Donde hubo desamparo, religiosos quedan - Por Ivka Itzak

Si has sido niño o niña en una iglesia evangélica o adventista de los años 90 como yo, seguramente viviste el furor de las conversiones y las predicaciones proselitistas constantes. En ocasiones te aburrías, en ocasiones no entendías, pero en muchas otras, le tenías miedo al predicador. A continuación leerás algunas lecturas que hago sobre “las conversiones” de esos años en los que tanta gente “aceptaba el mensaje”.

Pido disculpas dado que a continuación haré un paneo sociohistórico sobre la Argentina de esos años, y cuál es mi lectura del contexto. Pido disculpas al resto de los países que me leen, pero estoy segura de que podrán identificarse con algunas cosas que voy a contar.

Recuerdo que por esos años, un pastor muy joven llegó e hizo una campaña en la que bautizó muchísima gente. Creo que llegó a bautizar 300 personas en un día. No recuerdo el número exacto. Tenía unos 6 años.
Mis papás eran, pese a todos los defectos que tenían, personas muy sociables. Todos los sábados teníamos personas invitadas a comer. Y yo escuchaba muy atentamente las charlas, sobre todo de aquella gente que se había bautizado recientemente. Lo que más recuerdo, eran personas que contaban “experiencias sobrenaturales”, les llevaban hasta libros de magia negra a mis papás para mostrarles (y la pequeña, obvio fascinada escuchando). Hoy en día, me doy cuenta, recordando muchas de esas supuestas experiencias “sobrenaturales”, que eran personas que estaban alucinando (no todas, pero la mayoría). Es decir, personas que probablemente era psicóticas.

(Pido disculpas si me estoy yendo por las ramas, pero prometo que tengo un punto).

Hoy en día, me doy cuenta, recordando muchas de esas supuestas experiencias “sobrenaturales”, que eran personas que estaban alucinando (no todas, pero la mayoría). Es decir, personas que probablemente era psicóticas.


Y otra característica que tenían como denominador común estas personas era que el “cambio” o la “conversión”, había suscitado reacciones muy similares en su círculo íntimo. Recuerdo muy bien que la frase se repetía: “A vos te lavaron la cabeza”, “ya no sos vos”. Muchas muchas veces escuché lo mismo.

Por supuesto, que esto lo contaban como una hazaña “porque yo cambié”, “antes era malo y ahora soy bueno, por eso la gente no quiere saber nada conmigo”.

Ahora bien, ¿cuál es el contexto histórico en que esto pasaba?

Viví en un barrio que quedaba frente a un ex centro clandestino de detención en el noroeste argentino. La iglesia a la que íbamos quedaba en el barrio enfrente al nuestro. Acabábamos de volver de una dictadura, en una provincia que había sido uno de los epicentros de conflicto. Mucha gente desaparecida, mucha gente muerta. Y el miedo. Miedo que yo no viví, pero que quedaba en las historias de todas las familias. Terror a los militares, pero también miedo a los guerrilleros. Justificado o no, análisis para otro día.

Otra característica de esos años fue el vaciamiento paulatino del Estado como figura de protección y sostén. Hospitales fatídicos, huelgas y paros por todos lados. Cada vez que se hablaba de algo público se lo miraba con desdén. Y mucho más en la iglesia. La escuela pública era el lugar del mal, si eras bueno tenías que ir a la escuela de la iglesia, sino te ibas a ir al mundo.

Charlando con mi padre de adolescente, me contaba que le dolía mucho que los ideales de igualdad colectiva por los que su generación había luchado (universidades públicas, cooperativas, kibutz eran palabras familiares para él), la nuestra lo desdeñara en busca de lo privado y las ganancias (yo era adolescente y quería la mejor ropa y todo lo mejor, mi padre no tenía mucha perspectiva en esos momentos). Eso que mi padre ponía en mí, era en realidad, en gran parte el mensaje subrepticio que se leía en los mensajes de la iglesia. Siempre idealizando lo rubio, lo alemán. Siempre desdeñando lo popular (desde la música hasta la manera de vestir). Y por supuesto, siempre hablando pestes del estado, la izquierda, los ateos, los políticos.

La escuela pública era el lugar del mal, si eras bueno tenías que ir a la escuela de la iglesia, sino te ibas a ir al mundo.


Este año encontré la pieza que me faltaba para darme cuenta de cómo el ambiente sociopolítico de los 90, influyó en que las iglesias como la mía fueran lo que fueran. Escuché una entrevista a Pablo Salum, el principal promotor de la llamada “Ley antisectas” que se intenta promulgar en Argentina. Y el dijo una frase ¡que me aclaró tantas cosas! El dijo: “Donde el Estado desaparece, aparecen las sectas”.

Y ustedes me pueden decir: bueno, pero las iglesias no son sectas. Es verdad no lo son…hasta que lo son. Muchas iglesias evangélicas tienen comportamientos de sectas. Escuchen la entrevista que cuelgo abajo, y van a ver que muchos de los lavados de cabeza que realizan las sectas, los realizan los evangélicos y los adventistas muchas veces:

-Controlar los amigos que tienen.

-Controlar como se visten.

-Controlar lo que comen.

-Decirles que las familias son malas.

El comportamiento sectario, es algo muy común en las iglesias evangélicas. A veces no. A veces hay un resguardo de la individualidad, del deseo, del “self” de las personas.

Pero en la provincia donde yo crecí, hubieron muchos movimientos que pretendían tener este tipo de comportamientos sectarios (y siempre tiran para el lado tradicional y de derecha, miren qué casualidad). Inclusive hay dos o tres iglesias que actualmente permanecen con ese perfil y pretenden que las mujeres no prediquen, que no usen pantalones, etcétera.

Volviendo al tema del Estado presente o ausente, tengo una amiga que me viene insistiendo hace rato diciéndome: “Escribí un artículo sobre nosotros, que nos fuimos de iglesias chicas con tintes fanáticos a iglesias grandes de ciudad que son más respetuosas”. Y esta era la pieza que me faltaba para dar explicación a ese fenómeno.

Las iglesias de gente “normal”, que no se fanatiza, que es más capaz de respetar, ¿qué tienen en común? Sí, muchos están pensando que es la presencia del Espíritu. No siempre. La presencia del Espíritu está donde se la busque, inclusive con la gente que se fanatiza y tiene que cambiar. Lamento decirles que desde mi punto de vista, no pasa por ahí necesariamente. No podemos juzgar “en esta iglesia hay fanáticos, así que no tienen el Espíritu”. “En esta otra iglesia no hay fanáticos, así que sí tiene el Espíritu”. Yo no creo que se pueda juzgar tan taxativamente.

Bueno, Ivka dirán ustedes, te estás contradiciendo porque siempre decís que “Donde está el Espíritu del Señor hay libertad”. Sí así es. Pero habrá que ver en qué etapa de la transformación están las personas.

Lo que yo creo es que las iglesias de “gente normal”, son simplemente iglesias de personas que han tenido más cuidados de todo tipo: afectivos, materiales, de salud, de educación. De donde sea.

Por eso, en un país como Argentina, donde la mayoría de esos servicios, la gente los obtuvo del estado por décadas, las épocas en las que el estado cae como garante, son las épocas en las que proliferan los movimientos religiosos fanáticos.

Voy a decir una verdad dolorosa, pero sinceramente creo que la mayor parte de las psicosis, o por lo menos las psicosis que llegan a convertirse en fanatismo religioso, han tenido un fuerte componente de falta de cuidados.

En la generación de los “Baby Boombers” hay una gran cantidad de psicóticos porque se criaron en un ambiente donde los cuidados eran muy difíciles por la angustia que atravesaba a las madres y los padres.

Voy a decir una verdad dolorosa, pero sinceramente creo que la mayor parte de las psicosis, o por lo menos las psicosis que llegan a convertirse en fanatismo religioso, han tenido un fuerte componente de falta de cuidados.


Entonces ¡claro! Hay muchísima gente a la que le faltan o lo han faltado cuidados de todo tipo. Las personas que están vulnerables en cualquier sentido, son mucho más plausibles de ser reclutadas en una secta o, dentro de una religión en un movimiento sectario.

Estas personas que yo recuerdo de mi niñez, tardaron muy poco en irse de la iglesia. Porque la lectura de sus parientes era cierta: les habían lavado la cabeza. No habían cambiado. Solo querían ser aceptados y queridos, y habían pensado que cambiando la iglesia los iba a aceptar y querer.

Y después decimos ¿por qué la gente sigue creyendo que la salvación es por obras si los protestantes siempre predicamos que es por fe? Y si le decís a la gente que para entrar en una iglesia tiene que dejar de ser ella misma ¿cómo va a creer en la religión de la salvación por la fe?

Y es por eso que siempre estaré en contra del proselitismo masivo. Porque apuntan a eso: a que el otro esté quebrado, en el piso. Y si está humillado, humillarlo peor. Decirle que sus costumbres son malas, que su color de piel es malo, que la música que escucha es mala. No siempre desde lo literal, pero casi siempre hay un mensaje subrepticio de ese estilo.

Ese cáncer sectario recorre las venas de todas las iglesias de América Latina, y quizás de América toda. ¿Por qué? Porque es un lugar con bases de colonialismo. Donde lo extranjero, lo nuevo, lo gringo, siempre es mejor que lo propio. Donde para ser aceptado y querido me tengo que convertir en una tábula rasa, en un cerebro lavado, un robot al mando de las expectativas y las órdenes del otro.

¿Ahora bien qué respuestas podemos encontrar quienes somos creyentes y queremos otra cosa? El tiempo se ha ido, tendremos que esperar hasta el próximo encuentro.

(Link entrevista a Pablo Salum: https://www.youtube.com/watch?v=NUt5tQaen5E)




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Ivka Itzak, psicoanalista y escritora. Tallerista Comunitaria. Graduada en Psicología, Diplomada en Género y Desarrollo por FLACSO, Diplomada en Género y Teología por Bíblica Virtual. Especialista en Educación Comunitaria. Especialista en Salud Mental Comunitaria. Columnista en La Conversación en Curso, Resyt, Sicologiasinp y TeoCotidiana.




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