Cristianos «en construcción» - Por Ramón A. Pinto Díaz



Es común ver como parte de la estrategia comercial de grandes franquicias la instalación de letreros que dicen: «Ya llegamos, pronto abriremos», u otros que señalan «En construcción, pronto tu tienda favorita».

Todo este tipo de mensajes señalan la idea de una dualidad de estados que a veces puede ser difícil de explicar en abstracto, pero que estos ejemplos suelen ser muy útiles para transmitir el mensaje central que hay detrás. Estar ahí y a la vez no estar aún, que complejo y contradictorio parecer ser …pero en la actualidad solemos verlo diariamente a nuestro alrededor. La tienda señala haber llegado, pero aún no está lista, ¿indefinición? No… no lo es, es la explicación de un proceso intermedio entre estar listo y no estarlo….
Esta idea que incluso puede parecer elemental es de gran utilidad para ilustrar nuestro proceso personal en el camino del Evangelio. Puesto que a veces es difícil comprender la gradualidad que se inicia en el conocimiento de Cristo, y que solo culminará al estar junto a Dios. En palabras del apóstol Pablo, este proceso finaliza ahí, cuando lleguemos «a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo».

No obstante, aún no llegamos a esta gloriosa meta, y la esperanza del Evangelio es que esperemos hasta el «cara a cara» con Dios, donde recién seremos semejantes a Él. Mientras tanto, lidiar con el tenso camino de aceptar quienes somos realmente, y que la perfección es un camino diario tomados de Su Gracia.

No es fácil el camino de aceptarnos tal cual somos, pues conlleva reconocer que tenemos áreas aún caídas e imperfectas que permanece en nosotros. Y junto a ello afrontar la realidad de que vivimos rodeados de una serie de paradigmas que parasitan desde sus orígenes al cristianismo, que intentan llevarnos a vivir un evangelio de culpas y exigencias humanas, ignorando el camino de la Fe y la Gracia, pilares fundamentales del Evangelio.
Estas tradiciones completamente humanas nos presionan a vivir una fe enmascarada en una ficción de piedad y perfección, que oculta nuestro real estado interior, y muchas veces nos lleva al autodestructivo camino de creernos esta farsa que nos hemos inventado.

Pero somos cristianos en construcción, Dios está haciendo pequeños «cristos» de nosotros, precisamente tratando aquellas áreas que aún están en proceso, que tarde o temprano afloran, y nos pueden traicionar, si vivimos intentado ocultarlas o peor aún, negándolas.

Es una tensión muy grande aparentar una perfección que no tenemos, no solo va en contra de nuestra coherencia como cristianos, sino que derechamente podríamos decir que va contra la naturaleza regeneradora del Evangelio. Precisamente Pablo nos aporta su experiencia, y nos habla del aguijón en su vida, de un área aún pendiente que le hace patente su actual condición de imperfección, pero que en la esperanza del Evangelio le recuerda que está en proceso de construcción de esa anhelada perfección.
El consejo bíblico por tanto es un llamado insistente a aceptar quienes realmente somos, y no negar las áreas que aún están en construcción.

La tradición griega ya advertía en etapas muy antiguas sobre la necesidad del autoexamen personal. Y nos cuenta que en Delfos estaba escrito en el frontis del Templo de Apolos la oración «Conócete a ti mismo». Frase que sirvió de inspiración para muchas generaciones de filósofos y pensadores tanto griegos como romanos, para hacer del conocimiento interior una sana practica de reflexión y búsqueda de la perfección personal para llegar a la semejanza del Ser.

En la misma línea, el relato de los orígenes del Génesis también nos cuenta con franqueza la grave degradación que habita al ser humano, provocada por la desobediencia en el Edén. Gerhard Von Rad declarará con gran vehemencia la cobarde e infame actitud de Adán cuando Dios le encara su desobediencia, culpando descaradamente a Eva. No obstante, Eva no hace menos, y culpa deliberadamente a la serpiente. Hace tan poco ambos eran perfectos, virtuosos y llenos de plenitud, pero tras la «Caída» ha provocado que la degradación surja con rapidez y les domine totalmente, haciendo surgir de ellos lo peor de sí mismos.

También Víktor E. Frankl, en el sobrecogedor testimonio de su experiencia en diferentes campo de concentración del nazismo, nos contará que no solo tiene el vívido recuerdo de la perversidad de sus captores, quienes eran movidos por los más oscuros y crueles instintos que el ser humano alberga; sino también reconoce que todos los que sobrevivieron junto a él, por razones fortuitas o milagrosas, son también los que perdieron todos los escrúpulos en su lucha por la existencia; recurriendo a acciones honradas o deshonestas, incluido el robo, la traición o cualquier otro medio que les diera la posibilidad de salvar sus vidas. «Los mejores de entre nosotros no regresamos» concluirá su reflexión señalando como aquel salvajismo inhumano sacó lo peor de ellos.



En la misma línea, Freud nos plantea que el ser humano tiende a la represión (Verdrängung) de sus instintos, que provocará que estos se manifiesten en tres probables y diferentes formas:
a) Quedar reprimido y no dejar manifestaciones observables. 
b) Aparecer bajo la forma de un afecto enmascarado de una manera u otra. 
c) Ser transformado en angustia y ansiedad. 

En otras palabras, todo lo que el ser humano reprima y se niegue a reconocer de su ser interior, tenderá a manifestarse de manera enmascarada o bien brotará como angustia, y solo en algunos casos logrará el objetivo de mantenerse en secreto. A lo que podemos agregar que en todo momento será una bomba de tiempo con alta probabilidad de explotarnos en el rostro.

Y es lo que el famoso novelista Robert Louis Stevenson, logra con gran éxito ilustrar en su aclamada obra El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyd, ya que a través de esta logra transmitirnos la tensión dualista del ser humano entre su lado «virtuoso», pero inseguro a causa del temor de que aflore el lado siniestro. Se volverá una dinámica desgastante y tortuosa para el doctor Jekyll controlar y dominar al señor Hyde, lo que finalizará en la completa autodestrucción «de ambos».

Consciente del dolor autodestructivo que provoca la negación de las propias debilidades el rey David nos ha dejado un hermoso salmo, que da cuenta del reconocimiento de nuestra total exposición a Dios, a quien no podemos ocultar nada de nuestra vida exterior e interior. Y de un modo muy pragmático, David reconoce que no conviene jugar con nuestras debilidades, y que el mejor camino es pedir la ayuda divina para lidiar con ellas, David eleva una plegaria que se resume en: «Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón». La que podríamos considerar la oración más honesta y directa que nos conviene diariamente realizar, ya que reconoce nuestra total dependencia a Dios en todas las áreas de nuestra vida.

Esta realidad patente a cada una de nuestras vidas nos colocará en un gran encrucijada. Elegir entre un cristianismo honesto que acepta la Gracia para lidiar con la propia fragilidad humana. O bien, elegir una vida cristiana de apariencias, completamente ficticia, que derivará en un distorsionado evangelio culposo y resentido, ya que rechaza a un alto costo, lo que gratuitamente Dios le ofrece, esto es, una vida de libertad y plenitud bajo su amparo.

Bástate mi gracia (es la palabra de aliento de nuestro Señor), porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo.
Aceptar nuestras debilidades es también aceptar que solo el poder de Cristo puede actuar sobre nuestras vidas en construcción. Renunciar a ello es rechazar irracionalmente a lo que Él puede hacer en nosotros. Por tanto, el mayor acto de humildad será dejar que Cristo acabe a su debido tiempo la obra en nosotros.

Mientras hace la obra, nos refugiamos en «Nuevas son cada mañana (tus misericordias); grande es tu fidelidad».




Comentarios

  1. Muy bien traída la reflexión. El símil de la "construcción", acertado. "El que me comenzó a construir, me perfeccionará en el día de Jesucristo"

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