Ir al contenido principal

La Modernidad y la finitud humana - Por Adrián Aranda

El diagnóstico de Nietzsche sobre la Modernidad dio en el blanco. Pudo ver lo que pocas mentes pudieron ver en el siglo XIX: La llegada del nihilismo. En otras palabras, la decadencia de Occidente, el debilitamiento de los grandes valores de la tradición judeocristiana. Este acontecimiento bajo el cual aún camina nuestra civilización tuvo dos grandes consecuencias: 1) nos llevó a comprender y asumir la finitud humana en todos sus sentidos y 2) nos quitó el sentido de trascendencia, de la conexión humana con un mundo supratemporal.
En cuanto a la comprensión de la finitud, el hombre logró asumir su temporalidad, sus límites tanto cognitivos como corpóreos. Ahora, esto por supuesto trajo como consecuencia la sensación de un inminente abismo en la existencia humana. Camus llegó a decir que el problema más importante de la filosofía era el suicidio, es decir, si vale la pena vivir o no. La asunción de la finitud humana trajo consigo una liberación de lo suprasensible como ideal regulativo y por lo tanto la imposibilidad de fundamentar una ética universal. Los dos mayores intentos del siglo XX, el de Habermas con su Teoría de la acción comunicativa y el de Rawls con su Teoría de la justicia, son intentos por fundamentar procedimientos e ideales regulativos - evitando lo suprasensible- desde y en el plano de lo sensible.

Albert Camus
El problema con lo suprasensible es que fue una herramienta para dominar y explotar al ser humano durante la gran parte de la Edad Media y la Modernidad temprana. Cuando Marx sentenció a la religión como el opio de los pueblos no estaba errado en su juicio. En nombre de lo Divino se cometieron atroces crímenes y se perpetraron poderes de dominación sobre los vulnerables por siglos. La Ilustración pretendió liberarse de esto, de esta dominación del hombre por el hombre. La defensa de Kant de la Ilustración va en este sentido, ¡atrévete a pensar!, exclama en su texto ¿Qué es la Ilustración? En el mismo también define a la Ilustración como salir de la minoría de edad, no dejar que otro piense y decida en mi lugar, se trata de dar por sí mismo los pasos en pos de la libertad. 

Caminar por sí mismo al comienzo cuesta, pero a medida que se avanza, los músculos de las piernas se van fortaleciendo y cobrando vigor e independencia. Siguiendo la definición kantiana de la Ilustración podríamos decir que desde entonces Occidente ha caminado por sí mismo y en este caminar ha intentado construir un sistema de valores inmanente.

¿Vale la pena la vida? ¿Cuáles son los criterios del bien y del mal? ¿Es posible mitigar el sufrimiento de la condición humana? Sobre preguntas de este tipo el pensamiento Occidental ha estado ocupado desde que aconteció lo que Nietzsche denominó “la muerte de Dios”.
Los “maestros” de lo suprasensible tenían las respuestas para esto cuando la Iglesia dominaba la cultura, y al perder esta última su autoridad social, hubo que buscar nuevas respuestas que provinieran del hombre mismo. La ciencia tomó este lugar y los científicos el papel de los sacerdotes. Aconteció un desplazamiento de legitimidad de la Iglesia a la Ciencia. Los discursos -en el sentido foucaultiano- ya no eran legítimos por provenir de La Palabra de Dios, sino por estar comprobados científicamente.
La ciencia tomó un papel protagónico en lo que Foucault llamó los “ámbitos de veridicción”, es decir, aquellos espacios donde el poder decide la verdad por medio de la normalización.

Michel Foucault
Ahora bien, el hombre desposeído del sentido de trascendencia y arrojado a la pura inmanencia se ve antes dos caminos: 1) asume su finitud y todo lo que esto conlleva o 2) se deja absorber por lo que Heidegger llamó la interpretación pública del Das Man o más precisamente Adorno denominó “la industria cultural”.

Desde los tiempos de las protocivilizaciones, el ser humano ha huido de su finitud una y otra vez, buscando aferrarse a lo que en cada época funciona como consuelo metafísico. Si logramos concebir la historia no como una concatenación de hechos sino como un eterno retorno de lo mismo, podemos ver que en cada ciclo, el ser humano repite esta historia: huir de su finitud mediante procesos de subjetivación que devienen en dominación.

Replantear la relación del ser humano con el tiempo es vital si queremos que la especie humana no recaiga una y otra vez en los mismos errores. Es necesario hacer una crítica del tiempo (en el sentido de Kant), más específicamente de la temporalidad del ser humano, de sus límites, y de lo que se desprende de ello.
Hacer una crítica de la temporalidad humana requiere, antes que nada, adoptar una postura ante la misma, una postura que la asuma como tal, esto es, asumir nuestra temporalidad como finita. Al hacer esto, necesariamente asumimos al ser humano en tanto temporalidad como un ser finito, es decir, como un ser con sus límites. Pero esta asunción tiene doble implicancia, el reconocer nuestra finitud como tal y el rehusar a refugiarnos en consuelos metafísicos que nos subjetivicen en sujetos dominadores.

Los consuelos metafísicos, que Nietzsche ve claramente su origen en el mundo suprasensible de Platón, nos subjetivizan como sujetos dominadores cuando huyendo de la finitud nos apropiamos de ellos -o ellos se apropian de nosotros.
Como bien observa Heidegger en su Carta sobre el humanismo, los “ismos” han operado en la Edad Moderna como espacios ontológicos desde los cuales el ser humano ha negado su finitud, afirmándose como sujeto dominador. La Edad Moderna se caracteriza por el desplazamiento de Dios como el ente Supremo por el Hombre como ente Supremo, y por lo tanto de constitución del mundo como imagen y objeto de la dominación humana. Pero si como le sugerí antes al lector nos mantenemos en la concepción de un tiempo cíclico, podríamos también encontrar el proceso antropocéntrico dominador de la Modernidad en el relato Adánico.

Martin Heidegger
La tentación que la serpiente le hace a Adán es “ser como Dios”. Y este cede ante dicha promesa. Seguidamente, en el capítulo 4 del libro de Génesis, la consecuencia inmediata es el hijo mayor (Caín) matando al menor (Abel). ¿No es esta acaso la historia de la humanidad? El mayor, el más poderoso, explotando, dominando, matando al menor, al más débil, al vulnerable.
Hoy casi por consenso los avances del historicismo bíblico nos han revelado que el libro de Génesis fue escrito entre el 950 y el 587 a. C. en textos independientes, y finalizado durante el Segundo cautiverio en Babilonia mediante transmisión oral, descartando así que fue Moisés quien lo escribió como se creía tradicionalmente.

El teólogo holandés Hans De Wit defiende la tesis de que fue escrito inspirado por un espíritu de protesta hebrea de los cautivos en Babilonia hacia el poder dominador y opresor de ese imperio, dado que este primer libro del canon bíblico presentaría un correlato del pensamiento babilónico basado en la opresión y dominación de los seres humanos. La cultura babilónica era una cultura que se basaba en el sometimiento de los seres humanos a los dioses, personificados en los reyes, llamados “hijos de los dioses”. “Los seres humanos han sido creados para llevar la carga de los dioses” dice un antiguo texto babilónico.
Si tomamos la tesis de Hans de Wit como certera, el Génesis introduce el concepto de un Dios que crea al hombre como un ser libre, en medio de una época en que el pueblo hebreo vivía opresión y esclavitud. Introduce la idea de libertad e igualdad humana en una cultura que se fundamentaba en la dominación y desigualdad. La dominación es prima hermana de la desigualdad puesto que para que haya dominación debe haber desigualdad, es decir, un superior y un inferior, un oprimido y un opresor, un esclavo y un amo.

Hans De Wit
En los primeros capítulos del libro de Génesis lo que prima es la condición del ser humano como un ser libre que tiene ante sí un inmenso horizonte de posibilidades inofensivas. La dignificación del hombre en cuanto este está hecho a imagen y semejanza de la divinidad y una libertad humana pura, incondicionada en tanto no hay fuerzas externas ni necesidades internas delimitando el poder de decisión del hombre.
Mucho se ha debatido sobre el llamado pecado original, sobre su significación, es decir, el porqué comer del fruto de la ciencia del bien y del mal es el acto que desencadena la desdicha humana siendo imputado como un acto imperdonable que condicionó la existencia de los seres humanos para siempre. Los seres humanos críticos, “atrevidos” en nuestras preguntas solemos decir: ¿Qué hay de malo en comer de un fruto? ¿Cómo nuestros mayores sufrimientos como la muerte y la enfermedad pueden estar relacionados al acto de comer de un fruto? ¡La desobediencia! gritan inmediatamente quienes no pueden tolerar en sus corazones la contradicción y en su afán de responder toda pregunta, de que todo cierre y tenga solución caen en la vaciedad y en las palabrerías que no hacen más que confundir aún más al oyente crítico, autónomo y deslindado de todo fanatismo.

Si la causa de nuestra más grande desidia fue la desobediencia en sí misma, no puedo dejar de pensar que Dios nos ha creado para torturarnos, pues bien se sabe que prohibir algo es crear codicia por ese algo. Si Dios prohíbe al hombre y a la mujer comer del fruto de la ciencia del bien y del mal, y por lo tanto le crea conciencia de la existencia de este árbol y de la posibilidad de la transgresión, no me queda más remedio que llegar a la conclusión de que Dios es peor que la serpiente. Por lo tanto si quiero “salvar a Dios” no puedo aceptar la teoría de la desobediencia, pues el Dios bíblico se muestra compasivo, misericordioso y preocupado por la vida de los seres humanos, y no se parece para nada a un pusilánime sicópata que tienta y castiga en nombre de la obediencia por obediencia.

La ciencia del bien y del mal es el conocimiento mundano de las posibilidades, es el renunciamiento a que todo camino posible sea inofensivo, es renunciar a la ignorancia, pero no en términos peyorativos sino en términos de ignorancia como inocencia, es decir no-ciencia, no conocimiento de las significaciones de las posibilidades. Este renunciamiento significa apropiarse del conocimiento, pero no como mera información, sino como conciencia de existir. Cuando el hombre come del fruto de la ciencia del bien y del mal toma conocimiento de su existencia terrenal y de su relación con las cosas. De todos los caminos posibles, el hombre opta por el “excepto uno”, es decir, por el camino imposible, y así invierte el paradigma de las posibilidades. Ahora todos los caminos posibles dejan de ser inofensivos y cobran carácter de posible bien y posible mal. Pues el hombre, al apropiarse del conocimiento existencial se desapropia de las casi infinitas posibilidades inofensivas.

En la versión Septuaginta el texto griego dice “ἡμέρᾳ φάγητε ἀπ’ αὐτοῦ θανάτῳἀποθανεῖσθε”, “el día que comiereis de él de muerte moriréis (morirás)”(1). ¿Morir de muerte? ¿De qué otra cosa se puede morir? Resulta irrisorio este texto si lo miramos anacrónicamente, pero la esencia del mismo muestra que Dios introduce el concepto de “muerte” (desconocido hasta entonces por Adán y Eva) y por ende de “mortalidad”. En el mismo verso un poco antes cuando Dios le está advirtiendo a Adán sobre el árbol de la ciencia del bien y del mal le dice “ἀπὸ δὲ τοῦ ξύλου τοῦ γινώσκειν”, “más del arbol para conocer”, esto es, el árbol de la ciencia del bien y del mal es un árbol para conocer, primeramente que morirás de muerte, es decir que eres mortal. Lo primero que adquiere Adán a través del acto de comer del fruto es su conciencia de ser mortal, finito.

Se ha enseñado por mucho tiempo y hasta en nuestros días que Adán antes de comer del fruto de la ciencia del bien y el mal era inmortal, y que luego de cometido el acto su naturaleza se hizo mortal, pero esta interpretación está bastante lejos de la hermenéutica de los textos más cercanos al hebreo original. Siguiendo con la versión Septuaginta, luego de que Adán y Eva comen del árbol, “καὶ εἶπεν ὁ θεός ἰδοὺ Αδαμ γέγονεν ὡς εἷς ἐξ ἡμῶν τοῦ γινώσκειν καλὸν καὶ πονηρόν καὶ νῦν μήποτε ἐκτείνῃ τὴν χεῖρακαὶ λάβῃ τοῦ ξύλου τῆς ζωῆς καὶ φάγῃ καὶ ζήσεται εἰς τὸν αἰῶνα”, “Y dijo Dios: «He aquí Adán hecho está cual uno de entre nosotros para conocer bello y malo.(h) Y ahora no sea que extienda su mano y coja del árbol de la vida, y viva por el siglo.(i)»
Dios deja bien en claro que tomará los recaudos para que el hombre no “coja del árbol de la vida, y viva por el siglo”, por lo que es de entenderse que el hombre era mortal antes y después del acto de comer del fruto, solamente que después de comer el hombre tomó conciencia de su mortalidad, es decir, de lo que significaba que moriría “de muerte”. Esta conciencia de mortalidad impulsa al ser humano a emprender un camino de dominación, conquista, una búsqueda incesante de poder, quizá pretendiendo alcanzar el árbol de la vida, o intentando olvidar que nunca lo alcanzará.

En cada ciclo de la historia humana, el ser humano cae en este grave error, huye de su finitud, llámesele a esto querer ser como Dios o giro antropocéntrico, y deviene sujeto dominador. El espacio ontológico desde el cual el sujeto humano ejerce su dominación, le tranquiliza en cuanto a su finitud y a la posibilidad de la muerte. El ser humano huye de aceptar que hay un fin.


 (1)  La versión utilizada en todo este capítulo es la Biblia Versión Septuaginta en español, de los traductores Natalio Fernández Marcos y María Victoria Spottorno Díaz.

----------------------------------

Adrián Aranda es escritor y ensayista. Estudiante de grado de Filosofía en la Universidad de La República de Uruguay. Asesor de Ética para la ONG La Barca. Colaborador en la Cátedra de Historia y Filosofía de la Ciencia, de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.



Comentarios

Entradas populares de este blog

Francis Collins y el Diseño Inteligente - Por Antonio Cruz

                Recientemente, mi buen amigo Alfonso Pérez Ranchal me envió uno de los últimos artículos del famoso genetista cristiano Francis Collins, aparecido en la revista católica ATRIO (24.06.2022), para que lo leyera y le diera mi opinión. El trabajo se titula: “No al Diseño Inteligente, según Francis Collins” [1] y plantea la conocida opinión evolucionista teísta de su autor, acerca de los principales argumentos del Diseño inteligente (DI).                Después de una breve introducción histórica, en el artículo se afirma que el movimiento del DI se fundamenta básicamente en tres propuestas:  

La resurrección: ¿mito o realidad? - Por José Luis Sicre

El martes pasado celebramos la fiesta de los difuntos. Miles de personas habrán visitado los cementerios, o los habrán recordado y asistido a la eucaristía. Pero las actitudes ante la muerte habrán sido muy distintas: desde una gran fe en la resurrección hasta la duda o incluso la negación. Las lecturas de este domingo nos ofrecen dos actitudes muy distintas ante la esperanza de otra vida: la de quienes creen firmemente en ella (los siete hermanos del libro de los Macabeos) y la de quienes bromean sobre la cuestión (los saduceos). Los israelitas y la fe en la resurrección             El evangelio de Marcos cuenta algo muy curioso: después de la Transfiguración, cuando Jesús baja del monte con Pedro, Santiago y Juan, les dice: «No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el hijo del hombre resucite de la muerte». Y añade el evangelista que los tres apóstoles discutieron sobre «qué querría decir aquello de resucitar de la muerte» (Mc 89,-10). Efectivamente, en contra de