Evangelio, cultura y misión 1.ª parte. Por Alfonso Ropero

  


El presente estudio sobre la relación del evangelio, la cultura y la misión va a ser publicado en tres partes. Compuesto por siete puntos, la primera de las partes -que viene a continuación- consta de los cuatro primeros; la segunda únicamente del quinto al ser el más extenso; y la última del sexto y el séptimo. A continuación el índice general:


1. Actualidad de Pablo

2. Profetas, sabios y escribas en el Reino de Dios

3. La Gran Comisión: Universalidad geográfica, étnica y cultural

4. Desarrollo doctrinal en el Nuevo Testamento

5. Pablo en Atenas: Primer encuentro entre la fe y la razón

6. La filosofía en busca de la fe

7. Evangelio, cultura y misión

 

«El cristianismo no es sólo histórico en sus orígenes sino en su trayectoria a través de los siglos. De ahí que en cada época el anuncio de la fe se ha encontrado con la cultura de los pueblos para transformarlos, rescatándolos y dándoles la dimensión de plenitud que sólo el Evangelio puede transmitir. La revelación cristiana es histórica; y por ende cultural. Ningún hombre ha escuchado la "nuda vox Dei", independiente de toda cultura» (Paul Poupard)[1]. 

 

1. Actualidad de Pablo


En un giro inesperado de su proyectado viaje misionero por Asia Menor, debido a una visión tenida en un sueño nocturno (Hch 16:9), el apóstol Pablo recaló en la ciudad de Atenas menos de 20 años después de los acontecimientos de Pascua. Sin que entrara en la mente ni en el programa evangelizador de la Iglesia primitiva, la providencia quiso que, bien pronto en su desarrollo histórico, el Evangelio pasara de oriente a tierras de occidente, donde imperaba la cultura helenista, y se produjese el primer contacto entre la Jerusalén cristiana y la Atenas pagana, referencia cultural del mundo antiguo por excelencia.


«El encuentro de Pablo con los filósofos atenienses es un hecho que posee algo más que el mero valor histórico. Tiene un valor típico, pues significó el encuentro entre Jerusalén y Atenas, entre la sabiduría de Dios y la sabiduría de los hombres, entre la teología del Dios vivo que se dio a conocer a su pueblo elegido y las teologías paganas e idolátricas […]; entre la metafísica bíblica y la metafísica de los gentiles» (Claude Tresmontant)[2].


La importancia de este hecho es inmensa, pues en cada época vuelve a repetirse la confrontación entre la cultura y el evangelio y es bueno tener referentes a los que dirigirse. Hoy, 20 siglos después, Pablo vuelve a estar entre los filósofos[3], en medio de un debate internacional que ha puesto de manifiesto, una vez más, el aporte revolucionario del mensaje paulino. El filósofo francés Alain Badiou recurre a Pablo para mostrar cómo se constituye un discurso universal. El núcleo del mensaje paulino, leído desde Badiou, sería el siguiente: Pablo anuncia un acontecimiento, que es la resurrección de Cristo. Esta funda un sujeto que no puede sino ser universal, dado que para Pablo la verdad que se sigue de aquella, si es tal, es válida para judíos o no judíos y no puede inscribirse ni en la particularidad de la comunidad judía ni en el discurso filosófico griego, ni en las leyes romanas. El sujeto (Pablo, y las nacientes comunidades a las que se dirige) es fiel al acontecimiento de la resurrección si habita la situación (estar en el mundo) mediante prácticas signadas por la fe (πίστις) el amor (άγαπε) y la esperanza (ελπίσ). «La resurrección es para Pablo aquello a partir del centro de gravedad de la vida está en la vida, ya que anteriormente, estando situada en la Ley, organizaba la subsumación de la vida por la muerte»[4]. La categoría que vertebra la interpretación que Badiou hace de san Pablo es la de “universalismo”, ejemplificado por la buena nueva de la resurrección de Jesús, y concebido como un principio que permite trascender las diferencias entre los pueblos, así como “saltar” sobre el universalismo abstracto del discurso filosófico griego y de la dominación imperial romana.


Pablo representado como un filósofo, con toga blanca y un rollo en la mano, pintura s. IV

 

Los 20 años que transcurren entre la ascensión de Cristo a los cielos y la subida de Pablo a la colina de Ares están llenos de acontecimientos cruciales, que fijaron para siempre el destino misionero de la Iglesia. En lo que a nosotros respecta, solo  tocaremos un aspecto de la misión cristiana, a saber, el cultural, por considerarlo el más marginado de todos, el menos comprendido y el menos trabajado. Esto es debido a prejuicios y malas interpretaciones de textos sacados fuera del contexto y de una valoración negativa del papel de la filosofía en la vida del ser humano, como si esta fuera, por esencia o definición, un poder enemigo irreconciliable con la fe (cf. 1 Cor 1:17-23).


Para despejar dudas y malentendidos procederemos a mostrar cómo la vocación, el llamamiento a la cultura, está inscrita en la misión cristiana. Es tema es importante, porque negarse, por miedo o por incapacidad, a la misión cultural, lleva a encerrarse en una infracultura o subcultura que niega el carácter universal de la fe cristiana, que dirige a sabios y no sabios, a judíos y gentiles, a hombres y mujeres, sin distinción de raza, clase o nivel intelectual.

 

 

 

2. Profetas, sabios y escribas en el Reino De Dios

 

Se suele pensar ligeramente que el hombre docto está tentado por la soberbia y la incredulidad, como si el indocto estuviera libre de perjuicios. La Escritura advierte sobre “la sabiduría de este mundo”, pero también lo hace respecto a los indoctos y sus males. Al hablar de las epístolas de Pablo, el autor sagrado dice que hay en ellas algunas cosas difíciles de entender, “las cuales los indoctos e inconstantes tuercen, como también las otras Escrituras, para su propia perdición” (2 P 3:16).  El propio san Pablo, refiriéndose a los judíos, dice irónicamente que “confían en ser guía de los ciegos, luz de los que están en tinieblas, instructor de los indoctos, maestro de niños, que tienen en la ley la forma de la ciencia y de la verdad” (Ro 2:20). Y nosotros, que tenemos el Evangelio de Cristo como “forma de la ciencia y de la verdad”, ¿no vamos a instruir a los indoctos y enseñar a los niños en la fe? ¿No es Cristo nuestra sabiduría, justificación, santificación y redención (1 Cor 1:30)? ¿Acaso no tenemos una sabiduría entre los que han alcanzado madurez; sabiduría, no de este siglo, ni de los príncipes de este siglo, que perecen (1Cor 2:6)? Ciertamente  “hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria” (1 Cor 2:7). ¿Acaso no quería el Señor Jesucristo «escribas doctos en el reino de los cielos», que sepan sacar del tesoro de la Escritura “cosas nuevas y cosas viejas” (Mat 13:52)?


Desde el principio, Dios ha estado enviando a este mundo a sus mensajeros, profetas que hablaron en su nombre, hasta que envió a su propio Hijo. El cual también, a imitación del Padre,  envía a sus “profetas y sabios y escribas” (Mat 23:34); sabiendo que de ellos, “a unos mataréis y crucificaréis, y a otros azotaréis en vuestras sinagogas, y perseguiréis de ciudad en ciudad”.


Luego la misión cristiana no se reduce al envío de pastores, apóstoles, profetas o evangelistas, la misión cristiana también está compuesta por “sabios y escribas doctos”. Este es el lenguaje que utiliza el Señor Jesucristo. Hay que evangelizar a las masas, pero también la cultura; la ruptura entre Evangelio y Cultura es sin duda alguna un drama y un grave problema cara el futuro de nuestras iglesias[5].

 



 3. La Gran Comisión

 

La llamada Gran Comisión que el Jesús resucitado y a punto de ascender a los cielos deja a discípulos consiste en “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura”, según la versión de Mc16:15, o “id, y haced discípulos a todas las naciones”, según Mt 28:19, que no tiene más complicaciones y que es fácil de cumplir, se trata de ir y predicar el evangelio a toda criatura de la tierra con el propósito de haber discípulos de Jesús.


Aquí el “mundo” o “naciones” tienen un sentido geográfico y otro político. El mundo son todos los países habitados de la tierra; las “naciones” son los estados existentes en un momento dado. Los apóstoles comprendieron desde el principio, no por sí mismos, sino por la revelación del Espíritu de Dios, que el Evangelio no se iba a circunscribir a Israel, sino que tenía que llegar hasta el último rincón del planeta.


Lo que se dio en Pentecostés sin esfuerzo, a saber, que en Jerusalén estuvieron presentes “varones piadosos de todas las naciones bajo el cielo” (Hch 2:5), los cuales oyeron en sus “lenguas las maravillas de Dios” (v. 11), ahora tenía que darse, con notable esfuerzo y peligro, la presencia de los misioneros cristianos en los distintos países del mundo, para que todos oigan, en su lugar de nacimiento y en su propio idioma, la buena nueva de Cristo. En esto hay un acuerdo general. Pero no fue tan sencillo al principio. Todos los que en Jerusalén el día de la fiesta de Pentecostés escucharon el mensaje evangélico representaban al mundo en su totalidad, pero con una particularidad. Eran “judíos” (v. 5), israelitas que por unos motivos u otros vivían fuera de su tierra. De modo que aquí el “mundo” significa más que una etnia, la judía. Y todos sabemos que durante un tiempo los apóstoles fueron renuentes a abrirse al mundo de los gentiles. Para ellos, la Gran Comisión no incluía al mundo gentil. Dios tuvo que manifestarse de un modo especial a Pedro que “el mundo” incluye a los paganos, comenzando por Cornelio.  Por la vida de Pablo y su apostolado a los gentiles sabemos que no fue una decisión aceptada unánimemente.


A la Iglesia le costó tiempo, controversias y debate entender que mundo tiene un sentido más allá del geográfico y del étnico. Una vez aceptado esto, no debió ser fácil saber cómo comportarse en otros contextos ajenos a la mentalidad judía, donde en lugar de al Dios único se daba culto a multitud de dioses y donde la revelación a los judíos, la Sagrada Escritura, no tenía mayor autoridad y credibilidad que la propia de cada culto y religión.


Se precisó imaginación, coraje y fe en el propio mensaje para lanzarse al mar del paganismo con el mensaje de un Dios salvador rechazado por su mismo pueblo y ajusticiado por las autoridades romanas como si de un vulgar delincuente se tratase. Es fácil predicar a los que comparten una cultura común, o al menos parecida. Pero las cosas se vuelven muy difíciles con personas que no aceptan un Dios único, una Revelación especial y un Salvador exclusivo. Pero ese era el mundo que había que alcanzar. No había atajos ni rodeos. El reto no podía ser más grande. Había que tender un puente entre el mundo de mentalidad judía, matriz del cristianismo, y el mundo grecorromano, receptor potencial del mensaje cristiano.  Pablo puso la primera piedra:


«Me he hecho a los judíos como judío, para ganar a los judíos; a los que están sujetos a la ley (aunque yo no esté sujeto a la ley) como sujeto a la ley, para ganar a los que están sujetos a la ley; a los que están sin ley, como si yo estuviera sin ley (no estando yo sin ley de Dios, sino bajo la ley de Cristo), para ganar a los que están sin ley. Me he hecho débil a los débiles, para ganar a los débiles; a todos me he hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos. Y esto hago por causa del evangelio, para hacerme copartícipe de él» (1 Cor 9.20-23).


Así que la Iglesia tuvo que comprender que para cumplir la gran comisión de su Señor debían ampliar su mente y su concepción del mundo para incluir en él no solo otros lugares, sino otros pueblos, otras etnias y otras culturas.


La mayoría de las iglesias han terminado por asumir el hecho de llevar el Evangelio a otros pueblo y otros etnias, invirtiendo en ello muchos talentos personales y económicos: traductores, lingüistas, impresores, maestros… Una obra ingente que ha llevado la Biblia a lugares remotos y que se dejado oír en los idiomas propios de aquellos pueblos que aún no tenían ni lenguaje escrito.


Había que hacerlo y se hizo, pero aun resta una ingente labor  de misión multicultural en la que se decide el futuro de las iglesias, en una sociedad cada vez más descristianizada, donde el materialismo consumista parece arrasar con todo, no para traer felicidad a los hombres, sino para hundirlos más en su miseria y esclavitud.


El Evangelio sigue siendo el mismo en cada circunstancia cultural o histórica, no hay otro (cf. Gal 1:7-9) —es el elemento que permanece en medio de los cambios—, pero la cultura es un elemento cambiante, complejo y variado con la que los hombres construyen su vida y ordenan sus relaciones en su devenir histórico, y no es bueno que el Evangelio no esté presente en la misma, o que su lugar quede ausente después de haberla acompañado durante tanto tiempo, al menos en el Occidente.


La misión cultural es una tarea pendiente en la mayoría de las iglesias evangélicas y protestantes. Y esto en muchos sentidos. Falta una reflexión seria sobre qué significa el mundo como cultura en el contexto de la gran comisión. Todavía son muchos los que en lugar de misionar la cultura, la descalifican sin más como “sabiduría conforme a los principios de este mundo”. En lugar de construir puentes de relación y puntos de contacto, ensanchan la sima de separación y niegan cualquier punto de contacto. De este modo, en lugar de predicar el Evangelio como mensaje de alegría y de buenas noticias, lo convierten en un mensaje de confrontación.


¿Cómo hacerse judío con los judíos y griego con los griegos por causa del evangelio?

Para muchos lo primero está claro. Hay que volver a las raíces hebreas, hay que judaizar el cristianismo, lo cual, para mí, es una negación total del evangelio y su universalidad cósmica.


Lo segundo lo tienen igualmente claro, pero en signo negativo. Lo griego es la perversión del cristianismo, hay que expurgar del Evangelio todo rastro griego, fruto del sincretismo paganizante de la iglesia constantiniana. En una forma más sofisticada, es la teoría de los teólogos liberales del siglo XIX, irónicamente convertida en credo por la mayoría de los fundamentalistas, enemigos cerrados del liberalismo. Quizá se deba a que los extremos se tocan.  

 

 

 

4. Desarrollo doctrinal en el Nuevo Testamento


Los cristianos no hemos aprendido así. Partiendo del Mesías judío hemos llegado al Cristo cósmico. Es la enseñanza clara y evidente del Nuevo Testamento. Aunque el Nuevo Testamento no se formó según el modelo canónico que hoy tenemos, no hay duda que obedece a una intención claramente teológica, providencial, si se quiere. En su forma canónica hay un evidente desarrollo doctrinal que comienza con la genealogía de Mateo, donde Jesús es presentado como, “hijo de David, hijo de Abraham” (Mt 1:1), el Mesías del Israel, continúa con la genealogía de Lucas, que lo lleva hasta Adán (Lc 3:38), es decir, el Salvador de la Humanidad, el “segundo Adán”, como dirá san Pablo.


Juan, el cuarto y último evangelio, pasa por alto la genealogía terrenal, Jesús, según la carne, ciertamente es judío, pero su origen está en el cielo con Dios. Ya no recibe títulos de carácter mesiánico. Es presentado como el Logos (Jn 1:1), un término de impronta claramente griega, filosófica. En la carta a la Hebreos Jesús es claramente el Hijo de Dios, heredero no solo del trono de David, sino de todo cuanto existe (Heb 1:3). 


En la carta a los Colosenses la comprensión del misterio de Cristo ha avanzado años luz respecto a la primera comprensión del Jesús como Mesías judío, que sigue siendo válida, pero que, cara al mundo gentil, no se enfatizan sus notas particulares: hijo de David, trono de Israel, sino sus notas universales, aquellas que corresponden a su naturaleza divina:


«Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten; y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia; por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz» (Col 1:15-20).

 

¿Qué lección debemos sacar de estos puntos? Que nuestra concepción de Cristo debe crecer a medida que profundizamos en el misterio divino de su persona. Que la revelación de Dios en el Nuevo Testamento nos está diciendo claramente que tenemos que tener una imagen de Cristo que se corresponda a su propia persona en su doble dimensión humana y divina, particular y universal, porque una cristología pobre o defectuosa repercute negativamente en nuestra misión y en nuestro ser y estar como cristianos en el mundo. Si todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, han de ser reconciliadas por Cristo, nosotros no podemos menos que llevar a cabo esa tarea alcanzando a los marginados e indoctos, como a los doctos y sabios de este mundo.


Continuará.



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NOTAS


[1] “Evangelio y cultura en los umbrales del tercer milenio”, http://multimedios.org/docs/d000863. Cf. Paul Poupard, Iglesia y culturas. Orientación para una pastoral de inteligencia. EDICEP, Valencia 1985.

[2] Claude Tresmontant, San Pablo, p. 118. Salvat, Barcelona 1988.

[3] San, ed., St. Paul among the Philosophers (Indiana University Press, 2009); Douglas Harink, ed., Paul, Philosophy, and the Theopolitical Vision: Critical Engagements with Agamben, Badiou, Zizek, and Others (Cascade Books 2010); Gabriel Liceaga, “San Pablo en la Filosofía política contemporánea: un estado de la cuestión”, en Realidad: Revista de Ciencias Sociales y Humanidades121, 2009, 471-486; R. Mate y J.A. Zamora, eds., Nuevas teologías políticas. Pablo de Tarso en la construcción de Occidente. Anthropos, Barcelona 2006.

[4] A. Badiou, San Pablo. La fundación del universalismo, p. 66 (Anthropos, Barcelona 1999). Véase también, bajo diferente enfoque: Giorgio Agamben, El tiempo que resta. Comentario a la carta a los romanos (Trotta, Madrid 2006); Jacob Taubes, La teología política de Pablo (Trotta, Madrid 2007);  Slavoj Žižek, El espinoso sujeto (Paidós, Buenos Aires 2001).

[5] Véase T.M. Moore, Culture Matters. A Call for Consensus on Christian Cultural Engagement. Brazos Press, Grand Rapids 2007.



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Alfonso Ropero, historiador y teólogo, es doctor en Filosofía (Sant Alcuin University College, Oxford Term, Inglaterra) y máster en Teología por el CEIBI. Es autor de, entre otros libros, Filosofía y cristianismo; Introducción a la filosofía; Historia general del cristianismo (con John Fletcher); Mártires y perseguidores y La vida del cristiano centrada en Cristo.






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