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El arte de decir adiós (en memoria de Miguel Casa) | Adrián Aranda



“Poder decir adiós, es crecer…”

Gustavo Cerati


 Constantemente estamos “diciendo adiós”. A personas, a objetos, a ideas, a lugares, a sueños. Madurar es atravesar procesos de desengaño, a través de los cuales nos vamos dando cuenta de la “desventaja de ser nosotros mismos”, en otras palabras, de nuestra finitud humana.
Tener la capacidad de ir dejando atrás versiones de nosotros mismos para adoptar nuevas posturas y formas de ser, es una actitud filosófica de vida, a la que por ejemplo, Husserl le llamó ser un “eterno principiante”. Esta es una de las tantas virtudes que pude ver encarnada en Miguel. Lo conocí a sus 67 años, un hombre con una cultura envidiable, una capacidad de reflexión que solo se desarrolla con el tiempo, y una compasión pocas veces vista. Y a pesar de esa grandeza de espíritu, se interesó por algunas ideas que le compartí, me trató de igual a igual, en otras palabras, me recibió. Era un hombre que en sí mismo era un hogar, un hospedaje, su sola presencia te hacía sentir en casa. 
En las largas conversaciones que teníamos, en las que nos abstraíamos semejante a la antigua forma de los diálogos platónicos, una vez me dijo, “quizá no sos tan fuerte como creés”. Fue un Acontecimiento de Vejación -en el sentido freudiano- que me llevó a despedirme de una versión de mí mismo que tenía hasta entonces. Y son esas experiencias, es decir, las vejaciones que el ser humano sufre, las que nos llevan irremediablemente a la madurez en todos sus sentidos. Gadamer expresa al respecto que es “experimentado, en el auténtico sentido de la palabra, aquel que es consciente de esta limitación, aquel que sabe que no es señor del tiempo ni del futuro...". 
Sin dudas Miguel era un hombre “experimentado” en este sentido. Al menos en el poco tiempo que pude conocerlo, siempre se mostró autocrítico, con un espíritu humilde dispuesto a ver las sombras de su propio yo y lidiar con ellas. Me inspiraba mucho en este sentido. ¿Cómo no estar uno dispuesto a la autocorrección siendo que un hombre que me dobla en edad y experiencia se muestra de esta manera? Se hacía patente en él un continuo diálogo consigo mismo en busca no de la perfección sino de la perfectibilidad. 
Cada vez que iba de visita a su casa, de una familia numerosa, yo estaba expectante a que se diera ese momento en que nos sentábamos a charlar. Su interés genuino en algunas ideas y escritos que le compartí, sus elogios, su cariñosa comprensión, no eran para mí un asunto de alimentar el ego. Miguel, con esos gestos me hacía sentir un poco menos solo en el mundo. Todo aquel que se dedica seriamente al pensamiento, y escribe por necesidad, sabe bien que encontrar un espíritu compatible en un Otro, es ganarle, al menos por un rato, a la soledad existencial.
Decirle “adiós” a Miguel, es decirle adiós hasta la próxima charla cara a cara. Pero en algún sentido, decirle adiós también es darle la bienvenida. Darle la bienvenida a la memoria viva en mi Yo, y a habitar en un lugar de mi vida interior que nadie más tiene ni tendrá. Es otorgarle un lugar en mi espacio interior, en el que pretendo -aunque ya no cara a cara- seguir dialogando con él.
El arte de decir adiós es el arte de manejar el duelo, de manejar el dolor, algo que aprendemos durante toda nuestra vida. La palabra "duelo" proviene del latín "duellum", que significa "combate" o "lucha". En la antigua Roma, el término se utilizaba para referirse a un combate entre dos personas para resolver disputas o diferencias. ¿No es acaso un combate y una lucha en nuestro interior manejar el dolor? Una parte nuestra quiere que el tiempo pase y el dolor cese, pero otra parte no puede dejar de sangrar. El arte de decir adiós es el arte de luchar una de las batallas más difíciles de la vida: la pérdida.
Sé que algún día el dolor cesará para la familia de Miguel, que el sol volverá a brillar y quedarán bellos recuerdos de un hombre, padre y esposo digno de imitar. Pero aún es muy pronto, queda mucho por luchar. Ernst Jünger dice en su célebre frase, “dime cómo te relacionas con el dolor y te diré quién eres”. Miguel supo lidiar con el dolor hasta su último suspiro. El último mensaje que tengo de él es preguntándome cómo me encontraba de mis dolores de columna, aun sabiendo que la enfermedad pronto se lo llevaría, no dejaba de preocuparse por quienes él quería. 
“Dios me ha rodeado de gente que me ha demostrado tanto amor, del que no me creo digno, y vos sos una de esas personas” me dijo luego de su primer internación. En medio del peligro crece también la Salvación como diría Hölderlin. 
Recuerdo un día en especial que quedamos tomando mate solos mientras el resto de su familia estaba en otra parte de la casa, él estaba en el sillón y yo en una silla cerca de la puerta para poder fumar y estar cerca de él. Nos pusimos a hablar de nuestro amor por el Señor, y de una idea que estaba surgiendo en él a partir de algunas charlas. Él me expresaba que la madurez en el cristiano consta en pasar por un proceso de individuación, que nos va volviendo cada vez más dependientes del Señor pero que tiene la paradoja de crear en nosotros una resistencia a lo colectivo, a la comunidad, con lo que evidentemente hay que luchar. Ideas que pretendo seguir profundizando, era un hombre muy sagaz en el pensamiento y no quedarán en el olvido todo lo que me compartió, que apenas estoy resumiendo aquí a modo de recordarlo de la única manera que me sale mas o menos bien: escribiendo…
 
“Aún me atrevo a tener esperanza” como decía Jeremías, de volvernos a encontrar, de volverte a abrazar, y en algún lugar del cielo, ponernos a matear… 







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Adrián Aranda es escritor y ensayista. Estudiante de grado de Filosofía en la Universidad de La República de Uruguay. Asesor de Ética para la ONG La Barca. Colaborador en la Cátedra de Historia y Filosofía de la Ciencia, de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.




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