De la mina al Parlamento británico. ¿Por qué mejoran los pueblos? - Por Alfonso Ropero


La memoria de James Keir Hardie permanece en el pueblo británico como uno de esos santos laicos que dio a los pobres de Gran Bretaña la esperanza de un futuro mejor. Objeto de una auténtica veneración en los medios populares, este esforzado minero se convirtió en el símbolo del Labour británico, y seguirá siéndolo hasta mucho después de su muerte.

El poeta español Miguel Hernández dedicó un tremendo poema a la pobre infancia de la época destinada al trabajo desde mucho antes que sus huesos terminaran de formarse:

Carne de yugo, ha nacido
Más humillado que bello,
Con el cuello perseguido
Por el yugo para el cuello. 
Nace, como la herramienta
A los golpes destinado,
De una tierra descontenta
Y un insatisfecho arado.

Una infancia dura
El escocés James Keir Hardie sabía por propia experiencia lo que esto significaba. A la temprana edad de siete años se tuvo que poner a trabajar como chico de los recados para ayudar a la magra economía doméstica. Su madre era sirviente en una granja y su padre carpintero naval, con largas temporadas sin trabajo, lo que explica la pobreza de la familia. Pero hay un dato digno de ser reseñado. En otros países, en España, para no ir más lejos, incluso en Inglaterra, Hardie habría crecido como un analfabeto total, pero Escocia, desde los días de la Reforma cuenta con amplio nivel de alfabetismo de su población. Los padres del joven James compensaron su falta de escolaridad con clases personales de lectura y escritura durante la noche. James Keir Hardie expresó a menudo que debía su amor a la lectura a aquellos años y habló con mucho cariño y gratitud el cuidado que sus padres dedicaron a su enseñanza[1].

A los diez años de edad se puso a trabajar en las minas de carbón escocesas. Su función consistía en abrir y cerrar las ventanas que aireaban las distintas galerías de la mina. Siempre solo y en oscuridad. Imagínense el cuadro de soledad y desesperación de un niño de esa edad, cuando lo que necesita es luz, aire libre, juegos. No tiene nada de extraño que a lo largo de su vida se manifestara radicalmente contra la injusticia de privar a los niños de disfrutar de su niñez.

James Keir Hardie

A veces, cuando no tenía comida para alimentarse ni fuego para calentarse, se le pasó por la cabeza arrojarse al río Clyde y poner fin así a su miserable vida. Descontento con las iglesias de su época, conforme creció y aprendió la belleza de la enseñanza del cristianismo se hizo miembro de la Evangelical Union, actualmente Iglesia Reformada Unida, donde adquirió sus dotes de orador, que tanto le servirán en el futuro.
Conforme crecía fue pasando por diferentes trabajos: conductor de ponis en las minas y picador en los pozos mineros. A los veinte años ya era un minero cualificado.

A veces, cuando no tenía comida para alimentarse ni fuego para calentarse, se le pasó por la cabeza arrojarse al río Clyde y poner fin así a su miserable vida.


Portavoz de los mineros

En la década de los setenta Hardie se convirtió en uno de los máximos representantes de los mineros escoceses. En mayo de 1879 los empresarios mineros escoceses se coordinaron para forzar una reducción salarial que tuvo como efecto estimular las demandas de sindicación de los trabajadores. Se celebraron gigantescas reuniones semanales en la que los mineros se juntaban para expresar sus agravios. El 3 de julio de 1879, Keir Hardie fue nombrado secretario delegado de los mineros, un puesto que le otorgó la oportunidad de entrar en contacto con otros representantes de los mineros a lo largo del sur de Escocia. Tres semanas más tarde, Hardie fue elegido por los mineros como delegado a la Conferencia Nacional de Mineros que se iba a celebrar en Glasgow. Fue nombrado agente minero en agosto de 1879 y comenzó su nueva carrera como organizador y funcionario sindical.

En 1880 hubo una huelga generalizada en las minas de Lanarkshire durante el verano que duró seis semanas. El sindicato no tenía dinero, pero trabajó para reunir suministros para las familias mineras en huelga, mientras Hardie y otros agentes sindicales convencían a los comerciantes locales para abastecer de bienes bajo la promesa de un futuro pago. En el domicilio de Hardie se mantuvo en funcionamiento un comedor benéfico durante el curso de la huelga, gestionado por su esposa, Lillie Wilson.

Para llegar a fin de mes, Hardie pasó a ejercer el periodismo, comenzando por escribir para el periódico local, el Cumnock News, un diario vinculado al Partido Liberal, fundado por William Gladstone, por el que al principio Hardie se sintió atraído. Se desilusionó con él al comprobar su falta de conciencia respecto a las necesidades de los obreros. Al darse cuenta que los liberales no defenderían los intereses de la clase trabajadora, concluyó que el Partido Liberal quería los votos obreros sin devolver a cambio reformas radicales que consideraba cruciales.

En Trafalgar Square, Londres

Al año siguiente Keir Hardie fundó su propio periódico, The Miner (El minero), llamado desde 1889 Labour Leader, donde pudo expresar sin cortapisas su ideario político, basado en un socialismo muy suavizado por sus concepciones cristianas y en la lucha por obtener todos los beneficios posibles para la clase trabajadora en general.


Fundación del Partido Laboralista

En el año 1888 fundó el Partido Laboralista Escocés, siendo elegido su primer secretario. Unos años después, en 1893 Hardie y otros líderes formaron el Partido Laboralista Independiente, del que surgiría el Partido Laborista que llega hasta nuestros días.  Hardie, y sus colegas, conocían el marxismo, Hardie en persona se entrevistó con Engels, pero dadas sus creencias, no permitió que el partido laborista fuera llamado socialista, aunque estuviera de acuerdo con el ideario del socialismo. Como escribe George Douglas Howard en su voluminosa historia del pensamiento socialista, el Partido Laborista mantenía una organización socialista, pero su socialismo no descansaba en bases marxistas. Sus gritos de batalla más frecuentes eran la jornada de ocho horas, jornal mínimo, derecho al trabajo, mejoras de la vivienda y la sanidad, enseñanza mejor y más igualitaria, igualdad entre hombres y mujeres[2].

Téngase en cuenta que en la Inglaterra de la época, en plena revolución industrial, se daba un gran contraste entre la riqueza rápidamente creciente de la sociedad inglesa y la espantosa sordidez y miseria en una gran parte de la población de Londres y de otras grandes ciudades. La indiferencia ante esta desigualdad sangrante se debe a una visión individualista del cristianismo. Inglaterra era una nación oficialmente cristiana. La teología enfatizaba la importancia de la responsabilidad de cada ser humano en su propia salvación individual, y hacía que la masa de los fieles pensara en la miseria de los otros como un castigo justamente impuesto por el pecado individual. Más o menos seguimos en las mismas, en lo que se refiere a la política neoliberal.

Sus gritos de batalla más frecuentes eran la jornada de ocho horas, jornal mínimo, derecho al trabajo, mejoras de la vivienda y la sanidad, enseñanza mejor y más igualitaria, igualdad entre hombres y mujeres.

Los liberales temieron el nacimiento del Independent Labour Party, que ciertamente aglutinó las ilusiones de los obreros, pero «desde el punto de vista político, el poder de los obreros seguía siendo liliputiense en relación al gigante liberal y al gigante conservador que monopolizaban el juego parlamentario»[3].

Hardie era profundamente religioso, totalmente impermeable al marxismo[4]. «Para nosotros se trata ­–declara en la Cámara de los Comunes– de responder a la pregunta formulada en el sermón de la Montaña: ¿a quién vamos a adorar, a Dios o a Mamón?». Aceptaba el socialismo en cuanto este se identificaba con la vida y lucha de los trabajadores. «El socialismo –solía decir– es un gran movimiento moral. Soy socialista porque el socialismo significa fraternidad fundada en la justicia». Lo que se negaba a aceptar era su materialismo.  «El socialismo de Hardie fue tan amplio como la humanidad. No solo fue el campeón de los obreros contra la opresión, sino que allí donde había opresión se identificaba a sí mismo con los que luchaban contra ella»[5]. De ahí su apoyo al movimiento sufragista femenino, su anti racismo, su pacifismo contra el militarismo. Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, en 1914, Hardie fue reclamado expresamente por la Segunda Internacional Socialista para que tratara de convencer a todos los proletarios de las potencias involucradas en el conflicto de no acudir a la llamada a filas de sus respectivos gobiernos, esfuerzo que resultó totalmente infructuoso. Sus enérgicos discursos antibélicos recibieron habitualmente oposición en forma de fuertes gritos. Falleció en 1915 mientras trataba de organizar una huelga general pacifista. Tenía 59 años.


El legado espiritual

Luchador apasionado e incorruptible, Hardie legó la imagen de un apóstol totalmente entregado a la causa de los trabajadores. Formando parte, ya en vida de la leyenda dorada del Laborismo, su figura fue como un motor que impulsó miles de entregas al servicio de la causa[6].

Por encima de todo, Hardie sacó su inspiración y su fuerza del espíritu, de la vida y enseñanza de Cristo, por cuyo reino o comunidad fraterna de Dios en la tierra hizo todo lo que pudo. Al final de su vida dijo que si volviera a nacer se dedicaría por completo a la defensa del Evangelio de Cristo. En reconocimiento a su obra como predicador, la Iglesia Metodista de la calle Plymouth Road de Londres lleva su nombre.

Este breve esbozo biográfico sirve al objetivo de mostrar que en un momento muy difícil para el cristianismo, cuando las grandes masas obreras desconfiaban de las iglesias y se alejaban de las mismas, hubo hombres como Hardie, Ludlow, Ragaz, Maurice, Holland, Tillich…, que dedicaron toda su energía para demostrar de palabra y obra que la fe cristiana no es el opio del pueblo, sino la sal y la levadura que necesita la sociedad para crear un mundo mejor, más justo, más solidario, más fraterno, cuyos principios se remontan al anuncio de Jesucristo de la comunidad divina en medio de los hombres. Y digo comunidad y no «reino», porque la visión de esa sociedad que él vislumbraba no sería semejante en nada a las corrientes en el mundo político y religioso. 
«Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor» (Mateo 20:25-26).

Comunidad fraterna e igualitaria, sin reyes arriba y súbditos abajo; sin señores ni siervos. Aquellos hombres nos enseñan la importancia de actualizar el mensaje cristiano a los tiempos cambiantes y problemáticos que cada generación tiene que enfrentar. De nuevo estamos en cambio de época y de mentalidad que desafía a las iglesias. Una vez más nos enfrentamos al dilema de a quién servir, si a Dios o al Dinero. Si nos alienamos con los poderosos o con aquellos menesterosos a los que Jesús buscó. Vivimos tiempos difíciles donde muchos han perdido el norte del evangelio, paradójicamente es un tiempo donde crecen las iglesias y se multiplican los nuevos lugares de culto, nominalmente cristianos, pero no es siempre señal de crecimiento del mensaje de Cristo. Ya en el Apocalipsis (3:20) Jesús se presenta fuera del ámbito de las iglesias, no dentro de ellas. Hay quienes han reducido el cristianismo a cuatro o cinco puntos, y se han olvidado que el mensaje cristiano tiene repercusión en toda la sociedad, es un mensaje universal. Pocos reparan en el título de Cristo que dice Postrer o Segundo Adán, cabeza de una nueva humanidad, mediante quien la creación arruinada por el pecado de Adán comienza a recuperarse en Cristo, Espíritu de vida y renovación. La salvación del alma es solo un aspecto de la redención total, que implica a todo lo creado. Es perdón de pecado, pero también atención al enfermo, al marginado, al excluido, al oprimido, por eso el criterio que Jesús establece para el juicio final será en relación a nuestro comportamiento con los desnudos, los hambrientos, los presos, los sedientos, los emigrantes (Mateo 25:30-45).
  

Notas:


[1] A. Fenner Brockway, Christian Social Reformers, p. 230. Student Christian Movement, Londres 1927.
[2] G.D.H. Cole, Historia del pensamiento socialista, 7 vols. Fondo de Cultura Económica, México 1957-1963.
[3] Jacques Droz, Historia general del socialismo. De 1875 a 1918, p. 506. Destino, Barcelona 1979.
[4] Escribió un pequeño tratado sobre Karl Marx: The Man and His Message, 14 páginas. National Labour Press, 1910. Kenneth O. Morgan explica: «Hardie no era economista y estaba mal informado sobre muchos asuntos, pero tenía el carisma y la visión únicas que todo movimiento radical necesita» (Keir Hardie: Radical and Socialist, 89-90. Weidenfeld and Nicolson, Londres 1975).
[5] A. Fenner Brockway, ob. cit, p. 240.
[6] Jacques Droz, ob. cit., p. 518.
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Alfonso Ropero, historiador y teólogo, es doctor en Filosofía (Sant Alcuin University College, Oxford Term, Inglaterra) y máster en Teología por el CEIBI. Es autor de, entre otros libros, Filosofía y cristianismoIntroducción a la filosofía; Historia general del cristianismo (con John Fletcher); Mártires y perseguidores La vida del cristiano centrada en Cristo.


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