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CIENCIA Y FE. «NO HAY LUGAR PARA DIOS» | Alfonso Ropero


Carmen Estrada, doctora y catedrática en Medicina por la Universidad Autónoma de Madrid, ha sido investigadora en Neurociencia en Los Ángeles, así como directora de proyectos de investigación en Neurociencia durante 25 años, especializada en el riego sanguíneo del cerebro y su capacidad para formar neuronas nuevas durante toda la vida, acaba de publicar un ensayo sobre la historia de la ciencia con el interesante título de La herencia de Eva. Del instinto de curiosidad a la ciencia moderna. ¿Qué tiene que ver Eva con la Ciencia? Todos los cristianos conocemos bien la historia, Eva es la compañera de Adán que fue inducida por la Serpiente a comer de la fruta del árbol de la Ciencia del Bien y del Mal, raíz de todas las desdichas humanas según el relato bíblico. 

La autora, Carmen Estrada opina que esta historia está mal contada. Para ella, Eva es un símbolo de curiosidad y humanismo. A partir de aquí, Carmen Estrada explora la historia de la ciencia y el papel tan importante que juega en nuestra cultura.

«Si lees el mito de Eva libremente —dice—, y yo he utilizado una traducción de la Biblia directa del hebreo que no está tan contaminada por la Iglesia, lo que dice es que, guiada por su instinto de curiosidad, que es el instinto que inicia la ciencia, Eva come la fruta del conocimiento y después lo transmite a otros para que lo continúen. La ciencia es una tarea colaborativa y colectiva. Entonces Eva representa a la ciencia, el instinto de curiosidad, la adquisición y la transmisión del conocimiento. La interpretación misógina que ha dominado hasta ahora mantiene que la fruta estaba prohibida, con lo que la curiosidad solo lleva a la transgresión. Y de ahí toda esa idea de la culpa de la tradición judeocristiana, que ha hecho muchísimo daño».

Crítica con el uso mercantilista que se ha hecho de la ciencia, la doctora Estrada defiende la función social de la ciencia frente a la situación incómoda a la que se ha visto abocada en la sociedad neoliberal y globalizada actual. «Solo a través del humanismo científico, o de una ciencia humanista, podremos recuperar el papel central y de vanguardia que ha desempeñado la ciencia a lo largo de nuestra historia»[1]. La ciencia, remacha, tiene que servir a la comunidad humana. Pero, ¿quién la representa? Los intereses económicos están al mando, caiga quien caiga, la desigualdad es cada vez mayor.


Carmen Estrada

Preguntada directamente por un periodista sobre si la Ciencia y Dios son incompatibles, Estrada responde:

«La ciencia y Dios no pueden coexistir. Hay científicos que dicen que son creyentes, pero o no son creyentes o no son científicos. Una verdad que no esté demostrada no es una verdad científica. Dios puede existir como hipótesis, pero no se ha hecho ni se podrá hacer nunca una demostración de su existencia»[2].

Dictamen rotundo y un poco simplista que revela y refuerza el viejo conflicto entre la fe y la ciencia, cuya sima parece abrirse cada vez más conforme pasa el tiempo. Desde el campo de la física y la astronomía, observadores como Michel Mayor, Premio Nobel de Física en 2019, sentencian: «No hay sitio para Dios en el Universo».


Michel Mayor

Michel Mayor es, junto a Didier Queloz, uno de los astrofísicos que en 1995 detectó el primer exoplaneta, es decir, un planeta que orbita una estrella diferente al Sol y que, por lo tanto, no pertenece al sistema solar. Ha sido a partir del descubrimiento de los exoplanetas cuando se han detectado miles de sistemas planetarios distintos al nuestro. Y es que gracias al hallazgo de Mayor y Queloz, hoy en día se sabe que no solo existen en el universo planetas inconcebibles fuera de nuestro sistema solar, sino que son legión, pues desde entonces se han descubierto 4057 exoplanetas, algunos de ellos del tamaño de la Tierra y con capacidad de albergar vida. Actualmente, mediante la combinación de diversas técnicas, ya es posible estudiar la masa, el tamaño, la composición química y la atmósfera de estos planetas.

Es paradójico que en un Universo cada vez grande, que nos asombra y sobrecoge con su grandeza inconmensurable, no haya lugar para Dios. ¿Cómo se puede llegar a mantener esta opinión? Prestemos un poco de atención a su declaración, que literalmente dice:

«La visión religiosa dice que Dios decidió que solo hubiese vida aquí, en la Tierra, y la creó. Los hechos científicos dicen que la vida es un proceso natural. Yo creo que la única respuesta es investigar y encontrar la respuesta, pero para mí no hay sitio para Dios en el universo»[3].

Apreciamos aquí que Michel Mayor, como Carmen Estrada, están reaccionando a ideas impropias recibidas en su juventud, en una sociedad patriarcal acostumbrada a representarse a Dios como un anciano Soberano sentado en su trono sobre las nubes. «Canten a Dios, canten canciones de alabanza a su nombre. Alaben al que cabalga sobre las nubes; su nombre es YAH» (Sal 68:4). No hace todavía ni cinco siglos que el mundo occidental creía a pie juntillas que la tierra era el centro del Universo, creada directamente por Dios. Como un avance gigantesco, y problemático en su día, se abrió paso la verdad del sistema heliocéntrico, aunque hoy sabemos que tampoco el sol es el centro del universo, sino simplemente una estrella más en el extremo, no en el centro, de una galaxia más de miles de millones de galaxias con sus respectivos miles de millones de soles. Es decir, que no somos el centro de nada, en todo caso el centro del corazón de Dios. Todo esto nos obliga a repensar nuestra imagen de la Creación y de la enseñanza bíblica y teológica al respecto antes de condenar a esos científicos cada más alejados de la experiencia religiosa. 


La teología y las ciencias naturales

La teología está obligada imperiosamente a dedicar más tiempo al estudio de las ciencias naturales, no como una cuestión defensiva, sino como una mejor manera de honrar a Dios y su creación. En cuestión de muy pocos años nuestra imagen del mundo ha cambiado tanto que es lógico esperar la confusión y perplejidad de creyentes apegados a una lectura literal de la Biblia y a una enseñanza acientífica de la doctrina cristiana de la creación. Es obvio que esto exige realizar un gran esfuerzo por ambas partes, educados y educadores. En el mundo de antaño las cosas eran más sencillas y directas entre Dios y los hombres. El mundo de nuestra niñez y de nuestros padres era pequeño, tan modesto y abarcable que rápidamente y casi por todas partes se tocaba su término. El mundo ofrecía siempre, casi a da instante, sucesos en los que Dios parecía operar palpablemente como persona omnipresente y no sólo en cuanto causa trascendente. Pero hoy todo es de otra manera por fuerza de la transformación y del incontrovertible proceso en profundidad de la imagen del mundo por parte de la ciencia.

«Antes de la era de la ciencia era más sencillo para la gente creer en Dios que hoy en día. No es sorprendente que las personas sin conocimientos científicos todavía expliquen los hechos naturales atribuyéndolos a los caprichos de divinidades o de un Dios personal. Las cosas buenas que le ocurren a la gente parecen ser regalos de una deidad benefactora, mientras que las malas —tormentas, inundaciones, terremotos, tsunamis, sequías, plagas y hambrunas— cobran otro sentido si se las ve como castigos divinos por el pecado»[4].

En la mentalidad evangélica es fácil atribuir malicia o ignorancia a los científicos por su falta de fe. La teología evangélica es esencialmente una teología de la Palabra, una teología que saca de la cantera de la Biblia sus creencias, probadas y aprobadas desde la Reforma del siglo XVI. Son muy pocos los que prestan una atención rigurosa a los conocimientos científicos, bien por falta de preparación o por principios teológicos. La Biblia y solo la Biblia es nuestra norma de fe, la autoridad última en doctrina y práctica. Pero es evidente que a estas alturas ya no se puede seguir ignorando inocentemente los descubrimientos científicos sobre la vida y el universo. Como mucho algunos han prestado atención a la filosofía, y esto tiene una explicación histórica, el gran prestigio de la filosofía desde su origen: Sócrates, Platón, Aristóteles, Kant, Hegel, Heidegger… La ciencia es un saber relativamente reciente, pero que cada vez cubre más campos con su prestigiosa metodología de análisis, experimentación y comprobación. Afortunadamente nunca han faltado teólogos atentos a la voz de la ciencia, sin olvidar la palabra de Dios y el legado teológico tradicional. 


Karl Rahner

Uno de ellos fue Karl Rahner (1904-1984), que desde el principio supo apreciar la importancia del conocimiento científico para la teología, si no se quería dejar abandonado ese campo a los ateos. Para él, como para tantos otros estudiosos, la ciencia moderna nació en suelo cristiano por varios motivos fundamentales, entre ellos la desacralización del mundo efectuada por los autores bíblicos.

«La fe cristiana reconoce al mundo como creación divina, que de suyo sin prejuicio de su procedencia ha de ser distinguido de Dios. Mundo, por tanto, entregado por Dios al hombre y su intervención inmediata, teorética y práctica, y que tiene una estructura auténtica, estable, cognoscible y diversa de Dios, que permite su sometimiento y que, al menos de fondo, se calculen sus fases hacia delante y hacia atrás»[5]. 

Para él, la teología exige desde su propia naturaleza que haya ciencias naturales con ámbito de objeto propio y propio método de conocimiento, aunque este esté orientado ateístamente, en base a sus presupuestos naturales. 

«Incluso cuando la ciencia, así como el hombre en tanto científico de la naturaleza, puede y debe hacer honor a un ateísmo metodológico, ya que por principio retrotraerá cada fenómeno particular, con el cual se encuentre en el ámbito de su objeto, a otro fenómeno dentro de ese mismo ámbito, cuya totalidad en sí y en el fundamento que le es trascendente no es objeto de las ciencias naturales»[6].

Dios, dice, no es un fragmento de nuestra imagen del mundo. Dios trasciende la creación material. No es posible encuadrar a Dios como un factor más en la serie de fenómenos.

«Dios no es una pieza del mundo de lo experimentable, y que ni siquiera es su bóveda suprema… La metafísica cristiana siempre ha sabido que Dios no pertenece a la imagen del mundo como su última hipótesis concluyente, sino que es presupuesto a priori del mundo mismo y su conocimiento»[7].

Esto no significa que Dios sea un extraño a aquello que ha creado, algo ajeno a su obra, solo significa que no es un objeto de la misma. «Dios no está presente a la experiencia humana como un objeto entre otros», dice Pannenberg[8]. La unidad de espíritu y materia debido a su origen puesto en existencia por la realidad infinita y absoluta que llamamos Dios, el cual nos es conocido por nuestra experiencia del espíritu y del mundo material. Dios es la realidad omniabarcante de la que hablaba Paul Tillich y que Rahner la llama «unidad envolvente».

«Dios es el fundamento y la unidad, envolvente y dada de antemano, de la experiencia de espíritu y mundo material en su unidad. No es que postulemos solamente a Dios como causa creadora de dos realidades por completo dispares, sino que le nombramos como causa y la misma de materia y espíritu, porque en nuestra experiencia hemos encontrado ya una habitud originaria de una magnitud a otra»[9]. 

«Por Dios entendemos el fundamento único y absoluto de todas las realidades. Con ello se fundamenta la pluralidad de todas las realidades experimentales individuales en una realidad absoluta que no es un momento más dentro de este mundo plural, sino el fundamento del mismo, un fundamento que, siendo últimamente inconmensurable con tal pluralidad, le da el ser y la conserva»[10].


Wolfhart Pannenberg

Más cerca de nosotros, tenemos a Wolfhart Pannenberg (1928-2014), quien desde el principio de su trabajo teológico fue consciente de elaborar una teología como ciencia de Dios, que de ninguna manera puede ignorar los descubrimientos de la ciencia natural. Pannenberg llama al diálogo entre teólogos y científicos, que propiamente debe tener lugar en el espacio de la reflexión filosófica sobre los términos científicos y sobre las doctrinas religiosas. Para él, el espacio infinito e indiviso es idéntico a la inmensidad de Dios, es el campo de la omnipresencia de Dios. 

«La inmensidad y la eternidad de Dios preceden a la realidad finita del mundo de la creación, que es objeto de construcción geométrica y de medición física. […]. La eternidad de Dios es diferente del tiempo de sus creaturas, pero constitutiva del mismo, así como su inmensidad es constitutiva del espacio de sus creaturas»[11].

El argumento esencial de Pannenberg se basa en la comprensión de Dios como Espíritu, el cual no es entendido como nous —mente—, sino como aliento de vida, que él equipara al concepto de campo en ciencia. Así puede afirmar que el Espiritu divino obra en la creación a través de las realidades creadas de los campos y de las fuerzas de la naturaleza.

«La interpretación del concepto de Dios como Espíritu en los términos del concepto de campo funciona como clave para alcanzar una comprensión de la relación fundamental de Dios con el mundo de la naturaleza»[12]. 

La propuesta de Pannenberg creó ciertas inquietudes y dificultades entre científicos y teólogos como era de esperar. Esto significa que es preciso seguir profundizando en esa dirección. Lo importante es tomar nota de la rica aportación del teólogo alemán para afrontar un diálogo fructífero entre científicos y creyentes. Luego de reflexión una filosófica compleja, que echa mano de la mecánica cuántica, Pannenberg describe el campo como el lugar de lo posible, o «campo de los acontecimientos futuros»[13]. Este campo de fuerza del futuro posible está en el origen de todos los eventos naturales en los que el futuro ostenta el primado del presente. A partir de aquí es posible relacionar teológica y científicamente el concepto de Dios como el dinamismo del proceso evolutivo del universo. 

Volviendo a las opiniones de Carmen Estrada y de Michel Mayor, para quienes Dios no puede coexistir con la ciencia ni tiene sitio en el universo están expresando una opinión personal, sin una mayor repercusión filosófica o científica. Ciertamente para su trabajo de investigación sobre formación cerebral de neuronas la doctora Estrada no necesita precisamente postular la presencia de Dios, sino prestar atención a la compleja química del cerebro, en la que sin duda también interviene el espíritu. Aquí, como en tantos otros casos, conviene tener presente la siguiente advertencia del profesor John Haught:

«Cuando los científicos expresan sus opiniones, como hacen con frecuencia, sobre si el universo tiene sentido o no, ya no están hablando como científicos en sentido estricto, sino como personas que se han convertido momentáneamente en algo distinto»[14]. 


Notas

 [1] Carmen Estrada, La herencia de Eva. Del instinto de curiosidad a la ciencia moderna. Taurus, Madrid 2024.

[2] Nuño Domínguez, Carmen Estrada, neurocientífica: Ciencia y Dios no pueden coexistir,

https://elpais.com/ciencia/2024-05-02/carmen-estrada-neurocientifica-ciencia-y-dios-no-pueden-coexistir.html?sma=elboletindemateria_2024.05.03_6&utm_medium=email&utm_source=newsletter&utm_campaign=elboletindemateria_2024.05.03_6

[3] Nuño Domínguez, No hay sitio para Dios en el Universo, https://elpais.com/elpais/2019/10/08/ciencia/1570566287_988305.html

[4] John F. Haught, Ciencia y fe. Una nueva introducción, p. 22. Sal Terrae, Santander 2019.

[5] Karl Rahner, Teología y ciencias naturales, p. 30. Taurus, Madrid 1967.

[6] Rahner, Teología y ciencias naturales, p. 32.

[7] Rahner, Teología y ciencias naturales, p. 52.

[8] Wolfhart Pannenberg, Teoría de la ciencia y teología, p. 308. Cristiandad, Madrid 1981. «El hombre está referido siempre al misterio último de su vida, que trasciende todo lo que está a su alcance» (p. 309).

[9] Rahner, Teología y ciencias naturales, p. 95.

[10] Rahner, Teología y ciencias naturales, p. 54.

[11] Wolfhart Pannenberg, Dios como Espíritu y las ciencias de la naturaleza, p. 83. Ciudad Nueva, Madrid 2016.

[12] Pannenberg, Dios como Espíritu, p. 84. Véase Denis Edwards, Aliento de vida. Una teología del Espíritu creador. Ed. Verbo Divino, Estella 2004.

[13] Pannenberg, Teología sistemática, vol. 2, p. 108. UPCO, Madrid 1996,

[14] John F. Haught, “Ciencia, Dios y finalidad cósmica”, en Peter Harrison, ed., Cuestiones de ciencia y religión. Pasado y presente, p. 343. Sal Terrae, Santander 2017.




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Alfonso Ropero, historiador y teólogo, es doctor en Filosofía (Sant Alcuin University College, Oxford Term, Inglaterra) y máster en Teología por el CEIBI. Es autor de, entre otros libros, Filosofía y cristianismoIntroducción a la filosofía, Historia general del cristianismo (con John Fletcher), Mártires y perseguidores y La vida del cristiano centrada en Cristo.





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