Cuando Dios/Naturaleza habla por medio del coronavirus (2ª parte)- Por Alfonso Ropero

Descartando que la actual pandemia del Covid-19 sea un castigo divino por nuestras muchas maldades, no me parece del todo sabio ignorar la transcendencia de lo que estamos viviendo estos días y el mensaje que nos llega de más allá de nuestro campo de visión.

Tampoco podemos encausar a Dios por su silencio y su no intervención en nuestro socorro. No podemos hacerlo porque entonces perderíamos la perspectiva y no aprenderíamos nada. Dios, por decirlo en términos humanos, está tan afectado, o más, por esta pandemia que nosotros mismos, pues la sufre en la vida de aquellos que ama y en su mismo carácter de providente y sustentador de cuando existe. Más aún, el sufrimiento de Dios es anterior, viene de largo.

Lo que estamos pasando no es un castigo de Dios, pero tampoco accidente de la vida, algo que ha ocurrido como por azar. La actual pandemia obedece a causas naturales alteradas en las que la mano del hombre es el único responsable y convicto de juicio. No el virus en sí mismo, que no tiene culpa deliberada, sino los agentes humanos que han traficado con él y abierto las puertas de su exposición mortal al mundo entero.

Un toque del cielo

El planeta gemía con estertores de agonía y no le prestábamos atención. Sus profetas, los defensores de esta anima naturalis, eran tomados por excéntricos, jóvenes idealistas enemigos del sistema que sobredimensionaban el problema. Los gobiernos, los poderosos, los traficantes sin hacer caso, minimizando los efectos de la contaminación el cambio climático. Cada cual haciendo chistes fáciles y burlándose de lo que está pasando, hasta que ha sido demasiado tarde para negarlo. En este sentido, la pandemia del Covid-19 sí es un toque del cielo, una seria llamada de atención que no debemos desaprovechar.
El planeta gemía con estertores de agonía y no le prestábamos atención.
Los ecologistas venían denunciando desde hace años que las tropelías ecológicas que se están perpetrando a todos los niveles traerían consecuencias catastróficas. Como perfectos idiotas no nos preocupábamos de la matanza de animales, a veces solo por su piel, de la contaminación de los mares, de la deforestación de las selvas. Qué nos importaba a nosotros la suerte de algunos bichos y de unos cuántos árboles. De algún lugar había que conseguir la carne para nuestros platos, la piel para nuestros abrigos, la madera para nuestros muebles, y para nuestros ataúdes. Pero ahora nos ha tocado a nosotros, a nosotros hombres y mujeres de los países más avanzados tecnológicamente, que teníamos una medicina tan desarrollada que nos parecía que más pronto que tarde, gracias al conocimiento de genoma humana, nos volvería inmortales. De golpe hemos despertado del sueño y hemos entrado en la pesadilla de nuestro carácter pecador, es decir, mortal (Romanos 5:12), seres-para-la-muerte.

Enfermedades zoonóticas

La mayor parte de las epidemias que hemos sufrido en los últimos años han sido de naturaleza vírica, de carácter zoonótico, es decir, que proceden de los animales. Así el SIDA/VIH, que surgió de virus que vinieron de monos y chimpancés cuya carne fue vendida en África Central; la gripe A de 2009, el MERS de 2012 o el SARS de 2002, que se originó en un mercado al aire libre en Guangdong (China), probablemente proveniente de una civeta de las palmeras, un pequeño mamífero del sur asiático.

¿Cómo ha llegado a ocurrir esto? Hay varios factores, entre ellos la pérdida de bosques y biodiversidad. Los bosques, como bien se dice desde Greenpeace, “son el hogar de miles de especies animales diferentes, muchas de ellas portadoras de virus, bacterias y otros microorganismos a los que el ser humano no había estado expuesto. Con la tala y la deforestación, en particular en los bosques tropicales como el Amazonas y el Congo, se está permitiendo que los seres humanos entren en contacto con estas poblaciones de fauna silvestre. El resultado es un incremento de las llamadas enfermedades zoonóticas, procedentes de los animales”[1].

La cosa es más seria de lo que parece. Según los cálculos de Organización Mundial de la Salud (OMS), más del 70% de las nuevas enfermedades humanas surgidos en los últimos 40 años tienen su origen en animales. Dos tercios de todos los tipos de patógenos que infectan personas son zoonóticos, es decir, saltan de un animal a un ser humano. No hay duda que “la pérdida de naturaleza facilita la proliferación de los patógenos”[2].

¿Por qué, precisamente ahora, las enfermedades zoonóticas han llegado a ser una amenaza para la población humana? Simplemente, por el aumento de la población y las políticas neoliberales, que han llevado a la desaparición de ecosistemas a gran escala, a la eliminación de cientos de miles de especies, a la deforestación acelerada y el comercio globalizado de animales silvestres.

Según el último informe del Panel Intergubernamental sobre Diversidad Biológica de la ONU (IPBES), vivimos en medio una era de extinción masiva no vista desde hace 10 millones de años[3]. Se calcula que un 75% de la superficie terrestre se ha visto ya alterada por las actividades humanas. También el 66% de los océanos. Hasta un 85% de los humedales han desaparecido. El ritmo de deforestación planetaria, aunque se ha ralentizado algo, fue de 26 millones de hectáreas en 2018, según el informe de la Declaración de Nueva York (cuyo objetivo es limitar a 10 millones de hectáreas la pérdida de bosques en el mundo para 2020). Toda esa alteración ha derivado en la devastación de la biodiversidad en forma de evaporación de variedades de plantas y animales[4]. La eliminación de hábitats favorece la zoonosis, por eso las epidemias más graves de los últimos años han llegado por ese conducto.

El tráfico salvaje de animales

Segundo, el comercio internacional de animales salvajes también aumenta el riesgo de enfermedades zoonóticas. El tráfico ilegal de especies salvajes está identificado como una de las principales causas de pérdida de biodiversidad y vida salvaje[5]. Se comercia brutal y cruelmente con animales con diversos fines: consumo humano; utilización como amuletos o como medicina y potenciadores de la virilidad[6]. Un negocio que mueve al año entre 8.000 y 20.000 millones de dinero negro en todo el mundo.

Este tráfico ilegal, además de canallesco y criminal, pone en contacto animales y humanos con el riesgo de facilitar la proliferación de patógenos infecciosos. En los mercados de muchas partes del mundo “se mezclan animales vivos y muertos, lo que facilita la expansión de un virus entre ellos y hacia el ser humano”[7]. El virólogo Edward Holmes, confiesa que no le sorprende en absoluto que haya surgido este y otros tipos de coronavirus. “Sabemos que los animales salvajes tienen una gran variedad de virus y que algunos pueden propagarse en los humanos. Muchas personas hemos estado advirtiendo sobre esto durante años”. La solución es, afirma Holmes, que para ayudar a evitar la próxima pandemia es que los humanos deben reducir su exposición a la vida salvaje, por ejemplo, prohibiendo los mercados en los que se venden animales vivos y el tráfico de vida salvaje"[8].

No pensemos que el comercio de animales silvestres es exclusivo de países tercermundistas de Asia o África; por más que nos extrañe resulta que EEUU es el principal importador de vida animal salvaje del mundo. Solo con los mamíferos que importa (entre 2000 y 2004 fueron mil millones de ejemplares) corre el riesgo de trasladar decenas de patógenos zoonóticos.

La deforestación ha dejado sin su refugio a los animales y ahora son fácil presa de sus cazadores. A esto hay que sumar que los espacios dejados vacíos por la deforestación, son ocupados de forma masiva por grupos humanos. “Esto expone estos nuevos asentamientos a nuevos patógenos, porque parte de la fauna que había se va, pero el resto se adapta, se mantiene y entra en las construcciones humanas. No solo donde viven, sino también donde está el ganado y pueden infectarlo y a partir de ahí infectar a las personas”[9]. Hemos cruzado fronteras que no deberíamos haber cruzado. No hemos prestado suficiente atención al espíritu de la naturaleza, pecamos constantemente contra ella. No queremos oír, como dice el director del programa de Medio Ambiente de la ONU, Inger Andersen, que “la naturaleza nos está enviando un mensaje”[10].  
Hemos cruzado fronteras que no deberíamos haber cruzado. No hemos prestado suficiente atención al espíritu de la naturaleza, pecamos constantemente contra ella.

El mensaje naturalmente divino

La naturaleza nos está enviando un mensaje. ¡Qué razón tienen los científicos y expertos en epidemias! Y nosotros, como cristianos que creemos en Dios como fundamento  creador y sustentador de todo cuanto existe, no podemos sino asentir y entender que lo mismo que prestamos atención a la revelación especial/sobrenatural, registrada en la Escritura, debemos prestar atención a los que se nos enseña mediante la revelación general/natural, que, aunque carente de escritura, a su manera también habla. “Los cielos cuentan la gloria de Dios” (Sal 19:1), la “creación entera gime” (Ro 8:22), “la naturaleza enseña” (1 Cor 11:14). No podemos ser indiferentes a las señales que nos envía la naturaleza, como si no fueran un aviso del cielo. No podemos tomarnos a la ligera las señales de alarma del planeta, la contaminación generalizada del mismo; la explotación de su suelo y de sus aguas y de los seres que lo habitan con fines de lucro. Hemos transgredido leyes naturales, y eso es un grave pecado, pues en última instancia son faltas contra la ley divina, en cuanto la divinidad está presente en cada partícula creada como poder de ser y de conservación en sí misma. 

Del mismo modo que Dios puso al primer ser humano en el jardín del Edén para que lo cuidase, Dios tendrá por responsable a todo ser humano del modo de relacionarse con la creación, y no tendrá por inocente a quien atente contra ella. El pecado, la caída, ha trastocado y endurecido el resultado de nuestro trabajo, pero no nos exime de nuestra responsabilidad con la naturaleza y su ánima viviente. 

Cientos de leyes aparecen en el Antiguo Testamento tendentes al cuidado de la tierra y de los animales. Cualquier tipo de abuso es condenado. Tal es la preocupación de Dios por los animales que el Sabbat, día sagrado por excelencia, prescribe que en ese día no solo toda persona debe abstenerse de realizar ningún tipo de trabajo, sino que debe respetarse el reposo hasta de los mismos animales. Un día de cada siete sin yugos, ni arados, ni cargas, ni caminatas… ¿Podemos imaginarnos el bien que esto representaba para los animales de tiro y trabajo? Y no solamente en Sábado, sino que también en las múltiples fiestas nacionales debía decretarse reposo general: hombres, mujeres, siervos, extranjeros y animales. Dios nunca olvida a las almas irracionales, porque todas tienen su razón de ser y su manera de contribuir al bienestar de la creación. Por medio de las leyes protectoras de los animales, el legislador quería inculcar a su pueblo la lección de que “los animales son criaturas de Dios; no son propiedad ni recursos de los seres humanos, ni están para la utilidad o comodidad de éstos, más bien son seres preciosos a los ojos de Dios”[11]. Ciertamente el Dios de la Biblia no es indiferente al bienestar de su Creación.  
El pecado, la caída, ha trastocado y endurecido el resultado de nuestro trabajo, pero no nos exime de nuestra responsabilidad con la naturaleza y su ánima viviente.
El ser humano es omnívoro por naturaleza y por educación, se comería a su propia madre si le convencieran de ello. Para muchos parece que es una prueba de la superior libertad humana poder comer de todo lo que existe. El deseo de experimentar nuevos sabores parece no conocer límites. Cada día se ofertan nuevos platos compuestos por los ingredientes más inverosímiles. Pero los tiene, existen límites a lo que podemos llevarnos a la boca. Basta con volver de nuevo al Antiguo Testamento para observar las leyes que regulan la dieta alimenticia de Israel y la limitación de determinados animales que no debe comer. Dejando de lado la cuestión de por qué unos animales sí y otros no, una cuestión sobre la que los antropólogos han escrito abundantemente, una cosa es evidente: hay que poner límites al deseo. No todo lo es deleitoso a la vista o agradable al paladar se puede comer. Recordemos Génesis 3. Y lo mismo se aplica a todos los órdenes de la vida. Hemos creado generaciones de personas consentidas para las que todo está permitido si está a su alcance. No les hemos enseñado a contener sus deseos, a educarlos, a dominarlos. Y esto no por viejos atavismos trasnochados, o por el prurito legalista, pues el cristianismo es ante todo un camino de libertad, pero libertad con sentido, libertad responsable, libertad inteligente. “Todo me es lícito, pero no todo conviene” (1 Cor 10:23).
Las leyes de Dios son leyes al servicio de la vida, son como las señales de tráfico que se colocan a lo largo de la carretera para a avisar a los conductores de los distintos elementos del trazado que pueden ser peligrosos. La intención es evitar accidentes, mantener la seguridad y preservar la vida. Aquí la teología está llamada a ser testimonio de una vida sana acorde a lo revelado por Dios y a la vida abundante traída por Jesucristo (Jn 10:10).

PARA ACCEDER A LA PRIMERA PARTE DE ESTA SERIE:
https://www.pensamientoprotestante.com/2020/03/los-virus-del-eden-que-tiene-dios-que.html

PARA LA TERCERA PARTE: https://www.pensamientoprotestante.com/2020/04/covid-19-mutacion-del-futuro-y-llamada_26.html

Notas
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[1] https://madera-sostenible.com/opinion/menos-bosques-es-igual-a-mas-enfermedades/
[2] Nuestra destrucción de la naturaleza es responsable del Covid19 y otras enfermedades, https://www.greenteach.es/nuestra-destruccion-de-la-naturaleza-es-responsable-del-covid19/
[3] Raúl Rejón, Hasta un millón de especies están al borde de la extinción por la acción humana, https://www.eldiario.es/sociedad/aceleracion-extincion-especies-amenaza-acabar_0_896260558.html
[4] Raúl Rejón, La destrucción de la naturaleza que provoca la actividad humana multiplica nuevas enfermedades como la COVID-19, https://www.eldiario.es/sociedad/destruccion-naturaleza-provocada-enfermedades-COVID-19_0_1016299124.html
[5] https://www.eldiario.es/sociedad/trafico-ilegal-especies-defaunacion-arrasar_0_867214046.html
[6] N. Wolfe; P. Daszak; A. Kilpatrick; D. Burke, “Bushmeat Hunting, Deforestation, and Prediction of Zoonotic Disease”, Emerging Infectious Diseases Journal, 2005/11/30
[7] Adeline Marcos, El tráfico ilegal de animales salvajes, una bomba sanitaria que ha estallado con el coronavirus, https://www.eldiario.es/sociedad/animales-salvajes-sanitaria-estallado-coronavirus_0_1014198666.html
[8] Miguel Ángel Criado, El cerco sobre el pangolín como fuente del coronavirus se estrecha, https://elpais.com/ciencia/2020-03-26/el-cerco-sobre-el-pangolin-como-fuente-del-coronavirus-se-estrecha.html
[9] "Estamos alterando demasiado los sistemas naturales y entran en contacto con la especie humana virus que nunca lo habían estado", https://www.publico.es/sociedad/entrevista-jordi-serra-cobo-alterando-sistemas-naturales-entran-contacto-especie-humana-virus-habian.html
[10] Coronavirus: 'Nature is sending us a message’, says UN environment chief. https://www.theguardian.com/world/2020/mar/25/coronavirus-nature-is-sending-us-a-message-says-un-environment-chief
[11] Andrew Linzey, Los animales en la teología. Editorial Herder, Barcelona 1996. De los teólogos antiguos, John Wesley destaca por su interés en el bienestar animal, no como un elemento pasajero en su teología, sino como una preocupación que le acompañó toda la vida. Véase Teología de la cración wesleyana: Los animales y la salvación, https://iglesiametodista.org.ar/teologia-de-la-creacion-wesleyana-los-animales-y-la-salvacion/ “El justo cuida de la vida de su bestia; mas el corazón de los impíos es cruel” (Prov 12:10.)


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Alfonso Ropero es Doctor en Filosofía (Sant Alcuin University College, Oxford Term, Inglaterra) y Máster en Teología por el CEIBI. Es autor de, entre otros libros, Filosofía y cristianismo; Introducción a la filosofía; La renovación de la fe en la unidad de la Iglesia; Mártires y perseguidores y La vida del cristiano centrada en Cristo.



Comentarios

  1. Artículo muy interesante

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  2. ¿Sugiere el autor (sobre todo en la primera parte) que hay causas naturales funcionando en el mundo al margen de la soberanía de Dios, fuera de su control? ¿No ignora la abundante doctrina bíblica acerca de los juicios de Dios, que no se hallan sólo en el AT, sino en el NT?

    Jer 9:23-24 "Así dice YHVH:
    No se alabe el sabio en su sabiduría,
    Ni se alabe el valiente en su valentía,
    Ni se alabe el rico en sus riquezas.
    Sino alábese en esto
    el que se haya de alabar:
    En entenderme y conocerme,
    Que Yo soy YHVH,
    Que hago misericordia,
    JUICIO y justicia en la tierra,
    Porque estas cosas quiero, dice YHVH.

    Léase en su contexto, a ver cómo suena...

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  3. Maravilloso artículo. Muchas gracias.

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