La tolerancia religiosa, la gran lucha de nuestros protestantes españoles en Europa - Por Manuel de León



 1. Servet, precursor de la tolerancia

La muerte en la hoguera de Miguel Servet había generado una áspera controversia en Ginebra y había afectado profundamente a uno de nuestros protestantes más preclaros como era el anteriormente estudiado en estas páginas, Antonio del Corro. Este había comenzado a pensar y decir que “había salido de la tiranía del papismo para entrar en otra tiranía parecida”. No tardaría Corro en interesarse por otros escritos de teólogos e intelectuales disidentes y comenzar a perfilar su pensamiento propio, donde las cuestiones dogmáticas se fuesen desvaneciendo para dejar paso a la “edificación de la conciencia”.

No pensemos que la “libertad de conciencia” era un pensamiento fácil de imponer ni siquiera en las mentes de los reformadores. El cuius regjo, eius religio –la religión de uno será la del príncipe de la región–, proclamado en la Dieta de Augsburgo de 1555 y luego la paz de Westfalia de 1648 que puso fin a la llamada guerra de los treinta años, robustecía la autoridad del gobernante al someter a todos sus súbditos al arbitrio de su elección de confesión de fe. Así pues, el derecho inalienable de tener libertad de conciencia no aparecerá en la tolerancia germana y luterana. Tampoco el modelo francés y anglosajón fue prueba de tolerancia, con guerras de treinta años y matanzas por doquier que sembraron de muerte y destrucción muchas ciudades, llegando las luchas hasta la Florida donde el adelantado Pedro Menéndez de Avilés realizará varias masacres de hugonotes. La paz social que exigía cierta libertad de elección de confesión cristiana excluiría cualquier otra y entre ellas el ateísmo, lo cual no dejaba mucho espacio para la tolerancia.


No pensemos que la “libertad de conciencia” era un pensamiento fácil de imponer ni siquiera en las mentes de los reformadores.


Servet presenta el 22 de agosto 1553 su primera reclamación a los magníficos señores de Ginebra: “Digo humildemente que es una nueva invención, ignorada de los apóstoles y discípulos de la Iglesia antigua, perseguir criminalmente por la doctrina de la Escritura o por cuestiones que dependan de ella… Por lo cual, siguiendo la doctrina de la antigua Iglesia, en que solo la punición espiritual era admitida, pido que se dé por nula esta acusación criminal. En segundo lugar, señores, os ruego que consideréis que ni en vuestra tierra ni fuera de ella he ofendido a nadie ni he sido sedicioso o perturbador. Porque las cuestiones que trato son muy difíciles y para gente sabia, y en todo tiempo que estuve en Alemania no hablé de ellas más que con Ecolampadio, Bucero y Capitón, y en Francia, con nadie. Además, he reprobado siempre y repruebo las sediciones de los anabaptistas contra los magistrados y la opinión de que todas las cosas han de ser comunes. En tercer lugar, señores, como soy extranjero y no sé las costumbres del país ni la manera de proceder en juicio, pido que se me dé un procurador que hable por mí. Si esto hacéis, el Señor prosperará vuestra república.” Estas peticiones fueron en vano.


Servet en esta defensa de su persona, perseguida por sus ideas, nada comunes, abre el camino a las Constituciones modernas sobre la libertad religiosa y de conciencia, donde será el pionero del pensamiento político que conduce a las modernas democracias. Servet ha sido el primer intelectual que, al cabo de más de mil doscientos años de historia anterior, defendió con argumentos positivos que es totalmente ilícito matar y perseguir por cuestiones de doctrina, herejía o conciencia. Su pensamiento sobre la tolerancia llevaría a Castelio a escribir, en 1554, con el seudónimo de Martinus Bellius, el tratado De haerectis an sint persequendi, que es un ataque frontal a la tesis según la cual los herejes deben ser ejecutados. Dice el profesor y gran especialista en Servet, Ángel Alcalá, en un estudio sobre la tolerancia y el reconocimiento en las Constituciones modernas que la doctrina de Servet, recogida por sus seguidores, al cabo de dos siglos y medio, llegó a influir en Thomas Jefferson para consignarla en la Constitución de Estados Unidos. Asimismo dice que hay que reconocer a Servet como el padre remoto de la independencia de la sociedad civil, de la tolerancia, de las libertades cívicas, y en particular, del derecho a la libertad de conciencia.


Insiste Ángel Alcalá en que hay que proclamar a los cuatro vientos la gran percepción personal sobre la libertad de pensamiento y conciencia que tiene Servet y aparece en sus obras, estas siempre objeto de olvido y mala interpretación, confundiendo doctrinas y descuidando el estudio teológico de ellas. Dice Alcalá que la máxima gloria que merece ese gran genio del Renacimiento no estriba en su presunto descubrimiento científico de la circulación de la sangre, sino en haber iniciado, impulsado, y ciertamente personalizado en su vida y muerte una actitud intelectual ejemplar de la búsqueda radical de la verdad y la exigencia de libertad para indagarla y abrazarla por cada individuo pensante. En segundo lugar, la exigencia del derecho a expresar el propio pensamiento sin que ninguna instancia institucional –sociedad, Iglesia, Estado– tenga derecho a reprimirlo.


Asimismo dice que hay que reconocer a Servet como el padre remoto de la independencia de la sociedad civil, de la tolerancia, de las libertades cívicas, y en particular, del derecho a la libertad de conciencia.


2. La historia de la tolerancia

Todos sabemos que desde Constantino la iglesia perseguida se convirtió en perseguidora. Antes de la Reforma siempre hubo voces que reclamaban tolerancia religiosa, pero el acontecimiento europeo que llevó al primer plano la torpeza moral y el absurdo de la persecución por asuntos de conciencia, siempre es referido al caso Servet, quemado por Calvino. A mí personalmente me ha costado entender la afinidad entre Inquisición española e Inquisición protestante, porque el protestantismo no tiene en sus genes inquirir y dogmatizar las conciencias sino la libertad. Siempre había entendido, como Castelio, que “matar a un hombre no es defender una doctrina, es matar un hombre” y matar muchos hombres como la inquisición española, por todo tipo de causas (hasta por venta de caballos a los herejes V.G.) era matar muchos hombres. La persecución sistemática del “hereje” o del disidente de los dogmas de la iglesia romana, cuando esta poseía todo el poder y medios para atrapar conciencias, encarcelar y quemar en la hoguera, nunca se podrá comparar con todos los desmanes de la Reforma protestante como resulta del caso Calvino con Servet.

 Sin embargo, dice Alcalá “el papel de Servet, es único por la profundidad de humanismo y las circunstancias históricas de su martirio. La idea y expresión de Castelio “matar a un hombre no es defender una doctrina” ya había sido expresada por Servet. Este claramente estipulaba que la persecución y muerte por las ideas es contrario a la enseñanza de los apóstoles y a la doctrina original de la iglesia. En una carta a Iohannes Oecolampadius ( nombre original, Johan Hausschein), líder de la reforma en Basilea, en 1531 ya Servet señalaba: “Me parece grave matar a un hombre solo porque en alguna cuestión de interpretar la Escritura esté en error, sabiendo que también los más doctos caen en él”. Esta afirmación -dice Alcalá- fue elaborada más tarde completamente por Sebastián Castelio en su famosa defensa de Servet y condena de Calvino, contra Libellum Calvini (1554): “Matar a un hombre no es defender una doctrina, sino matar a un hombre. Cuando los ginebrinos mataron a Servet, no defendieron una doctrina; mataron a un hombre. La defensa de una doctrina no es asunto de jueces sino de maestros. ¿qué tiene que ver la espada con la enseñanza?”


Servet fue buscado por la inquisición católica desde la publicación de su de Trinitatis erroribus en 1531 pero pudo evadir ser capturado ocultando su identidad bajo el nombre supuesto de Michaelis Villanovanus y absteniéndose de expresar sus ideas en público. Calvino, al saber del libro Christianismi Restitutio, publicado secretamente por Servet en 1553, elaboró un intrincado plan para condenar a Servet denunciándolo a la inquisición católica de Vienne. Servet logró escapar, pero fue juzgado y condenado in absentia el 17 de junio de 1553. Lo siguiente fue la lista de cargos: “crimen de herejía escandalosa, dogmatización, elaboración de nuevas doctrinas, publicación de libros heréticos, sedición, cisma, disturbios a la unidad y tranquilidad por medio de la rebelión pública, desobediencia contra el decreto de las herejías, fuga y escape de la prisión real. Cuando Servet se presentó en Ginebra en agosto de 1553, Calvino aprovechó el momento de cumplir su promesa de no dejarlo salir con vida de Ginebra. La detención fue hecha con la petición explícita de Calvino, quien lo admitió en varios documentos”.

La conclusión de Ángel Alcalá es que siendo Calvino un “hereje” para los estándares católicos, organizase el juicio y sus procedimientos en Ginebra apoyando la pena capital para quienes se desviaban de las doctrinas impuestas y propias de la región bajo su control. “Más tarde, - dice Alcalá- él defendió el castigo de Servet en su Defensio orthodoxae fidei (Geneva 1554) donde atacó la libertad de conciencia y justificó el derecho de condenar a muerte el así llamado hereje en su propia doctrina de persecución “por mandato de Dios.” La doctrina de Calvino representa no solo sus propios puntos de vista sino también él es portavoz de toda la cristiandad católica y protestante. Sus argumentos fueron derivados del Viejo Testamento y contradicen el espíritu y la letra del Nuevo Testamento (Defensio orthodoxae fidei. Ginebra 1554). Sus seguidores usan este hecho para justificar sus acciones. Dicen que él solo hacía lo que la cristiandad aprobaba: “en forma unánime, todas las iglesias de Suiza replicaron: ‘Servet debe ser condenado a muerte.’” la ley por la cual Servet fue condenado era el código de Justiniano que recomendaba la pena de muerte por la negación de la Trinidad y la repetición del Bautismo”. 


Servet fue el primer pensador cristiano de los tiempos modernos que abogó por el derecho de cada individuo a seguir su propia conciencia y expresar sus propias convicciones. Su argumento racional estaba basado en el principio humanista de moralidad: “Ni con estos ni con aquellos estoy de acuerdo en todo, pues todos me parecen tener parte de verdad y parte de error, y cada uno ve el error del otro, más nadie el suyo. Fácil seria discernirlo todo, si en la iglesia a todos se les permitiera hablar de modo que todos contendieran en espíritu profético”. Uno de los puntos programáticos reflejado por Servet en el libro Restitución del cristianismo se refiere a la libertad de conciencia. Se pregunta Servet si era lícito que los cristianos cumplan los deberes de un magistrado para dictar una muerte. Reconoce que puede haber casos de crímenes especialmente maliciosos, pero rechazará la pena de muerte por cisma o herejía.


Servet fue el primer pensador cristiano de los tiempos modernos que abogó por el derecho de cada individuo a seguir su propia conciencia y expresar sus propias convicciones.

 

El profesor Alcalá inserta la obra de la Restitución del cristianismo dentro del pensamiento anabaptista, perteneciente a un ala concreta que es la llamada “teología de la restitución” iniciado en 1527 por Zwinglio en Zúrich, pasando a la región renana rápidamente hasta llegar a Holanda. También tuvo simpatías entre los reformadores de Estrasburgo convirtiéndose en importante centro del no conformismo religioso, dando acogida a dirigentes anabaptistas de diferentes tendencias. En especial los perseguidos y víctimas de la persecución anabaptista como Schwenckfel. Johannes Campanus, Sebastian Frank y Miguel Servet defenderían esa teología tan comprometida. Dice Alcalá sobre esta comunidad librepensadora que a Servet “le atrajo como a Capito y en parte a Butzer, su vivencia ardiente de la fe, su vida intachable, el individualismo de su religiosidad y de uno y otro de ellos, recibió influencia para aceptar o rechazar sus ideas sobre la naturaleza espiritual o celestial de la carne de Cristo, la doctrina sacramentaria, la espiritualidad del reino de Cristo (punto central de Borrhaus y Capito, pero negado por Rothmann partidario de la institucionalización política) o las previsiones escatológicas tan caras a los restituionalistas, aunque Servet no las compartió hasta la última redacción de la “Restitutio”.


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Manuel de León es pastor de las Iglesias de Cristo en La Felguera y ha colaborado en el Consejo Evangélico de Asturias, siendo miembro fundador del Circulo Teológico de Oviedo. En el Seminario Menor de Toro realiza estudios de Latín y Humanidades, y Filosofía e Historia en el de Zamora. Posee la diplomatura de Magisterio por la Universidad de Zamora y obtiene un «master» de Teología en Madrid.

Ha publicado Los protestantes y la espiritualidad evangélica en la España del siglo XVI 2 tomos, 1600 páginas, premio literario Samuel Vila 2012. También Historia del protestantismo en AsturiasEvangelización y propaganda en el siglo XIX. Una visión de la Segunda Reforma protestante en España y Las primeras congregaciones evangélicas en España.

Ha escrito tres novelas históricas: Tiempo de beatas y alumbrados premio Adán 2012, El hechizo del color púrpura y La hija del maestro.




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