Siempre que algún negacionista de la evolución de las especies cita a una autoridad científica para corroborar su punto de vista contrario a la teoría evolutiva, tengo la impresión de que me están tomando el pelo. No ya porque la frase sea incorrecta o esté sacada de contexto, sino porque no dice todo lo que el autor citado tiene que decir sobre el tema. Uno de los autores más citados por los críticos del darwinismo es Pierre-Paul Grassé (1895-1985), biólogo poseedor de una gran cultura científica y filosófica y uno de los zoólogos más brillantes y destacados del siglo XX. Si Grassé dice algo, ¿cómo no vamos a prestarle toda nuestra atención? La cita que casi invariablemente suelen citar es la siguiente:
«Las mutaciones ocurren incoherentemente. No son complementarias unas con otras y no se acumulan en sucesivas generaciones en una dirección determinada. Ellas modifican lo que ya existe, pero lo hacen desordenadamente (…) No importa cuán numerosas sean, las mutaciones no producen ningún tipo de evolución».
La cita es correcta y es una de las muchas que se pueden extraer de su libro L´Evolution du Vivant / La evolución de lo viviente, publicada en francés en 1973. De hecho, esta obra se puede considerar un manual crítico del evolucionismo darwinista, «la situación del darwinismo contemporáneo es peor de lo que parece», llega a decir¹ ; no hay casi ni una página donde no mencione al darwinismo para censurarlo, y todo ello con un aporte académico intachable, apoyado en su vasto conocimiento de la zoología. Es una obra densa y muy técnica, pero escrita con una claridad ejemplar, juiciosa, aguda en sus observaciones y siempre recurriendo al dato científico que corrobore, confirme sus afirmaciones, aclarando en todo momento que su propósito no reside en la crítica por la crítica, sino en la exposición rigurosa y detallada de lo que se pueda decir con certeza científica sobre la evolución de la vida, remitiéndose para ello a los hechos comprobados.
Pierre-Paul Grassé
Mutaciones y selección natural
El problema para Grassé reside en que las teorías que explican la evolución de los seres vivos reposan, en el caso de los darwinistas, sobre los mismos principios que en el pasado, imponiendo a los biólogos incompletamente informados interpretaciones erróneas, sin admitir que el valor evolutivo de la selección no está en absoluto mejor medido que en los días de Darwin. El credo que afirma que «la mutación actúa como un proceso de evolución muy potente», pero confunde fenómenos tan diferentes como son la variación del código genético por copia errónea del ADN y la evolución misma. «Variar —escribe— es una cosa, evolucionar es otra»². La mutación implica un cambio, pero no una creación³.
«Algunos biólogos contemporáneos en el momento que observan una mutación comienzan a hablar de evolución. Hacen implícitamente este silogismo: la mutación es la única variación evolutiva, todo ser viviente sufre mutaciones, por tanto todo ser viviente evoluciona»⁴.
A Grassé le molesta que a la buena fe de los darwinistas les falte espíritu crítico, imaginando una evolución que no guarda ninguna relación con la que se ha efectuado en el curso de las edades. «Teniendo por verdadera la hipótesis darwinista, interpretan los fósiles en función de ella», lo cual quita objetividad a sus observaciones⁵.
«Atenerse a las realidades, haciendo tabla rada de ideas a priori, de dogmas, debe ser la regla de conducta del naturalista preocupado por ver claro el problema de la evolución. Primero los hechos, a continuación, la teoría»⁶. Y, de repente, esta tajante declaración de intenciones, que hará las delicias de los creacionistas: «Hoy, tenemos el deber de destruir el mito de la evolución, fenómeno simple, comprendido y explicado, que continúa desarrollándose rápidamente ante nuestros ojos»⁷. «Las mutaciones, por numerosas que sean, no llevan consigo obligatoriamente una evolución, y asesta así un durísimo golpe a las ideas ultradarwinistas»⁸. Las mutaciones no tienen valor evolutivo⁹. Si a alguno le molesta el asalto a la doctrina oficial del darwinismo, hay que tener en cuenta, dice su defensa, que «en ciencias no hay “causas” que defender, sino únicamente la verdad que descubrir»¹⁰.
«Las mutaciones que detectamos por observación directa corresponden a errores groseros de copia; traen generalmente desórdenes en la forma y en la salud del animal que los sufre. En el límite de lo patológico, de los monstruoso, estas mutaciones son eliminadas y esto no es sorprendente. Vida y desorden son incompatibles»¹¹.
Dicho esto, y mucho más que podría añadir, que resulta demoledor para la teoría de la evolución, hay que aclarar, algo a lo que no son muy amigos los creacionistas, que Pierre-Paul Graseé no niega el hecho de la evolución, sino su formulación darwinista. Según él, ignoramos su mecanismo íntimo y fuentes profundas¹², pero sabemos que «la marcha de la evolución ha sido rectilínea, directa. Sus caminos fueron tortuosos; a menudo han conducido a callejones sin salida, y numerosas líneas han abortado, no han podido superar la prueba del tiempo y han desaparecido. Pero los fracasos, lo mismo que las desviaciones de los mecanismos transformistas no han detenido la complicación, tanto anatómica como psíquica. Y esto es lo esencial, porque en materia de evolución el resultado es lo único que cuenta»¹³.
Constata que casi la totalidad de los zoólogos y botánicos consideran la evolución como un hecho y no como una hipótesis pues esta se fundamenta ante todo en los documentos suministrados por la paleontología, es decir, por la historia del ser vivo: «El naturalista debe recordar que el hecho evolutivo no se le manifiesta más que por las formas fósiles. El conocimiento de la paleontología le es indispensable; es la única capaz de probarla la realidad de la evolución y de revelarle sus modalidades o su mecanismo. Ni la consideración de los seres actuales, ni la imaginación, ni las teorías pueden sustituir al documento paleontológico. Sin él, el biólogo, el filósofo de la naturaleza se entregan a numerosas explicaciones, pero sin forjar más que hipótesis»¹⁴.
En línea con la idea central de Darwin, Grassé está convencido que «nuestro conocimiento de la evolución nos inclina a creer que todos los seres vivos tienen su origen en un mismo tronco, que la substancia del primero de ellos se produjo en un solo punto del globo y que este nacimiento fue único»¹⁵ .
Sobre el núcleo central del darwinismo, la «selección natural», Grassé considera que los hechos hacen dudar del papel atribuido a la misma en el proceso evolutivo¹⁶. No está claro, argumenta, el papel omnipotente que se atribuye a la selección natural. Nadie puede afirmar que los planes de organización evolutivos son la obra de la selección natural¹⁷. «Es falso pretender que la evolución, guiada por la selección natural sea siempre favorable a la especie o a la línea. Deja tras de sí un inmenso cementerio poblado de errores y fracasos»¹⁸.
Algunos darwinistas, escribe, han cambiado la palabra Providencia por la de Selección natural. Llevando su lógica hasta el límite, el darwinista «propone e impone una visión totalmente optimista de la naturaleza: cada ser ocupa un lugar útil, cada órgano, cada función son el producto de una selección, que les hace alcanzar una perfección real»¹⁹.
Por otra parte, la obra de Grassé, transpira una velada y constante crítica a su paisano y contemporáneo el biólogo y bioquímico Jacques Monod (1910-1976), cuya obra El azar y la necesidad tuvo una gran repercusión mundial, suscitando un gran escándalo no sólo entre científicos, sino también entre filósofos. El destino, razonaba Monod, se escribe a medida que se cumple, no antes. «El nuestro no lo estaba antes de que emergiera la especie humana, única en la biosfera en la utilización de un sentido lógico de comunicación simbólica. Otro acontecimiento único que debería, por eso mismo, prevenirmos contra todo antropocentrismo. Si fue único, como quizá lo fue la aparición de la misma vida, sus posibilidades, antes de aparecer, eran casi nulas. El Universo no estaba preñado de la vida, ni la biosfera del hombre. Nuestro número salió en el juego de Montecarlo. ¿Qué hay de extraño en que, igual que quien acaba de ganar mil millones, sintamos la rareza de nuestra condición?²⁰».
Grassé arremete en su obra constantemente contra el azar como protagonista omnipotente de la evolución, pero de esto hablaremos más tarde, pues es un tema que ha generado mucho debate, de momento basta saber que un científico puede ser crítico de la teoría darwinista sin ser negacionista del hecho de la evolución.
Notas
1 Grassé, La evolución de lo viviente, p. 257. Blume Ediciones, Madrid 1977.
2 Id., p. 21.
3 Id., p. 266.
4 Id., p. 116.
5 Id., p. 22.
6 Id., p. 23.
7 Id., p. 23.
8 Id., p. 84.
9 Id., p. 251.
10 Id., p. 202.
11 Id., p. 147. Hay que puntualizar que muchos biólogos darwinistas piensan que no es necesario recurrir a grandes mutaciones para explicar los fenómenos macroevolutivos.
12 Id., p. 17.
13 Id., p. 37.
14 Id., p. 18.
15 Grassé, El hombre, ese Dios en miniatura, p. 34. H. Blume, Madrid 1977.
16 La evolución de lo viviente, p. 219.
17 Id., p. 251.
18 Id., p. 253.
19 Id., p. 204.
20 J. Monod, El azar y la necesidad, p. 170. Barral Editores, Barcelona 1971.
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Alfonso Ropero, historiador y teólogo, es doctor en Filosofía (Sant Alcuin University College, Oxford Term, Inglaterra) y máster en Teología por el CEIBI. Es autor de, entre otros libros, Filosofía y cristianismo, Introducción a la filosofía, Historia general del cristianismo (con John Fletcher), Mártires y perseguidores y La vida del cristiano centrada en Cristo.
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