cuando se hacía sentir su “necesidad”. Las mutaciones para el ojo tuvieron forzosamente que producirse al mismo tiempo que las que modelaban los lóbulos occipitales dedicados a la visión»[8].
Aunque hay que decir que Grassé se deja llevar por su pasión, y no siempre trata de comprender las tesis de su contrario, representa el tipo de objeciones presentes en muchos críticos de Monod. Afirmar, escribe Grassé, «que la vida, los seres vivos han nacido por puro azar y han evolucionado de la misma manera, es una suposición gratuita que estimamos errónea y en desacuerdo con los hechos»[9].
Grassé nunca se refiere personalmente a Monod, se refiere a él como «un darwinista» —del que conocemos su identidad gracias a la nota píe de página—, del que no puede creer que afirme que un primitivo «eligió» el ir a explorar la tierra donde no podía sin embargo desplazarse más que saltando dificultosamente[10]. Esto, objeta Grassé, es una opinión completamente lamarckiana, no es más que una suposición porque nadie ha asistido a ese viaje, ni a la transformación sobre la tierra firme de un pez en tetrápodo marchador; no se apoya en ningún argumento paleontológico. Esta opinión concede al animal una facultad de “elegir” que no querríamos en absoluto tomar a nuestra cuenta»[11]. Concluye, pues, que cualquiera que vea en la «necesidad» la razón de ser de la evolución corre en riesgo de caer en el antropomorfismo[12].
Orden y finalidad
Un darwinista diría que es muy fácil criticar una la explicación dada de cómo se pudo producir la evolución sin proponer a cambio una teoría alternativa que lo haga mejor. Es cierto que Grassé no propone ninguna teoría rival a la selección natural, básicamente porque considera que es mucho lo que todavía nos falta por conocer, de modo que «a pesar de sus éxitos entre algunos biólogos, filósofos y sociólogos, las doctrinas que explican la evolución biológica no resisten una crítica objetivo hecha en profundidad. Se revelan, o en desacuerdo con las realidades, o incapaces de resolver los grandes problemas»[13]. La respuesta vendrá de los esfuerzos conjuntos de la paleontología y de la biología molecular, desembaraza esta de sus dogmas. Esto «debería abocar al descubrimiento del mecanismo exacto de la evolución, sin revelarnos quizá las causas de la orientación de las líneas, de la finalidad de las estructuras, de las funciones, de los ciclos vitales. Es posible que en este dominio, la biología, impotente, ceda la palabra a la metafísica»[14].
Según Grassé el poder de invención del ser vivo es inmenso, esto explica la creatividad de la evolución, aunque todavía ignoremos su mecanismo íntimo[15]. Todo es materia y azar; ni espíritu ni inteligencia, imponen un orden, sin embargo, «sorprendente paradoja, del caos salen las leyes que rigen los fenómenos naturales, tal como lo revelan la física y la química»[16], de modo que el mundo de los seres vivos está sometido a leyes y reglas. «Por supuesto, los seres vivos están sometidos a leyes que son comunes a todo lo que es materia, pero además obedecen a reglas que les son propias, aunque no recurran más que a fenómenos fisicoquímicos de un tipo particular»[17].
La particularidad notable de los sistemas vivientes es el orden y la finalidad. La existencia de un orden universal aparece con toda claridad en el Universo. «En todo momento el sabio comprueba la ordenación del Universo y, por los avatares de la experiencia descubre las leyes a las que obedecen los fenómenos»[18]. La red de reacciones metabólicas está no sólo estrictamente coordinada, sino también orientada hacia la conservación y la autorreproducción perpetuas del conjunto, en las condiciones del medio exterior.
Esta orientación altamente organizada de la vida hace difícil creer que ha podido ser el efecto del azar. La selección, por muy maestro de obras que sea el mundo viviente, solo actúa si en el momento propicio dispone de los ladrillos necesarios para crear el órgano[19]. El mundo viviente nos muestra no sólo un orden increíblemente complejo[20], sino también una finalidad presente en todas las estructuras o funciones y en todos los sistemas reguladores. «La finalidad inmanente es una propiedad intrínseca de los seres vivos, sin ella no existirían […] La finalidad inmanente se manifiesta en la vida en sí, ya que esta siempre tiende a conservarse y a propagarse. Si esta tendencia no es una finalización de fenómenos físico-químicos, renunciamos a acordar un sentido a la palabra fin»[21].
La marcha de la evolución hacia una mayor complejidad, hacia un psiquismo más penetrante, más refinado es indudablemente finalista. «La finalidad biológica no es una Providencia que vigile la naturaleza para evitarle los pasos en falso, los errores. Es independiente de lo que designamos, haciendo un juicio de valor, por los términos de útil, perjudicial, indiferente en relación al individuo o a la especie»[22].
Materia y espíritu
«La vida es un epifenómeno que surgió de un sistema complejo, arquitecturado y autónomo, constituyendo un objeto dotado de una individualidad irreductible»[23]. A la luz del orden y finalidad de los seres vivientes, la inextricable complejidad de sus elementos, sus creaciones, sus orientaciones, ¿no nos inducen a postular un Dios ordenador, creativo e inteligente? En cuanto científico, Grassé se mueve conforme a otros parámetros. Para muchos todo esto presupone la existencia de un Poder superior que organiza la materia y regula sus propiedades, así como las manifestaciones de la energía. «En este caso no tenemos que buscar sus fundamentos, porque tal concepto se revela como puramente metafísico»[24]. «Constatar que el orden existe no implica que se admita la existencia de un ordenador, ni que se interrogue uno sobre el porqué del objeto como tal y sobre el papel que juega en el todo universal»[25]. «No recurrimos a Dios en las realidades en que no tiene necesidad de intervenir. El acto creador único, absoluto, le ha sido suficiente?»[26] La existencia de Dios pertenece a la metafísica, no a la ciencia.
Ahora bien, Grassé no es «materialista» en un sentido grosero. La realidad material, advierte, desborda ampliamente lo que entendemos por la misma. «La materia no es el componente único del Universo físico; engloba las leyes y propiedades que condicionan la existencia misma de la materia y que pueden ser concebidas fuera de un soporte material. ¿Y no es la vida una de estas realidades “inmateriales”, surgidas de la materia “superestructurada”?[27]».
Las leyes físicas más generales, como las que descubrieron Newton, Einstein, Lorentz y otros, presiden el orden del Universo en lo que este tiene de esencial[28]. La aparente indeterminación de cantidad de fenómenos biológicos no se debe a su naturaleza, sino a las circunstancias en las que se desenvuelven. Cada una de ellos por separado se muestra sometido a una inflexible determinación. El conjunto obedece a la probabilidad estadística. El orden, la naturaleza se acomoda a ella extraordinariamente bien. «La evolución resulta de la obediencia a leyes que, por su propio cumplimiento, modifican durante un tiempo el equilibrio natural»[29]. «La evolución de los seres vivos, en lugar de producir alteraciones, ha mantenido el orden al tiempo creaba uno nuevo […] Los linajes animales y vegetales, como las sociedades humanas, tienen su historia: su pasado pesa sobre su presente y condiciona su futuro»[30]. «La evolución ha podido ser lo que es porque ha respetado siempre una regla que la mantuvo en el orden, y ha ejercido una influencia decisiva en el destino de los seres vivos»[31].
Filosofías trasnochadas han opuesto sin necesidad el materialismo y el espiritualismo, cuando todo lo que vamos sabiendo del mundo, de la naturaleza, de la evolución, es que materia y espíritu coexisten, se complementan[32]. Con la aparición del hombre el Universo toma conciencia de sí mismo. «Este es el hombre, un fabricante de sueños, un fundador del Universo, un ordenador del Paraíso»[33].
El hombre, ese Dios en miniatura, publicado por Grassé en 1971, debería ser lectura obligatoria en toda clase de antropología, filosófica o teológica. «Parece que el cosmos sin el hombre sería incompleto —escribe—; inmenso, pero sin inteligencia, le faltaría una conciencia para demostrar su realidad, una razón para comprenderla»[34]. El hombre, continúa, conforma su propio universo, a saber, el Antropocosmos. «Todos los seres vivos obedecen como autómatas al medio ambiente, sufren su destino sin poderlo cambiar en nada; solo el hombre toma las riendas de su destino y se convierte en su amo. Vive libremente, impone su voluntad a la Naturaleza y no ignora que le espera la muerte»[35].
En el hombre, la materia deviene información, que espíritu, voluntad, arte, planificación. «El hombre es acción; su sed de conocimiento es inextinguible, su curiosidad insaciable. Una y otra vez se asemeja al impulso que incita al animal a explorar su entorno, pero los comportamientos que inducen no son ni automáticos, ni desencadenados por estímulos significativos determinados. Para el hombre, conocer es ir más lejos».[36] Es, ante todo, comprender, operación intelectual que sobrepasa las facultades del animal.
En conclusión, «la evolución de lo viviente por su inextricable complejidad, sus creaciones, sus orientaciones, su historicidad y, a veces, sus contradicciones no se parece en nada a la imagen simplificada, estrecha y en definita inexacta que trazan las teorías. Su amplitud es tan vasta que llegaríamos a interrogarnos y a decirnos que los problemas que plantea sobrepasan mucho los medios de la ciencia actual. Las interpretaciones, las explicaciones que cualquiera avanza, propone, no pueden ser sino parciales y transitorias»[37].
Notas
[1] Jose Angel Fernández López, Historia del Campo de Concentración de Miranda de Ebro: 1937-1947. Autor, 2003
[2] «La selección natural es un relojero ciego; ciego porque no ve más allá, no planifica las secuencias,no tiene una finalidad en mente. Aun así, los resultados vivos de la selección naturalnos impresionan sobremanera, pues parecen haber sido diseñados por un maestro relojero», R. Dawkins, El relojero ciego, p. 37. Tusquets Editores, Barcelona 2018.
[3] Gould, La grandeza de la vida. Crítica, Barcelona 1996. La expresión «caminar de un borracho» se debe a Albert Einstein como una metáfora del movimiento browniano, movimiento arbitrario de partículas. Cf. Leonard Mlodinow, El caminar de un borracho. Cómo el azar gobierna nuestras vidas. Crítica, Barcelona 2008.
[4] Para un estudio detallado del debate, véase Alejandro Macía Nieto, Causalidad y azar en el origen de la teoría de la evolución a partir de la correspondencia entre Charles Darwin y Asa Gray. Edizioni Santa Croce, Roma 2013.
[5] Monod, El azar y la necesidad, p. 117. Barral Editores, Barcelona 1971.
[6] Id., p. 134.
[7] Id., p. 162.
[8] Grassé, El hombre, ese Dios en miniatura, p. 104. H. Blume, Madrid 1977 (original, París 1971).
[9] Grassé, La evolución de lo viviente, p. 138. Blume Ediciones, Madrid 1977 (original francés 1973).
[10] Monod, Azar y necesidad, p. 149.
[11] Grassé, La evolución de lo viviente, p. 222.
[12] Id., p. 223.
[13] Id., p. 251.
[14] Id., p. 297.
[15] Id., p. 17. «Tanto los vivos como los muertos; las cosas animadas como la inanimadas; nosotros, habitantes del mundo, y ente mundo donde moramos —todos estamos limitados de una forma similar por leyes físicas y matemáticas». D´Arcy Thompson, On Growth and Form, p. 327. Cambridge University Press, Cambridge 1992.
[16] Id., p. 121.
[17] Id., p. 17.
[18] El hombre, ese Dios en miniatura, p. 15.
[19] Id., p. 137.
[20] «Las bacterias actuales, aunque aparentemente son los organismos vivos más simples, alcanzan una innegable complejidad; se componen de millares de moléculas de diversos tipos y contienen una rica carga de enzimas, gracias a la cual realizan su propia síntesis». El hombre, ese Dios en miniatura, p. 67.
[21] Id., p. 206.
[22] Id., p. 209.
[23] Id., p. 213.
[24] El hombre, ese Dios en miniatura, p. 15.
[25] Id., p. 15
[26] La evolución de lo viviente, p. 205.
[27] El hombre, ese Dios en miniatura, p. 13.
[28] Id., p. 18
[29] Id., p. 24.
[30] Id., p. 25.
[31] Id., p. 28.
[32] Id., p. 55.
[33] Id., p. 57.
[34] Id., p. 49.
[35] Id., p. 49.
[36] Id., p. 50.
[37] La evolución de lo viviente, p. 294.
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Alfonso Ropero, historiador y teólogo, es doctor en Filosofía (Sant Alcuin University College, Oxford Term, Inglaterra) y máster en Teología por el CEIBI. Es autor de, entre otros libros, Filosofía y cristianismo, Introducción a la filosofía, Historia general del cristianismo (con John Fletcher), Mártires y perseguidores y La vida del cristiano centrada en Cristo.
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