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Resurrección significa reconstrucción de los sueños rotos, de la utopía universal- Por Fernando Bermúdez

Hemos recorrido en Cuaresma el camino hacia la Pascua. Paso de la muerte a la vida. No hay resurrección si no hay muerte. La crucifixión y muerte de Jesús no solo fue un acontecimiento histórico del pasado sino también del presente, más aún, un acontecimiento cósmico.


Como creyente, confieso que la resurrección de Jesús abre la puerta a la esperanza. La muerte deja de ser el final de la existencia. A los crucificados de la historia, esclavos de todos los tiempos, pobres, oprimidos, marginados, inmigrantes y refugiados, ahogados en el Mediterráneo o en la travesía a Canarias, y a todos los que han muerto soñando y luchando por otro mundo más justo y humano, se les hace justicia. La resurrección nos revela que la última palabra sobre la historia no la tienen los poderes del mal ni el sistema que hoy domina el mundo sino el Dios de la Vida. 


Creer en la resurrección no es una evasión ni una alienación sino un compromiso liberador en el aquí y ahora, haciendo posible una nueva humanidad de justicia y equidad, en donde los hombres y mujeres de todos los pueblos de la tierra puedan sentarse a compartir la mesa de la fraternidad. La resurrección del ser humano en el futuro va acompañada en el presente de signos liberadores tanto en el orden personal como en el orden socio-económico y político. Dios al resucitar a Jesús nos está diciendo que a los que mueren víctimas de la injusticia y de la violencia del sistema opresor se les hace justicia. 




Resurrección significa reconstrucción de los sueños rotos, de la utopía universal. Que es posible otro mundo alternativo. Que se superen las relaciones de explotación, discriminación, marginación y abuso de poder. Que nadie en este mundo pase hambre. Que se descarte a los políticos corruptos y racistas que solo benefician a los poderosos de la nación. Que los pueblos se abran a la fraternidad universal. Que todos nos unamos para cuidar este hermoso planeta Tierra, su suelo, sus bosques, sus aguas, su aire y todos los seres vivos. A este sueño Jesús, el Resucitado, le llama Reino de Dios, porque Dios reina donde hay fe, esperanza y amor. Entre muerte y resurrección circula el amor, que es la única vida en plenitud. 


La resurrección es, asimismo, liberación de todo tipo de esclavitudes interiores, rencores, xenofobias, supremacismos, odios, ataduras al pasado, miedos, pensamientos tóxicos, preocupación por cosas que no tienen sentido, obsesión por acumular dinero, prestigio y placeres. Es recuperar el alma que el capitalismo neoliberal nos había robado. Es asumir un estilo de vida nuevo, ético, dialogante, crítico y respetuoso con todos, acogedor y servicial, compasivo y solidario con la gente que sufre, defensor de los derechos humanos, forjador de la paz que nace de la justicia y siempre agente de perdón y reconciliación. Resurrección es un nuevo nacimiento como hombres nuevos y mujeres nuevas al estilo de Jesús.




 

El amor es eterno y la eternidad empieza ya aquí, en la vida presente y desafía el tiempo y el espacio. Muere el cuerpo. Aquí queda inerte. Pero la esencia del espíritu, el amor, pervive más allá de la muerte, porque somos personas, espíritu encarnado y el espíritu es eterno. “La eternidad es un presente absoluto”, señala José I. González Faus. 


La idea de inmortalidad y el ansia de vivir eternamente, atraviesan la historia de la humanidad y la naturaleza. Una sed tan grande no puede quedar sin agua. Yo como creyente, intuyo y tengo la esperanza de que tanto creyentes como no creyentes, cristianos como no cristianos, todos estamos salvados por Cristo Jesús y todos tenemos el mismo destino de acuerdo a la ética con que hayamos vivido en la historia. 


El mismo Jesús en su evangelio nos dice que el criterio de salvación no es haber sido creyente o no creyente, o haber pertenecido a ésta o aquella religión, ni haber cumplido con una serie de prácticas rituales, sino el haber pasado por la vida compartiendo con el pobre y necesitado. Dijo: “Tomad posesión del Reino preparado para vosotros, porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, pasé como forastero, inmigrante, refugiado y me acogisteis, anduve sin ropa y me vestisteis, estuve enfermo y me visitasteis, en la cárcel y me fuisteis a ver”(Mt 25, 34-36). 




Por la fe confesamos que todos resucitaremos, entendiendo por resurrección no la reanimación de un cadáver, no la vuelta a la vida mortal anterior. Julio Lois señalaba que “la resurrección es la continuidad personal tras la muerte en el seno de la discontinuidad indudable que esa muerte implica”. No hay continuidad del cuerpo, porque el cuerpo desaparece, pero sí hay continuidad de la persona, de su vida y destino. 


Morir no es morir. Es caminar al encuentro de la Fuente para beber del agua de la Vida y del Amor. Morir es nacer a la plenitud de una vida nueva. Este es el grito que arranca de la experiencia de Dios en el silencio del alma. Y es, asimismo, la esencia de la esperanza pascual.

(Bermúdez, El Grito del Silencio, PPC, 2020,Madrid).


Fuente:  Religión Digital | Edición: Pensamiento Protestante 



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