Lo material y lo inmaterial del ser humano - Por Manuel de León

 


Es fácil darse cuenta de que estamos sumergidos en una mezcla de culturas y plagados de ideologías sobre la naturaleza del hombre, pero esas concepciones del hombre no son claras ni entendibles. Ocurre también que el Dios de la religión, la religación del hombre con Dios, se expone de una forma anacrónica, con un lenguaje que no responde a las preguntas y tampoco aproxima el hombre moderno a Dios. El hombre actual no tiene cielos ilusionantes, no sabe en qué clase de universo está, si es simplemente parte de él o además es poseedor de algo más que le trasciende. La sociedad moderna está atrapada en la necesidad de vivir el momento, arrastrada por la droga del consumo pero no pasa de ser un conjunto de muchos en soledad. Se dan por indiscutibles y muy científicos principios que son teorías sin demostrar y se prescinde de Dios manejando doctrinas mutiladas y desintegradoras de la unidad del ser humano. Mucha filosofía de la educación, muchas doctrinas pedagógicas y científicas se formulan ignorando la naturaleza humana. Se acepta en todos los campos un relativismo en las opiniones acerca del hombre y al mismo tiempo existe una dictadura cultural que impone el pensamiento único. La Ciencia, entendida como un medio de adquisición de conocimientos, pierde su sentido de referencia respecto al hombre. Las dimensiones del ser humano no están definidas. No resulta extraño que Rudolf Steiner, fundador de la Pedagogía Waldorf, orientase su metodología que denominó “psicología evolutiva antroposófica”[1], analizando los doce sentidos humanos en vez de los clásicos cinco sentidos. Hoy la ciencia ya reconoce diez sentidos vitales en el hombre.

El astrónomo británico Fred Hoyle dice que los científicos hablan más de religión que los clérigos al intentar dar respuesta al misterio de la existencia. El problema es que sean clérigos o científicos, siempre habrá misterio al final del universo[2]. Dice Paul Davies: “¿Hay un camino al conocimiento —a un ‘conocimiento último’— que yazga afuera del camino de la investigación científica y del razonamiento lógico? Mucha gente asevera que sí lo hay. Es llamado misticismo.” Parece extraño que el misticismo sea ese conocimiento último que conjugue mística frente a la lógica. Sobre todo cuando los místicos dicen experimentar a Dios como “un rayo de tinieblas” y los filósofos sitúen a Dios más allá del Ser o “Dios sin ser”, siendo en ambos casos la noticia de Dios confusa y oscura. El mismo psiquiatra C.G. Jung se interesaría por la Alquimia, cuando intentó desentrañar los sueños que narraban sus enfermos y su sorpresa fue que la simbología que describían coincidía con la de los alquimistas. Sus pacientes no tenían absoluta idea de lo que era la alquimia, pero las imágenes de los sueños y los símbolos de la alquimia era evidente que procedían de una misma fuente escondida en lo más secreto de la mente y que era común a todos los hombres.


El hombre actual no tiene cielos ilusionantes, no sabe en qué clase de universo está, si es simplemente parte de él o además es poseedor de algo más que le trasciende. La sociedad moderna está atrapada en la necesidad de vivir el momento, arrastrada por la droga del consumo pero no pasa de ser un conjunto de muchos en soledad.


La antropología señala aquellos aspectos del ser humano que pueden ser comprensibles, aunque el hombre no deja de ser un misterio para el hombre. Lo misterioso o la esfera de la intimidad del ser humano es la realidad oculta e invisible que pretende descubrir la antropología con diferentes enfoques teóricos. Pero el hombre es uno, una totalidad, con un cuerpo también (alma viviente) y cuyo ser humano es un misterio para la ciencia. Se pregunta Pedro Laín Entralgo[3]: ¿qué me dice mi cuerpo acerca de mi realidad y, por extrapolación, acerca de la realidad de los demás? Responde Laín Entralgo con varios asertos. El cuerpo me da la conciencia de mi existir. Me da la conciencia de mi estar (malestar, bienestar, sentimientos, fatiga, goce). Me da la conciencia del mundo y de mi estar en el mundo. Me da la conciencia del poder y del límite. Conciencia de mi propia identidad, de vivir diversos procesos biológicos, etc…y además el cuerpo humano es todo un mundo en pequeño.

Desde la definición de especie animal hasta la teología de la imagen de Dios, existe una historia de la filosofía donde el término “forma” ha recorrido todo el periodo antiguo y medieval intentando explicar la esencia de lo humano. En la actualidad la filosofía no usa tanto el significado de esencia o forma y lo usa en virtud de lo que hay de percepción a manera de una melodía que siendo la misma cambia el timbre de los sonidos, el tono, el tiempo del ritmo, etc. Martin Buber[4], intelectual de la judería europea oriental que pronto entró en contacto con los grupos “jasidistas”, de inspiración mística, dice que la investigación sobre el hombre “entero”, en su inabarcable complejidad ha resultado una tarea imposible. El estudio del hombre sobre el hombre pronto se ve sobrecogido y exhausto por toda la problemática de esta ocupación con su propia índole y vuelve atrás con una tácita resignación, ya sea para estudiar todas las cosas del cielo y de la tierra menos a sí mismo, ya sea para considerar al hombre como dividido en secciones a cada una de las cuales podrá atender en forma menos problemática, menos exigente y comprometedora.


Martin Buber intelectual de la judería europea oriental que pronto entró en contacto con los grupos “jasidistas”, de inspiración mística, dice que la investigación sobre el hombre “entero”, en su inabarcable complejidad ha resultado una tarea imposible.


Otro elemento diferenciador del ser humano es la psique, la inmaterialidad frente a lo material. Dice Jacinto Choza[5] que todo el mundo cree saber lo que es la materia menos los físicos y los metafísicos, que son quienes más esfuerzos han dedicado a averiguarlo. Los físicos no aclaran nada cuando definen al ser humano como un estado de la energía y tampoco las definiciones aristotélicas reflejan lo absolutamente indeterminado. No es mi intención profundizar en las distinciones entre alma y cuerpo ni entre mente y cerebro porque no disponemos de un término que defina la actividad humana. “Soma y psique” cuerpo y alma, se crea en el seno de la mística pitagórica donde nace la doctrina de la inmortalidad del alma humana, aunque serán Sócrates y Platón los que abordan el tema del alma y su antropología dualista. Aunque el cuerpo y alma se plantea respecto de todos los vivientes, el punto de vista platónico y aristotélico se recogen en la tradición árabe y cristiana a lo largo de le Edad Media. Las corrientes materialistas en Francia e Inglaterra del XVIII, hasta las materialistas del XIX y XX explican la mente y el espíritu como resultado de procesos físicos y químicos. La psicología y filosofía moderna aportará la noción de “inconsciente” a los procesos intelectivos y vegetativos y será la unión y continuidad entre el cuerpo y el alma cognoscitiva.


Raimond Panikkar

Es evidente que el ser humano tiene otros ojos para percibir el sentido de su existencia, que no son los de la metafísica medieval ni los de la moderna. Como dice Raimond Panikkar[6] la realidad al menos se nos presenta por medio de “tres ojos”, el de la carne, el del intelecto y el de la fe. Los tres ojos nos permiten “ver” cómo la realidad muestra su triple dimensión: metafísica (trascendente o apofántica), noética (consciente o pensante) y empírica (físico o material). “La intuición cosmoteándrica no es una división tripartita entre los seres, sino una mirada hacia el centro tridimensional de todo lo que es, en cuanto es”. Sin embargo, dice Panikkar, lo que ocurre es que se da prioridad a la experiencia sensible, a la intelectual o a la espiritual y se interpreta la realidad bajo el prisma de un ojo solo, con atrofia de los otros dos” (Panikkar, De la mística, 168). En otras palabras, lo divino, lo humano y lo cósmico, son las tres dimensiones de (toda) la realidad; Dios, Hombre y Mundo son sus “partes” constitutivas:

Theos es la dimensión divina de la Realidad; es la “impenetrable libertad”, la “indeterminación absoluta” y “lo inefable”. Panikkar afirma que “todo ser tiene una dimensión abisal, trascendente e inmanente a la vez. Todo ser trasciende toda cosa, incluido, y quizá, ante todo, a ‘sí mismo’, puesto que en verdad no tiene límite alguno […] De acuerdo con la mayor parte de las tradiciones humanas, llamo divina a esta dimensión, pero ello no implica que otro nombre no sea correcto o apropiado”. La dimensión divina habla de la inagotabilidad infinita de cualquier ser real, de su carácter siempre abierto y de su libertad. “Esta dimensión divina no es como una cobertura, un todo sobrepuesto a los seres, o como un fundamento que les fuera extrínseco; es el principio constitutivo de todos los seres”. Además, “Dios no es sólo el Dios del hombre, sino también el Dios del mundo”, porque “un Dios sin una función cosmológica y cosmogónica no sería Dios en absoluto, sino un mero fantasma”. “Dios es esta dimensión que permite que el Mundo y el Hombre sean más y mejores”.

Anthrôpos es la dimensión “humana” de la Realidad, es la conciencia presente. En palabras metafóricas, “las aguas de la conciencia humana bañan todas las riberas de lo real –aunque el hombre no pueda penetrar el caelum incognitum del interior– y por este mismo hecho el ser del hombre entra en relación con la totalidad de la realidad”. Todo el campo de la realidad vive humanizado en él. El carácter transparente de la conciencia está referido tanto al sujeto que conoce como al objeto conocido. “Podemos llamar a esto la dimensión de la conciencia, pero también podemos denominarlo la dimensión humana, porque, sea cual fuere la conciencia, se manifiesta en el hombre y a través de él”. Sin embargo, esto no significa que todo lo existente pueda ser reducido a la conciencia porque la visión cosmoteándrica establece que las tres dimensiones constitutivas de lo real no son reducibles la una a la otra; de ahí que el mundo material y el aspecto divino no se pueden reducir a ser sólo hechos de conciencia.



      Kosmos es la dimensión material de la Realidad. Todo ser se encuentra en el Mundo y participa de su singularidad. “Nada hay que, al entrar en la conciencia humana, no entre al mismo tiempo en relación con el Mundo. Y esta relación no es meramente externa y accidental: cualquier cosa existente tiene una relación constitutiva con el Mundo de la materia/energía y del espacio/tiempo”. “La grandeza y la miseria del Hombre también son la grandeza y la miseria del Mundo. Así como Dios y el Hombre guardan una relación de interdependencia, también Dios y el Mundo. El mundo puede ser distinto de Dios, pero no es ni independiente ni está separado de Él […] La creación es considerada como un problema divino y no como un problema cósmico”.

Muchas de estas construcciones filosóficas y teológicas no dejan de ser intentos de explicación de una realidad tanto desde el punto de vista de la esfera de la intimidad bioquímica y somática como de la esfera de la intimidad psicológica y neumática. Sin embargo, no se tiene en cuenta la muerte, la nueva situación amártica con la que se origina una desestructuración integral del hombre. Panikkar dice que Dios es esta dimensión que permite que el Mundo y el Hombre sean más y mejores. Sin embargo, dirá José Manuel González Campa[7] que “con la nueva situación de la realidad de la muerte se produce una desestructuración de su soma (cuerpo), de su psique (alma) y de su pneuma (espíritu). Como consecuencia, la conciencia que el hombre tiene de Dios se distorsiona, y en la esfera de su intimidad psiconeumática se genera una instancia nueva que se va a devenir a nivel inconsciente. La Imago Dei es expulsada del campo de su conciencia, de su yo, reprimiéndose y albergándose en las profundidades de la esfera inconsciente de su corazón. Y esa represión de la Imagen de Dios crea las condiciones indispensables para que los deseos conscientes de eternidad queden frustrados, insatisfechos, y la angustia ascienda al campo yoico, dando lugar a una experiencia de intranquilidad y sufrimiento humano que, a su vez, genera la angustia existencial. Esta misma realidad que describimos ya la puso de manifiesto el eminente psiquiatra Viktor Frankl en su obra La presencia ignorada de Dios”.

Muchos de los estudiosos actuales de la mística están de acuerdo en que lo material e inmaterial del hombre forman una unidad y que la doctrina mística no se puede enseñar, pues esta comunicación vital solo la podría expresar un místico. En el caso del jesuita francés Michel de Certeau, la mística de la modernidad pasa de ser interior, del amor oscuro y apasionado del ser humano hacia Dios, a la presencia de un “Otro” que guía al místico al encuentro de “otros”. Es una experiencia basada en el infinito espacio de la poética para unos, de la ética para otros y siempre ese fenómeno tan peculiar, tan alejado de nosotros, tan incomprensible. Sin embargo, se repite constantemente que la experiencia mística tiene por objetivo y fin de la vida espiritual la unión con Dios, la transformación de nuestro ser y su divinización. La creatura para alcanzar a Dios y unirse a Él debe abandonar su manera de ser y negarse a sí mismo como si esto fuese posible Sin embargo, en la Escritura, la Biblia, aparece con claridad la idea de que tenemos toda la eternidad para conocer a Dios, por lo que parece atrevido usar la unión con Dios y la divinización en cualquiera de los sentidos y contenido de las palabras y las ideas para este mundo caído, moralmente deteriorado, alejado de las alturas de la buena voluntad de Dios. Juan 17, 3: Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.

El misticismo al que Karl Rahner hace referencia en esta frase: “El cristiano del siglo XXI o será místico o no será”, se refiere más a una experiencia personal con Dios, desde la fe viva y práctica, que al concepto teórico y místico. Dice: “estrictamente hablando, entre la ‘criatura’ en cuanto tal y Dios en cuanto tal no hay nada en común. Si la primera debe estar unida a Dios, debe también divinizarse, debe desnudarse de su modo de ser. No tan solo no puedo alcanzar a Dios, sino que mi Ser no puede unirse a Él mientras siga siendo ‘criatura’. No porque la ‘naturaleza’ sea mala, sino porque no pertenece al orden de la Divinidad. Pero no me es propio nada de este orden; mi naturaleza no posee nada homogéneo con Dios que pueda ser utilizado en mi unión con Él. Esto nos lleva al famoso camino de la nada absoluta de nuestros dos místicos. No puedo fiarme de mis sentidos ni de mis sentimientos.”


Carl Jung

Carl G. Jung enseña que la psique es más compleja que ser la esfera de los sentimientos. Incluye el alma el inconsciente personal con sus complejos y el inconsciente colectivo con sus arquetipos. Dentro del inconsciente personal estarían los sentimientos o percepciones de los acontecimientos de nuestra vida. En la esfera de la intimidad más profunda estaría el inconsciente colectivo, que consideraba como innatos, inconscientes y generalmente universales y que Jung identificaba como arquetipos. Estos son descritos como “un almacén de trazas de memorias latentes heredadas del pasado atávico del hombre, un pasado que incluye no sólo la historia racial del hombre como especie separada, sino también sus antepasados prehumanos o animales”. No sé si Jung estaba pensando en el significado del texto bíblico en Eclesiastés 3,11: Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin.

Para Jung los arquetipos serían patrones emocionales y de conducta que van esculpiendo nuestras sensaciones, imágenes y percepciones hasta darle sentido. Los arquetipos se acumulan en la esfera de la intimidad para formar un molde que da un significado a lo que nos sucede. El que existan símbolos y mitos en todas las culturas y sociedades humanas, no dependen de la experiencia propia de cada persona sino que son de nacimiento. Existe un inconsciente colectivo que actúa sobre los individuos a la vez que lo hace parte de su inconsciente personal[8]. Según Torres, “Entre otras cosas, el concepto de inconsciente colectivo ha servido para formular explicaciones sobre distintas experiencias humanas que la ciencia más tradicional y racional poco puede explorar. Por ejemplo, en cuestiones específicas sobre las experiencias místicas, las experiencias artísticas o algunas experiencias terapéuticas. Además, el concepto de inconsciente colectivo ha impactado gran parte del lenguaje especializado en áreas que no son propiamente de la psicología, porque sirve para hablar sobre aquello que sabemos que compartimos, independientemente de la cultura, aunque no sabemos bien lo que es. Por la misma razón ha sido un concepto muchas veces problemático, ambiguo y sujeto a diversas críticas, sin que haya dejado de estar presente incluso en el lenguaje más cotidiano”.



[1] “La Antroposofía es un sendero de autoconocimiento que quisiera conducir lo espiritual en el hombre a lo espiritual en el universo.” R. Steiner.

[2] La mente de Dios. La base científica para un mundo racional. Paul Davies.

[3] «El Cuerpo Humano», conferencia. Pedro Laín Entralgo.

[4] ¿Qué es el hombre?  Martin Buber.

[5] Manual de Antropología filosófica. Jacinto Choza.

[6] La antropología de Raimon Panikkar y su contribución a la antropología teológica cristiana. Tesis doctoral. José Luis Meza Rueda.

[7] El sentido de la vida. José Manuel González Campa.

[8] “Los arquetipos según Carl Gustav Jung. Un resumen sobre los arquetipos que describió el psicólogo C.G. Jung”. Arturo Torres. https://psicologiaymente.com/psicologia/arquetipos-carl-gustav-jung


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Manuel de León es pastor de las Iglesias de Cristo en La Felguera y ha colaborado en el Consejo Evangélico de Asturias, siendo miembro fundador del Circulo Teológico de Oviedo. En el Seminario Menor de Toro realiza estudios de Latín y Humanidades, y Filosofía e Historia en el de Zamora. Posee la diplomatura de Magisterio por la Universidad de Zamora y un «máster» de Teología en Madrid.

Ha publicado Los protestantes y la espiritualidad evangélica en la España del siglo XVI (2 tomos, 1600 páginas), premio literario Samuel Vila 2012. También Historia del protestantismo en AsturiasEvangelización y propaganda en el siglo XIX; Una visión de la Segunda Reforma protestante en España y Las primeras congregaciones evangélicas en España.

Ha escrito tres novelas históricas: Tiempo de beatas y alumbrados premio Adán 2012, El hechizo del color púrpura y La hija del maestro.





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