¿Conservador o liberal? – Por Máximo García Ruiz

 
No es la primera vez que alguien se interesa por conocer en qué ámbito teológico me muevo. La pregunta, el interés o la curiosidad, viene de lejos. Y ya me he acostumbrado a escuchar, aunque sea de rebote, algunas de esas catalogaciones en las que se me incluye. Recién graduado en el Seminario Teológico Bautista, ubicado entonces en Barcelona, hace ya muchos años, un miembro de la primera iglesia que pastoreé, el más ilustrado de la congregación, estuvo durante un año a la caza de mis sermones para comprobar hasta qué punto podía ser verificable la información que le habían transmitido de que el nuevo pastor, es decir, yo mismo, era modernista. Llegó un momento en que el tema se puso sobre el tapete y pudimos dialogar abiertamente con un elevado sentido de fraternal entendimiento. 

El problema entonces era que ni mi interlocutor, ni yo mismo, sabíamos a ciencia cierta qué significaba eso de ser modernista, aunque a ambos nos sonaba a algo fuera de la ortodoxia oficial de la Iglesia. Lo cierto es que el modernismo era una tendencia doctrinal relacionada más con la Iglesia católica que con el protestantismo en general; una tendencia promovida por algunos pensadores católicos de fines del s. XIX y comienzos del XX, condenada enfáticamente por el papa Pío X. Con posterioridad al concilio Vaticano II resurgiría esa corriente bajo la denominación de neomodernismo. Su interés se centraba en conciliar la fe con algunos principios de la filosofía. En cualquier caso, nada que ver con las corrientes teológicas protestantes. Tal vez tuviera yo en aquellos tiempos algún toque modernista, dentro de mi absoluta e incuestionable vinculación con los postulados de la teología de corte hiper-conservadora que me habían enseñado en el Seminario, sostenida por una teología elaborada y difundida por la Casa Bautista de Publicaciones de la Convención Bautista del Sur de los Estados Unidos.

Posteriormente he tenido la posibilidad de bucear en diferentes escuelas teológicas, de la mano de teólogos de reconocido nivel intelectual, unos de extracción protestante y otros vinculados con el catolicismo romano, aunque en esos niveles de la reflexión teológica resulte difícil distinguir dónde están unos u otros, como Karl Barth, Emil Brunner, Rudolf Bultmann, Jürgen Moltmann, Johann-Baptist Metz, Harvey Cox, Dietrich Bonhoeffer y otros, sin olvidar a mi tutor Casiano Floristán, el impulsor de la teología pastoral en España, a quien debo algo tan sencillo como haber aprendido a aplicar el sentido común a los grandes enigmas de la teología, para trasladarlos luego al terreno práctico. 

En todo ese largo y enriquecedor itinerario, creo haber entendido unas pocas cosas elementales, pero de enorme importancia para mí a la hora de la reflexión teológica: 1) el Dios que nos presenta Jesucristo no se contradice a sí mismo; si nos encontramos con alguna contradicción aparente en las Escrituras, es cosa de sus intérpretes, pero jamás lo es de Dios; 2) la suprema revelación que nos aproxima a Dios y ofrece respuesta a nuestra necesidad de redención está en Jesucristo, según lo presenta el capítulo primero del evangelio de Juan; cualquier supuesto, al margen de esta verdad axiomática, venga de donde venga, es errónea, o mal interpretada; 3) como seres humanos, aún no hemos sido capaces de desentrañar todos los misterios que encierra la creación, si bien Dios ha dado capacidades y herramientas al ser humano para que indague y vaya descubriendo los arcanos de esa creación que, entre tanto, se muestra envuelta en aparentes misterios indescifrables. Hay otros postulados básicos, pero bástenos lo dicho para enmarcar la respuesta a la pregunta acerca de la postura teológica en la que uno mismo considera estar incluido.

el Dios que nos presenta Jesucristo no se contradice a sí mismo; si nos encontramos con alguna contradicción aparente en las Escrituras, es cosa de sus intérpretes, pero jamás lo es de Dios

Antes, veamos otra de las denominaciones con que algunos pretenden encuadrarme teológicamente, supongo que a partir de la lectura de algunos de mis escritos más que a causa de mis predicaciones, que suelen tener siempre un cariz pastoralista y devocional. Estos críticos, que me honran con su atención, me han motejado de liberal. Ese sí es un término vinculado con la teología protestante que, simplificando mucho, trata de definir un movimiento de investigación teológica surgido en el siglo XIX, principalmente en Alemania, que se extiende a lo largo del siglo XX, muy influenciado por la Ilustración y el Historicismo. Una corriente teológica que hizo una extraordinaria aportación a la exégesis bíblica y que ha marcado desde entonces el proceso de la teología contemporánea. Su interés se centra en aprovechar el avance de las ciencias modernas en la interpretación de la Biblia, buscando, una vez más, la convergencia entre la fe y los aportes de la Ilustración, en este caso. Se relaciona y vincula al liberalismo con las investigaciones críticas sobre la historia de Jesús, apoyándose en la capacidad de la ciencia para ayudar a discernir la verdad. Pone un énfasis especial en la humanidad de Jesús.
Se acusa a la teología liberal de devaluar el papel de la fe en aras de una exaltación del papel de la ciencia. En cualquier caso, la teología liberal es una forma de reflexión teológica, aunque sea parcial, como ocurre con cualquier otra escuela, que ha contribuido a relacionar la fe con el mundo moderno. 

Llegados a este punto, sigue en pie la pregunta: ¿cómo me percibo yo mismo teológicamente? Rechazo el verbo definir para sustituirlo por percibir, porque definir implica limitar, condicionar a un espacio reducido lo que en ocasiones resulta imposible ajustar dada su complejidad. Si tuviera que utilizar un solo término diría que soy conservador. Veamos algunos aspectos concretos.

En cualquier caso, la teología liberal es una forma de reflexión teológica, aunque sea parcial, como ocurre con cualquier otra escuela, que ha contribuido a relacionar la fe con el mundo moderno. 

Conservador de las esencias del mensaje de Jesucristo como punto de referencia para entender a un Dios que nos ama, sin distinción de raza, color, nacionalidad, origen, sexo, cultura o expresiones litúrgicas con las que intentamos corresponder a ese amor en un espíritu de identificación personal y colectiva. Una revelación, la que se produce en Jesucristo, que supera los límites cerrados del judaísmo para hacerse extendible a toda la humanidad. 



Conservador a la hora de asumir el núcleo central del relato bíblico que reconoce a Dios como creador del universo, creador de la naturaleza, creador del hombre y de todas las especies, dotando a la naturaleza en su conjunto de unas reglas y recursos capaces de conservarse y reproducirse, en su caso, por sí misma y, al ser humano en particular, de la capacidad necesaria para desentrañar los misterios de la creación transformando en comprensible lo que hasta entonces resultaba inexplicable. Y, siendo Dios inmutable, él mismo no rompe las reglas con que ha revestido al hombre y a la naturaleza, mediante actos caprichosos, sean de propia iniciativa o a instancias de ciertos “intérpretes” o “mensajeros” que se arrogan el derecho y la prerrogativa de modificar esas reglas a su antojo, mediante actos ajenos al curso normal de los designios universales establecidos por Dios mismo.

Conservador porque asumo el proceso de formación de la Iglesia cristiana, primero a impulso de los apóstoles, posteriormente de los padres de la Iglesia en su conjunto a pesar de las controversias que surgieron entre ellos y, todo ello, consensuado bajo la dirección del Espíritu Santo en los grandes concilios ecuménicos que dieron lugar a estructurar la comunidad de creyentes en iglesias unidas entre sí por un cuerpo de doctrina compartido, aunque independientes unas de otras.

Conservador porque reivindico el valor de la Tradición como soporte de las esencias doctrinales que dan forma a la Iglesia cristiana universal, diversa en sus manifestaciones pero unida en Jesucristo. Una Iglesia que se renueva y desprende de ciertas adherencias históricas ajenas al corpus doctrinal común, mediante la aportación de la Reforma Protestante del siglo XVI. Sin el reconocimiento de la actuación del Espíritu Santo a través de toda la historia de la Iglesia, a pesar y por encima de los errores y desviaciones humanos, las comunidades se transforman en sectas y los pastores corren el peligro de convertirse en lobos.

Conservador porque estoy a favor de la vida. Nadie ni nada tiene el derecho de disponer de la vida de otra persona, cualquiera sean las circunstancias. La vida es un don sagrado que es preciso cuidar y respetar. Un principio que me hace estar en contra de la guerra, de la condena a muerte por parte de los estados, del maltrato a niños, mujeres y seres indefensos, de la explotación infantil y de cualquier otra acción tendente a mutilar o suprimir la vida de un ser humano. 

Pero ser conservador no me inhabilita para tener cierta proclividad liberal. Si el término liberal reivindica la condición de libre, no puedo por menos que aceptar como una experiencia personal lo dicho por Jesús que se recoge en el evangelio de Juan 8:31-38, afirmando que el conocimiento de la verdad nos hará libres, ya que mi experiencia personal ratifica lo afirmado en este pasaje bíblico. Dios me ha hecho libre para pensar, libre para tomar decisiones por mí mismo no inducidas ni controlados por otros, libre para investigar e ir descubriendo los arcanos de la creación en la medida en que lo permitan mis propias capacidades personales.

Liberal porque considero un don de Dios el hecho de poder servirnos de las ciencias en su más amplio sentido, que nos ayuda a desentrañar los misterios de la naturaleza y del propio ser humano, los misterios de la creación, sin necesidad de recurrir a explicaciones míticas cuando no somos capaces de entenderla; explicaciones que algunos presentan como dogmas de fe.

Liberal porque creo que el amor de Dios es infinito y no establece barreras de tiempo, raza o religión para ofrecer los mismos dones y oportunidades a todos los seres humanos, sin que ninguna entidad religiosa tenga la prerrogativa de administrar, condicionar o limitar la forma de relacionarse con Dios.

Liberal porque me he acostumbrado a pensar críticamente, a cuestionar cualquier argumento que no encaje con mi estructura mental, a no quedarme con preguntas sin buscar insistentemente las respuestas, aunque duelan, aunque resulten desestabilizadoras para los esquemas mentales previamente establecidos. 

Liberal porque creo que el amor de Dios es infinito y no establece barreras de tiempo, raza o religión para ofrecer los mismos dones y oportunidades a todos los seres humanos, sin que ninguna entidad religiosa tenga la prerrogativa de administrar, condicionar o limitar la forma de relacionarse con Dios. 

Liberal porque no acepto las formulaciones fundamentalistas que pretenden controlar y, con frecuencia dirigir, la acción divina, estableciendo fórmulas mediante las cuales administrar la gracia y la intervención del Espíritu que, como el viento, sopla de donde quiere y hacia donde quiere (cfr. Juan 3:8) y no puede ser controlado por voluntad alguna.

Liberal porque creo que la inmensidad de Dios no se confina ni circunscribe a un pueblo, ni a un libro, ni a una iglesia, ni a una liturgia especial, ni siquiera a una dogmática determinada elaborada por personas finitas que en manera alguna pueden alcanzar a entender siquiera sea una mínima parte de de lo que Dios y su obra creadora y redentora representa.

Liberal porque creo en la igualdad de derechos y deberes de hombres y mujeres, tanto en la vida civil como en la religiosa, por lo que detesto y rechazo cualquier ideología que establezca limites a ese derecho inalienable y coloque entre ambos barreras de separación o de acceso a determinadas funciones.

En cualquier caso, ambas posturas resultan insatisfactorias, insuficientes al tratarse de términos abstractos, polisémicos, que pueden tener, como así ocurre con frecuencia, una gran carga ideológica. Sirva, no obstante, lo dicho como aproximación para calmar la curiosidad de quienes han mostrado su interés al respecto.
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Máximo García Ruiz es licenciado en Teología por la Universidad Bíblica Latinoamericana, licenciado en Sociología por la Universidad Pontificia de Salamanca y doctor en Teología por esa misma universidad. Profesor de Sociología y Religiones Comparadas en la Facultad de Teología de la Unión Evangélica Bautista de España (UEBE). 
Es autor de, entre otros libros, La Reforma y el cristianismo en el siglo XXI, Redescubrir la Palabra: cómo leer la Biblia, 25 enigmas de la Biblia y Memorias. 



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