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El discernimiento cristiano | Ángel Bea



Al hablar del discernimiento cristiano estamos hablando de la capacidad del seguidor de Jesús para determinar lo que es bueno, conveniente y saludable desde el punto de vista espiritual, dado que dicho discernimiento estará relacionado con muchas decisiones que tenemos que tomar a lo largo de la vida, en el ámbito de los estudios, el matrimonio, la familia, la profesión, el trabajo, los negocios, la sociedad, la política y un largo etc. Y hemos de reconocer que aunque algunas decisiones sean el resultado de nuestro buen juicio, en muchos casos no es fácil llegar a conclusiones correctas. A veces el engaño viene revestido con el ropaje y apariencia de “verdad”, la injusticia revestida de “justicia” y el mal disfrazado de “bien”. Y luego están los tonos “grises”; y además, incluso aquello que siendo “lícito” -en palabras del apóstol Pablo- no nos está permitido: “Todo me es lícito, pero no todo conviene; todo me es lícito, pero no todo edifica” (1ª Co.10.23).

Pensando en el discernimiento cristiano, me acordaba que hace algunas décadas, la mayoría de los joyeros cordobeses (y de otros lugares, claro) determinaban los kilates de una pieza, supuestamente de oro, por medio de un procedimiento muy antiguo, en el cual intervenían, por una parte ácido nítrico. Luego, también disponían de una estrella hecha de latón u otro metal, con varias puntas. En cada una de ellas se les había soldado un trocito de oro, cada cual de distintos kilates: de 22, de 18, de 14, de 9, etc. Para completar el “equipo”, disponían de una piedra negra, tipo pizarra a la cual se le denominaba “piedra de toque”.

Algunas veces, llegaba alguien con una sortija o pulsera ú otra pieza que había heredado de algún familiar o que había comprado hacía años y quería saber si era “oro del bueno”. El joyero, cogía la pieza y por una parte de la misma, la frotaba sobre la “piedra de toque” llegando a hacer (“pintar”) una señal bien pronunciada en la misma. A continuación, al lado y en paralelo de la señal hecha de la joya frotaba la punta de la estrella de oro de 18 kilates. Luego, aquellas señales las impregnaba con la mezcla del ácido mencionado, mientras observaba el proceso por unos segundos. La prueba consistía en que el oro de 18 kilates nunca desaparecía, pero si la joya era de un oro de menos kilates, la señal que había dejado en la piedra desaparecía en parte o totalmente, según su pureza. Así quedaba demostrada la calidad de aquella joya, cuyo dueño a veces se llevaba una sorpresa dado que él la tenía por “oro del bueno” pero que, en algunos casos, no lo era porque le faltaban algunos kilates para llegar a serlo. A base de experiencia, los joyeros de entonces podían precisar con bastante acierto el kilataje de la pieza analizada por aquel medio. Hoy, para ofrecer las máximas garantías y desde hace varias décadas los fabricantes en joyería están obligados a realizar la prueba en un laboratorio oficial por medio de análisis químico y antes de que las joyas salgan a la venta. 


Todo esto me ha hecho pensar muchas veces en la facilidad con la cual muchos cristianos, sin la debida formación y experiencia se dan a hablar de lo divino y de lo humano, sentenciando y aún condenando a otros sobre la base de lo que ellos pretenden saber, no solo desde el punto de vista teológico, sino en relación con lo que hay que hacer en cada caso, en su relación con los demás, dentro y fuera de la comunidad cristiana. De todo hablan, de todo saben y todo lo discuten, poniendo de manifiesto tanto su temeridad como -en muchos casos- su ignorancia sobre el tema. Y lo que es peor, ¡su escaso deseo para aprender ellos mismos sobre lo que no saben! Pero algo peor todavía, es cuando eso se da en pastores -o supuestos pastores- que tienen a su cargo personas a las cuales se supone que tienen la responsabilidad de guiar y aconsejar. 

Qué duda cabe que si bien el mensaje cristiano es diáfano y claro a la hora de poder determinar con suficiente claridad lo referente a la salvación y lo que es la voluntad de Dios para nuestras vidas, en muchos asuntos no deberíamos ser tan ligeros. Necesitamos depender de su Palabra. ¡Claro que sí! Ella es y será siempre “la piedra de toque” y esa “punta de estrella” de oro de “curso legal divino”, con la cual se contrastará aquello que parece -o que a nosotros nos parece- que es sano, correcto y bueno. Pero no hemos de ignorar que en las Escrituras “hay cosas difíciles de entender las cuales los indoctos e inconstantes tuercen, como también las otras Escrituras, para sus propia perdición” (2ªP.3.15-16). Luego, Dios nos ha dado su Espíritu Santo que nos ayudará con su iluminación para obtener el discernimiento necesario. Por así decirlo –metafóricamente- el Espíritu es ese “líquido ácido” por el cual la impureza de nuestros pensamientos, ideas equivocadas y actitudes incorrectas serán puestas de manifiesto quedando en evidencia nuestra insuficiencia y error. A eso la Palabra lo llama “santificación”, caso de que la acción del Espíritu Santo sea reconocida y aceptada; si no, quedará en nada. 

Por todo eso, se necesita algo más que una observación ligera del proceso de constatación y contraste -si es que hemos permitido que lo haya- Y para eso, la actitud requerida es de negación más que de “autoafirmación” (Ro. 12.1-2; 2); de humildad, más que de altivez (Ro.12.16) y de diligencia y prudencia más que ligereza y temeridad (Ef.5.15-17). Así tendremos cierta garantía de arribar a lo que es verdadero, bueno, justo, puro, honesto, amable, correcto, etc. (Filip. 4.8). 

Dicha labor de discernimiento acompañada de los ingredientes y principios señalados habrá de ser nuestra compañera a lo largo de nuestras vidas, en tanto que vivamos en este mundo. Y mucho más cuando “el mundo” –nunca mejor dicho- ejerce una influencia fuerte, persistente, amplia y profunda a través de unos medios que jamás han existido antes. Se hacen pues, necesarios, no uno sino muchos procesos a lo largo de nuestra experiencia hasta llegar a ser hábiles en el discernimiento. Ya lo dijo el autor bíblico: “Los que han alcanzado madurez… los que por el uso (eso lleva tiempo)tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal” (He.5.14). Pero eso sí, necesitamos tener en cuenta el “equipo” completo: la Palabra, el Espíritu Santo y –¡no lo olvidemos!- la ayuda de la comunidad cristiana-teológica, así como la mejor de las actitudes posibles, ya mencionadas. Y si Dios nos ha regalado la posibilidad (¡muy real!) de la relación personal con Él, ¿por qué conformarnos con menos? Ánimo, y siempre adelante en esto de ir adquiriendo un cada vez más y mejor discernimiento espiritual.




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Angel Bea, nació en Fuensanta de Martos (Jaén) en 1945, pero ha vivido siempre en Córdoba. Profesó fe a los 22 años y trabajó por más de 40 años en la joyería. Lleva ejerciendo de Pastor evangélico desde hace unos 4O años. Aunque es autodidacta, cursó estudios de Licenciatura en Biblia y Teología (2004-2009) en Global University -ICI, España- Está casado con Lola Jiménez Vargas y tienen tres hijas y dos hijos.


 



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