¿Darwin o Dios? Ambos. 1.ª parte - Por Iván Acceituno



Cuando hablamos de la relación entre evolución y religión, lo primero que tenemos que hacer es definir qué entendemos por evolución y por religión. Por evolución entendemos la teoría general, nacida en el siglo XIX, que supuso la superación de una concepción estática y fijista de la realidad. Y cuando hablamos de religión, nos estamos refiriendo en principio a todas las creencias religiosas en general, puesto que el planteamiento que voy a ver aquí sobre la compatibilidad e integración entre la evolución y la fe o la religión, puede ser aplicada a cualquier religión, aunque en este escrito nos vamos a referir exclusivamente a la fe cristiana. 

La cuestión central sobre la que se supone voy a reflexionar aquí es si la evolución darwinista, la teoría de la selección natural de Darwin, como explicación del proceso evolutivo, es compatible o no con la fe religiosa, en concreto, con el cristianismo. ¿Se puede ser darwinista y cristiano al mismo tiempo, o solo se puede ser una cosa u otra?

No podemos desarrollar aquí las ideas en todos sus términos. Si tuviéramos que analizar el tema en toda su amplitud tendríamos que comenzar analizando la historia de la relación/oposición entre ciencia y religión. 

Siento que el marco de reflexión más interesante y adecuado para abordar la relación entre ciencia y fe en un escrito como este es el marco epistemológico, es decir, presentar claramente la distinción entre estos dos modos de saber. Entiendo que este punto es el aspecto clave y fundamental a la hora de plantear y de tratar de resolver este tema de si es  coincidente o no, o de cómo fusionar la teoría de la evolución de Darwin y la fe cristiana. ¿Se puede ser cristiano y evolucionista, o darwinista, o se tiene que optar necesariamente por uno de los dos términos de la alternativa?



La idea que voy a defender aquí es que se puede perfectamente ser darwinista y cristiano, porque los dos planteamientos pertenecen a planos epistemológicos diferentes, que se pueden y se deben complementar e integrar. La condición para esta correcta integración está en evitar los dos extremos que estorban esta integración: el materialismo cientificista y reduccionista, que consiste en afirmar que no hay más realidad que la realidad material o física, y tampoco ningún otro saber legítimo y verdadero que el que se basa en el método de las ciencias naturales, o sea, el método empírico; y el fundamentalista religioso, también llamado creacionismo, defensor de una interpretación literal de la Biblia. 

En consecuencia, la postura de integración entre ciencia y fe que defiendo aquí, supone dejar claro, por el contrario, que la ciencia no es más que un tipo de saber junto a otros (filosofía, teología, etc.), a quien le corresponde dar cuenta de la realidad en un nivel determinado de la misma, por lo que no le corresponde dirimir cuestiones acerca del sentido de la realidad (tarea propia de la filosofía y de la religión), e igualmente, supone superar, desde el campo de la opción religiosa, una concepción literal y fundamentalista de la explicación de la Biblia y replantear de otro modo la idea de Dios y su intervención en el mundo. 

Precisiones epistemológicas

Como ya hemos avanzado, considero que el problema de la correcta conjugación ente ciencia y fe/teología pasa por un correcto entendimiento de los diferentes niveles epistemológicos de la realidad. Para entender esta afirmación, vamos a poner un ejemplo. Si nos ponemos a contemplar, por ejemplo, un árbol (un palo de mango, o un cerezo), advertimos sus múltiples caras o enfoques desde los que podemos y solemos contemplarlo: la cara estética, económica, biológica, filosófica, teológica, etc. Si nos preguntan cuál es el enfoque más verdadero, nos quedaremos en principio extrañados por la pregunta, ya que la respuesta evidente es que todos y cada uno en su propio nivel. Y el conjunto de los diversos puntos de vista es lo que constituye esa realidad de lo que es un árbol. En vez de centrarnos en un objeto particular del mundo, podemos referirnos al conjunto de la realidad



La ciencia nos puede decir cómo es la realidad y cómo funciona. Por ejemplo, cuál es la velocidad de la luz, cómo es la estructura del átomo, etc., pero no podrá responder, porque no le corresponde, por qué esas realidades son así y no de otra manera; y, en definitiva, no podrá responder por qué la realidad existe en vez de no existir, por qué hay ser y no nada. En este tipo de cuestiones es donde experimentamos la pluralidad de niveles de la realidad, y del esfuerzo intelectivo del ser humano por entenderla. 

En realidad, la razón humana, o sea, el modo de cómo tratamos de captar la realidad y dar cuenta de la misma, es así de compleja. En sus inicios, comenzó siendo una racionalidad unida y global, con el nombre de filosofía (amor a la sabiduría), y más adelante se fue desgajando y explicitando en diversos ámbitos del saber, que no siempre se han interrelacionado y complementado de un modo pacífico y correcto. La epistemología sería la parte de la racionalidad o del saber que intenta delimitar las diferentes parcelas de los saberes. 

Con este telón de fondo de la epistemología, es como tenemos que tratar de plantearnos la cuestión de la relación entre darwinismo y cristianismo. 

Las mayores dificultades a la hora de concordar posiciones no provienen de los contenidos específicos de las diferentes posturas cosmovisionales desde las que cada interlocutor habla e interpreta la realidad, sino sobre todo del diferente modo como se entiende correctamente la distinción y conjugación de los planos o enfoques específicos de la ciencia, la filosofía y la teología. Aunque, en el fondo, los dos aspectos del problema (contenidos cosmovisionales y distinción epistemológica) están interrelacionados y se influyen mutuamente. Por eso, en la clarificación de las diferencias entre las diversas propuestas que hoy día contienden sobre la comprensión de la evolución y el lugar del ser humano en ella, es fundamental y básico hacer una buena labor de clarificación sobre la distinción de planos epistemológicos. Es muy probable que si llegamos a entendernos en este punto, resulte mucho más fácil clarificar las diferencias e iniciar el camino que nos lleve a la posible superación de las mismas. 

Voy a defender aquí que una correcta mirada epistemológica entiende que: 

La ciencia se limita a, o le corresponde solamente dar cuenta de la realidad fáctica, de la constatación de los hechos que pueden ser constatados y comprobados empíricamente por cualquier observador humano, así como las leyes que rigen la interrelación entre los diversos hechos de la realidad. Dejemos de lado, de momento, la distinción y diferenciación entre los diversos tipos de ciencias, las naturales y las humanas, porque nos complejificaría demasiado el tema y no contribuiría a aclararlo. 

—En cambio, la filosofía se mueve en el terreno de las interpretaciones de tales hechos; lo que se denomina el ámbito del sentido. Ello hace que las exigencias de validación y plausibilidad de sus afirmaciones sea de diferente género que las verdades científicas, en la medida en que la evidencia de su verdad no pertenece al campo de la constatación empírica o sensible, sino más bien a su coherencia interna y a su plausibilidad con el funcionamiento de los hechos que trata de interpretar desde una teoría sistémica más abarcadora. Pero, así como en el campo de las afirmaciones científicas cabe una demostración empírica casi definitiva (aunque también en el ámbito científico se halla el ser humano en búsqueda constante), y los científicos llegan en su mayoría a una constatación objetiva (la estructura del ADN, la del átomo de Hidrógeno, la raíz cuadrada de 25, etc.), no ocurre lo mismo en el terreno de la filosofía, donde se pueden dar, y se dan, sobre un mismo hecho varias o múltiples interpretaciones. Y ello no debe ser considerado (como a veces se hace desde determinadas posturas científicas, o más bien filosóficas reduccionistas, materialistas) como una limitación e insuficiencia de la filosofía, sino como una consecuencia de su específico modo de dar cuenta de la realidad. Y en la medida en que tal cosmovisión no parte de la mera experiencia empírica, sino que tiene otros muchos componentes que la sostienen (educación cultural, religiosa, opciones y experiencias personales, etc.), y desde el cual cada sujeto humano termina de construir un mundo que se le presenta abierto y, en cierto modo, sin terminar, hay una parte de opción, de creación y de libertad inevitable en toda interpretación filosófica del mundo. Por eso, no debe extrañar que la filosofía esté constituida por una inevitable pluralidad de puntos de vista, a la que se oponen los diferentes dogmatismos y fundamentalismos, y que, por otro lado, no conviene confundir con una postura relativista disolvente. 

—Por su parte, la teología se mueve, al igual que la filosofía, en el ámbito de las interpretaciones, partiendo también y apoyándose en interpretaciones cosmovisionales de la realidad, diferenciándose en este punto de la filosofía en que forma parte de dichas cosmovisiones la fe en Dios y en su acción sobre la realidad, apelando para estas afirmaciones a fuentes reveladas, aunque también (al menos en el cristianismo) mediadas por la racionalidad filosófica, que entiende que tales afirmaciones teológicas no son demostrables pero sí razonables, o sea, coherentes con la racionalidad humana (fides quaerens intelectum). 



Según las precisiones epistemológicas que hemos presentado, a la hora de resolver la cuestión que nos ocupa, la posibilidad o no de integrar y hacer compatibles el evolucionismo científico y el cristianismo, tenemos que distinguir dos momentos o planos de reflexión: el primero tiene que centrarse en saber aceptar y distinguir adecuadamente entre los dos niveles epistemológicos indicados, el científico y el filosófico. Este es un paso fundamental sin el cual no es posible entenderse ni resolver adecuadamente no solo la cuestión que nos ocupa, sino cualquier conflicto entre una teoría científica y otra filosófica o teológica. Y dentro ya del nivel filosófico, como ámbito del sentido, en el que convergen las diversas interpretaciones, nos encontraríamos con la pluralidad de cosmovisiones filosóficas, y también las teológicas, que tratan de dar sentido a la realidad, tal y como nos la presentan las teorías científicas. 

a) En el nivel primero, se halla la reflexión de los datos científicos y la constatación de que la ciencia no es suficiente para dar cuenta del total de la realidad. 

b) Y en el segundo, la inevitable necesidad de admitir una pluralidad de interpretaciones, entre las cuales estaría la religiosa, pero también la atea o agnóstica. Según esto, las conclusiones a las que llegamos son varias: 

—A la hora de dar sentido al hecho de la evolución, tan legítima es la postura religiosa como la atea o agnóstica, porque, ante la opacidad de la realidad, cabe igualmente concluir que todo el proceso evolutivo, así como toda la historia del universo, es resultado del azar o de cualquier otro mecanismo impersonal, como también optar por la postura religiosa. 

—Las dos no pueden ser igualmente verdaderas, puesto que son contradictorias, pero desde nuestra mirada intrahistórica no tenemos posibilidades de dirimir entre la verdad de una o de otra de las interpretaciones; por eso, la única salida es la fe, o la no fe; ambas opciones pertenecen al mismo nivel epistemológico: el de la fe y la opción personal. 

—Por tanto, son compatibles en principio la teoría darwinista y la opción cristiana sobre el mundo y la historia del universo y el desarrollo de la biosfera, puesto que ambas pertenecen a niveles epistemológicos diferentes. 



La relación entre ciencia y teología, fe o religión, ha sido siempre compleja. Cuando no se sabe bien esta historia, se proyectan sobre ella nuestros prejuicios e intereses, pensando que las cosas han sido en el pasado igual que en el presente, y no es del todo cierto. Por tanto, hay que desmontar muchos prejuicios sobre la forma en que a veces se entiende y se afirma que han sido las relaciones en el pasado entre ciencia y fe. 

Los diversos modos como se suelen interrelacionar y conjugar la ciencia y fe pueden resumirse en cuatro posturas:

a) Conflicto

Para esta postura no hay posibilidad de conjugar fe y ciencia puesto que se trataría de dos dimensiones contrapuestas de mirar la realidad. O se es científico o se es creyente, pero no se puede ser las dos cosas al mismo tiempo. El error básico de esta postura es no aceptar el pluralismo epistemológico, esto es, la complejidad de la realidad, sobre la que cabe hacer constataciones de hecho, ciencia, y preguntas por el sentido, filosofía y teología. Por tanto, como solo se puede ver la realidad, según los defensores de estos planteamientos, desde un único punto de vista, se entiende y se vive la ciencia y la fe como dos teorías sobre la realidad que se sitúan en el mismo y único nivel, y por tanto se hallan en conflicto y resultan excluyentes. No es extraño, por ello, constatar que dentro de esta postura se sitúan tanto científicos como creyentes, enfrentándose los planteamientos de los reduccionistas científicos y de los creyentes fundamentalistas

Para los primeros, no hay más forma de dar cuenta de la realidad que a través del método científico, entendido bajo el método positivista. Entre los defensores de estos planteamientos están sobre todo intelectuales como R. Dawkins y D. Dennet. En cambio, para los fundamentalistas cristianos, la verdad sobre el conjunto del universo se halla en la Biblia, entendida al pie de la letra. De modo que, cuando hay una discrepancia entre los científicos y el libro sagrado, no hay duda de quién tiene la verdad y quién se equivoca. Aquí se sitúan los fundamentalistas clásicos, sobre todo, y en parte también los defensores de la teoría denominada del Diseño Inteligente.

El error del cientifismo naturalista consiste en convertirse y actuar como una religión, puesto que tiene la pretensión de que una teoría científica es también una cosmovisión, una propuesta de sentido. El fundamentalismo religioso absolutiza también la mirada religiosa, atribuyéndole la tarea de dar cuenta de la realidad material, cosa que le corresponde a la ciencia. De ahí que ambos planteamientos choquen sin parar, porque pretenden ocupar todo el espectro del saber, y se miden como dos propuestas excluyentes y alternativas. 

La ciencia quiere convertirse en una religión más, y la religión quiere ocuparse de ámbitos del saber que no le corresponde. El enfrentamiento de estas dos posturas extremas suele ser lo que salta a la prensa y lo que suele llegar al gran público, con el correspondiente desenfoque teórico que puede advertirse, con lo cual se hace un flaco favor a una reflexión seria de este problema fundamental. 

Advertimos con ello un dicho popular: los extremos se tocan y se alimentan mutuamente. Al cientifismo naturalista le conviene tener delante a un fundamentalismo primitivo y extremo, porque con él se siente a gusto para vencerlo fácilmente; y lo mismo le ocurre al fundamentalismo, cuando se encuentra con una postura tan extrema y radical como la suya, y tan poco dada a precisar y a matizar, sino a salir a la búsqueda del hereje y a llevarlo a la hoguera.

b) Independencia

Los que se sitúan en esta postura consideran que no hay, ni puede haber, conflicto entre el punto de vista de la ciencia y el de la fe, porque cada uno de los dos se mueve en niveles de reflexión diferentes. La ciencia se centra en decirnos cómo es la realidad material, y la religión, en cómo debemos vivir, proponiéndonos diversas orientaciones de sentido y salvación. 

El acierto de esta postura está en distinguir estos dos planos epistemológicos sobre los que se mueven la ciencia y la fe, o la teología. Pero su insuficiencia consiste en considerar que la separación de planos hace que parezca que ciencia y fe no tienen nada que decirse ni dialogar. De ese modo, esta postura se apoya en un fondo teórico dualista, en el que por un lado va la ciencia y los aspectos empíricos, y, por otro, la filosofía y la religión, condenando al ser humano a vivir un mundo escindido en dos partes que no se relacionan ni tienen nada que decirse, cosa que es manifiestamente inexacta. De ese modo, dentro ya de la teología, resulta difícil conjugar la realidad fáctica de lo mundano con su sentido y significado, abriéndose un abismo insalvable entre el Dios de la creación y el Dios de la salvación. En conclusión, la ventaja de evitar los conflictos se salda con el inconveniente y el error de escindir de forma definitiva nuestra realidad mundana, que, por el contrario, se nos muestra como una realidad única aunque compleja.

c) Diálogo

Esta postura trata de comparar los métodos que emplean tanto la ciencia como la teología, advirtiendo sus semejanzas y sus diferencias entre ellos. En concreto, estudian los modelos y analogías que utilizan la ciencia y la teología para tratar de comprender e imaginar lo que no puede ser directamente observado (por ej., la estructura y los componentes del átomo, por los científicos, o la existencia y realidad de Dios, por la teología). 

Otro punto de diálogo se centra en advertir los diferentes momentos en los que la ciencia llega en sus investigaciones a cuestiones límite, en los que advierte que ya no puede responder con solo el enfoque científico (ej.: la creación del mundo, o el hecho de que el mundo se nos aparece como un todo ordenado e inteligible, ante lo cual surgen las cuestiones post-científicas de por qué es así y no de otra forma). 

Otro momento de diálogo se produce cuando aparecen algunos conceptos científicos como analogías para hablar de cómo se puede entender la relación de Dios con el mundo. Por ej., la comunicación de información, o entender a Dios como el determinador de las indeterminaciones cuánticas que deja abierta la física cuántica, proceso que atribuir a la acción de Dios no supondría violar ninguna ley de la física actual. 

Podríamos seguir poniendo múltiples ejemplos, pero siempre llegaríamos a la conclusión de que, aunque este modo de proceder es muy fructífero y necesario, en la medida en que advertimos un importante y clarificador acercamiento entre ambos enfoques, vemos también su insuficiencia, pudiéndose profundizar más en el acercamiento entre ciencia y fe, como propone la postura siguiente.



d) Integración

Esta postura va más allá de las dos anteriores, y trata no solo de advertir la diferencia de niveles epistemológicos en los que se mueven la ciencia y la teología, o establecer diálogos entre las semejanzas estructurales entre los dos métodos, el científico y el teológico, sino de llegar a integrar más estrechamente ambas disciplinas. Esta integración, desde el punto de vista de la teología, se puede hacer de diferentes formas: 

- La que realiza la denominada teología natural: trata de buscar en la naturaleza y en los avances de la ciencia pruebas para demostrar la existencia de Dios y las afirmaciones de la teología. 

- La defendida por la teología de la naturaleza: no busca pruebas demostrativas de las verdades que defiende la fe y la teología, sino simplemente mostrar que los avances de la ciencia no son contrarios a la teología, sino más bien lo contrario: le sirven de apoyo y hacen razonables sus afirmaciones. 

La primera postura trata de reavivar los planteamientos de la ya superada (aunque no por todos) teología natural, existente ya desde la Edad Media, y consistente en defender que las verdades teológicas, entre las que estaría la existencia de Dios, se pueden demostrar, basándose también en la teoría de las dos vías de la única verdad. En cambio, la denominada teología de la naturaleza considera que las verdades de la fe no pueden ser demostradas, pero sí son razonables, considerándose una opción más al lado de otras opciones filosóficas y cosmovisionales de entender la realidad. De este modo, sostiene que la fe (la teología), la filosofía y la ciencia pueden conjugarse de modo adecuado para sostener que se puede ser creyente y admitir los datos consolidados de la ciencia, en este caso la teoría de la selección natural propuesta por Darwin. Por consiguiente, es totalmente legítimo que cualquier científico, o no científico, diga que, según la teoría darwinista, le parece más razonable la no existencia de Dios y opta por un sentido ateo del universo. Pero esa deducción no es una conclusión científica, sino filosófica y cosmovisional, que tiene el estatus de opción de fe, de opción vital sobre su vida y el universo.

Continuará.



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Iván Acceituno es lector y estudiante de Teología. 


 

Comentarios

  1. Tendré que esperar a la continuación. Porque no me queda claro que entiende el autor por evolucion, si el darwinismo que quedó anclado en el siglo XIX, la selección natural lo cual es un mecanismo, pero no es sinónimo del fenómeno evolutivo, o la actual teoría sintética que aboga desde el cienticifismo por haber realizado demostraciones de unos hechos que son más campo de la epistemología que del empirismo. Desde la aceptación de este último aspecto, dejan de existir conflictos entre ciencia y fé, ya que ambas se encuentran en el terreno extraempirico que no puede probarse por el reduccionista método empleado por la ciencia actual.

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  2. Creo que el nombre de este articulo debió ser algo asi como: "mi visión acerca de la panorámica evangélica de la inerrancia.
    1)Se ocupa la cosmovisión de la antigüedad para refutar la veracidad bíblica, como si nuestro limitado conocimiento científico tuviera que ser un requisito para una revelación teológica. Bajo esa óptica, todo estaría en cuestionamiento, ya que el conocimiento científico esta en constante progreso, y lo que consideramos revelación prosigue esta evaluación.
    Vemos que se agranda nuestra pecera existencial al mismo son del conocimiento.
    2)la consolidación de un canon transversal será la tarea de los próximos 50 a 100 años. Para ser un artículo que esta planteando una visión de vanguardia o progresista, debió ser nombrado. Con todo, pudo ampliar el concepto de revelación en vez de aplicar el reduccionismo decimononico.
    No hubo mención si quiera a ka revelación natural como medio de comunicación divino, que actualmente se reconoce y valida el tipo de inspiración bíblica que está siendo hoy entendido.
    3) Ocupa el pasaje de la mujer adultera para su argumento de contradicción de Jesús. Lo que no es muy coherente, considerando que es un pasaje considerado de copia tardía.
    4) finalmente, queda la impresión de buscar apresuradamente presentar conclusiones sin tratar o al menos mencionar elementos actuales que matizan lo expuesto. Y se evidencia que la intención es aegumantar contra un grupo específico de cristianos más que una vision amplia del tema.

    Planteo mis consideraciones desde la tribuna del respeto y la fraternidad cristiana.

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    1. Tus observaciones tienen sentido, Raymon Curti, pero ya dije en la introducción que no intentaba responder exhaustivamente los artículos de referencia. Mi pregunta es: ¿Entonces la Biblia es inerrante? Parece significar tus observaciones. Si lo que quieres decir que mi artículo debió ser un ensayo en toda regla más que un simple artículo, te doy la razón. Eso será la próxima. Gracias por tus observaciones que en ninguna manera subestimo.

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