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La liturgia de los juegos perdidos | Harold Segura


Octubre de 2025

En la niñez jugamos a ser adultos. Ahora, de adultos, jugamos a la guerra. En este texto exploro la posibilidad de volver a los juegos sagrados que perdimos… y al perderlos, estamos perdiendo nuestro mundo; su dignidad y nobleza.

Por estos días sigo leyendo a Annie Ernaux, la Nobel de Literatura de 2022. Ayer terminé La otra hija, publicado en el 2014 por LRK Ediciones. La leo con la misma intensidad con que alguna vez leí la obra de García Márquez —eso fue hace ya muchos años— y con la que también leí hace unos años casi toda la obra del gran José Saramago. Por una curiosa coincidencia, los tres recibieron el mismo reconocimiento: el Premio Nobel. Pero más allá de los galardones, lo que me atrae de Ernaux es su manera de mirar la vida desde los resquicios de la memoria, donde lo cotidiano se convierte en confesión y lo íntimo en verdad universal. Su estilo autobiográfico (la literatura del yo) es uno de mis preferidos y, quizá por eso, mi fervorosa lectura de su obra.

Mientras avanzaba en la última obra leída de la francesa, me encontré con una escena en la que recuerda sus juegos de niña: “Jugábamos a la tendera, a ser personas adultas, nos construíamos casas en las numerosas dependencias del patio de la tienda de mis padres, con botelleros, cartones y trapos. Cantábamos por turno, de pie ante el columpio…” (La otra hija, LRK Ediciones, 2014, p. 40).

Entonces pensé en eso tan simple y hondo: de niños jugamos a ser adultos. Y recordé mis propios juegos. A ser bombero —mi madre, Fanny, me llevaba a la estación y rogaba el permiso para que pudiera subir a las máquinas—. A ser conductor de bus —usaba una rueda de madera como timón y caminaba por los andenes del barrio imaginando pasajeros y destinos—. A ser boxeador —mi padre, Julio, aficionado al boxeo, era mi entrenador, y yo, su delgado pupilo—. Pero el juego que más disfruté fue el de sacerdote.

María, mi abuela, me prestaba una copa de su tienda, el mantel de una de las mesas y me regalaba un banano. La copa se convertía en cáliz, el mantel en alba y el banano en hostias cortadas en rodajas. Feligreses nunca me faltaron: cada domingo, puntuales a las diez de la mañana, llegaban los niños del barrio, entre ellos Quico, el más devoto de todos.

Tras esos juegos de infancia se escondían semillas de vocación, pequeñas liturgias que años después florecieron en el ministerio, en la docencia y en la vida pastoral.


Volver a jugar

Me pregunto, y les pregunto, si no deberíamos aprender a jugar de nuevo. Si siendo adultos no deberíamos ensayar otra vez la infancia. Jesús lo dijo con una claridad desconcertante: “Les aseguro que, si ustedes no cambian y se vuelven como niños, no entrarán en el reino de los cielos.” (Mateo 18:3, NVI).

Volver a ser niños: no se trata de una simple regresión sentimental, sino de un acto de conversión. Es desandar el camino del poder para recuperar la confianza, la ternura y la capacidad de asombro. Es resistir al cinismo y al orgullo de los que se creen dioses.
Pero nosotros, los adultos, jugamos otros juegos. Juegos más oscuros, más reales y más crueles. Jugamos a la guerra, creyéndonos estrategas del destino. Jugamos a la economía, apostando vidas por ganancias. Jugamos a la religión, disfrazando de fe nuestro deseo de control. En estos juegos, los otros se convierten en piezas enemigas.

Miren al grupo palestino Hamás, jugando el 7 de octubre a la implacable e inhumana travesura del secuestro. O miremos al Estado de Israel, pagando con 67 000 palestinos la osadía de sus contrarios. El mundo, todo, con sus atroces “juegos del hambre”, acumulando fortunas mientras millones sobreviven en la miseria.

La infancia como resistencia
Por eso, ¡vengan todos a mis juegos! A vestirnos de bombero para apagar los fuegos del odio, del racismo y la codicia. Conduzcamos el autobús imaginario para llevar lejos —muy lejos— a los violentos y dejarlos sin boleto de regreso. Vengan a mi ring y pongámonos los guantes que tiene don Julio, mi papá, para dar un nocaut a la corrupción, a los dictadores y falsos libertadores de cualquier bando; los de izquierdas y derechas.

Vengan a mi sacristía imaginaria y vistámonos de sacerdotes y sacerdotisas, como en mi infancia, para exorcizar los demonios de la arrogancia religiosa, de la indiferencia, de la fe sin compasión. Para recordar que lo sagrado no se celebra en templos de piedra, sino en las pequeñas liturgias del amor cotidiano: compartir el pan, cuidar la tierra, proteger a la niñez, defender la vida.
Esta es la liturgia de los juegos perdidos: la de recuperar la inocencia como forma de resistencia. De creer que todavía podemos aprender del Niño de Belén, el Dios que jugó en los patios de Nazaret y que, con su risa y su ternura, desarmó a los poderosos.


Volver a jugar con fe

Si los adultos jugáramos a ser niños otra vez, el mundo sería menos solemne y más justo. Tal vez no habría guerras, ni hambre, ni ídolos de poder. Este es el juego del reino de Dios. Volveríamos a descubrir que la fe también se aprende jugando, como se aprende la confianza, la empatía y el perdón.

Que el Reino de los cielos no pertenece a los que ganan, sino a los que aman. A los que todavía saben sorprenderse. A los que, en medio del ruido de este mundo, se atreven a jugar en serio el juego de la paz.

Sigamos, pues, las palabras del Niño Redentor. Él nos invita a volver a empezar, con la humildad de quien construye templos de cartón y ofrece hostias de banano. Porque en esos juegos pequeños —los que parecían nada— Dios jugaba con nosotros. Y en ese juego sagrado, perdido y reencontrado, empieza otra vez la esperanza.





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Harold Segura es pastor evangélico bautista, teólogo y administrador de empresas. Miembro de la «Fraternidad Teológica Latinoamericana» (FTL) y de la Junta Internacional del Movimiento «Juntos con la Niñez y la Juventud» (MJNJ).

Desde el 2013, forma parte del Consejo Coordinador del «Proyecto Centralidad de la Niñez», del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), Pastoral da Crianca y World Vision. Fue rector del Seminario Teológico Bautista Internacional (1995-2000), hoy Fundación Universitaria Bautista, y actualmente es Director de Relaciones Eclesiásticas e Identidad Cristiana de «World Vision» para América Latina y El Caribe.







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