1 Corintios 13 – ¿Un texto de terror? - Por Francisco Javier Goitía Padilla

 

Introducción


Como ministro ordenado de la Iglesia Luterana y pastor de varias congregaciones en Puerto Rico y los Estados Unidos, predico cada domingo[1]. El texto de 1 Corintios 13 es uno muy querido que es parte del calendario litúrgico de la Iglesia. En las tradiciones que no utilizan el calendario litúrgico, 1 Corintios 13 también es un texto que se predica con frecuencia. Es un texto sugerido y utilizado en ocasiones especiales como bodas y celebraciones del amor y la amistad. El texto se reclama como paradigmático del amor cuando conversamos en las clases de matrimonio en nuestra labor de cuidado pastoral. Es, tal vez, el primer texto que viene a nuestras mentes cuando conversamos acerca del amor en las salas y comedores de nuestros hogares.  


Cuando reflexionamos acerca de las conversaciones que revolotean alrededor del texto y de las interpretaciones que tradicionalmente le damos en nuestras predicaciones podemos encontrar dos asuntos inquietantes: (1) la interpretación pasiva del texto y (2) la aplicación del texto en esta clave pasiva principalmente, sino exclusivamente, a la mujer. Este artículo nace de un sermón que prediqué en la Iglesia Evangélica Luterana Del Buen Pastor, en Santurce, Puerto Rico. Al terminar el servicio una hermana muy querida, al salir, me dijo: “Pastor, debí haber escuchado esa interpretación hace muchos años. Me hubiese evitado mucho sufrimiento”. Este artículo se planta más en el horizonte de la lectora que en una exégesis tradicional e intenta hacer comentarios más hermenéuticos y teológicos que exegéticos. Aclaro que no intento, de ninguna manera, hacer una lectura que no sea la de un varón comprometido con un Evangelio de justicia e igualdad y el de un pastor comprometido con el Evangelio.


 

Un texto peligroso


El texto de 1 Corintios 13 puede ser un texto sumamente peligroso. Puede ser peligroso de varias maneras: desde la perspectiva del pecado y desde la perspectiva de la gracia. Desde el lado del pecado este texto –por cierto muy hermoso– puede convertirse en lo que una autora ha llamado un texto de terror. Phillis Trible llama textos de terror aquellos que en las Escrituras describen, explícitamente, situaciones de violencia contra la mujer[2]. Son historias duras donde “debemos luchar con el silencio, la ausencia, y la oposición de Dios…sin finales felices”[3]. 1 Corintios 13 no está en su lista. Pero, aunque el texto en sí mismo no contiene explícitamente situaciones de violencia contra la mujer, sí es utilizado como excusa para validar y bendecir situaciones de violencia contra las mujeres. Su interpretación nos lleva, como dice Trible, “a tierras de terror de donde nadie regresa sin cicatrices”[4]. Este texto forma parte de los textos que se han utilizado, y se utilizan, para oprimir, marginar y abusar a la mujer.  


El texto arrastra una larga historia popular de prejuicio debido a que las acciones que se resaltan en el texto son atribuidas mayormente a las mujeres. La visión del amor que 1 Corintios 13 presenta se identifica con la manera en que ama la mujer, la esposa, la hija; no con la manera en que ama el varón. En las interpretaciones populares que escuchamos comúnmente el amor del varón no se identifica con este texto, y si se hace, es un amor blandito e inapropiado. Entonces el amor de la mujer es sufrido, benigno, no envidia, no es jactancioso, no se envanece. Mientras tanto, el varón solo provee económicamente, si trabaja. No ayuda en la casa y procrea sin asumir responsabilidad.  El macho bebe y sale con otras mujeres, es de la calle. Mientras que los celos de su apasionado amor le entierran un cuchillo en las entrañas a la mujer que dice amar y quien intenta librarse de su egoísmo. Mientras tanto, el amor de esa mujer, con las vísceras por fuera, todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. 


1 Corintios 13 no está en su lista. Pero, aunque el texto en sí mismo no contiene explícitamente situaciones de violencia contra la mujer, sí es utilizado como excusa para validar y bendecir situaciones de violencia contra las mujeres. Su interpretación nos lleva, como dice Trible, “a tierras de terror de donde nadie regresa sin cicatrices”. Este texto forma parte de los textos que se han utilizado, y se utilizan, para oprimir, marginar y abusar a la mujer.  


Diversas organizaciones han realizado estudios que demuestran que cientos de miles de mujeres hispanas son víctimas de control económico, de abuso físico y de manipulación emocional. En muchas ocasiones se ha utilizado este texto y otros similares –por ejemplo, Efesios 5:21ss– como justificación machista y patriarcal. Tanto en mi experiencia pastoral como en la personal he sido testigo de la manipulación religiosa de este texto con el objetivo de someter a la mujer. He visto como el control del dinero en familias en las que la mujer solo trabaja en el hogar, se convierte en una aldaba para mantenerle sus deseos de liberación encarcelados y silenciados en una relación abusiva. He visto los moretones escondidos en el maquillaje o en la ropa holgada, oscura y de mangas largas de mujeres que llegan a adorar cada domingo. He escuchado el nerviosismo y el miedo de mujeres líderes de la congregación a través de la línea telefónica cuando me han llamado para intentar encontrar apoyo y protección en situaciones de acoso. Para estas mujeres el simple recuerdo de la voz de su pareja, de su perfume, y hasta la llegada de la noche, son suficientes para experimentar angustiosamente y de antemano la repetición de experiencias crueles y violentas de abuso. 




 

Un poco de contexto


Estas interpretaciones de terror del himno del amor se presentan al utilizar el texto de 1 Corintios 13 fuera de su contexto epistolar, como un himno independiente. Este uso, sugieren William Orr y James Arthur Walther, no está lejos de su origen como un excursus en la carta o como un texto independiente creado o no por Pablo e insertado entre los capítulos 12 y 14[5]. Los comentaristas afirman que Pablo no ofrece una definición del amor, sino que presenta oraciones descriptivas de este. El amor es paciente, dispuesto a recibir desprecio, heridas, y trabajo extenuante sin protestar, por periodos extensos de tiempo; es bondadoso, pues calma la ansiedad y el dolor de otras personas, y contribuye a su felicidad; no es celoso, pues no envidia el éxito y la situación de las demás personas. Este amor, continúan, “no intenta ajorar a las personas a tomar decisiones, reprimirle sus escrúpulos, o despreciar sus derechos en asamblea pública”[6]. 

 

Este amor, en nuestras culturas hispanas, es un amor femenino. Así se justifica el sometimiento de la mujer y el libertinaje del varón. Un texto que intenta servir de antítesisal comportamiento egoísta y arrogante de la comunidad de Corinto[7], se utiliza en nuestras comunidades para validar el sometimiento de la mujer por medio de una interpretación pasiva del texto. Joulette M. Bassler nos dice, sin embargo, que los dones que identifica Pablo en los capítulos 12 al 14 de 1 Corintios como parte integral de la carta no son individualistas, sino que son dones comunitarios[8]


Bassler nota aspectos liberadores para las mujeres, en medio de sus complicados y contradictorios argumentos relacionados al lugar de la mujer en la comunidad de Corinto. Estos fueron escondidos por la inclusión de una glosa tardía –1 Corintios 14:34-35– en el cuerpo de la carta. Esta glosa ha influenciado interpretaciones conservadoras hacia las mujeres. Sus comentarios apuntan hacia una relación menos jerárquica en el texto y el contexto de la carta y recíproca e igualitaria entre hombre y mujer, o entre parejas, en su interpretación contemporánea[9].


       Si 1 Corintios 13 evoca –en su interpretación cotidiana y acrítica– un amor desigual entre los sexos, un amor servil y mudo por parte de la mujer y una justificación bíblica para los antojos e inseguridades del varón, entonces, el texto, así entendido, no es Palabra de Dios. Cuando se utiliza para justificar el amor egoísta y machista que subordina y oprime a la mujer en nombre del amor, entonces es simplemente palabra humana haciendo mímica divina. El reclamo de la Palabra de Dios en esta lectura superficial es entonces exclusiva como documentación del pecado, según dice Barbara Brown Taylor: “como espejo de experiencias de comunión y alienación, de conexión y desconexión con lo divino”[10]. Aquí entonces la Palabra funciona como ley; como martillo y espejo que identifica y desnuda la condición humana para descubrirla en su pecado[11].


Por otro lado –del lado de la gracia– las interpretaciones desbalanceadas a favor del varón convierten el texto, como dice Bonhoeffer, en gracia barata. Se promueve el servilismo y el sometimiento ciego de parte de la mujer que nacen del entendimiento de una gracia amorfa y genérica. Es una gracia que fomenta el pecado como auto-rechazo y auto-odio y que lleva a los seres humanos (en este caso a las mujeres) a la auto-negación y a la pérdida de la valía y el ser[12] como expresiones concretas del pecado personal, social y estructural. Se interpreta y se vive esta gracia barata a partir de 1 Corintios 13 como sufrimiento y dolor; como la voluntad de Dios en una relación abusiva. 

 

Lo dicho confirma lo que documenta Elsa Támez en su libro Las mujeres en el movimiento de Jesús el Cristo:


(La) participación (de las mujeres) fue eliminándose paulatinamente. Documentos bíblicos y extrabíblicos, hacia fines del siglo primero y con más fuerza posteriormente, muestran cómo fue silenciándose a las mujeres. Pero no solo esto: este proceso de exclusión incluyó también la pérdida de la concepción de la iglesia como una comunidad de iguales en todos los sentidos: económico, cultural, ético y de género. La jerarquización y el acomodo a las estructuras de la sociedad imperial romana fueron apareciendo mientras disminuía la radicalidad crítica profética de Jesús y también de Pablo contra cualquier tipo de opresión[13]. 

 

       En otras palabras, se le insertan maladaptaciones culturales a la interpretación del texto para mantener a la mujer subordinada al varón como jefe absoluto de la relación con aparente justificación bíblica para ello. En su libro Ritual and Religion in the Making of Humanity el sociólogo Roy A. Rappaport define ‘maladaptación’ como la acción de elevar una meta o propósito especial de un subsistema a una posición de predominancia dentro del sistema del que forma parte. Esto, a su vez, le otorga un grado mayor de santidad a esa meta. Utilizo la terminología de Rappaport para describir cómo la meta de dominación del varón en la relación de pareja se eleva a un lugar privilegiado al utilizar los textos sagrados, en este caso 1 Corintios 13. Al contar con un texto bíblico que valida la dominación del varón en la pareja, esta relación de poder adquiere un lugar privilegiado en el orden macro de la sociedad ya que le provee un grado mayor de santidad o validez. Esta es la manera en que se oficializa y enhebra esta acción prejuiciada y opresiva que luego la cultura general bendice[14].

 


 


Un asunto cultural


       Este proceso de maladaptación que silencia a la mujer y valida las acciones de los varones en la relación de pareja lo vemos todos los días en nuestras comunidades hispanas en los Estados Unidos de América, Puerto Rico y el Caribe. También se inscribe de la cultura, y documentan en sus textos, por ejemplo, nuestras canciones populares:

              

Mira mami, si te cojo coqueteando, verás

mira ponte a lavar, yo quiero mi ropa limpia

mi pantalón, restriégalo, restriégalo, restriégalo

denme una papa, si, deja ver

luego ponte a fregar, mira yo no como cuento, ummm.

 

Si te cojo coqueteándole a otro

ya verás que trompá' te voy a pegar

si te cojo guiñándole a otro

un piñazo en un ojo te voy a dar[15]

 

O esta otra:

 

Oye mujer, ay mira oye mujer. 

Tu nacistes(sic)

 para servirle al hombre 

en todo lo que quiera 

nacistes(sic) pa'laborar

 tu dinero debe darlo

sin ninguna discusión. 

 

Y si por casualidad 

lo coge nadando en llano

 él te dará un dinerito 

para que compres un traje 

a segundas manos. 

 

Tiene que lavar las medias 

toda la ropa interior 

y tiene que cocinarle. 

Luego salir a lavarle 

el carro del año 

que hace poco me compró[16]

 

Y más reciente:

 

Anoche Shorty me salió picúa 

Me le puse duro y la maté en la raya 

Nena deja esa gema, que el sol está que quema 

Ponte un traje de baño y vamos para la playa (x2) 

 

Playa, corazón y arena, dos mamis bien buenas 

Whiskey con cojones, la música que suena 

Si habrá party en piscina con la hija de la vecina 

Bebiendo todo el corillo y smokeando en una esquina.[17]

 

       Estas estrofas de música popular cantada y bailada en el diario vivir de nuestro pueblo, recogen –como dice Ángel Quintero Rivera– “la forma en que las personas interactúan con su mundo; un intento de ejercer cierto control sobre su materialidad, sobre su biología, resignificando colectivamente uno de los elementos consustanciales a su existencia” de modo que ejercen “una función decisiva en la configuración simbólica de lo social”[18]


El himno litúrgico de 1 Corintios 13 tropieza diariamente con estos textos musicales en la plaza y en los hogares. El silenciamiento y la cosificación de la mujer expresado en estos textos populares es producto de –y socializa a su vez– la malfor
mación cultural que causa el acomodo y la jerarquización de género en el entendimiento de los roles de la pareja. Estos textos culturales se convierten en los lentes hermenéuticos principales con los cuales se lee y se vive el texto de 1 Corintios 13 en nuestro contexto hispano; en mi caso, el contexto puertorriqueño isleño. Este es uno de los espacios donde se dilucidan asuntos de poder; el de las relaciones desiguales donde uno sobre otra impone, por asunto de posición y permiso social, una determinada conducta que le limita su libertad
[19]. Los textos culturales dominan aquí al himno del amor. 


 


Una lectura diferente


¿Tiene salvación entonces este texto? ¿Anuncia este texto buenas noticias? Vamos a mirarlo de cerca. Pablo le ha estado hablando a la gente de Corinto –una comunidad dividida y problemática, donde los intereses personales y las divisiones de clase han provocado serios conflictos– acerca de los dones y de lo que es la Iglesia. Les ha dicho que todos los dones son iguales; que todas tenemos cosas que ofrecerle a Dios y al prójimo. Unas son profetas, otras maestros, otras administradores. Pablo les presentó la analogía del cuerpo humano para describirles lo que es la Iglesia. Todos los miembros del cuerpo tienen dones y vocaciones. Cada quien tiene algo que aportar a la comunidad. Todas las miembros del cuerpo son importantes e indispensables. Y ahora Pablo, usando el texto de 1 Corintios 13 como ilustración y fundamento para su argumento, les identifica la energía que une los dones y a la Iglesia en ese cuerpo. Dice Pablo:

 

Procurad, pues, los dones mejores. Mas yo os muestro un camino aún más excelente. 1 Corintios 12:31 

 

Está bien que todas tengamos dones y que todos seamos parte del cuerpo. Pero lo más importante es lo que hace que se muevan los dones y el cuerpo. ¿Y qué es eso? ¿Qué es lo que hace que se muevan los dones y el cuerpo? El amor. No mi amor, sino el amor. Entonces Pablo termina su discurso de esta manera: 

 

Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor. 1 Corintios 13:13

 

¿El amor por encima de la fe? Sí. Porque no es mi amor. No se trata del amor egoísta que busca lo suyo, que se envanece, que se irrita, y que ha causado tantos problemas en Corinto. No es la interpretación desbalanceada del texto que encaja a la mujer en verbos entendidos como agentes pasivos que promueven el sometimiento al varón y desencaja a los varones de esa misma interpretación para validarles sus excesos y abusos.  No es mi amor; el que argumenta toda clase de justificaciones para resaltar mis dones, y justifica mis privilegios y poderes sobre el otro. No es el amor humano, el de cualquier persona, en cualquier relación, que se levanta como vara de medida y que se impone sobre su pareja, que se presenta como faro de autoritarismo y como pseudo-dios en una relación abusiva. Pablo no está hablando aquí de mi amor, así entendido. Pablo nos presenta aquí El amor; el amor que está por encima de la fe. ¿Y cuál es el amor que está por encima de la fe? El amor de Dios. El amor que es fuente y sustento de nuestras vidas y nuestra fe. ¿Y dónde vemos el amor de Dios, de modo que sea el sustento y el modelo de nuestro amor? En la cruz.


El amor de Dios que nos ayuda a interpretar los versos de 1 Corintios 13 es el amor de Jesucristo en la cruz. Porque en la cruz, el amor de Dios sufre, es bueno, no envidia, no se jacta, no se envanece. En la cruz, el amor de Dios no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor. No se goza de la injusticia, y se goza de la verdad. Más aun: es nuestra justicia y nuestra verdad. En la cruz, el amor de Dios, encarnado en Jesucristo, todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. Y en la cruz, el amor de Dios nunca deja de ser.  No como la expresión de un Dios justiciero que castiga ni como el sometimiento de Su Hijo al dolorismo[20] y al sufrimiento, sino como el mismo grito de protesta de Dios frente a las estructuras humanas, sociales y sistémicas que llevaron a Jesús a esa misma cruz en primer lugar. La cruz es un grito de justicia para la mujer y todos los seres humanos que son sometidos a interpretaciones fáciles, convenientes y machistas de 1 Corintios 13.


Pasarán nuestros dones, nuestras profecías y nuestras lenguas. Pero el amor de Dios nunca ha dejado, deja, ni dejará de ser. Este es el amor que puede arreglar la comunidad de Corinto. Este es el amor que debe estar en medio de cada comunidad cristiana. El amor de Dios. El amor que sustenta nuestro amor. El amor que redefine y poliniza mi amor por la vida y por mi pareja de modo que seamos iguales. El amor que sostiene mi amor para que sea nuestro amor, que se hace arrojadamente vulnerable y servicial desde la gracia. El amor que nos asume y redime en la oración y la poesía de este hermoso texto que “nos pone en contacto con lo que ahora no somos y nos recuerda quienes somos y lo que podemos ser”[21].


Entonces, desde la gracia de Dios que se desborda en el universo desde Su amor, el amor no es sufrido, sino vulnerable. Vulnerable a las necesidades y situaciones del otro. Vulnerable a las agonías y llantos de la injusticia. Disponible sin reservas a la caricia y palabra bondadosa de la amiga, de la pareja, de la extranjera. Este amor vulnerable que late en nuestros corazones no es servil: es servicial. Dispuesto a utilizar los dones y a activar el cuerpo entero de la comunidad para atender las necesidades del mundo que le rodea. Dispuesto a compartir tareas, a soñar y a construir proyectos que promuevan la dignidad de las niñas, de las mujeres y de las abuelas. Dispuesto a ser cruz para dar vida a todo ser humano. Otra vez: el amor de Dios sostiene mi amor para que sea nuestro amor. Somos vulnerables y serviciales para vivir en libertad a favor de la justicia, el bienestar y la paz de los demás. En este caso, de nuestra pareja, de modo que nuestras relaciones se conviertan en dones de amor para la sociedad. 


 

Mujeres que modelan algo diferente


Agustina Luvis nos dice que “(l)astimar a una mujer es herir el mismísimo cuerpo de Cristo. La violencia hacia la mujer es asunto de la Iglesia. Por lo tanto, es en ella en donde compartimos la esperanza de transformación para las víctimas, pero también es donde vislumbramos la posibilidad de arrepentimiento y conversión para los agresores”[22]. Esta esperanza de transformación y nueva vida desde lo cristológico que expresa la profesora Luvis la confirma, desde el imago dei redimido. Rosemary Radford Ruether cuando afirma que recuperamos “no solo aspectos de nuestro potencial psíquico pleno, el cual ha sido reprimido por los estereotipos culturales de género…sino que los transformamos para que sean funcionales socialmente. Recuperamos…nuestra capacidad de relacionalidad…de estar con y para otros y otras, pero de una manera que no sea una herramienta de manipulación o una expresión de auto-abnegación…(para) abrir una continua visión de personas transformadas, redimidas…ya no enajenadas del ser, de los demás, del cuerpo, del cosmos, y de la Divinidad”[23].


Tanto lo cristológico como lo antropológico se afirman en la vida de tantas mujeres que, como dice Ada María Isasi-Díaz, luchan cada día con el sufrimiento sin ser determinadas por él[24]. Esta resiliencia de las mujeres la he visto también en mi trabajo pastoral. He sido testigo del valor, de la estámina emocional, de la lucha diaria, de la obstinación por la esperanza que tantas mujeres viven y modelan; para sus hijos e hijas, para sus familias y comunidades, para su iglesia y país, con cada respiración en cada segundo que viven. El empeño y la lucha de estas mujeres hacen que sus vidas sean significativas para ellas y para otras mientras establecen nuevas relaciones, esta vez de igualdad y justicia. Mientras modelan con trabajo y empeño nuevas maneras de entender las vocaciones y los carismas del Espíritu. Mientras empujan con fuerza para abrir espacios profesionales de dignidad y con igual paga para hombres, mujeres y todo ser humano. Estas mujeres no se conformaron con escuchar las interpretaciones acomodaticias de los verbos de 1 Corintios 13. Escucharon el nuestro amor que se amarra en la gracia de Dios presente en el texto el cual les fermentó un mi amor saludable, digno, igualitario y arrojado. La vulnerabilidad del Cristo de la cruz se encarna mediante la gracia y el Espíritu Santo en estas mujeres para otorgarles el poder de la resurrección. La fuerza de la resurrección les empuja y capacita para luchar, día a día, por revertir las relaciones desiguales de poder y no solo sonar, sino lograr abrir espacios de reino en sus vidas, familias y comunidades.


Ellas pueden escuchar y modelar el amor del que realmente habla Pablo en 1 Corintios 13. No el texto de terror que se les planta de frente en las lecturas tradicionales en nuestras comunidades y devociones personales. No el texto de terror que las zarandea y manipula desde el machismo tradicional enredado en la cultura y en el acomodo de la Iglesia que justifica en sus instituciones la desigualdad y el abuso. Ellas pueden escuchar y modelar el amor que debemos resaltar y recuperar para que nuestras interpretaciones bíblicas y el lenguaje teológico no se tornen en idolatría ni se hagan irrelevantes[25]. Este es el amor que activa nuestros dones; el que mueve al cuerpo de Cristo. Este es el amor que sostiene todas las relaciones y que enjuga todas nuestras lágrimas. El que sostiene y sustenta el cuerpo de Cristo y que hace productivos y serviciales todos nuestros dones. El amor que todos compartimos, por la infinita gracia de Dios, en Cristo nuestro Señor, desde la vulnerabilidad de la cruz. Porque siempre “permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor.” 

 



Notas

[1] Cuando escribí este artículo era pastor congregacional y profesor del Seminario Evangélico de Puerto Rico. Ahora trabajo en un puesto administrativo en la IELA, aunque predico frecuentemente.

[2]     Phyllis Trible, Texts of Terror: Literary-Feminist Readings of Biblical Narratives (Philadelphia: Fortress Press, 1984), 1.

[3]   Ibid., 2.

[4]   Ibid.

[5]   William F. Orr and James Arthur Walther, “1 Corinthians” in The Anchor Bible (New York: Doubleday & Company, Inc, 1976), 290.

[6]   Ibid., 294-295. J. Saul Sampley sugiere que el texto de 1 Corintios 13 no fue escrito por Pablo, sino que lo importó de otro lugar y lo acomodó en la carta. J. Paul Sampley, “The First Letter to the Corinthians” in The New Interpreter’s Bible, Volume X (Nashville: Abingdom Press, 1994), 951.

[7]   Richard B. Hays, “First Corinthians” in Interpretation: A Bible Commentary for Teaching and Preaching (Louisville: John Knox Press, 1997), 226.

[8]  Carol A. Newsom and Sharon H. Ringe, eds., The Women’s Bible Commentary (Louisville y London: Westminster/John Knox Press, 1992), 322.

[9]  Ibid., 328.

[10] Barbara Brown Taylor, Speaking of Sin: The Lost Language of Salvation (Cambridge: Cowley Publications, 2000), 42.

[11]  “Ley” aquí es una categoría hermenéutica-teológica en mi tradición luterana. La Palabra de Dios es ley y evangelio. La ley tiene dos usos. El primer uso, o uso civil de la ley, es como un martillo que pincha y expone el pecado que existe en la condición humana y empuja al ser humano al orden, a la mesura, al control, por el temor al castigo. El segundo uso, o uso teológico de la ley, es como un espejo que descubre, coram Deo, la condición humana de Pecado y la imposibilidad de “amar a Dios sobre todas las cosas”. Ver, entre otros, Herman G. Stuempfle, Preaching Law and Gospel (Philadelphia: Fortress Press, 1978). 

[12] Daniel Migliore, Faith Seeking Understanding: An Introduction to Christian Theology, 2nd ed. (Grand Rapids y Cambridge: William B. Eerdmans Publishing Company, 2004), 150-151.

[13] Elsa Támez, Las mujeres en el movimiento de Jesús el Cristo (Quito: Departamento de Comunicaciones del Consejo Latinoamericano de Iglesias, 2003), 121.

[14]  Roy A. Rappaport, Ritual and Religion in the Making of Humanity (Cambridge: Cambridge University Press, 1999), 441-443.

[15]  Si te cojo, interpretada por Ismael Rivera y los Cachimbos (1977; San Juan: Tico Records), disco.

[16]  Las mujeres son, interpretada por Larry Harlow e Ismael Miranda (1972; New York: Fania Records), disco. 

[17]  Guaya Guaya, interpretada por Don Omar (2015; San Juan: Machete Music), CD.

[18]  Ángel G. Quintero Rivera, Salsa, sabor y control: Sociología de la música tropical, 3ra ed. (México: Siglo Veintiuno de España Editores, S.A, 2005), 34.

[19]  Michael Bess, “Por primera vez en castellano, la entrevista a Michael Foucault: El poder, los valores morales y el intellectual.” De Filosofía, accedido el 17 de octubre de 2016, https://defilosofia.com/2016/10/03/por-primera-vez-en-castellano-entrevista-a-michel-foucault-el-poder-los-valores-morales-y-el-intelectual/.

[20] ‘Dolorismo’ viene del latin dolor (pain). Es una expresión que se utiliza para identificar una espiritualidad de resignación al sufrimiento y la pena. También es una manera de entender y celebrar el dolor como otorgador de dignidad y mérito. Joé María Ibarburu. “(139) La Cruz gloriosa – III. La Cruz en los cristianos”, Infocatólica.com (blog), 5 de junio de 2011 (8:44 am), http://infocatolica.com/blog/reforma.php/1106040932-139-la-cruz-gloriosa-iii-la-c-1.

[21] Dorothee Soelle, “Breaking the Ice of the Soul: Theology and Literature in Search of a New Language,” in Sarah K. Pinnock, ed., The Theology of Dorothee Soelle (Harrisburg, London y New York: Trinity Press International, 2003), 39.

[22] Agustina Luvis-Nuñez, Creada a su imagen: Una pastoral integral para la mujer (Nashville: Abingdon Press, 2012), 22.

[23] Rosemary Radford Ruether, Sexism and Godtalk: Toward a Feminist Theology (Boston: Beacon Press, 1993), 113-114.

[24] Ada María Isasi-Díaz, Mujerista Theology (New York: Orbis Books, 2002), 129.

[25]  Sallie McFague, Metaphorical Theology: Models of God in Religious Language (Philadelphia: Fortress Press, 1982), 3.





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Francisco Javier Goitia Padilla. Ordenado en el 1995 - Luterano (Evangelical Lutheran Church in America). Pastorados en Puerto Rico y Chicago e Illinois. PhD de la Escuela Luterana de Teología en Chicago (LSTC), en teología sistemática con un componente en predicación. Profesor de teología sistemática y homilética en el Seminario Evangélico de Puerto Rico 2005-2017. Decano del seminario 2012-2017. Actualmente: Director de Educación Teológica para seminarios y escuelas, ELCA.



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