Gracia y visión de futuro - Por Juan Larios

Hace ya varios años, el P. Antonio Salas, desgraciadamente ya fallecido, decía  en una de sus conferencias en las que yo era asistente, lo siguiente: 
“Si yo me pusiera a repartir a ustedes caramelos, y quisiera ser justo, debería dar a todos el mismo número de ellos. Algunos, seguramente dirían: no gracias, no quiero. Otros dirían: no gracias, no puedo, por el azúcar. Otros, tomarían los caramelos y se los guardarían en el bolsito, y, probablemente, ahí se quedarían por tiempo indefinido. Otros, en cambio, los tomarían, les quitarían el envoltorio, se los meterían en la boca para degustarlos, saborearlos y disfrutarlos”.
Pues bien, creo que esto mismo es lo que ocurre con eso que llamamos Gracia; demasiadas veces la hemos guardado en nuestros bolsillos y nos hemos olvidado de ella; y cuando hemos querido saborear el caramelo, el envoltorio estaba tan pegado a él que ya era imposible disfrutar de su sabor.

Los reformadores enfatizaron de manera extraordinaria la salvación por la Gracia, y ello ha continuado hasta hoy en las iglesias evangélicas y protestantes como uno de los pilares fundamentales de doctrina: sola Escritura, Sola Fe y sola Gracia.

Aun así, en la actualidad, creo que en no pocas ocasiones y entornos, hemos convertido la Gracia en un discurso casi puramente teológico y doctrinal que, en el peor de los casos, está dirigido a manipular las consciencias de quienes en verdad buscan salvación y liberación de sus angustias, miedos y ataduras. Por poner unos ejemplos: vivir la Gracia o vivir en la Gracia puede ser la preocupación por cumplir lo que supuestamente es y debe ser la voluntad de Dios, expuesta sobre todo en la predicación de pastores y “profetas” supuestamente inspirados por el Santo Espíritu y envuelta en una buena cobertura de textos bíblicos. 

“Vivir la Gracia o en la Gracia”, puede ser también la preocupación por cómo situarte en un mundo donde Satanás y sus huestes dominan todo el paisaje y la acción social; llegando, en muchos casos, por no decir en la mayoría, a la dolorosa e irracional  ruptura “Ser humano/Mundo”. En este caso, obviamente, los preocupados son sin lugar a dudas los “elegidos” de pleno derecho, todos los demás son “sujetos de salvación”; por tanto, la única vía salvífica para ellos está en las propuestas de vida de los elegidos, todo lo demás es producto del error y del pecado. Asimismo, aquello que está fuera de sus círculos de influencia es obra de Satanás. Por regla general estos creyentes viven en una constante “tensión esquizofrénica” entre lo que es y lo que les gustaría que fuese, dejando toda iniciativa, acción y decisión en sus vidas a Dios mismo. En este caso, Dios es autor tanto de lo bueno como de lo malo, interpretando así las desgracias, en el mejor de los casos, como pruebas que el Creador pone en el camino para educar al descarriado o descarriada; en el peor, como castigos para satisfacer su ira. Lo bueno que acontece es el resultado de la bendición que llega por la obediencia ciega. 

Por último, demasiadas veces vivir la Gracia o vivir en la Gracia es el resultado de la aceptación de un discurso engañoso que termina sumiendo a la persona que busca, en una dependencia de su propia angustia y necesidad. Esto, principalmente, tiene mucho que ver con aquellos y aquellas que aprovechan la ignorancia, las desgracias y necesidades ajenas para mantener en pie y hacer crecer un gran negocio que aporta grandes beneficios de todo tipo. Aunque también es verdad que en otros niveles, lo único que estas actitudes engañosas aportan es satisfacción personal.
En este caso, Dios es autor tanto de lo bueno como de lo malo, interpretando así las desgracias, en el mejor de los casos, como pruebas que el Creador pone en el camino para educar al descarriado o descarriada; en el peor, como castigos para satisfacer su ira. Lo bueno que acontece es el resultado de la bendición que llega por la obediencia ciega.
Sinceramente, y tal como están nuestra sociedad y el panorama religioso, creo que nos concierne a todos y a todas los creyentes, especialmente desde la pedagogía de las distintas iglesias, llevar a cabo una seria y profunda reflexión acerca de como deberíamos entender  y vivir esto que llamamos Gracia. Aunque tengo claro que en muchas de ellas esto es imposible; pues mantener a los fieles en la ignorancia y el inmobilismo, suma. Y no sin antes tener claro que nuestra realidad social está cambiando constantemente y de forma vertiginosa. No podemos seguir entendiendo estas cuestiones con los mismos criterios del pasado, y menos del pasado remoto. Tengamos en cuenta que las grandes religiones se concibieron en momentos totalmente diferentes al nuestro, en culturas que ya no existen como tales y los valores éticos, morales y religiosos, así como los principios, han cambiado radicalmente. Pero la realidad, desgraciadamente, es que parece ser que queremos seguir anclados en ese pasado y ofrecer resistencia a los nuevos procesos de transformación del Ser Humano y de la sociedad, lo que nos trae conflictos no poco importantes.


Decimos que la Gracia es favor inmerecido por parte de Dios para el hombre, o sencillamente una bendición divina. Esto lo podemos entender bien si echamos mano de la que solemos llamar, quizás de manera un tanto simplista, “parábola del hijo pródigo”. Pensamos que aquél muchacho se merecía, como mínimo, lo que pedía, ser tratado como un jornalero y no como hijo; algo que según aquellos modelos de familia y legales, no solo apoyaban, sino que obligaban a algo mucho peor; sin embargo su padre, sin hacer críticas ni echar mano de castigo alguno, y actuando como una madre, se enerva de alegría al ver que regresa a casa, y le devuelve su estatus en la familia. A este acto lo llamamos, como si no, Gracia. Así decimos nosotros que Dios nos trata de manera similar, cuando incluso después de haber pecado y haberle dado la espalda, no solo nos recibe con los brazos abiertos y con una desbordante alegría devolviéndonos, sin condiciones, el estado que habíamos perdido, sino que incluso, más allá de esto, nos devuelve la condición y estado de “hijos”. 

Está claro que no se trata de hacer méritos propios para ganarnos el favor de Dios, sino que es el propio Dios quien se nos ofrece de antemano, sin facturas que pagar ni condiciones.  Pero ojo, porque cuando esto ocurre somos realmente liberados; liberados, entre otras cosas, de la tiranía del legalismo, del autoritarismo, tanto personal como eclesiástico, y, como no, de la hipocresía personal; de manera que, por un lado, la Gracia nos sitúa nuevamente en la relación íntima con Dios, y por otro en la relación con nosotros mismos y con los otros, pues hemos sido nuevamente incluidos en la familia. Es decir, la Gracia nos introduce en un nuevo orden, el de la libertad, el servicio y amor reales. Por eso la vivencia de la fe cristiana tiene que ser una constante llamada a la liberación y a la libertad, al despojarse de cadenas que impiden nuestra propia realización como seres creados a imagen del Creador, sean cuales sean estas. Todo aquello que impide la construcción en plenitud de la persona, su libertad, y atenta contra su dignidad, no puede venir de parte de Dios, por muy sagrado que lo queramos presentar.
 sin embargo su padre, sin hacer críticas ni echar mano de castigo alguno, y actuando como una madre, se enerva de alegría al ver que regresa a casa, y le devuelve su estatus en la familia. A este acto lo llamamos, como si no, Gracia. 
La Gracia por tanto es un auténtico estado de novedad, que nos introduce en la auténtica identidad humana y, por tanto, en la libertad. Pero claro, esto no significa que ya podemos hacer lo que nos venga en ganas; no. Esto implica un indiscutible y serio“discernimiento” y “compromiso” con lo humano y con lo divino, que no implica, para nada, la sumisión al autoritarismo y a la humillación ante la Ley. Este compromiso no es otra cosa que eso que muchas veces hemos despojado brutalmente de significado y que llamamos conversión, y ella implica, entre otras cosas, pasar del egoísmo al servicio, de lo mío a lo nuestro. Por tanto, la Gracia necesita tanto acogida como respuesta; pero respuesta real, implicada en lo humano y en todo aquello que le incumbe. No vale solamente con oraciones verbales y ritos, por muy elaborados y solemnes que se hagan. Vivir la Gracia y vivir en la Gracia está mucho más allá que todo eso. Y, por supuesto, no quiero decir que la oración y el rito sean innecesarios. Creo que me se entiende.

Luego la Gracia está orientada fundamentalmente al servicio junto a la libertad. El problema es que en una sociedad donde la libertad se convierte en moneda de cambio, es difícil vivirla. El amor desinteresado suele ser malentendido y malinterpretado, y por tanto, vivir en ese estado de novedad en el que nos introduce la Gracia cuesta un alto precio, y muchas veces se convierte en un arduo trabajo que llega incluso a agotar; aunque no por ello deja de ser apasionante. Luego este estado de novedad necesita de una nueva mentalidad, de una nueva forma de entender y vivir la fe, de un nuevo espíritu; o si se quiere, de un auténtico "nuevo nacimiento". No podemos, o mejor dicho, no debemos seguir echando vinos nuevos, y mucho me temo que sin saborearlos, en odres viejos, porque al final corremos el riesgo de perder tanto lo uno como lo otro, y el resultado ya lo estamos viendo de alguna manera: vivimos en una continua sucesión de contradicciones, incoherencia, luchas y exclusiones que no tienen absolutamente nada que ver con la esencia del propio Evangelio. Y en muchas ocasiones, estamos haciendo a Dios un mentiroso e inhumano. La Gracia exige e implica nuevo vestido, nuevos recipientes.



Juan Larios es presbítero de la Iglesia Española Reformada Episcopal y rector de la parroquia La Esperanza en Alcorcón (Madrid).



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