La relación entre evolución y cristianismo suele ser problemática, dependiendo del contexto en el cual uno esté o acuda. En Pensamiento Protestante ya le hemos dedicado un espacio significativo a este asunto que en ocasiones se parece a un auténtico diálogo de sordos.
No hemos querido dejar pasar la ocasión de poder entrevistar a Pablo de Felipe, quien es licenciado en Ciencias Químicas (1994) y doctor en Bioquímica y Biología Molecular (2000) por la Universidad Autónoma de Madrid. Es también colaborador de los Grupos Bíblicos Universitarios y de la Unión Médica Evangélica y profesor de Ciencia y Fe en el Seminario SEUT/SEM (Madrid).
Es una entrevista extensa, pero creemos que es de mucho interés. El propio entrevistado nos ofrece una introducción general para centrar el tema, tras la cual aparecen las preguntas en negrilla y a continuación sus respuestas. Pasemos, sin más dilación, a la introducción.
En primer lugar, me gustaría hacer una introducción general al tema de evolución y cristianismo, antes de entrar en tus preguntas específicas, porque muchas se responden en relación a esta reflexión general.
Es fundamental definir a qué nos referimos por “evolución”. Se suele hablar de evolución a varios niveles y es importante no confundirlos para no perder el rumbo:
1. La evolución como hecho histórico
2. El mecanismo de la evolución
3. La evolución como explicación filosófica de las causas últimas de todo
4. Origen de la vida
Por desgracia, cuando se discute de estas cosas se suelen entremezclar todos estos temas y resulta, generalmente, imposible aclararse. En primer lugar hay que distinguir entre los dos primeros puntos. A veces se dice que si no se conoce al detalle el mecanismo de la evolución, no se puede aceptar que haya habido evolución. La realidad es que las cosas funcionan al revés. Es posible encontrar evidencias de que algo ha ocurrido aunque no podamos explicarlo. Podríamos compararlo con un detective investigando un crimen. Es posible tener certeza de que el asesinato o el robo ocurrieron, sin tener ni idea ni de quién lo hizo ni cómo.
Desde finales del siglo XX hay grandes evidencias, especialmente genéticas, de que unas especies de seres vivos tienen antepasados comunes con otras. Sí, hay que repetir que el “hombre” no viene del “mono”, sino que ambos –humanos y chimpancés, por ejemplo- tenemos antepasados comunes. El científico que lideró la secuenciación del genoma humano en los 1990s, el evangélico Francis Collins, lo explicó con mucho detalle en su libro ¿Cómo habla Dios? (2006).
Pero otra cosa es poder explicar cómo ha podido ocurrir esa evolución, cómo una especie se puede bifurcar, dividir, en dos o más con el paso del tiempo. Eso es algo más complejo porque no podemos ver en tiempo real cómo han ocurrido las cosas en el pasado, sino que lo tenemos que deducir de los seres que hay ahora mismo y de los restos fósiles. Pero, a pesar de esas limitaciones, se ha avanzado mucho en entender los mecanismos genéticos por los que las especies van cambiando. En cualquier caso, siempre va a ser algo complejo, porque no hay un mecanismo simple que explique un fenómeno tan complejo y multifactorial como el cambio de los seres vivos a lo largo de eras geológicas. Incluso entre los biólogos dedicados al estudio de la evolución hay intensos debates al respecto.
Desde el creacionismo se suele hablar y criticar a Darwin y la selección natural, pero eso sería como encontrar fallos en las ideas sobre gravitación de Newton. Han pasado más de 160 años desde la publicación de El origen de las especies de Darwin en 1859. La biología evolutiva ha avanzado mucho en este tiempo, y es una falta de respeto, e ignorancia, no tener en cuenta la situación actual de esa disciplina científica.
En cuanto al tercer punto, desde la misma época de Darwin no faltaron quienes quisieron utilizar la idea de evolución y sacarla de la biología para explicar todo tipo de fenómenos, e incluso montar toda una filosofía sobre ello, como Herbert Spencer. En algunos casos, cierta generalización puede ser razonable, en otros casos es simplemente una generalización sin fundamento. Cuando discutimos sobre la evolución de los seres vivos, hay que dejar al margen todas las cosas que se han dicho sobre evolución fuera del campo biológico.
En efecto, hay quien ha usado la idea de evolución para justificar todo tipo de barbaridades, desde la eugenesia al racismo y al colonialismo, pero no por eso podemos ignorar la realidad de lo observable en los seres vivos o en los fósiles. También en nombre del cristianismo se han hecho atrocidades, y no por eso hay que descartar el cristianismo en sí mismo. Más bien hay que denunciar a los que abusan de las ideas y les imponen sus parásitos ideológicos.
Y, finalmente, el origen de la vida no tiene que ver con la evolución de las especies. El propio Darwin dejó al margen ese problema en sus obras y no empezó a estudiarse científicamente hasta el siglo XX. Es un problema muy complejo, especialmente porque no conocemos más vida que la que hay sobre la Tierra, y cuando penetramos mediante el estudio de los fósiles en épocas muy remotas, los restos son escasos y difíciles de interpretar. Hay muchas hipótesis (es decir, propuestas de posibles explicaciones sobre cómo podría aparecer la vida a partir del mundo mineral), pero sigue siendo un tema abierto y de investigación, que no parece fácil cerrar en un futuro próximo.
Por otra parte, y pasando ahora más bien a la lectura de los relatos bíblicos de la creación en Génesis, estos relatos tienen un profundo contenido teológico, mucho más allá de supuestos datos científicos que se extraen forzadamente de ellos. En el caso de Génesis 1 he hecho una lista de enseñanzas teológicas que se pueden extraer del texto, que he usado en varias conferencias, y que no tengo inconveniente en compartir aquí:
1. Desacralización de la naturaleza (separada del Creador) sin teogonía
2. Ni el caos ni la materia resisten a las ordenes / leyes de Dios
3. La creación no es algo defectuoso, surgido por error (es “buena”)
4. Dios reafirma su dominio sobre lo creado nombrándolo, sin violencia
5. Autonomía de la creación que colabora en el crear (‘hacer que hagan’)
6. La fertilidad no se consigue mediante sacrificios (es un regalo)
7. Los seres vivos se reproducen ‘establemente’ (“según su especie”)
8. Desacralización reforzada no usando nombres astrales con connotaciones divinas (el Sol, la Luna y las estrellas son simples “lámparas”)
9. En las funciones de los astros no está adivinar el futuro-astrología
10. Los monstruos marinos (como Leviatán) no son divinos (son ‘peces’)
11. Hombre y mujer se igualan en la creación de Adán/humanidad
12. No hay esclavos, todos “imagen” y “semejanza” de Dios (no solo los reyes)
13. Dios es para toda la humanidad, no solo para un pueblo específico
14. Responsables en el cuidado/administración de la creación (un regalo)
15. Resalta la importancia del descanso, la contemplación y el culto a Dios
Convendría reconocer que, aunque hoy en día estas cosas puedan parecernos razonables, no siempre todos los cristianos tuvieron claras estas enseñanzas teológicas. Por ejemplo, los puntos 11, 12, 13 y 14 han sido objeto de intensos debates entre los cristianos y se puede decir que todavía existen esos debates con mayor o menor intensidad en algunos contextos.
Todo esto es mucho más relevante que intentar usar el texto bíblico para deducir la edad de la Tierra y combatir el Big bang o la evolución, o para lo contrario, porque también hay concordistas que pretenden encontrar esas mismas ideas científicas en el texto bíblico. Ambos son enfoques que, a mi parecer, están equivocados, porque intentan leer forzadamente el Génesis como texto científico, y no como texto teológico, que es lo que creo que deberíamos hacer, y que resulta más productivo, como se ve en esos quince puntos.
1. Para algunos cristianos, es problemática la teoría de la evolución. Piensan que la misma choca frontalmente con la idea de un Dios creador tal y como aparece en los dos primeros capítulos del Génesis. ¿Es esto cierto?
A la vista de lo anterior, se puede ver que en ese problema que plantea la pregunta se mezclan los sentidos del término evolución 1 y 2 con el 3. Una cosa es entender la historia de los seres vivos sobre la Tierra y otra es una explicación global de la vida en la Tierra. En el cristianismo (y el judaísmo con el que compartimos el Génesis) consideramos que Dios es el origen y sustento de todo. Y eso no solamente por los primeros capítulos del Génesis, sino como parte de la visión de todo el testimonio bíblico. Pero una cosa es considerar a Dios como creador y otra es ver cómo ha creado cada detalle.
Para algunos el carácter creador de Dios significa que Dios ha tenido que crear cada especie (sea lo que sea una especie, que es un concepto biológico moderno que también tiene sus dificultades y que es ajeno al mundo bíblico). Pero, ¿acaso Dios deja de ser creador si utiliza otro mecanismo? En el propio relato del Génesis hay días en los que crea cosas directamente y otros en los que ordena a otras creaciones que produzcan nuevos seres (como cuando ordena a la tierra o el mar que produzcan seres vivos, Génesis 1:11-12, 20-22, 24-25, lo que se ha denominado como ‘hacer que hagan’).
Por otro lado, va siendo hora de recordar a los cristianos que la interpretación de los relatos del Génesis viene siendo discutida desde hace milenios. La idea de que Génesis 1 y 2 dan una descripción sistemática de cómo se creó el universo es simplemente algo en lo que nunca ha habido unanimidad en la historia del judaísmo y cristianismo. Para algunos de los antiguos ‘padres de la iglesia’, la propia interpretación literal del texto era algo ridículo y lo consideraron un texto didáctico (por ejemplo, Agustín de Hipona pensaba que la creación había sido instantánea y que el esquema de siete días era una forma de dar una explicación ordenada de todas las cosas creadas), o incluso como un texto polémico contra los mitos paganos (por ejemplo, Filópono de Alejandría pensaba que era un texto de crítica a los paganos que veían dioses por toda la naturaleza, dioses que en el relato del Génesis vimos que quedan reducidos a seres u objetos creados).
De hecho, durante siglos, muchos cristianos se angustiaron no tanto por los problemas biológicos que planteaba el texto del Génesis, sino por los astronómicos: ¿dónde estaba ese océano de aguas superiores encima del cielo de Génesis 1:6? ¿Era acaso el cielo algo sólido y “firme” como indicaría la palabra “firmamento”? ¿Podemos llamar a la Luna la “lumbrera menor” como en Génesis 1:16 si la Luna no da luz, sino que refleja la del Sol, y si incluso un planeta como Saturno es mayor que la Luna? Solamente una interpretación como la de Calvino en su Comentario al Génesis pudo ayudar a dejar descansar al texto bíblico de tanta pregunta científica: “No se trata aquí de otra cosa que de las que son visibles en este mundo. El que quiera aprender astronomía y otras artes recónditas, que vaya a otro lugar.” (Comentario al Génesis I.8)
Volviendo a la cuestión del origen de la especies, ¿de verdad creemos que los campesinos y ganaderos hebreos de hace tres milenios estaban preocupados por el origen de las especies y por su inmutabilidad? Tendríamos que aprender a leer el texto bíblico no tanto como una fuente de información biológica sobre la estabilidad genética de las especies de animales y plantas, sino como un texto tranquilizador y de esperanza. Un texto que confirmaba que sus ganados y cultivos no iban a desaparecer tragados por algún monstruo del caos, algún leviatán, al que habría que conjurar como sus vecinos cananeos, con sacrificios que podrían llegar a las autolesiones, o incluso al sacrificio de sus hijos, como tanto denunciaron los profetas hebreos.
De la misma manera, los textos que aseguraban que la Tierra ha sido afirmada por Dios y no se moverá (Salmos 93:1, 104:5, 1 Crónicas 16:30), no debieron usarse contra Copérnico y Galileo para negar el movimiento de la Tierra, sino leerse como una llamada a confiar en Dios en medio de las adversidades usando un vigoroso lenguaje poético. Como he comentado al principio, hay enseñanzas más importantes que se pueden obtener del Génesis 1-2 que unos supuestos detalles científicos.
2. En ocasiones, se escucha que la teoría de la evolución es eso, solo una teoría que todavía necesita ser demostrada. ¿En qué sentido se usa aquí la designación de "teoría"?
Hay mucha confusión sobre la palabra “teoría”. En lenguaje popular es una palabra de significado negativo. Cuando se dice que algo es “una teoría”, o incluso “solamente una teoría”, se da a entender que es una idea con poco fundamento, o una idea arbitraria, una especulación personal sin más. Sin embargo, en el vocabulario científico, una “teoría” es una explicación bien fundamentada y sólida, que ha pasado numerosos análisis, que sirve para explicar una serie de observaciones y que puede incluir resultados de experimentos, ecuaciones matemáticas, etc. Hablamos de “teoría de la evolución”, pero también de “teoría de la relatividad” (en física), “teoría celular” (biología), “teoría cinética de los gases” (química), etc. Solamente las explicaciones más sólidas se denominan como “teorías”, sin que eso signifique que esté prohibido discutirlas y mejorarlas, como veremos en un momento.
También he visto a veces oponer “teoría” a “ley”, como si una “teoría” fuera algo especulativo y una “ley” algo totalmente seguro, especialmente por estar asociada a alguna ecuación matemática. Así hablamos de la “ley de los gases de Boyle” o “ley de la gravitación de Newton”. Hay que tener dos cosas en cuenta. Por un lado las leyes no están al mismo nivel que las teorías. Las teorías explican una diversidad de hechos de manera global, mientras que las leyes científicas suelen ser ecuaciones matemáticas que relacionan diversas variables. Así, la ley de la gravitación universal de Newton relaciona las masas de los objetos con la distancia que los separa, pero no explica en sí el fenómeno de la gravitación. Las teorías suelen incluir leyes.
Una segunda cosa a tener en cuenta es que muchas leyes, a pesar de ese término aparentemente tan riguroso e inmutable, solamente son aproximaciones a la realidad. La “ley de los gases de Boyle”, que relaciona el volumen y la presión de los gases, solamente funciona perfectamente para gases “ideales”, es una ley simplificada respecto a lo que ocurre con los gases “reales”. Igualmente, la ley de la gravitación de Newton solamente es válida a velocidades bajas; pero cuando nos acercamos a la velocidad de la luz, la ley de gravitación de Newton deja de ser válida y debemos usar las ecuaciones de la teoría de la relatividad de Einstein. Y ahí está la paradoja, a pesar de lo que se suele pensar, la “teoría” de Einstein es más “válida” que la “ley” de Newton. Por todo ello, cuando hablamos de la evolución como una teoría, no es porque sea débil, porque no tenga evidencias que la apoyen, ni nada de eso. Todo lo contrario, es una de las bases de la biología moderna, que ha sido puesta a prueba numerosas veces desde numerosos ángulos y sigue siendo útil como explicación global de la historia de la vida.
Podemos decir que este es un uso científico clásico del término “teoría”. Pero a lo largo de la historia se ha usado de otras maneras, algunas de las cuales siguen con nosotros complicando las cosas. Daré dos ejemplos. Un uso anterior era el concepto de “teoría” como opuesto a “práctica”. Para los filósofos griegos, como Aristóteles, el conocimiento teórico era un conocimiento abstracto, al que se llegaba mediante la razón (no por experimentación como en la ciencia moderna). Ese conocimiento teórico no tenía un uso aplicado, sino un valor intelectual, casi místico y contemplativo, y se oponía al conocimiento práctico de los artesanos, ingenieros, médicos, etc. que se dirigía a las realidades cotidianas (y que los filósofos despreciaban en general). Esa oposición entre teoría y práctica todavía se usa en nuestro lenguaje diario. Pasando al presente, un uso más moderno del concepto “teoría” es el que denomina así a todo un pensamiento global, una gran explicación muy general de las cosas, como en la llamada “teoría de cuerdas”, que pretende explicar toda la realidad física en base a unas entidades llamadas “cuerdas” y que son objetos matemáticos. Esta teoría es toda una construcción matemática que no ha sido probada ni por observaciones ni por experiencia, así que es más bien una propuesta, una hipótesis, que muchos investigadores están intentando poner a prueba de alguna manera para saber si tiene alguna opción de realidad, de momento sin éxito.
3. El Diseño Inteligente presenta una serie de argumentos que, según ellos, hacen inviables los postulados evolutivos. Por ejemplo, la imposibilidad de que el ojo humano haya aparecido por una serie de cambios genéticos y por la selección natural a lo largo del tiempo. Su complejidad hablaría en este sentido y, si faltara algunos de sus elementos, no serviría para nada y no aportaría ventaja alguna al individuo; es lo que se llama complejidad irreductible. ¿Hay una respuesta adecuada a esto?
Lo primero es que hay que aclarar, nuevamente, los términos. No es fácil entender qué significa “diseño inteligente”. Cualquier cristiano considera que el universo es un diseño inteligente del Creador. Pero lo que en este siglo se ha denominado como “movimiento del diseño inteligente” es otra cosa. Surgió a finales de los años 1980s en EE.UU. ante la imposibilidad de convencer a los jueces de que el creacionismo era una alternativa científica a la evolución, digna de ser enseñada en las escuelas públicas sin violar la separación iglesia-estado. En ese contexto, unos cuantos creacionistas decidieron camuflar sus ideas y pretensiones de sustituir las explicaciones científicas por una interpretación literalista de los textos bíblicos. Así eliminaron las referencias a Dios, la Biblia o ideas religiosas y se aliaron con todo tipo de críticos de la evolución (cristianos y no cristianos) para concentrarse en crear un movimiento que afirmase que la evolución no tenía un fundamento científico sólido y que se podía ofrecer una alternativa también científica. Así podrían presentar sus ideas como ‘ciencia’. La estrategia fracasó en un nuevo juicio en 2005.
En cualquier caso, volvemos al problema inicial: ¿qué entendemos por evolución? Muchos creacionistas cristianos tomaron el diseño inteligente como una reafirmación de su lectura literalista del Génesis. Y de hecho, muchos de los antiguos creacionistas empezaron a re-etiquetarse como seguidores del diseño inteligente. Pero ese movimiento es bastante complejo y junto a personas de ese tipo hay otros, como su biólogo más conocido, que afirman cosas que los creacionistas tradicionales nunca podrán aceptar respecto al ‘hecho’ de la evolución. En efecto, el biólogo más destacado del diseño inteligente, Michael J. Behe, en su conocido libro La caja negra de Darwin. El desafío bioquímico a la evolución (1996) afirma (las citas siguientes son de mi propia traducción, los textos en inglés es fácil encontrarlos en internet):
“No tengo motivos para dudar de que el universo tenga los miles de millones de años que afirman los físicos. Más aún, considero que la idea de la descendencia común (que todos los organismos comparten un ancestro común) es bastante convincente y no tengo motivos particulares para ponerla en duda.” (Capítulo 1).
Por si eso fuera poco, en 2007, Behe publicó otro libro donde hace un juego de palabras en el título con la palabra “edge” (borde, filo): El filo de la evolución. La búsqueda de los límites del darwinismo, en el que afirmaba:
“la evidencia de una descendencia común parece convincente. Los resultados de los experimentos modernos de secuenciación de ADN, inimaginables para científicos del siglo XIX como Charles Darwin, muestran que algunos organismos distantes comparten características genéticas aparentemente arbitrarias que parecen no tener otra explicación que la de haber sido heredados de un lejano ancestro común.” (Capítulo 1).
Unos capítulos más adelante Behe explica a qué se está refiriendo con esos experimentos de secuenciación de ADN:
“Los mismos errores en el mismo gen, en las mismas posiciones del ADN humano y del chimpancé. Si un ancestro común sufrió primero los errores mutacionales y posteriormente dio origen a estas dos especies modernas, esto explicaría fácilmente por qué ambas especies los presentan ahora. Es difícil imaginar cómo podría haber evidencia más sólida de un origen común entre chimpancés y humanos.” (Capítulo 4).
Así las cosas, y volviendo a lo que comentaba en la introducción, el debate entre diseño inteligente y la teoría de la evolución corriente no es tanto sobre el punto 1, sino sobre el 2 o incluso el 3. Nada de esto debería sorprendernos, el abogado estadounidense y uno de los principales fundadores del diseño inteligente, Phillip E. Johnson, ya en 1996, declaró que: “Esto no es, y no ha sido nunca, un debate sobre ciencia. Se trata de religión y filosofía” (https://web.archive.org/web/19980120155054/http://www.leaderu.com/pjohnson/world2.html). Así que podemos discutir lo que queramos sobre cómo funciona la evolución, sobre cómo ha evolucionado, por ejemplo, el ojo humano, que, por cierto, no es el único ojo en cámara que existe, ni el que tiene un mejor diseño (para una alternativa sin punto ciego podemos ‘mirar’ a los pulpos, por ejemplo). Pero al final, y desde un punto de vista cristiano, si humanos y chimpancés tenemos un origen común en otro ser, como piensa el propio Behe, creo que ya no podemos seguir sosteniendo una interpretación literalista del relato del Génesis 1 y 2. El debate sobre el mecanismo de la evolución puede ser muy interesante, pero es un tema técnico más científico que teológico (punto 2). Y, en cualquier caso, respecto a lo teológico, para los que somos cristianos, Dios siempre será el Creador, directa o indirectamente (punto 3).
4. Es también frecuente escuchar que en el registro fósil hay una ausencia casi total de eslabones en transición, y los que hay no serían tales. Es el famoso "eslabón perdido" que más adecuadamente habría que llamar "eslabones totalmente ausentes". ¿No sería esto un serio inconveniente para la evolución?
La idea del “eslabón perdido” es una idea vieja, del siglo XIX, que se aplicaba especialmente al ser humano, pensando en un antepasado simio. Se buscaba un ser medio simio y medio humano que fuera un paso, eslabón, intermedio. Se parecería eso más a una quimera de la mitología antigua que a otra cosa. Hace mucho que esa terminología se ha abandonado porque las cosas no son así. Si hablamos del ser humano, no hay un eslabón, hay docenas de ellos, toda una serie de seres fósiles. No se puede interpretar como aquella vieja imagen de un mono levantándose hasta convertirse en un humano erguido. Las cosas son más complejas y hubo muchas especies de homininos conviviendo juntas, e incluso entremezclándose entre sí.
De hecho, nosotros llevamos genes de neandertales y denisovanos, seres que ya no existen, pero cuyos genes siguen en nuestro genoma porque se mezclaron con nuestros antepasados. Todo esto se ha podido estudiar con detalle desde que en 2010 se secuenciara el genoma neandertal y denisovano, gracias al equipo de Svante Pääbo (Premio Nobel en 2022).
Actualmente Pääbo está trabajando para conseguir secuenciar el genoma de Homo floresiensis (el conocido como hobbit de la isla de Flores), que se piensa que pueda ser un tipo de Homo erectus, lo que sería un paso de gigante en el estudio de la evolución humana. Este es el estado actual de la evolución en el caso humano, y es algo muy emocionante, hay nuevos avances cada mes.
En cada especie o grupo de organismos hay situaciones particulares. En algunos casos hay un registro fósil más completo que en otros, y es relativamente frecuente ver que un nuevo fósil puede cambiar la explicación fina que se da a la evolución de un determinado grupo de organismos. Pero, en cualquier caso, no es aconsejable atrincherarse en agujeros que tarde o temprano acabarán por rellanarse con nuevos datos.
5. ¿Cómo es posible que las especies estén en continua evolución, pero a la vez tengan un "ajuste fino" en su medio? ¿No es rizar el rizo pretender que todo un ecosistema evoluciona a la vez y así el ajuste fino siempre sería una realidad?
Creo que sería útil ver la evolución como una homeostasis. La homeostasis es la capacidad de un organismo para mantenerse estable internamente frente a un medio cambiante. Por ejemplo, nuestro cuerpo tiene una temperatura aproximada de 37ºC, y el cuerpo posee muchos mecanismos para mantener esa temperatura interna, aunque haya cambios en el exterior. Si sube la temperatura ambiental, nuestro cuerpo suda y eso baja su temperatura para evitar el sobrecalentamiento del cuerpo. Igual que existen esos fenómenos a nivel individual, podríamos imaginar la evolución como algo que ocurre a nivel de especies para mantenerse adaptadas a su entorno. Como nuestro entorno no es estático, las especies están siempre adaptándose, en continua evolución, ante las nuevas circunstancias. Si no fuera así, la vida tendría muchas más dificultades para sobrevivir en un mundo en constante cambio. Y al ir adaptándose a ese ambiente cambiante, no es extraño que se produzca un ajuste más o menos fino según los casos, de las especies a su medio. Y en efecto, la evolución no es un fenómeno aislado de cada especie, hay una co-evolución entre especies, todo el ecosistema se va transformando lentamente porque unos seres dependen de otros y toda la vida está interconectada.
6. Se habla del maravilloso designio que posee nuestra tierra, pero en ella también encontramos cosas terribles que un buen diseñador jamás haría. ¿Se puede atribuir sin más todo ello al pecado?
Este es un tema teológico y filosófico, que ha torturado a las mentes más profundas, y que yo no me considero suficientemente cualificado para discutir en toda su profundidad. Simplemente querría ofrecer algunas reflexiones. Por un lado, solamente conocemos este mundo y resulta muy difícil poder juzgar como de bueno es su diseño, porque no hay nada con qué comparar ni sabemos qué alternativas u otras opciones habría. En cualquier sabemos que el diseño no siempre es perfecto, como indiqué hay problemas en el diseño de nuestro ojo que, de hecho, otros seres no tienen. Pero esta pregunta tan general es claramente una discusión del tipo 3 en nuestro esquema inicial, tiene que ver con la filosofía y la teología, no con la ciencia.
Lo que sí que se puede decir desde la ciencia es que muchas de esas cosas terribles son parte de este mundo y de la vida tal y como los conocemos. No es posible pensar que el mundo seguiría igual si se quitasen y listo. Tal vez el mundo podría seguir funcionando igual sin esta o aquella otra especie de animal venenoso. Pero si escalamos a algo más general, nuestra Tierra no funcionaría como lo hace si no tuviera una actividad geológica interior que, por otro lado, produce terremotos, volcanes, etc. Y en biología, nuestra vida no sería posible si nuestro sistema inmunitario no estuviera destruyendo continuamente multitud de virus, bacterias, parásitos e incluso células de nuestro cuerpo que funcionan mal (como las que se vuelven tumorales).
Así que, en cierto sentido, la vida solamente es posible con la muerte, sin necesidad de hablar de evolución. Pensar que la muerte no existiría antes del pecado nos llevaría a un mundo que no podríamos ni concebir. Todo nuestro universo funciona entrelazado con esas cosas terribles y no podemos imaginar un mundo edénico, sin pecado, simplemente quitando enfermedades, animales venenosos y con una vida sin fin. Un mundo en el que no hubiera muerte, ni desde una bacteria hasta un humano, y sin volcanes, terremotos, impactos de meteoritos, estrellas que explotan o agujeros negros… simplemente no es este mundo, tampoco es el mundo de Génesis 1-2, es un mundo imaginario sobre el que no podemos decir nada.
De hecho, los textos bíblicos sobre la creación son más complejos que el Génesis 1, al que complementan de forma realista. Por ejemplo, en Génesis 2-3 se empieza con una descripción de la creación en líneas de orden y perfección en el capítulo 2. Algo semejante a Génesis 1, salvando las distancias en cuanto a los detalles. Pero en el capítulo 3 hay un giro brusco y sorprendente, el huerto no era todo perfección, albergaba una oscura criatura que acabará complicando la historia. Y en el presente, Dios, después de desafiar a Job con la complejidad de la creación y su orden en los capítulos 38 y 39, le presenta, en los capítulos 40 y 41, al behemot y el leviatán, dos enormes y aterradores monstruos acuáticos, que también son obra de Dios. Si en Génesis 1 se destacaba que esos seres eran creados, minimizándolos para asimilarlos a peces y evitar que se considerasen como un poder rival al Creador, en Job 40-41 lo que se enfatiza es el carácter incontrolable de la creación y la insignificancia del ser humano frente a ellos.
Tal vez haya que pensar en otras alternativas a las tradicionales sobre la relación entre el pecado y la muerte. De hecho, no han faltado quienes han interpretado, no tanto el Génesis, sino la muerte a la que se refiere Pablo en Romanos 5 como una muerte ‘espiritual’, que es lo que realmente interesaba en el contexto de ese pasaje. No diré más para no alargarme en exceso. Pero esta es la clase de problemas que los teólogos evangélicos deberían estar discurriendo y discutiendo en lugar de seguir cerrando los ojos y apretando los puños, pensando que cualquier día van a despertar con la evolución fuera de su horizonte, como si fuera un mal sueño. Hubo quienes estuvieron cerrando los ojos a la idea del movimiento de la Tierra durante siglos (algunos todavía lo hacen), y simplemente perdieron el tiempo y fueron (y son) piedra de tropiezo para mucha gente. Y, por si fuera poco, ahora empiezan también a proliferar terraplanistas ‘cristianos’… siempre hay alguien dispuesto a llegar más allá en el sinsentido. ¡Una pena!
7. Por cierto, ¿cómo encaja el llamado "pecado original" en la evolución humana?
Ahí lo más importante sería definir “pecado original”, que es un concepto teológico, considerado generalmente como derivado de la teología de Agustín de Hipona, un padre de la iglesia latino de los siglos IV-V. Para él el pecado era algo que se transmitía de forma prácticamente genética de unos humanos a otros desde el primer pecado de Adán.
Todos reconocemos la existencia del mal, pero este tipo de explicación no es la única posible. Otras ramas del cristianismo (como el ortodoxo oriental) han visto el tema de maneras diferentes al cristianismo agustiniano que ha influido mucho tanto en el catolicismo como el protestantismo.
En cuanto a la evolución, lo más importante que habría que pensar es que el verdadero origen del concepto de pecado tiene que ver con la toma de conciencia del ser humano de su propia capacidad para el mal y de su responsabilidad. Resulta muy reveladora al respecto esta confesión tan sincera de Pablo: “Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago” (Romanos 7:15, y hasta el 21).
Se podría hacer una conexión un tanto libre de esa toma de conciencia con las reflexiones de Pablo en Romanos 5:13 y 20a. Cuando un animal mata a otro no lo consideramos un pecado, no hay una consciencia de estar haciendo el mal, generalmente son comportamientos según sus instintos. Pero los humanos podemos ir más allá. No sabemos en qué momento de la evolución humana nuestros antepasados fueron capaces de reflexionar como Pablo y ser conscientes de su propia capacidad para pecar. Pero no hay duda que en algún momento eso tuvo lugar. Y, en cualquier caso, lo más importante para nosotros hoy es ser conscientes de ello, porque una explicación genética, o de otro tipo, no nos va a eximir de nuestra propia responsabilidad, y eso es lo importante para el cristianismo.
8. Por último, ¿qué les dirías a esos cristianos que están actualmente luchando con la idea de la evolución, en la cual creen, pero que también piensan que no es compatible con su fe?
Por desgracia hay muchos cristianos y no cristianos que están de acuerdo en que evolución y cristianismo son incompatibles. Solamente están en desacuerdo sobre hacia dónde hay que disparar. Los primeros consideran que para que la fe sobreviva hay que demoler la ciencia evolutiva, y los segundos consideran al cristianismo como un enemigo de la evolución a extinguir. Así están bloqueados en una lucha a muerte.
Pero desde la época de Darwin ya hubo cristianos que no tuvieron problemas en aceptar la evolución como teoría científica (libre de otras adherencias filosóficas). De hecho, el propio Darwin escribía a John Fordyce, en 1879, pocos años antes de morir, que: “Me parece absurdo dudar que un hombre pueda ser un ardiente teísta y un evolucionista”. Y añadía dos ejemplos, el historiador, novelista y teólogo anglicano Charles Kingsley, y su amigo y defensor, Asa Gray, botánico de Harvard y devoto presbiteriano (https://www.darwinproject.ac.uk/letter?docId=letters/DCP-LETT-12041.xml).
De hecho, algunos teólogos del siglo XIX incluso dieron la bienvenida a Darwin, al considerar que la evolución introducía un elemento histórico en la biología, más acorde con la visión cristiana del mundo como un desarrollo histórico. A pesar de las discusiones iniciales, finalmente el propio Darwin fue enterrado en la abadía de Westminster, con todos los honores y rodeado de muchos científicos cristianos.
Muchos cristianos resolvieron sus conflictos con la evolución en el propio siglo XIX. Y la discusión fue perdiendo fuerza en el siglo XX hasta que el moderno creacionismo reabrió el debate en EE.UU. a mediados del siglo. Fueron el ingeniero hidráulico Henry M. Morris y el teólogo fundamentalista John C. Whitcomb los responsables de esa reconstrucción creacionista con su famoso libro El diluvio del Génesis (1961). El libro pretendía explicar toda la geología y la biología en base a una interpretación literal de la creación del universo en seis días y de la destrucción de la tierra original por un diluvio literalmente universal. En realidad era una reformulación de una idea de George McCready Price, un adventista del séptimo día, aficionado a las ciencias, pero sin formación científica, que en un arrebato de arrogante ignorancia creía que los geólogos no sabían interpretar la evidencia geológica correctamente. Price escribió varias obras en los primeros años del siglo XX para exponer su particular explicación de la geología en base al diluvio del Génesis en varias obras que culminaron en su Nueva Geología (1923), que influyó de manera definitiva sobre H. M. Morris.
Desde los años sesenta el creacionismo ha formado parte del fundamentalismo, que también tuvo sus orígenes en las primeras décadas del siglo XX en EE.UU. Con la segunda guerra mundial y la guerra fría llegó la expansión de las misiones estadounidenses por todo el mundo, incluyendo Latinoamérica y España, a donde llegaron todas estas ideas con la apertura del final del franquismo, a principios de los setenta. En los años noventa parte del creacionismo se transformó en el llamado movimiento del diseño inteligente, que ya he comentado. Ambos movimientos, por separado o con diferentes grados de mezcla, han inundado el mundo evangélico, con unos recursos económicos enormes, e incluso lo han desbordado para entrar también en el catolicismo.
La resistencia dentro del mundo evangélico la hemos dado unos pocos científicos, y todavía menos teólogos, con una capacidad de alcance insignificante. Además, la mayoría de los evangélicos no quieren oír malas noticias. No quieren replantearse ninguna idea profunda y prefieren la apologética fácil de los que les aseguran que la evolución (de la que no saben generalmente nada) es un fraude de unos cuantos científicos anticristianos a los que no deben prestar atención. Generalmente engañan a sus oyentes diciendo que la evolución es “solamente una teoría” que los científicos están abandonando, y que tiene los días contados, lo que es rigurosamente falso.
Pero todo ese enfrentamiento con la ciencia contemporánea, en busca de una ciencia ‘alternativa’ que dé la razón a una particular interpretación de la Biblia, es algo innecesario y que ha alejado a muchas personas del cristianismo. La insistencia creacionista en convertir el rechazo a la evolución en un dogma imprescindible para ser cristiano está haciendo un daño incalculable al cristianismo actual, y se convertirá durante siglos en una piedra de tropiezo. Esto daña y dañará más en el futuro a los cristianos en general, y especialmente a los evangélicos, de la misma manera que ha dañado al cristianismo en general, pero más especialmente a los católicos, la condena a Galileo en el siglo XVII. Estos dos son los mayores escándalos en las relaciones ciencia y cristianismo hasta el día de hoy. El físico evangélico Donald M. MacKay diagnosticó la situación acertadamente hace medio siglo:
“La ‘Evolución’ empezó a ser invocada en biología aparentemente como un substituto para Dios. […] este término fue rápidamente retorcido para significar un principio metafísico ateo, […] el ‘Evolucionismo’ se convirtió en el nombre de toda una filosofía antirreligiosa […].
Enfrentados a tal confusión de temas, es poco sorprendente que algunos cristianos del pasado siglo [XIX] fuesen inducidos a dirigir sus ataques al lugar equivocado, y atacasen la teoría técnica en lugar de su parásito filosófico” (The clockwork image. A Christian perspective on science, Inter-Varsity Press, Londres, 1974, p. 52, mi propia traducción).
Como dice ahí MacKay, ese enfrentamiento es un completo error, y a quienes estén interesados en caminos más constructivos les diría que hay muchos científicos y teólogos cristianos (de diferentes confesiones y denominaciones) que han seguido durante el siglo XX trabajando por un entendimiento entre la fe cristiana y la ciencia. Pero, claro, eso significa salir de determinados contextos teológicos muy estrechos y abrirse a otras posibilidades y reflexiones, tanto en la forma de ver la Biblia y de interpretarla, como en la forma de relacionarla con las ciencias.
En el fondo, el creacionismo no es más que una forma extrema de concordismo, que es el error capital del que deriva todo: querer concordar, aunque sea a martillazos, la ciencia moderna con los milenarios relatos bíblicos. Es un errado deseo de buscar una base científica para el texto bíblico a la vez que una aprobación teológica de las conclusiones científicas. No defiendo que debamos levantar un muro que separe ambas actividades, ni de impedir buscar conexiones, pero sí respetar y tomar en serio tanto el estudio de la Biblia en su propio contexto literario e histórico, como la ciencia en su propio campo de actividad legítima, el estudio del mundo natural, que para los cristianos es creación de Dios, por lo que merece el máximo respeto y reverencia. Nadie debiera sentirse presionado a tener que elegir entre evolución y cristianismo como si fueran alternativas excluyentes.
Hay dos citas que siempre me han llenado de un sentimiento de responsabilidad al pensar sobre ellas. Por un lado la reflexión de Francis Bacon, uno de los popularizadores protestantes de la ciencia moderna a principios del siglo XVII, donde criticaba a los que negaban ese ámbito de independencia del mundo natural, “como si con ello se favoreciera a Dios, y no es sino ofrecer al autor de la verdad el sacrificio impuro de una mentira” (El avance del saber 1.1.3 (1605), publicado en Alianza Editorial, Madrid, 1988, p. 25).
Más recientemente, el famoso escritor C. S. Lewis advertía: “Una ciencia retorcida en interés de la apologética sería un pecado y una locura” (Apologética cristiana (1945), texto publicado en: Lo eterno sin disimulo, Rialp, Madrid, 1999, p.19).
Para más información sobre estos temas, puedo recomendar algunos materiales divulgativos que he preparado en los últimos años y que están disponibles en línea:
de Felipe, Pablo (1998). Carta "sobre el debate de los orígenes". Alétheia 14:62-64. https://www.fliedner.es/media/modules/editor/cienciayfe/docs/documentos/de_Felipe_1998_Sobre_el_debate_de_los_origenes.pdf
de Felipe, Pablo (2007). Ciencia y fe (de la creación del Génesis a la ciencia moderna). Texto de la conferencia organizada por GBU en la Universidad de Alcalá de Henares y por la asociación Delirante en el Centro Cultural Valle Inclán (23 de Abril de 2007). Disponible en audio. https://www.fliedner.es/media/modules/editor/cienciayfe/docs/documentos/de_felipe-2007_conferencia_ciencia_y_fe.pdf
de Felipe, Pablo y Andreu, David (2012). Adán y Eva en la era de la genómica. Materiales para una reflexión. Alétheia 41:7-10. https://www.fliedner.es/media/modules/editor/cienciayfe/docs/documentos/de_Felipe_Andreu_2012_Adan_y_Eva_en_la_era_de_la_genomica.pdf
de Felipe, Pablo (2021). El mensaje de la Creación del Génesis. Vídeo de la conferencia online (10 de Julio de 2021).
de Felipe, Pablo (2022). Un científico lee Génesis. Vídeo de la conferencia en la Sociedad Bíblica de Madrid (12 de Diciembre de 2022).
de Felipe, Pablo (2026). Más allá de la ciencia: El mensaje del Génesis 1 para hoy. Vídeo de la predicación en la Iglesia Evangélica de Móstoles (16 de Noviembre de 2025).
de Felipe, Pablo (2026). Ciencia y Fe - El Debate de los Orígenes. Vídeo de la conferencia en la Iglesia Evangélica de Móstoles (16 de Noviembre de 2025).
También puedo recomendar estos libros que he ayudado a editar en su traducción:
Lucas, Ernest (2017). Creer hoy en la creación según el Génesis. Andamio Editorial y Fliedner Ediciones.
Kathryn Applegate y J. B. Stump (eds., 2019). Cómo cambié de opinión sobre la evolución. Andamio Editorial y Fliedner Ediciones.
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