El principio antrópico y el lugar del hombre en el universo. ¿Providencia, azar o multiuniverso? (1.ª parte) - Por Alfonso Ropero

 

“Somos productos del ciego azar y de la necesidad física impersonal. Para explicar nuestra existencia son suficientes las leyes de la física y la química, junto con los mecanismos de la selección natural. No hay evidencias de que le importemos al universo, ni de que una deidad inteligente planeara que estuviéramos aquí. Las probabilidades en contra de nuestra existencia son enormes; así que no es sorprendente que nos sintamos un poco fuera de lugar aquí”.

John F. Haught[1]

  

Introducción

A mediados de la década del 50 del siglo pasado algunos cosmólogos comenzaron a utilizar una expresión sorprendente, el principio antrópico, que define una hipótesis o comprobación científica, por otra parte, de sentido común, casi perogrullesca. Viene a decir que el universo posee las características que de hecho conocemos, porque, en caso contrario, no podríamos existir y no las conoceríamos. El hombre no ocupa un lugar central en el universo, pero sí un lugar privilegiado. Las leyes científicas deben ser compatibles con nuestra existencia. Parece algo simple y consabido, pero no es eso lo que siempre ocurre, sino que extrapolando datos científicos se reduce la vida humana a un simple epifenómeno casual, cuando lo que sucede es todo lo contrario.

Hay dos versiones del principio antrópico, la débil y la fuerte. El principio antrópico débil, en palabras de Stephen W. Hawking, dice 

“que en un universo que es grande o infinito en el espacio y/o en el tiempo, las condiciones necesarias para el desarrollo de vida inteligente se darán solamente en ciertas regiones que están limitadas en el tiempo y en el espacio. Los seres inteligentes de estas regiones no deben, por lo tanto, sorprenderse si observan que su localización en el universo satisface las condiciones necesarias para su existencia”[2]

Dicho escuetamente: Estamos en el tiempo y lugar del universo en el que ha sido posible el desarrollo de observadores.

El principio antrópico fuerte, según Brandon Carter, dice que “el universo debe tener aquellas propiedades que permitan el desarrollo de la vida en él, en algún periodo de su historia”. El principio antrópico débil es más cauteloso y afirma que las precondiciones iniciales y cosmológicas se articularon de forma tal que la vida y la inteligencia podrían surgir, por el contrario, el fuerte dice que las condiciones iniciales y las constantes cosmológicas se organizaron de tal forma que, en un momento dado de la evolución, la vida y la inteligencia deberían surgir, necesariamente.

El principio antrópico, principalmente en su versión fuerte, ha sido sometido a vehementes debates, en especial por parte de la filosofía materialista y atea, cuyo culmen, rayando la burla, desemboca en la crítica de Jesús Monsterín. Se acusa al principio antrópico de dar el salto prohibido de la física a la metafísica, de introducir argumentos teleológicos desacreditados y de dar pábulo al denostado diseño inteligente.  Como era de esperar, los pensadores creyentes recibieron alborozados las reflexiones nacidas en torno al principio antrópico, tanto en su versión débil como fuerte, pues vendría a confirmar la antropología teológica que otorga al ser humano un papel privilegiado en el universo[3]. El Planeta tierra es un paraíso para la vida, como si se hubiera preparado para la aparición de la vida inteligente del homo sapiens.

La historia de este debate es de lo más interesante para una reflexión seria, honesta, abierta, de hasta dónde podemos llegar, científica, filosófica y teológicamente en nuestra compresión del ser humano y del sentido de su vida, si la tiene.

 

El hombre destronado

Resumiendo una larga disputa de siglos sobre el hombre y su lugar en el universo, se ha dicho que Copérnico expulsó al hombre del centro del cosmos y Darwin lo derribó del trono de la biosfera: el hombre no es el rey de la creación, sino una especie animal más, producto fortuito de una evolución ciega[4]. Naturalmente, Nicolás Copérnico (1473-1543) no formuló tales hipótesis. Su teoría Heliocéntrica, que desplazada a la Tierra de su puesto de honor como centro del universo, suponía relegar en importancia al hombre, aunque no fue él, ni Galileo, sino Giordano Bruno (1548-1600) quien, unas décadas después, propuso un modelo de Universo infinitamente más grande que el supuesto por Copérnico, y afirmó sin tapujos que ni la Tierra, ni tampoco el hombre, ocupan ningún puesto privilegiado en él. La Iglesia se había acostumbrado a la teoría Geocéntrica, que afirma que la Tierra está en el centro del Universo y los planetas, incluido el Sol, giran alrededor de ella. Lo decía ni más ni menos que Aristóteles, considerado el filósofo más grande de la Antigüedad, el filósofo por antonomasia para Tomás de Aquino. Claudio Ptolomeo (c. 100 d.C.-c. 170 d.C.), formuló la más acabada y compleja teoría del geocentrismo, y esta es la que dominó toda la Edad Media, pues parecía ajustarse mejor a la interpretación literal de la Biblia y al concepto del hombre como centro de la creación divina.



A partir de Copérnico, Galileo, Newton, el desarrollo de las ideas científicas ha contribuido a rebajar el antropocentrismo cósmico, haciendo ver que la especie humana no ocupa un lugar central en el Cosmos, ni siquiera en su propia casa, la Tierra. Para Paul Henri Thiry, barón de Holbach (1723-1789), materialista radical, anticlerical y ateo, el hombre es sólo un ser natural y, por tanto, físico, sometido a las mismas leyes materiales que el resto del universo. “El hombre, porción infinitamente pequeña del globo terráqueo, que no es más que un punto imperceptible en la inmensidad, que el universo está hecho para él y se imagina que debe ser confidente de la Naturaleza. Se jacta de ser eterno. ¡Se dice el Rey del universo! ¡Oh hombre! ¿No concebirás jamás que no eres más que un ser efímero?”[5] 

Pero será a Charles Darwin (1809-1882) a quien corresponde el honor de “desbancar a la especie humana de su pedestal de reina de la creación”[6]. Darwin mostrará a sus consternados paisanos que el hombre no es una creación especial de Dios, sino el resultado de un largo proceso evolutivo desde la ameba al simio, sin propósito ni finalidad[7]. No hay nada peculiar ni singular del ser humano que lo distinga del animal. Ha llegado a ser lo que es obligado por la leyes naturales que instintivamente le fuerzan a sobrevivir en una guerra incesante con los fenómenos del entorno, sin guía ni dirección, excepto el de las propias fuerzas naturales y biológicas en su impulso vital; “fragmentos de naturaleza arrastrados por sus leyes”[8].

La visión cristiana del mundo se vino abajo como un castillo de naipes. A principios del siglo XX todavía la cosmovisión cristiana podía mantener un poco de su antigua credibilidad. Solo había tenido lugar un cambio de centro gravitacional dentro de una galaxia familiar, con nuestro astro rey como centro del Universo. Por entonces, la mayoría de los astrónomos dudaban de que existiesen otras galaxias aparte de la nuestra. Pero a partir de 1920 hemos ido aprendiendo que nuestra galaxia es meramente una más entre los muchos miles de millones de galaxias del Universo observable. Las magnitudes son tan grandes, que la existencia humana aparece comparativamente como una pura nada, una ínfima mota de polvo en el espacio sideral. Nuestro lugar en el cosmos parece absolutamente irrelevante.

La otrora reina de las ciencias, la teología, no solo fue destronada, sino desacreditada por los positivistas como una quimera del estadio infantil de la humanidad. Lo mismo ocurrió con la idea de propósito o sentido de la vida o del mundo. La misma noción de diseño o teleología en la historia, la biología o la física, desapareció por completo de la ciencia moderna.

Si el hombre no representa ninguna singularidad en el mundo biológico y cósmico, entonces todo lo que ha venido creyendo y manteniendo respecto a Dios, el alma, la vida eterna, la moral, etc., no pasan de ser respuestas aleatorias, construcciones circunstanciales que su mente ha ido inventado para hacer frente a los desafíos que ha tenido que ir superando en sus diversos estadios evolutivos. Se puede conceder que la religión sirvió durante milenios como un recurso eficaz para soportar las durezas de la vida y superar los desafíos que la naturaleza planteaba a la criatura humana; pero nada que no pueda explicarse por causas inmanentes. Una criatura más entre otras muchas, lo que el hombre piensa, o haya podido pensar, carece de relevancia sustancial. El homo novus es un ser sin ilusiones[9].


Y de repente… el cosmos como hogar del hombre

Pero en ciencia no hay dogmas, aunque sí comportamientos dogmáticos, sino conocimientos permanentemente sujetos a revisión. Nuevos datos dan pie a nuevas hipótesis. Es lo que ocurrió que en 1973, cuando el físico teórico australiano Brandon Carter (1942-), en el transcurso de una conferencia pronunciada durante un simposio astronómico en el que se celebraba el 500 aniversario del nacimiento de Copérnico, dejó caer su impresión de que el hombre ocupa un lugar más importante en el universo de lo que se estaba diciendo. Con todas las precauciones propias de su condición como científico, afirmó: “Aunque nuestra situación [en el universo] no es necesariamente central, es necesariamente privilegiada en algún grado”[10].

¿Cómo llegó Carter a esta conclusión? Según algunos poco simpatizantes con este postulado, fue debido a la “especulación numerológica” a la que algunos científicos como Paul Dirac y Robert H. Dicke estaban dando pábulo. Concretamente en la Universidad de Cambridge (Inglaterra), de la que también Brandon Carter era profesor. Analizando los estudios de sus colegas sobre las combinaciones de condiciones iniciales que han dado lugar a un Universo tan isotrópico y tan plano como el que observamos, Carter propuso el “principio antrópico”. Antrópico porque pareciera que todo en el universo está hecho para permitir o hacer posible la evolución de vida humana inteligente. “El principio antrópico parte de la reflexión sobre lo delicadas que son las condiciones necesarias para que haya vida en el universo, y de la admiración ante el hecho de que la vida no habría podido aparecer si alguna de las constantes de la naturaleza tuviera un valor ligeramente distinto”[11].

Manuel Carreira, doctor en ciencias físicas, teología y filosofía, así como reputado astrofísico, que acoge el principio antrópico como una gran aportación científica a nuestra comprensión del mundo, señala que si la masa del universo en vez de ser 1056 gr. hubiese sido 1057 o 1055, pese a ser mínimas, las consecuencias habrían hecho imposible la vida humana. Y si la relación entre la carga positiva y negativa del protón y el electrón fuese distinta a la que es; es decir, si el protón no fuese 1 836 veces más pesado que el electrón, entonces no estaríamos aquí. Y si la interacción de las fuerzas electromagnéticas y las gravitatorias fuese distinta a la actual; es decir, si dejase de ser la electromagnética 10 veces mayor que la gravitatoria, entonces también dejaríamos de existir. Y si el Sol fuese un 10 por ciento mayor o menor de lo que es, no estaríamos aquí. Ni tampoco sería posible la vida humana si la Tierra estuviese un 10 por ciento más cerca o lejos del Sol o si la Luna no estuviese en torno a la Tierra a la distancia y con la masa con la que está[12].



Para la aparición de la vida en la Tierra, y concretamente de la vida humana, es necesario todo el universo, aunque esto escape de nuestra compresión, pero es un hecho comprobado que para que existan los seres humanos, 

“es preciso que sea suficientemente antiguo (y por tanto suficientemente grande) para que una generación de estrellas haya evolucionado y muerto, para producir elementos pesados, y que después haya bastante tiempo para que se forme una segunda generación de estrellas como nuestro sol con su sistema de planetas. Finalmente, tienen que existir las condiciones correctas en la Tierra para que la vida se desarrolle, sobreviva y florezca […] Pero eso no es todo. Nuestra comprensión actual, se ha requerido una sintonía increíblemente precisa en su estructura básica, y en las condiciones en el momento del Big Bang”[13].

Según explica el Dr. Francisco González de Posada, en el ámbito de la cosmología, y principalmente en Einstein y sus teorías de la relatividad, dominaba la idea de la no existencia de nada absoluto, nada privilegiado en el Cosmos, ni siquiera el ser humano, que no ocupa ningún lugar privilegiado en el Universo[14]. Se entiende, pues, que la formulación del principio antrópico, causara un revuelo tremendo y produjera mucha irritación entre los científicos más materialistas.

La inclinación natural del científico, dice John Polkinghorne, es creer que nuestro universo es sólo un ejemplo típico de cómo puede ser un cosmos. “El principio antrópico ha demostrado que esto no es así; que nuestro universo es especial, uno en un trillón, por así decirlo. El reconocer esto parecía una revolución anticopernicana. Desde luego, los seres humanos no viven en el centro del cosmos, pero la estructura física intrínseca de este mundo tiene que ser constreñida a límites muy estrechos para que la evolución de la vida basada en el carbono sea factible. Algunos también temían que se detectaba aquí una amenaza indeseada del teísmo. Si el universo está dotado de una potencialidad de ajuste fino, esto podría indicar que existe un Ajustador divino”[15].

Esta deducción del principio antrópico es lo que realmente molesta a los científicos acostumbrados a desenvolverse en un universo mecanicista, donde sus diversas partes se componen y recomponen por azar. Unos pocos años antes de que Carter formulase su principio antrópico, Jacques Monod (1910-1976) se hizo tremendamente famoso con su libro Le hasard et la nécessité, donde, anticipándose a las críticos del principio antrópico, afirmaba categóricamente que el universo no estaba preñado con la vida, ni la biosfera con el hombre, este no es una singularidad, sino una mera casualidad:

“[La aparición del hombre es] otro acontecimiento único que debería, por eso mismo, prevenirnos contra todo antropocentrismo. Si fue único, como quizá lo fue la aparición de la misma vida, sus posibilidades, antes de aparecer, eran casi nulas. El Universo no estaba preñado de la vida, ni la biosfera del hombre. Nuestro número salió en el juego de Montecarlo. ¿Qué hay de extraño en que, igual que quien acaba de ganar mil millones, sintamos la rareza de nuestra condición?”[16].

Unos años después, Steven Weinberg (1933-), ganador del premio Nobel de Física en 1979, entró en liza, disipando la ilusión de los que creen que tienen alguna relación especial con el Universo. En su conocida obra The First Three Minutes: A Modern View of the Origin of the Universe (1977); afirma rotundamente que la vida humana no es sino el resultado más o menos absurdo de una cadena de accidentes que se remonta a los tres primeros minutos del universo[17]

Stephen W. Hawking, de quien Carter fue colaborador y alumno, objeta que el principio antrópico fuerte va contra la corriente de toda la historia de la ciencia, lo cual nos parece una objeción poco seria. 

“Hemos evolucionado —argumenta— desde las cosmología geocéntricas de Ptolomeo y sus antecesores, a través de la cosmología heliocéntrica de Copérnico y Galileo, hasta la visión moderna, en la que la Tierra es un planeta de tamaño medio que gira alrededor de una estrella corriente en los suburbios exteriores de una galaxia espiral ordinaria, la cual es a su vez una entre el billón de galaxias del universo observable. A pesar de ello, el principio antrópico fuerte pretendería que toda esa vasta construcción existe simplemente para nosotros. Eso es muy difícil de creer”[18].

Indudablemente lo es, no se puede negar ese punto. Demasiado derroche de materia para llegar a nosotros. Pero el misterio sigue. El mismo Hawking es consciente que el estado inicial del universo tuvo que ser “elegido con extremo cuidado para conducir a una situación como la que vemos a nuestro alrededor […] Sería muy difícil de explicar por qué el universo debería haber comenzado justamente de esa manera, excepto si lo consideramos como el acto de un Dios que pretendiese crear seres como nosotros”[19]

Algo que Hawking no está dispuesto a aceptar. 

John A. Wheeler (1911-2008), un auténtico genio de la física teórica, pionero de la gravedad cuántica y la teoría de la fisión nuclear, quien dio el nombre de “agujero negro” a este fenómeno del universo, defendió la tesis de que en el Universo se produjeron toda una serie de circunstancias favorables a la acogida del hombre[20]. En el Prefacio de El principio cosmológico antrópico, escribe:

“No es únicamente que el hombre esté adaptado al universo. El universo está adaptado al hombre. ¿Imagina un universo en el cual una u otra de las constantes físicas fundamentales sin dimensiones se alterase en un pequeño porcentaje en uno u otro sentido? En tal universo el hombre nunca hubiera existido. Este es el punto central del principio antrópico. Según este principio, en el centro de toda la maquinaria y diseño del mundo subyace un factor dador-de-vida”[21].

Carter había escrito: “Tenemos que estar preparados para tener en cuenta el hecho de que nuestra localización en el Universo es necesariamente privilegiada en la medida en que debe ser compatible con nuestra existencia como observadores”. 

Wheeler le sigue en este punto y remarca: “No es únicamente que el hombre esté adaptado al universo. El universo está adaptado al hombre”. Y no solo él, sino Paul Davies, catedrático de física teórica, afirma en la misma línea: “No puedo creer que nuestra existencia en este universo es un mero episodio del destino, un accidente de la historia, algo incidental en el gran drama cósmico [...] A través de los seres conscientes, en el universo ha aparecido la auto-conciencia. Esto no puede ser un detalle trivial, un subproducto menor de fuerzas sin mente ni propósito. Realmente está previsto que estemos aquí”[22].

O más preciso todavía: “Las leyes que rigen a nuestro universo real, frente a un número infinito de universos posibles alternativos, parecen ajustadas con tan fina inventiva con objeto de que hayan podido emerger la vida y la conciencia; es casi como si el universo supiera que nosotros íbamos a venir”[23].

Para concluir esta sección: “El principio antrópico muestra que hay un vínculo entre la ciencia del cosmos y la ciencia del hombre, vínculo que tenderá a estrecharse con nueva aplicación del principio antrópico, es decir, con cada descubrimiento de una nueva condición de nuestra existencia”[24].

 Continuará.


Notas:

[1] John F. Haught, Ciencia y fe. Una nueva introducción. Sal Terrae, Cantabria 2019, p. 120.

[2] Stephen W. Hawking, Historia del tiempo. Planeta-Agostini, Barcelona 1988, p. 166.

[3] Para Juan Luis Ruíz de la Peña, el principio antrópico forma parte de la fe cristiana, teniendo en cuenta el destino cristológico de la creación, artículo de fe irrenunciable para el cristiano (Teología de la creación. Sal Terrae, Santander 1996, p. 246).

[4] Diego Poole Derqui y F.J. Contreras Peláez, Nueva izquierda y cristianismo. Encuentro, Madrid 2012, p. 230.

[5] Barón de Holbach, Sistema de la naturaleza. Edición de José Manuel Bermudo. Editorial Nacional, Madrid 1982,  p. 172.

[6] Telmo Pievani, Creación sin Dios. Akal, Madrid 2009, p. 7.

[7] Eudald Carbonell y Jordi Agustí, La evolución sin sentido. Planeta, Barcelona 2013.

[8] Martín López Corredoira, Fragmentos de naturaleza arrastrados por sus leyes. Vision Libros, Madrid 2005.

[9] Ulrich J. Frey, Charlotte Störmer y Kai P. Willführ, Homo Novus. A Human Without Illusions. Springer Science & Business Media, 2010.

[10] Brandon Carter, “Large Number Coincidences and the Anthropic Principle in Cosmology”, Confrontation of cosmological theories with observational data. International Astronomic Union, Proceedings of the Symposium, Krakow, Poland (1974), pp. 291-298.

[11] Carlos A. Marmelada, “John Barrow y el principio cosmológico antrópico”, https://www.unav.edu/web/ciencia-razon-y-fe/john-barrow-y-el-principio-cosmologico-antropico

[12] Manuel Carreira, “El principio antrópico”, https://www.youtube.com/watch?v=pQCuFVsiES8

[13] John Houghton, The Search for God: Can Science Help? Lion Books, Oxford 1995, pp. 33-34.

[14] F. González de Posada, “El principio de los primeros principios: el principio antrópico”, Anales de la Real Academia Nacional de Medicina, 121 (2004), p. 28.

[15] John Polkinghorne, El principio antrópico y el debate entre ciencia y religión. Documento Farady nº 4. https://www.fliedner.es/media/modules/editor/cienciayfe/docs/faraday/documento_faraday_4_de_polkinghorne.pdf

[16] Jacques Monod, El azar y la necesidad. Ensayo sobre la filosofía natural de la biología moderna. Barral Editores, Barcelona 1970 pp. 159-160.

[17] Steven Weinberg, Los tres primeros minutos del universo. Alianza, Madrid 1980, p. 132. 

[18] Stephen W. Hawking, Historia del tiempo. Planeta-Agostini, Barcelona 1992, p.168.

[19] Stephen W. Hawking, Historia del tiempo, pp. 169-170.

[20] John A. Wheeler, “The Universe as Home for Man: Puzzles attached to consciousness, the quantum principle, and how the universe came into being suggest that the greatest discoveries are yet to come”, American Scientist, 62/6 (1974), pp. 683-691.

[21] John D. Barrow y Frank J. Tipler, The anthropic cosmological principle. Oxford University Press, New York 1986. 

[22] Paul Davies. La mente de Dios: La base científica para un mundo racional. Madrid, McGraw-Hill, 1993, p. 232

[23] Paul Davies, Conferencia pronunciada en la Abadía de Westminster en 1995, traducción de Gabriel Letelier Guzmán, https://galetel.webcindario.com/id31.htm

[24] Juan Manuel Alonso, Introducción al principio antrópico. Ediciones Encuentro, Madrid 1989, p. 149.

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Alfonso Ropero, historiador y teólogo, es doctor en Filosofía (Sant Alcuin University College, Oxford Term, Inglaterra) y máster en Teología por el CEIBI. Es autor de, entre otros libros, Filosofía y cristianismoIntroducción a la filosofía; Historia general del cristianismo (con John Fletcher); Mártires y perseguidores La vida del cristiano centrada en Cristo.



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