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¿Nuevos dogmas o nuevas herejía? (I) - Por Juan María Tellería

 


Iniciamos con esta que el amable lector tiene ante sus ojos, una breve serie de reflexiones acerca de uno de los problemas más acuciantes que sacuden en la actualidad el mundo evangélico: la proliferación de posturas dogmáticas intransigentes acerca de asuntos que muchos disfrazan bajo el nombre de “sana doctrina”, pero que constituyen graves errores de consecuencias no siempre fáciles de calibrar. El repertorio, desgraciadamente, podría prolongarse casi “ad infinitum” si tenemos en cuenta la proliferación de “nuevas iglesias”, cada una con sus características propias y sus distintivos frente a todas las demás. Por ello, nos ajustaremos a unos cuantos puntos que, en líneas generales, el fundamentalismo “evangelical” enarbola como banderas y signos distintivos del cristianismo genuino y verdadero (?), y que son compartidos por un amplio número de congregaciones de nuestros días.

El primero de ellos es la inerrancia absoluta de la Biblia.

No es difícil definir esta creencia que muchos evangélicos hoy pretenden sea un dogma cristiano inamovible:

“Doctrina según la cual la Biblia, en tanto que Palabra inspirada de Dios, no puede contener error alguno en ninguno de sus libros, capítulos y versículos componentes”.

En primer lugar, tal formulación —u otras que pudieran expresar la misma idea— no se encuentra jamás en la historia del cristianismo, tal como la conocemos. Ni los Padres de la Iglesia, ni los Concilios Ecuménicos, ni los grandes teólogos y pensadores del Medioevo enseñaron algo semejante. Cosa que para algunos puede resultar sorprendente es que ni siguiera los Reformadores profesaron una opinión tal. El axioma SOLA SCRIPTURA formulado por Lutero y recogido por Calvino, Zwinglio, Cranmer y las figuras señeras de la Reforma en Europa, no conllevaba en su comprensión original ese matiz (1). Hay que llegar prácticamente a los siglos XIX y comienzos del XX, especialmente en los EE.UU, para encontrar declaraciones tajantes en este sentido, y surgidas en un ámbito sociocultural anglosajón, mayormente rural y abiertamente combativo contra las nuevas corrientes de pensamiento de la época y los avances científicos (2). Difícilmente se puede pretender, por lo tanto, dar carta de dogma o doctrina cristiana fundamental a un postulado del que no hay constancia alguna durante la historia de la Iglesia.

En segundo lugar, resulta desconcertante que una presunta doctrina “bíblica” de tal envergadura sea desconocida de los sagrados textos. No hay, en efecto, ni un solo pasaje, sea del Antiguo (3) o del Nuevo Testamento, en el que tan solo se sugiera idea semejante. Quienes aducen el conocido versículo de 2 Timoteo 3:16 (4) para dar fuerza de argumento bíblico a esta postura, tienen que retorcer mucho el texto, tanto en griego como en castellano, para hacerle decir que la Biblia es inerrante. Se trata de un claro caso de distorsión de unas palabras de la Escritura en aras de una toma previa de posición sobre un asunto. Lo mismo se puede afirmar acerca de otros versículos que también pudieran aducirse a favor de este postulado. Quienes escribieron o recopilaron las Sagradas Escrituras desconocían por completo el concepto de “inerrancia absoluta” atribuido a un objeto humano. Asimismo, la religión judía, pese a su justa veneración de los libros del Pentateuco (la sagrada Torah), jamás ha desarrollado un dogma o una doctrina que exija creer en la inerrancia de los textos sacros. Al igual que más tarde la Iglesia, el judaísmo ha considerado las Escrituras como un verdadero don de Dios a los hombres, pero con las limitaciones propias de todo lo que es humano.

En tercer lugar, quienes sostienen hoy contra viento y marea, contra el propio testimonio de las Escrituras y de la razón, la inerrancia absoluta de la Biblia, o han de aferrarse a nociones que carecen de todo fundamento, o resbalan peligrosamente hacia el terreno de la idolatría, cuando no de la blasfemia. En relación con lo primero, nos referimos al mito que se enseña en algunos seminarios acerca de unos presuntos “textos originales inerrantes”, que darían a entender la existencia en algún momento de la historia de una especie de Palabra de Dios hecha ¿papiro? ¿pergamino? La historia evidencia que nunca existió una “Biblia original inerrante”. Cuando el Nuevo Testamento se redactaba, hacía siglos que no existían originales del Antiguo. En relación con lo segundo, nos preguntamos cómo es posible que, de haber existido esa Palabra inerrante de Dios, se haya perdido. ¿Negligencia divina? ¿humana, quizás, sobreponiéndose a la voluntad divina? Lo cierto es que argumentar sobre fantasías solo evidencia postulados falsos desde la base.

La Santa Biblia, en realidad Sagrada Escritura y Palabra de Dios revelada a los hombres, como profesa la Iglesia universal, nunca fue inerrante en sentido absoluto. Primero, porque no es Dios hecho papiro, pergamino o papel. Segundo, porque la declaración “revelada a los hombres” conlleva en sí su propia autolimitación. Dios nunca dictó la Biblia desde su óptica divina. Solo la inspiró (¡algo que intuimos más que entendemos!), pero fueron seres humanos quienes la pusieron por escrito, conforme a las lenguas que hablaban, sus estilos literarios propios y sus cosmovisiones limitadas a sus épocas respectivas. La inerrancia de la Biblia es un hecho cuando nos muestra a Cristo como Salvador y centro focal de sus escritos (San Lucas 24:27,44, 45; San Juan 5:39). Pretender que lo sea en otras áreas del conocimiento humano es, sencillamente, exponerla al oprobio y al desprestigio.

En tanto que creyentes, estamos llamados a reconocer y venerar la Biblia como lo que realmente es, tratándola con el máximo respeto (5) y, por ende, leyéndola y estudiándola con el fin de aprender y proclamar su contenido fundamental: Cristo Jesús.

SOLI DEO GLORIA


Notas
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  1. La manera en que Lutero y la Reforma leyeron, estudiaron y expusieron la Biblia está en las antípodas del fundamentalismo actual y sus enseñanzas sobre la inerrancia absoluta de las Sagradas Escrituras.
  2. Sin olvidar la guerra declarada que los norteamericanos fundamentalistas habían declarado a los avances de la crítica bíblica europea, muy mal comprendida en aquellas latitudes transoceánicas.
  3. Libros deuterocanónicos incluidos.
  4. La traducción que ofrece RVR60, como han apuntado desde hace años muchos traductores y profesores de griego, no es correcta. Aun así, parece haberse convertido en “versión canónica” para muchos creyentes evangélicos.
  5. La falta de respeto por las Sagradas Escrituras, tan patente en el mundo “evangelical”, con su uso y abuso de sus capítulos y versículos para cualquier lugar, situación o fin, constituye un escándalo para los creyentes cristianos fieles a Dios.



Juan María Tellería es Licenciado en Filología Clásica y en Filología Española. Diplomado en Teología por el Seminario Bautista de Alcobendas (Madrid), Licenciado en Sagrada Teología y Magíster en Teología dogmática por el CEIBI. Profesor y Decano Académico del Centro de Investigaciones Bíblicas (CEIBI). Es presbítero ordenado y Delegado Diocesano para la Educación Teológica en la Iglesia Española Reformada Episcopal (IERE).




 

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