La conciencia hermenéutica y los límites de la ortodoxia - Por Adrián Aranda




Hans-Georg Gadamer en su monumental obra Verdad y Método dice lo siguiente:

 

"...solo en el engaño y en la decepción llegamos a conocer más adecuadamente las cosas; (...) Lo que el hombre aprenderá por el dolor no es esto o aquello, sino la percepción de los límites del ser hombre, la comprensión de que las barreras que nos separan de lo divino no se pueden superar. (...) La experiencia es pues, experiencia de la finitud humana. Es experimentado, en el auténtico sentido de la palabra, aquel que es consciente de esta limitación, aquel que sabe que no es señor del tiempo ni del futuro..."[1]

 

Esta magnífica cita de Gadamer, me despierta preguntas inevitables con respecto a la relación entre el cristiano y el texto. Si bien esta obra de Gadamer de 1960 funda lo que se conoce como filosofía hermenéutica, en la misma obra el filósofo no elude el proceso por el cual la hermenéutica ha transitado por siglos, y que ha sido constante en sus abordajes: la filología clásica, la interpretación de textos jurídicos, y la exégesis de textos sagrados. Quisiera centrarme en este último y especialmente en la exégesis de la Biblia.

 

Sospecho que atravesamos tiempos en que la conciencia hermenéutica está ausente de nuestras Iglesias evangélicas. ¿A qué me refiero con esto? En que hemos olvidado que aquello que llamamos Canon y que es el fundamento de la ortodoxia, tuvo su gestación en aplicaciones hermenéuticas a diversos textos, en Concilios que determinaron los fundamentos de la fe cristiana, es decir, las interpretaciones imperantes que damos por sentadas de pasajes o textos bíblicos no cayeron del cielo, sino que fueron fruto de hombres preparados cultural y espiritualmente para esta tarea. En otras palabras, hemos olvidado el sentido histórico de nuestra fe.

 

Ahora bien, plantear esto no deslegitima la ortodoxia, solamente nos recuerda su proceso interno de gestación, y debería ayudarnos a no hipostasiar interpretaciones que fueron fundamentales en ciertas épocas, pero que no son exentas de ser revisadas a la luz del conocimiento actual de nuestro cosmos, y quizá, algunas de ellas de ser resignificadas. Esto tampoco invita a un relativismo para adecuar los textos a nuestros deseos o prácticas de vida para legitimar y calmar nuestra conciencia. No se trata de eso. 



Hans-Georg Gadamer


 

Reintroducir la conciencia hermenéutica en nuestras Iglesias tiene el único propósito de liberarnos de una falsa idea de objetividad y de verdad, que nos ha vuelto dogmáticos y violentos, en última instancia se trata de aceptar nuestros “límites del ser hombre” como dice la cita de Gadamer más arriba. Para ver esto con claridad vayamos a la misma Escritura, especialmente al libro de Hechos capítulo 15, donde se narra lo que hoy entendemos como El Primer Concilio de Jerusalén. Había dos interpretaciones del ser cristiano en pugna: una encabezada por el apóstol Santiago que entendía que los gentiles debían circuncidarse si querían adherir a la fe en Cristo, y la otra encabezada por Pablo que entendía que no era necesario imponer a los gentiles la circuncisión para ser seguidores de Cristo. El Concilio tuvo como resultado que Santiago cedió y decidieron no imponer la incircuncisión a los cristianos que no eran judíos. No obstante vale destacar dos puntos de este relato:

 

 

  1. La doctrina, entendida como una verdad intersubjetiva y consensuada es fruto del debate

 

A los cristianos evangélicos contemporáneos nos espanta la idea de debatir, dialogar y ni hablar de discutir sobre temas doctrinales. Muchos líderes espirituales para esconder su profunda ignorancia alegan que el debate no edifica, que es no es sano para la vida espiritual (en otras palabras). Pero los Apóstoles que vieron a Cristo con sus ojos no estarían de acuerdo con ellos. El versículo 7 de Hechos 15 en el original griego dice que hubo mucho ζητήσεως, que significa “debate”, “discusión”, “controversia”. Ante este evidente relato escritural que pone sobre la mesa la práctica del diálogo entre los cristianos primitivos para encontrar puntos de acuerdo doctrinales, es menester preguntarse por qué hay tanta aversión actualmente al pensamiento plural y heterogéneo en nuestras comunidades cristianas. Pensemos por un instante en una época más reciente y que nos ha afectado más a nuestro ser cristiano: la Reforma. 



La fe cristiana, específicamente la fe que se fundamenta en la tradición protestante, tiene como uno de sus baluartes la libertad; las acciones de Lutero fueron las primeras manifestaciones del espíritu propio de la modernidad que iba a configurarse en los siguientes siglos como una emancipación de toda fuente divina de autoridad en el hombre. El espíritu de la modernidad está impregnado por la subversión de los órdenes establecidos, y el primer orden subvertido, sin duda, fue el orden clero/pueblo.

 

Ante la innegable relación entre la libertad y el protestantismo, y el hecho de que la libertad de culto y de conciencia tiene su fundamento en la Reforma, cabe preguntarnos por qué la cristiandad contemporánea de tradición protestante (evangélica) es tan hostil al momento de reconocer la libertad en otros grupos sociales que pretenden vivir y pensar de una manera diferente. En síntesis, por qué el cristianismo resiste la pluralidad propia de nuestra sociedad cuando esta no es más que un reflejo de la libertad conquistada en los últimos cinco siglos de la historia de occidente y que a su vez tiene sus orígenes en la Reforma protestante. Hegel ya había advertido que la otra cara de la libertad es el terror, en el sentido de que la libertad que se conquista para uno no necesariamente la conquista para el Otro, es decir, para el diferente. Esto quizá sea la más grande traición a uno de los principios fundamentales del cristianismo: que Dios hizo a todos los hombres y mujeres libres.

 

Cuando atentamos contra este fundamento del cristianismo estamos atentando contra la misma dignidad humana, puesto que libertad y dignidad son en el hombre una propiedad semejante a las dos caras de una moneda. La cristiandad suele ver con ojos hostiles la pluralidad pues esta trae consigo un elemento que en los tiempos post-reforma ha sido eliminado paulatinamente de la Iglesias protestantes: el diálogo. El diálogo, en cuestión como instrumento de consenso de las múltiples interpretaciones y movimientos espirituales que surgieron en este periodo no fue posible dado que cada movimiento hizo de su hermenéutica bíblica la Verdad del cristianismo. Y como la Verdad en el ideal cristiano siempre se ha presentado como única, cuando cada una de las ramificaciones de la Reforma se autoproclamó como Verdad, al mismo tiempo se excluyeron entre sí. Las tradiciones calvinista, luterana, bautista, pentecostal y demás estarían dispuestas a aceptar tres o cuatro principios compartidos mutuamente, pero en lo que concierne a las diferencias interpretativas de la Biblia no están dispuestas a reconocer a otras interpretaciones como lo que son, es decir, como “interpretaciones”, sino que cualquier interpretación que difiera de la propia es exclusivamente un “estar equivocado y haber caído en el error”. La cristiandad no ve la multiplicidad interpretativa como una condición propia de la hermenéutica para la correcta comprensión, sino como una lucha entre interpretaciones que pretenden dominar para que una sola termine dominando y posicionándose como la ortodoxa Verdad. ¿Estarán aquí los orígenes de nuestra falta de capacidad dialógica?


 

  1. El lenguaje divino está mediado por el lenguaje humano para que el hombre lo comprenda

 

Este segundo postulado que creo podemos inferir de este pasaje de Hechos, se ve claramente cuando al redactar la decisión que habían tomado en el Concilio, los líderes de la Iglesia escriben: “Nos ha parecido bien al Espíritu Santo y a nosotros” (He 15:28). Aquí se ve claramente que el parecer humano no estaba ausente en la decisión y en la comunicación de la decisión. El verbo utilizado en el griego es δοκέω, que significa “pensar”, “creer”, “parecer”. De esto podemos derivar que la facultad cognitiva y la acción deliberativa del ser humano no quedan por fuera, a priori, a partir de esta decisión doctrinal de la Iglesia primitiva, se determinó gran parte de la vida cristiana en el curso de la historia para aquellos cristianos no judíos (gentiles). 




 Los cristianos tenemos miedo a pensar en estas cosas, en parte, por temor a caer en el relativismo. La famosa frase de Protágoras, “El hombre es la medida de todas las cosas” nos hace temblar. El humanismo emerge sobre este fundamento, y postula al hombre como el criterio último del ser. Pero apropiarse de la conciencia hermenéutica está lejos de cualquier tipo de relativismo. Asumirla, es en algún sentido volverse consciente de los efectos que la Historia ha tenido sobre nosotros, lo que Gadamer llama Historia efectual. 


 La vía por la cual transita un cristiano que asume la conciencia hermenéutica no es la del relativismo, en ningún sentido el cristianismo puede aceptar que el hombre sea el fundamento de todas las cosas, pues el fundamento último del ser es Dios para el creyente. Pero surge aquí otro problema, ¿cómo conciliar el devenir de la Historia con la inmutabilidad de un Dios que no varía ni está sujeto al espacio y al tiempo? Es bien fácil, la cuestión aquí no radica en que Dios adapte o cambie su Palabra según las épocas históricas. La cuestión, la cosa misma, es que nuestra finitud obliga a Dios a limitarse en la Revelación, es decir, Dios deposita en nosotros aquello que podemos inteligir y siempre queda un resto que nos excede. Dios no cambia, los que cambiamos somos nosotros, ¿acaso no dijo Cristo a sus discípulos antes de partir que aún tenía muchas cosas que decirles para las cuales ellos no estaban preparados?


Quienes están sujetos al tiempo y al espacio somos nosotros, y por ende esta finitud humana limita a Dios. Ser conscientes de ello nos curará del miedo a lo “nuevo”, pues mucho de lo que rechazamos por creer que es nuevo y se supone que lo nuevo atenta contra el factum de que Dios no cambia, en realidad no es nada nuevo para Dios sino que Él esperó el kairos para que nuestra finitud pudiera inteligir aquello que ya estaba en Él. Después de todo este es el sentido originario de la palabra Revelación, correr el velo, para ver aquello que siempre ha estado allí y también del significado de la palabra griega λήθεια (verdad)des-ocultar, quitar la cobertura que ocultaba algo que ya estaba allí. 




Notas

[1] Hans-Georg Gadamer, Verdad y Método (Salamanca: Ediciones Sígueme, 1993) 433







Adrian Aranda es escritor y ensayista. Estudiante de grado de Filosofía en la Universidad de La República de Uruguay. Asesor de Ética para la ONG La Barca. Colaborador en la Cátedra de Historia y Filosofía de la Ciencia, de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.












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