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EL MISTERIO DE LA SALVACIÓN, LIBERTAD Y CONDENACIÓN. Visión anglicana del infierno | Alfonso Ropero

 


En un frío Enero de 1996 la prensa británica encabezó sus páginas con titulares semejantes a estos: «Los anglicanos enfrían un tema candente: el infierno». «El infierno ha perdido su furia». «La Iglesia de Inglaterra actualiza la idea del infierno»[1]. «Los ancianos de la iglesia echan agua fría sobre el infierno y la condenación»[2]. La noticia a la que hacían referencia se puede resumir de la siguiente manera:

«Una comisión de la Iglesia de Inglaterra ha rechazado la idea del infierno como un lugar de fuego, horcas y gritos de agonía interminable, describiéndolo en cambio como aniquilación para todos los que rechazan el amor de Dios»[3].

La Comisión Doctrinal de la Iglesia de Inglaterra acababa de publicar un informe sobre el tema de la salvación, donde los obispos y teólogos anglicanos, en un trabajo de años, concluían que 

«El infierno no es un tormento eterno, sino que es la elección final e irrevocable de aquello que se oponen a Dios de manera tan completa y tan absoluta que el único fin es el no-ser total»[4]

El obispo Alec Graham, entonces presidente de la Comisión, decía que los principios que subyacen a su trabajo ha sido expresar la fe de la Iglesia tal como es recibida de las Escrituras y en la comprensión posterior de la Iglesia en su reflexión de la misma, de tal manera que seamos fieles a la tradición recibida al mismo tiempo que ofrecer una nueva expresión. Un miembro de dicha comisión, el deán de Lichfield, el Dr. Tom Wright, dijo a la prensa que el informe intentaba eliminar las ideas victorianas y volver a las interpretaciones de la Iglesia primitiva.


Para sus críticos, la negación, no del infierno en sí, sino de la naturaleza del mismo como tormento y sufrimiento consciente, no fue algo nuevo y rompedor. Se veía venir desde hacía tiempo, pues al decir de Daniel P. Walker, autor de La decadencia del infierno, ya era una característica notable de la teología inglesa en el siglo XVII[5]. Incluso en los círculos evangélicos británicos, el infierno ha estado decididamente a la defensiva en el siglo XX. La Comisión de Doctrina simplemente estaba ratificando lo que muchos clérigos y feligreses anglicanos creen –o no creen– sobre el infierno en el momento actual[6]

Conviene dejar bien sentado que la Iglesia de Inglaterra no niega la existencia del infierno como tal, al contrario, lo afirma, lo mantiene, lo que rechaza es la idea del infierno como un lugar de fuego, horcas y gritos de agonía interminable, que ha sido tan común en otras épocas, de la Edad Media en adelante. Esas truculentas representaciones no hacían justicia a la enseñanza bíblica, sino que reforzaban las críticas de los que acusan al cristianismo de utilizar el miedo como un recurso para ganar voluntades, al mismo tiempo que ofrecen una imagen distorsionado del Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo: un Dios sádico elevado a la potencia de monstruo sin entrañas.

 «En el pasado, las imágenes del fuego del infierno y del tormento y castigo eternos... se han utilizado para asustar a hombres y mujeres. Los cristianos han profesado teologías espantosas que convirtieron a Dios en un monstruo sádico... El infierno no es un tormento eterno, sino la elección final e irrevocable de aquello que se opone tan completamente a Dios... que el único fin es el no-ser-total»[7].

Muy en el espíritu anglicano de la via media, la Comisión para doctrina de la Iglesia de Inglaterra, se distancia tanto de los defienden la idea del tormento eterno como de los universalistas, y, en parte de los aniquilacionistas. ¿Cómo lo hacen?


El misterio de la libertad de condenación

Ocurre, como bien dicen los defensores de la Comisión, que la atención de los críticos se centró en la breve discusión sobre el infierno (solo dos páginas entre doscientas) y el rechazo implícito de la idea del castigo eterno y pocos parecieron darse cuenta del argumento que lo acompañaba sobre la libertad humana y la omnipotencia divina.  El informe sostiene que todo ser humano enfrentará un juicio final y será libre de rechazar a Dios y elegir el infierno.

El infierno puede ser un estado de «no-ser-total», no un tormento eterno. La Comisión sostiene que la creencia en la posibilidad de la condenación es necesaria para creer que Dios ha hecho libres a los humanos, que Dios respeta la decisión de sus criaturas, por más erradas que sean. «Las decisiones morales y espirituales son decisiones fundamentales y serias»[8], afirma la Comisión. La salvación está disponible para todos, «pero contradice la naturaleza del amor pensar que alguien puede ser obligado a instalarse en el cielo. El infierno es elegir el camino de la completa oposición a Dios. «Si hay alguien que elija eso, sólo Dios lo sabe»[9].

Dios, cuya esencia es amor, preserva nuestra libertad, dice la Comisión, porque la libertad es la condición del amor. El amor no fuerza, respeta. Los universalistas, que creen que todos serán salvos al final, contradicen la naturaleza del amor, concluye la Comisión, pues supone una imposición sobre el pecador que la omnipotencia divina rechaza. El amor no fuerza a nadie ni le niega su libertad de rechazo. No obligará a nadie a actuar contra su voluntad de rechazo de lo divino. Si Dios nos ha creado con libertad de elección, entonces aquellos que eligen ir contra la fuente de la vida, tienen que ser respetados. 

Esta respuesta y planteamiento basado en la libre voluntad humana está llena de dificultades desde un punto de vista lógicamente teológico y filosófico. 

Eso no quita que reconozcamos el esfuerzo de los participantes de esa Comisión doctrinal y que aprendamos de sus resultados, de los que el infierno es un punto menor, aunque muy importante para la sensibilidad creyente, dada su omnipresencia en los sermones y la piedad común. El objeto de su investigación fue definir los más clara y significativamente posible para los hombres y mujeres del siglo XX el misterio de la salvación, que pertenece a la historia religiosa y universal. La creación, el cosmos y el camino cristiano están interrelacionados. 

«El cristiano permanece comprometido con la creencia de que Jesucristo es el señor de todo el cosmos. Esta creencia no es negociable; mira de frente el desafío de la particularidad y le responde hablando ante todo de la Cruz y de la Resurrección, que ponen de relieve la arrogancia o el triunfalismo, al resaltar la vocación del siervo sufriente, por un lado, y la renovación de la creación, por el otro»[10].


El alcance de la libertad

El informe de la Iglesia de Inglaterra es fascinante porque es raro escuchar a alguien que no sea evangélico hablar sobre el infierno, dijo el filósofo metodista Jerry Walls, autor de Infierno, la lógica de condenación. En su opinión, está claro que los autores del informe querían ser vagos. «Dejaron un increíble número de puertas abiertas —escribe—. Dicen que no se puede ser un universalista dogmático. Pero, claro, eso puede resultar cierto»[11].  No creo que la Comisión pretendiera ser vaga o ambigua; me parece que ha adoptado una postura prudente, pues de lo que no está escrito en la Revelación es mejor callar, o hablar con cautela y sin pretensiones dogmáticas. Como ya hemos dicho, el informe sobre el misterio de la salvación redactado por los prohombres de la Iglesia anglicana, no es un tratado de teología, sino una reflexión actualizada de su naturaleza y posibilidades hermenéuticas, ofreciendo a los lectores y estudiosos las líneas generales a seguir desarrollando en el campo de la teología de la redención. El tema del infierno en dicho informe representa solo una nota dentro del contexto más amplio de la salvación, cuyo fin es eliminar aquellas imágenes tradicionales impropias consideradas un obstáculo para fe en la sociedad moderna. Para los redactores, lo importante es mostrar cómo la cristología sigue siendo relevante en el día de hoy en todos los campos, sean teológicos, culturales o científicos. Por eso confiesa:

«Jesucristo es tanto el fin [cumplimiento] de la historia, como de la ley. Su resurrección es el renacimiento de la historia, una redención de la historia, tal como Pablo dice que ya no estamos bajo la ley, y sin embargo, bajo “la ley de Cristo” (1 Co 9:21). El mundo espacio-temporal, junto el mundo material, son reclamados por la resurrección de Jesús, y son asumidos en la resurrección del pueblo de Jesús y la consecuente transformación de todo el cosmos (Ro 8:18-27). El plan de salvación siempre ha sido cruciforme, este es el punto que mantiene unidos la continuidad y la discontinuidad; la afirmación y la negación»[12].


J. Moltmann

 El teólogo alemán Jurgen Moltmann fue particularmente crítico con la vinculación de la condenación a la libre voluntad, haciendo del ser humano el autor de su propia condenación eterna incluso delante del mismo juicio de Dios, expuesto a la realidad material e incuestionable del cielo y el infierno, en un momento que ya no queda tiempo libre a las opciones personales; después del juicio ya que no queda ninguna otra alternativa que la condenación sin paliativos, sin alicientes de ningún tipo, como el gusto de llevarle la contraria a Dios, sospechando en su ser interior —durante la vida terrenal— que quizá no exista, o que su amenaza no sea tan extrema. 

Por otra parte, nadie elige el mal por sí mismo, sino porque cree que ese mal le puede reportar algún bien particular. En el día del juicio, y estamos hablando de la eternidad, esa ilusión o percepción del mal no existirá. Luego, es imposible creer que alguien pueda elegir el mal absoluto que repercutirá en su propio mal total y para siempre. 

Para Moltmann, la lógica de la libertad de preferir el infierno a Dios, es no sólo inhumana sino también extremadamente atea: aquí el ser humano, en su libertad de elección, es su propio señor y dios. Su propia voluntad es su cielo o su infierno. Dios es simplemente el cómplice que pone en práctica esa voluntad. Si me decido por el cielo, Dios debe ponerme ahí; si decido ir al infierno, tiene que dejarme allí. Si Dios tiene que acatar nuestra libre decisión, entonces podemos hacer con Él lo que queramos. 

«¿Es eso el amor de Dios? Los seres humanos libres forjan su propia felicidad y son sus propios verdugos. Aquí no sólo disponen de sus vidas; ellos también deciden sobre sus destinos eternos. Entonces no tienen necesidad de ningún Dios en absoluto. Después de que un Dios quizás nos haya creado libres tal como somos, nos deja a nuestra suerte. Llevada a esta conclusión última, la lógica del infierno es el humanismo secular, como ya lo percibieron Feuerbach, Marx y Nietzsche hace mucho tiempo»[13].

Moltmann, que defiende el universalismo, considera que

 «El juicio no es la última palabra de Dios. El juicio establece en el mundo la justicia divina sobre la cual se construirá la nueva creación. Pero la última palabra de Dios es: “He aquí, yo hago nuevas todas las cosas” (Ap 21:5). De esto nadie está exceptuado. El amor es la compasión de Dios con los perdidos. La gracia transformadora es el castigo de Dios para los pecadores. No es el derecho a elegir lo que define la realidad de la libertad humana. Es hacer el bien”[14].

Por si no queda claro su universalismo, en otro lugar afirma categóricamente:

«Con el perdón de los pecados y la superación de la muerte, a Dios le preocupa principalmente la expulsión de los poderes impíos del mal, del pecado, de la muerte y del infierno de su amada creación. ¿No es nuestra pregunta de si todos o sólo unos pocos se salvarán una pregunta antropocéntrica y en muchos casos incluso egoísta? Para Dios, se trata de la glorificación de todas sus criaturas. La salvación de la nueva humanidad es sólo una parte de esto. Si miramos a la gloria de Dios, entonces el universalismo y el particularismo de la salvación humana se relativizan. La “aniquilación del Infierno” es una acción del Cristo cósmico, cuyo reino es universal. La “salvación universal” es sólo la parte humana de la "salvación del universo”»[15].

Keith Ward 

La revelación del juicio final

Keith Ward es un veterano teólogo anglicano, adscrito a la teología liberal como él mismo confiesa, que nos ha dejado algunas reflexiones muy pertinentes y actuales sobre el tema que nos ocupa. Al estudiar el tema del juicio y de condenación, parte de la base de que Dios no castiga si no es con vistas a un bien misericordioso, a saber, cambiar el carácter del pecador, lo cual excluye de forma explícita el castigo estrictamente retributivo («ojo por ojo»), así como cualquier castigo que suponga la cesación definitiva del amor divino y no refleje preocupación por nuestro bien último[16].

En línea con el pensamiento expresado en el informe sobre el misterio de la salvación, Ward considera que es posible que el carácter, lejos de cambiar, se endurezca. Las almas pueden hundirse aún más en el odio y la codicia, hasta el punto de convertirse en personas amargadas y coléricas, hasta el punto de convertirse en individuos encerrados en la oscuridad de su soledad y del odio que los demás les profesan. ¿Podría —se pregunta— un estado semejante continuar indefinidamente? La felicidad es el estado de quienes están abiertos al amor de Dios y permiten que este transforme sus vidas en conductos de amor. Por el contrario,

«La miseria y el tormento constituye el estado de quienes se ponen a sí mismos en primer lugar y cuyo yo es atormentado y destruido por las pasiones que ha desencadenado»[17].

Estas cosas que se realizan en esta vida, ¿pueden perdurar en el futuro, en concreto, en el juicio final y el destino al cielo o al infierno?

Ward responde que el juicio de Dios consiste en manifestar, en poner claro al pecador cuál es su problema, y el futuro que le espera, determinado por sus propias acciones, o falta de las mismas. El juicio divino revelara a cada uno se su ser y su estado, no consiste, pues, en castigar para siempre sin posibilidad de indulto, pues Jesús nos enseñó que el perdón divino no tiene límites (véase Mt 18:1-22). «La puerta del arrepentimiento nunca se cierra»[18]. Con todo, la condenación no debería tomarse a la ligera, 

«porque significa que somos indignos de acompañar a Dios y estamos atrapados en las llamas de nuestros propios deseos, así como en la oscuridad de nuestra misantropía»[19].

Es posible, según Ward, y aquí viene el pensamiento anglicano expresado en la Comisión de Doctrina sobre el misterio de salvación, que algunas almas sean irrevocablemente condenadas por su obstinado rechazo del amor de Dios. 

«Pero también cabe pensar que el poder del yo será roto, y las almas que moran en la oscuridad terminarán aceptando el amor indulgente de Dios. Eso es lo que Dios desea, y la buena nueva que Jesús proclamó es que el amor de Dios se acerca con el fin de inspirar nuestra aceptación»[20].

Tenemos la seguridad, según declara la Escritura, que Dios quiere y busca la salvación de todos y el pleno conocimiento de la verdad (1 Tm 2:4, cf. Jn 3:17), pero no tenemos la certeza de que esto ocurra finalmente en todos los casos. Esto nos enseña muchas cosas, entre ellas, desprendernos de aquella visión de Dios y de la salvación que deben ser anunciados sobre trasfondo de amenaza y de miedo, y entender y anunciar que Dios envió a su Hijo a liberarnos de nuestro yo, con su egoísmo y sus injusticias, y elevarnos a una vida de comunión con Él, fuente de vida. El pecado no es un problema para Dios, es nuestro problema en cuanto obstruye nuestra comunión con los semejantes y, por ende, nuestra comunión con Dios, que es quien realiza nuestro verdadero ser y nos otorga el valor o el coraje de ser (Tillich) en medio de un mundo donde las tinieblas siempre se abaten sobre nuestra vida y no nos dejan ver la luz. El evangelio es promesa de vida eterna; «eterno» se dice en griego aionios, y significa perdurable, perdurable en Dios y en nosotros mismos dinamizados por el amor divino. Nos saca del encierro de nosotros mismos y de la desesperanza de la conciencia de ese ser-para-la-muerte, y por el Espíritu de Dios comprendemos al fin que somos seres para-la-vida y la comunión, gracias al Señor Jesucristo, que tanto nos amó que se entregó a sí mismo por nosotros (Ef 5:2; Ga 2:20). Nuestra misión no consiste en salvar almas del infierno, sino en salvar vidas para el Reino de Dios que ha llegado, que está en medio de nosotros, y que entre todos debemos construir en amor, aceptación y gratitud; luchando por la justicia y la redención general de la humanidad, tanto a nivel individual como social; en privado y en público. Paradójicamente la sociedad moderna es creadora y sustentadora de infiernos para los otros, para los no nacionales, para los no afectos al régimen, y todo ello bajo el membrete de «libertad»; mientras que el cristianismo sigue apostando por una sociedad abierta, sin discriminaciones, como un anticipo de esa reconciliación final que será el fin de todo infierno, cuando Dios sea todo en todos. 



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[1] Church Of England Updates Idea Of Hell, https://www.spokesman.com/stories/1996/jan/18/church-of-england-updates-idea-of-hell/

[2] Andrew Brown, Church elders pour cold water on hellfire and damnation, https://www.independent.co.uk/news/church-elders-pour-cold-water-on-hellfire-and-damnation-1323381.html

[3] Anglicans cool it on a hot topic – Hell, https://scholar.lib.vt.edu/VA-news/ROA-Times/issues/1996/rt9601/960118/01180071.htm

[4] The Mystery of Salvation. The Story of God’s Gift. A Report by the Doctrine Commission of the
Church of England
, p.199. Church House Publishing, Londres 1995.

[5] D. P. Walker, The Decline of Hel. Routledge & Kegan Paul, Londres  1964.

[6] Phil Ryken, The Place of Hell, https://www.tenth.org/resource-library/articles/the-place-of-hell/

[7] The Mystery of Salvation, p. 199.

[8] The Mystery of Salvation, p. 199.

[9] The Mystery of Salvation, p. 199.

[10] The Mystery of Salvation, p. 83.

[11] Jerry L. Walls, Hell, The Logic of Damnation. University of Notre Dame Press, 1992.

[12] The Mystery of Salvation, p. 82.

[13] Jürgen Moltmann,“The Logic of Hell”, en Richard Bauckham, ed.,  God Will Be All in All, The Eschatology Jürgen Moltmann. T & T Clark, 2006, pp. 44–45.

[14] Moltmann,“The Logic of Hell”, p. 45.

[15] Moltmann, “Prólogo”, en Nicholas Ansell, The Annihilation of Hell: Universal Salvation and the Redemption of Time in the Eschatology of Jurgen Moltmann. Paternoster Press, 2013.

[16] Keith Ward, Cristianismo. Guía para perplejos, p. 68.  Sal Terrae, Santander 2008.

[17] Ward, Guía para perplejos, p. 70. 

[18] Ward, Guía para perplejos, p. 71.

[19] Ward, Guía para perplejos, p. 72.

[20] Ward, Guía para perplejos, p. 73.


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Alfonso Ropero, historiador y teólogo, es doctor en Filosofía (Sant Alcuin University College, Oxford Term, Inglaterra) y máster en Teología por el CEIBI. Es autor de, entre otros libros, Filosofía y cristianismo, Introducción a la filosofía, Historia general del cristianismo (con John Fletcher), Mártires y perseguidores y La vida del cristiano centrada en Cristo.








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