Fe, conciencia y finitud - Por Adrian Aranda y Mathías Cunha

 


Comprender la fe, incluso abordando la temática desde diversos ámbitos y ópticas, resulta harto complejo, es un terreno donde la experiencia personal adquiere un papel preponderante, y la experiencia personal no es universalizable. El intento por homogeneizar la fe resulta estéril, dado lo anteriormente dicho; pero del mismo modo, se corre el riesgo de caer en un terreno minado de ambigüedad y abstracción. Así, la fe es personal, una vivencia de cada uno con Dios, pero esto no habilita ampararse en la ambigüedad para definir la fe como más me convenga. Son muchos los obstáculos: la literalidad y su contraparte, la ambigüedad; las extrapolaciones, intentando imponer mi experiencia íntima aplicada a la de otros. Dicho esto, existe una característica que ha signado el concepto de fe que predomina en el discurso de muchas congregaciones: la funcionalidad. La fe se ha vuelto funcional, y más específicamente, funcional a una estructura. Hoy, extendida y bien aceptada en gran medida, persiste la noción de que ejercer la fe implícitamente requiere ser parte de una estructura determinada. Y pertenecer a una estructura, muy mal que pese, no significa inequívocamente estar viviendo plenamente en la fe.

Me explico: quizás en el afán de comprender algo tan complejo, hemos caído en un reduccionismo preocupante, donde pertenecer a una congregación estructurada es considerado como el ejercicio pleno de la fe, y por desambiguación, concluimos que no cumplir una función estructural dentro de la congregación, es lo opuesto. He aquí el problema: hemos ligado al concepto de fe la acción y no la conciencia. Si yo me integro a una congregación, y ya sea por obediencia o por inercia comienzo a reproducir acciones, a servir en cualquier área por mero sentido de pertenencia, por interacción social reproduzco las acciones que me imponen o sugieren autoridades o hermanos: ¿Qué tiene de íntimo con Dios? Se vuelve impersonal, es más un fenómeno social que una experiencia personal. Y bajo ese paradigma, la fe no necesariamente es fe, puede ser considerada ideología o convencionalismo. Como cualquier fenómeno social.

Nuestra reflexión, que parte necesariamente desde la introspección y la vivencia personal, es la siguiente: la fe debe ser un ejercicio consciente. La fe no es sana si parte de la estructura, pero la estructura es sana si se basa en la fe. Si me reconozco a mí mismo como individuo finito e imperfecto, si reconozco a Dios como eterno y perfecto, entiendo que resulta prácticamente irreconciliable mi condición y la grandilocuencia de la eternidad y las promesas eternas, pero aún así, decido creer, aceptando mis contradicciones, eso es fe. Es un acto consciente de aceptar lo inentendible e inabarcable, es, incluso, un acto de profundo amor; porque exige reconocer mi condición humana e imperfecta y lo inalcanzable de la eternidad por medio de cualquier acción humana. Soy mortal, soy frágil y cometo faltas, lo admito, y aun así, creo. De este modo, la fe no me vuelve perfecto, sino humilde, no me hace más funcional y útil, sino más consciente de mí mismo, y más consciente en general. No es sencillo, no puede realizarse de forma mecánica, solo puede ser de manera consciente, pero sí garantiza una experiencia íntima y personal, y no simplemente ser funcional a una estructura. Y tampoco se reduce a una fórmula, no tiene por qué ser exactamente igual para todos, pero como dije, es ahí cuando se torna realmente personal, íntimo y consciente.


Soy mortal, soy frágil y cometo faltas, lo admito, y aun así, creo. De este modo, la fe no me vuelve perfecto, sino humilde, no me hace más funcional y útil, sino más consciente de mí mismo, y más consciente en general.


En este sentido, se ve en esta praxis (principalmente evangélica) predominante en las congregaciones, una especie de búsqueda de certezas metafísicas tal como lo entendía Nietzsche. De hecho, muchos pastores y predicadores son demasiado nietzscheanos sin saberlo. Prometen una vida impoluta y protegida de las contingencias inherentes a la existencia al fiel que se ponga bajo su “autoridad o cobertura”. Pero este tipo de ilusiones terminan cayendo tarde o temprano por la propia facticidad de la vida. Los “baños de realidad” un día nos golpean y se nos cae la coraza de protección que creíamos que teníamos: Perdemos un ser querido, llega la enfermedad, la traición o desilusión y nuestra fe construida sobre postulados tan efímeros se cae a pedazos.

Huir de las contingencias de la vida es algo muy presente en nuestras sociedades donde predomina la tecnociencia. Los avances para mejorar nuestra calidad de vida y nuestra expectativa de vida son asombrosos y loables, pero si dejamos de lado la reflexión crítica corremos el riesgo de olvidarnos de nuestra finitud humana en todos sus sentidos. Nos anestesiamos con la cotidianidad y pretendemos controlar las contingencias dándole un sentido a lo que no lo tiene, al menos de forma inmediata. Pongamos un ejemplo práctico. Alguien en nuestra congregación está atravesando problemas de salud, económicos, o familiares, e inmediatamente buscamos darle un diagnóstico, en el cual generalmente la culpa recae sobre quien está sufriendo. Nos convertimos en “amigos de Job”, cuasi expertos en teodicea, pero la pura verdad es que hacemos esto porque resulta aterrador reconocer que no comprendemos las contingencias de la vida, y que no estamos impunes a sufrirlas por creer en Cristo. Basta con leer la Historia de la Iglesia.

Es nuestra propia finitud humana, y el hecho de asumirla, nos acerca a Dios. ¿No es esto lo que quiere decir Pablo cuando nos dice que Él se hace fuerte en nuestras debilidades? No tendría sentido buscar a Dios si con tan solo acciones que respondan a una estructura se nos otorgara inmunidad a los fenómenos que acontecen a todos los seres finitos y mortales. Si así fuese, la fe en Dios sería un contrato de lealtad a cambio de protección, y eso suena más al mundo de la mafia que al mundo de la fe.

Sospecho cada vez más que este huir de la finitud humana y resguardarse en certezas metafísicas que se promueven desde muchos púlpitos, ha provocado creyentes con una especie de psicosis espiritual. Para Freud la psicosis sucedía cuando el “yo” sufría una ruptura con el mundo exterior, y para soportarse “construye un mundo para sí”. Esto es lo que entendemos por delirios. El psicótico está enfermo de certezas, su verdad es la que él mismo se ha construido porque no soporta la realidad exterior, por ello es tan difícil curarle, se suele decir en la jerga médica, “el loco no sabe que está loco”. No pretendemos hacer psicoanálisis o psiquiatría con esto, pero sí permitirnos tomar esta estructura psíquica del psicótico y extrapolarla a la vida espiritual. ¿Cuantos psicóticos espirituales hay, que por negar la realidad se han construido un mundo de delirios? Un gran Ministro argentino nos contó que cuando comenzó la Pandemia que actualmente atravesamos, y la gente empezó a pasar hambre, perder sus trabajos, etc., algunos colegas lo llamaban para preguntarle si había escuchado la séptima trompeta del Apocalipsis. Realmente resulta difícil de comprender.


¿Cuantos psicóticos espirituales hay, que por negar la realidad se han construido un mundo de delirios?


Acá en Uruguay, muchas Iglesias comenzaron a dar seminarios del “Fin del Mundo” por internet, a fomentar teorías conspirativas contra Bill Gates y algún otro. Fueron los movimientos sociales, los sindicatos, y algunos cristianos de a pie por su sola cuenta quienes armaron ollas populares, juntaron donaciones y trabajaron para apalear el daño socioeconómico que se produjo. Con los meses, creo que algunos ministros se dieron cuenta y comenzaron a hacer algo, pero sin dejar de sacarle un poco de rédito político y con cierta culpa por no haber estado a la altura de la circunstancia al principio.

Posiblemente este artículo que hemos escrito en conjunto solamente pretende abrir un espacio de reflexión, quizá simplemente nos estemos haciendo la siguiente pregunta: Si el apóstol Pablo dice claramente en Corintios que vemos a través de un espejo borroso, que algún día veremos las cosas tal cual son pero no ahora, a pesar de esas claras afirmaciones, ¿por qué seguimos intentando limpiar el espejo?... si Dios lo dejó borroso, cualquier intento de limpiarlo será un fracaso.


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Mathías Cunha y Adrian Aranda. Mathías Cunha es escritor y novelista. Autor de Las Dos Guerras, publicado por Planeta. También lleva adelante estudios de Ciencias de la Comunicación en La Universidad de La República, Uruguay. 
Adrian Aranda es escritor y ensayista. Estudiante de grado de Filosofía en la Universidad de La República de Uruguay. Asesor de Ética para la ONG La Barca. Colaborador en la Cátedra de Historia y Filosofía de la Ciencia, de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.




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