Navidad, una historia inmortal - Por Alfonso Pérez Ranchal

  


Hace ahora un año, a los días del primer domingo de Adviento, en el grupo de WhatsApp de mi trabajo, algunas compañeras comenzaron a subir fotos con la primera de las velas encendida dentro de la corona. Me llamó la atención que celebraran este tiempo y me sorprendió que hubiera tantas creyentes. Al poco comenzaron a cruzarse algunas preguntas sobre el significado de aquellas velas y qué simbolizaba cada color. Una de ellas explicó que se encendía una vela cada domingo hasta que se llegaba al 24 o 25 de diciembre y entonces era cuando venía Santa Claus. Con esta respuesta todavía me sorprendí más. Pasé a decirles que quien realmente venía era Jesús y no Santa Claus, que la misma palabra Adviento procedía de otra latina que significa “venida” o “llegada”, y que obviamente, en el contexto evangélico, se refiere a la venida del Mesías prometido. Otra compañera me informó que no es este el sentido que mayoritariamente tiene en Alemania (ella ha estado allí por mucho tiempo), sino que es a Santa Claus al que se le da la bienvenida. 

Junto a la pérdida de todo sentido de la Navidad -algo que hace tan solo unas décadas nadie ignoraba- están los artículos de diversos estudiosos que se dedican a diseccionar los textos evangélicos que nos hablan del nacimiento de Jesús. Especializados en trocear relatos usando una serie de supuestos, lo que finalmente sucede es que el relato acaba desapareciendo entre los diversos criterios “científicos”. Lo único que dejan del árbol es un tocón que identifican como histórico y que viene a corroborar, según ellos, lo exitoso de su idea primera y de lo bien aplicados que están los llamados “criterios de autenticad”. Si en el primer caso no se identificaban los textos evangélicos con las fiestas de Adviento y de Navidad, en el segundo sencillamente ya no hay textos.

 


Pero para muchos de aquellos que todavía identifican Adviento y Navidad con Jesús, el recuerdo de su nacimiento es una iconografía bonita y poco más. Parece que el que viene, otra vez, es Santa Claus. Dicen celebrar el nacimiento del Salvador y para ello las comilonas se multiplican, se preparan toda una serie de regalos, se disfrutan de días de descanso… algo que este año por la pandemia se ha frenado. En definitiva, se trata del culto al consumismo y al egocentrismo. Con esto no estoy significando que el reunirse en familia y demostrar nuestro afecto los unos para con los otros sea algo condenable, todo lo contrario. El problema es que solo nos hemos quedado con una parte de la historia, la buena y reconfortante, la otra la hemos olvidado si es que alguna vez nos hemos percatado de ella. Pero esa otra historia es la realidad que viven muchas otras almas, que han vivido y que vivirán una  multitud de personas, por eso la Navidad es un relato inmortal.

 

Sin duda, la venida de Jesús al mundo es la más grande noticia que ha conocido nuestra especie. Es la fuente de esperanza y consuelo para el ser humano desorientado, desubicado, perdido en sí mismo. Pero su nacimiento estuvo rodeado de tragedia. Nació en una familia pobre que buscaba refugio y que sintió el rechazo, no había lugar para ellos. A María se le advirtió desde el primer momento que su hijo sería motivo de división y controversia, y que en el futuro sentiría, a causa de él, un sufrimiento semejante a como si una espada le atravesara su corazón. ¡Cómo tuvo que recordar estas palabras de Simeón cuando tiempo después estaba al pie de la cruz!


El problema es que solo nos hemos quedado con una parte de la historia, la buena y reconfortante, la otra la hemos olvidado si es que alguna vez nos hemos percatado de ella. Pero esa otra historia es la realidad que viven muchas otras almas, que han vivido y que vivirán una multitud de personas, por eso la Navidad es un relato inmortal.

 

A los pocos años de edad tuvieron que huir ante un monarca déspota y sádico como era Herodes, el cual al verse burlado realizó una matanza de niños en Belén, sí el mismo lugar en el que nosotros decimos colocar el portal en nuestros nacimientos hogareños. Serán extranjeros, en otra tierra, sin nada y nadie a quien acudir, salvo las fuerzas para aferrarse a su fe en Dios.

 


Jesús crecerá bajo las insinuaciones de ser un hijo ilegítimo y su juventud estará marcada por la incomprensión y el rechazo. A pesar de estar rodeado de discípulos dirá no tener un lugar donde recostar su cabeza. Sus días acabarán como consecuencia de una traición y dos juicios injustos lo llevarán a colgar de un madero. Allí gritará que se siente solo, dirá que no puede experimentar la cercanía de su Padre y, en un acto sobrecogedor de fe, declarará que le entrega su vida.

 

Hoy en día hay muchas personas que nacen y viven como Jesús. Niños que mueren de hambre porque nacen en familias en extrema pobreza. Otros son asesinados en guerras que libran "los reyes" de sus países, igual de déspotas y malvados que Herodes. Otras familias tienen que huir de su tierra porque no tienen nada que comer, porque temen por sus vidas y acaban muriendo ahogados en un intento desesperado por alcanzar una “tierra prometida”. Trata de mujeres, niños sin hogar, desesperanza y lloro llenan la tierra todos los días de Adviento y el 25 de diciembre, como cualquier otro día. Estas personas no tienen nada que celebrar en Navidad, no pueden reunirse en familia para comer, no tienen qué regalarse.

 

Jesús crecerá bajo las insinuaciones de ser un hijo ilegítimo y su juventud estará marcada por la incomprensión y el rechazo. A pesar de estar rodeado de discípulos dirá no tener un lugar donde recostar su cabeza. Sus días acabarán como consecuencia de una traición y dos juicios injustos lo llevarán a colgar de un madero. Allí gritará que se siente solo, dirá que no puede experimentar la cercanía de su Padre y, en un acto sobrecogedor de fe, declarará que le entrega su vida.

 

 En estos días deberíamos pensar en ellos. Pensar en cómo hacerles llegar nuestro cariño, nuestras oraciones y, por supuesto, nuestra ayuda material. Ellos también tienen derecho a alguna “buena noticia”. Tan solo así comenzaremos a extirpar el paganismo del interior de nuestro corazón.

 


Debemos rescatar el significado de estas fiestas ya que la mayoría parece que huye de todo aquello que pueda parecer desagradable para esconderlo tras una cortina de luces en las calles, de descanso y excesos. Se intenta hacer invisibles a tantos sufrientes para no tener que plantearse los grandes enigmas de esta existencia para, de alguna forma, sortear la realidad a la que todos estamos abocados. También debemos reivindicar que los textos evangélicos tienen un mensaje poderoso y que se desvanece ante tantos criterios “científicos”. Los redactores finales sabían muy bien lo que hacían, qué querían transmitir, y si ello no se conserva, los de siempre vuelven a ser silenciados, se quedan sin voz.

 

Trata de mujeres, niños sin hogar, desesperanza y lloro llenan la tierra todos los días de Adviento y el 25 de diciembre, como cualquier otro día. Estas personas no tienen nada que celebrar en Navidad, no pueden reunirse en familia para comer, no tienen qué regalarse.

 

 Dicho todo lo cual, el mensaje de un niño que nació en Belén y que acabó muriendo crucificado no es el final de la historia. La conclusión de la misma es que el domingo en la mañana cuando algunas mujeres -pensando en ungir el cuerpo de Jesús- fueron a visitar el sepulcro se percataron con tremendo asombro que allí no estaba el cuerpo, la tumba estaba vacía… La esperanza para todo ser humano, para toda persona y muy especialmente para todo sufriente, se puede mantener, es posible. Ahora sí: ¡Feliz Navidad para todos!



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Alfonso Pérez Ranchal es Diplomado en Teología Pastoral por el CEIBI (Centro de Investigaciones Bíblicas), Licenciado en Teología y Biblia por la Global University y profesor del CEIBI. Vive en Cádiz.





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