Una mirada a la Babilonia evangélica - Por Juan María Tellería

Cuando preguntamos a cualquier miembro de una iglesia evangélica de las que encontramos a lo largo y a lo ancho de nuestra geografía nacional, sea hombre o mujer, que pase de los cuarenta y tenga en su haber cierta experiencia de vida congregacional, qué significa para él (o para ella) el nombre de Babilonia, salvo que se trate de una persona especialmente versada o particularmente interesada en la historia antigua, y posea por ello unos conocimientos exhaustivos sobre la Mesopotamia de los milenios anteriores a nuestra era, el Imperio de Hammurabi o el posterior Imperio caldeo, nos responderá probablemente dos cosas: o bien dirá que es un término que significa “confusión”, por el conocido relato de la torre de Babel y su conclusión en Gn 11,9; o bien se referirá a la enigmática figura femenina de Apocalipsis 17 y nos presentará una interpretación más o menos futurista, según la cual este nombre respondería a una organización religiosa apóstata y manipulada por el diablo, quizás en su vertiente histórica más conocida o, posiblemente, a algo parecido que tendrá lugar en el futuro (¡y que se esté gestando en el presente!). Nunca se le pasará por la cabeza a esta persona, probablemente, la idea de que el propio mundo evangélico actual pudiera muy bien responder a ese mismo concepto y por idénticas razones. O puede que sí. De darse esta segunda posibilidad, no andaría muy desencaminada, desgraciadamente. 

Vaya por delante que no escribimos estas líneas con ánimo de hacer daño alguno a nadie, y mucho menos a nuestros hermanos de las distintas denominaciones del amplio espectro evangélico, creyentes como profesan ser en Cristo Jesús y llamados a proclamar las Buenas Nuevas de la Redención. De hecho, quienes nos conocen bien saben de nuestra creciente preocupación por este asunto, sobre el cual ya nos hemos pronunciado en otras ocasiones, tanto en público como en privado, de viva voz y por medio de la página escrita. Si nos hemos decidido una vez más a redactar una breve reflexión incidiendo en el mismo tema, y compartirla con los amables lectores de Pensamiento Protestante, ha sido porque comprobamos que el problema planteado no sólo persiste, sino que parece agigantarse cada día que transcurre. En este sentido, estos párrafos que invitamos a leer a continuación no son más que un intento, entre muchos que se vienen haciendo desde diferentes confesiones, y por personalidades eminentes realmente preocupadas por ciertas situaciones, de llamar la atención hacia algo que, constatamos de continuo, está sucediendo ante nuestros propios ojos; algo que viene minando desde la base a un número creciente de iglesias, por no decir que también contribuye a la destrucción de hogares enteros de familias creyentes, y hasta de individuos. Varias figuras destacadas del mundo evangélico han lanzado desde hace décadas la voz de alarma ante las situaciones que vamos a mencionar a continuación; tan sólo deseamos hacerles eco. Ojalá aquéllos a quienes corresponda les presten la atención debida, con la ayuda de Dios. 


En efecto, el nombre de Babilonia se suele interpretar, de entrada,  como  confusión  a  partir  de  la  etimología  popular  ofrecida  por  el hagiógrafo  en  Gn  11,9:  la  ciudad  que  edificaban  aquellos  constructores  primitivos  post-diluvianos  se  llamó  Babel  porque  allí  Dios confundió  (heb.  balal)  su  lenguaje[1].  Al  autor  sagrado,  que  no  es  filólogo  ni  especialista  en  semántica,  le  importa  muy  poco  que  sus explicaciones  etimológicas,  en  este  o  en  otros  pasajes  de  la  Biblia,  carezcan  de  una  base  lingüística  real.  Le  basta  con  que  se acomoden  a  lo  que  desea  narrar[2],  y  esto  es  lo  que  sucede  en  el  conocido  relato  de  la  Torre  de  Babel.  Los  edificadores  de  la  torre  y de  la  ciudad  tuvieron  que  acabar  separándose  porque,  confundidos  en  su  manera  de  expresarse,  no  llegaron  a  entenderse,  y hubieron  de  paralizar  la  obra.  De  ahí  a  considerar  de  manera  metafórica  o  figurada  que  todo  lo  que  representa  desconcierto  o desorden  puede  ser  designado  con  el  nombre  de  Babel,  no  hay  sino  un  paso[3].  Y  no  falta  nada  para  dar  aún  otro  más  y  llamar  de esta  misma  forma  a  los  sistemas  religiosos  que  tuercen  o  confunden  a  los  seres  humanos  para  apartarlos  del  verdadero  camino conducente  a  Dios.

Hasta aquí, nada que objetar. 

El problema se plantea cuando, como perciben y captan muchos creyentes, sean ministros de culto o hermanos laicos, ese mismo desorden, esa misma confusión, ese mismo pandemonio se puede aplicar sin excesivos esfuerzos a un cada vez más amplio sector del mundo evangélico contemporáneo. 

Hubo una época, no demasiado lejana (unas pocas décadas, en realidad), en la que llamarse “evangélico” constituía para muchos creyentes de diversas denominaciones un claro motivo de sano orgullo. Ser evangélico significaba, especialmente en países de tradición católica romana, como son los de raigambre latina, una clara diferencia con el resto de la sociedad, pero no sólo por “no creer en el papa”, “no adorar a la Virgen” o “no ir a misa”, sino por una serie de características que presentaban esta forma de protestantismo[4]  como algo atractivo para ciertos sectores de la sociedad. Aun teniendo en cuenta las diferencias denominacionales y los rasgos distintivos de cada confesión, el pueblo evangélico sabía proyectar ante quienes lo observaban (¡o lo perseguían!, que de todo había) una imagen de cierta coherencia: la Palabra revelada de Dios era el centro del culto y de la vida de las congregaciones, en las que se tenía a gala el orden, y a las que más de uno acudía buscando, además de mayor información sobre Jesucristo o sobre la Biblia que la que proporcionaba la iglesia oficial, ciertas formas de pensamiento más avanzado. Recordamos cómo en nuestra niñez oíamos a veces hablar de los evangélicos (en realidad, de los  protestantes, como se los designaba casi unánimemente en la sociedad) con cierta dosis de respeto y admiración  por ser personas más formadas y más cultas que la media de la época, y de ideas sociales, políticas y religiosas más adelantadas que el resto. No todo el mundo contemplaba el mundo evangélico como un enemigo al que abatir. Aquellas idílicas estampas de otros tiempos han cedido el paso, triste es tener que admitirlo, a una cruda realidad hodierna en la que la confusión doctrinal se ha enseñoreado de capillas y congregaciones, haciendo de más de una venerable iglesia en la que otrora se había predicado básica y sustancialmente a Cristo, una especie de secta abominable en la que pululan las ideas más estrambóticas y más grotescas, donde el evangelio de Jesús de Nazaret y su mensaje salvador han sido desbancados por supuestos “mapas proféticos para un futuro inminente”, lecturas mal hechas del Antiguo Testamento[5]  realizadas a partir de un fundamentalismo intransigente, y un moralismo peor entendido disfrazado de ética bíblica, o donde la Palabra escrita de Dios ha sido reemplazada o sustituida (el término más exacto sería “arrinconada”) por las “visiones”, los “mensajes” y las “comunicaciones” sobrenaturales de los gurús de turno. El culto protestante, que a tantos ciudadanos llamaba la atención por su solemnidad distinta de la que conocían, en el que la participación activa de la congregación no suponía un declive en la reverencia, y en el que la música de los himnos elevaba e inspiraba, no sólo por sus melodías bien conjuntadas, sino también (¡quién lo diría hoy!) por sus contenidos, ha sido sustituido en demasiadas congregaciones por un maremágnum en el que el ruido y el jolgorio desenfrenados (armas de inigualable valor muy bien calculadas para impedir la reflexión y el pensamiento racional) no solo no elevan, sino que aborregan, casi diríamos embrutecen, y peor aún, molestan al entorno, con el consiguiente desprestigio social que ello conlleva en los barrios y comunidades donde estas “discotecas baratas de Baal”, como las llama un buen amigo nuestro, están aposentadas. 
En medio de semejantes mezcolanzas y algarabías de sentimientos desgarrados y palabrería sin sentido, ¿qué lugar queda para la proclamación del mensaje del Nuevo Pacto? Toda esta confusión no deja de tener sus frutos: congregaciones que se dividen y se disgregan a diario, a veces dejando heridas abiertas muy difíciles de curar, y en las que cualquiera que se lo proponga ejerce funciones pastorales y de predicación sin tener, no ya la preparación teológica adecuada, sino ni siquiera una formación general básica suficientemente acreditada, por no hablar de un reconocimiento formal de ninguna instancia u organización eclesiástica que asegure unos mínimos de orden. Daría la impresión de que se hubiera dicho adiós a la imagen del pastor evangélico o protestante como persona de elevada cultura y amplios conocimientos, para sustituirlo por la del animador de un club de vacaciones o del showman de baja estofa que, o solo vomita condenaciones y anatemas en forma de alaridos desaforados contra todo y contra todos, fundamentados en un libro que no entiende y que se puede dudar que haya llegado a leer completo alguna vez en su vida, o se dedica a expulsar “demonios”, realizar “sanidades” fraudulentas, y manipular a masas fanatizadas y aborregadas que constituyen, quiérase reconocer o no, el fermento de un gravísimo peligro social, una bomba de relojería que podría estallar en cualquier momento con imprevisibles y nada deseables consecuencias. 

Una babel en toda regla. 

Pero no olvidemos que el nombre de Babilonia, como habíamos dicho al principio, tiene también para muchos creyentes otra lectura: la célebre  gran  ramera  de Ap 17,5. Por desgracia, el mundo evangélico, en la idea de que solo él era el depositario de la fe auténtica, se había prodigado en acusaciones, inmisericordes demasiadas veces, contra la gran iglesia histórica de nuestros países católicos, e incluso contra las otras denominaciones protestantes surgidas directamente de la Reforma. Tanto la primera como las otras caían dentro de su peculiar concepto de apostasía y mundanalidad, de pérdida de principios fundamentales y de doctrinas básicas, sustituidos por “tradiciones humanas contrarias a la Palabra de Dios”, cuando no por teologías “liberales” y otros demonios. Ha sido moneda corriente en el mundo evangélico, y lo es aún, desgraciadamente, en ciertos sectores, acusar a estas iglesias de corrupción, entre otras cosas, por su vinculación histórica con los poderes establecidos, especialmente en el continente europeo, y por no atender a las necesidades reales de la gente. 

Rameras y madres de rameras, remedando el pasaje apocalíptico en cuestión.

Por desgracia, y retomando unas muy conocidas palabras del Señor Jesús, el mundo evangélico no solo no ha mostrado demasiada compasión para con sus hermanos los demás cristianos, sino que ha caído en la trampa de ver la paja en el ojo ajeno mientras ignoraba la viga que tenía en el suyo (Lc 6,41). ¡Y cuán grande es esta! Lamentablemente, son demasiadas las congregaciones evangélicas que, no solo por circunstancias externas indeseables en ciertos casos (proscripción y persecución por parte de las autoridades civiles de tiempos no muy lejanos), sino por una filosofía harto acomodaticia, sencillamente se han encastillado en posiciones aparentemente muy bíblicas (somos un pueblo santo, es decir, apartado), pero claramente antisociales, llegando al extremo de anatematizar a quienes, de entre sus membresías, cultivan amistades o relaciones  del mundo. Si no fuera más que esto, podría pensarse en un simple punto de vista un tanto extremo; el problema es cuando, de manera sistemática, estas iglesias y denominaciones se limitan a mirar para otro lado ante las injusticias e incluso ante los crímenes, pretextando que solo son señales de los tiempos  y que ellas  esperan a su Señor sin mezclarse en yugo desigual con los infieles[6]. 

Por otro lado, proliferan en el campo evangélico, ante la pasividad (¿o quizás habría que decir la complicidad?) de congregaciones y denominaciones enteras, auténticos negocios, muy lucrativos por cierto, orquestados en torno a grandes figuras mediáticas que, cuando no son (pseudo)apóstoles o (pseudo)profetas, se conforman con el título de “evangelistas”, o simplemente de modernos “salmistas”, muchos de los cuales resultan literalmente adorados por masas enfervorecidas de ignorantes supersticiosos que nada tienen que envidiar a la tan denostada idolatría romana, y a las que exprimen sin escrúpulo de conciencia alguno hasta los mismos tuétanos. Por otro lado, telepredicadores al estilo  yankee  más ramplón bombardean, por medio de cadenas y programas televisivos muy bien estudiados, a gentes sencillas e incultas con mensajes a cual más absurdo, desde un catastrofismo apocalíptico de ciencia ficción hasta milagros a la carta, ofreciéndoles adquirir ciertos productos que ellos venden, cuando no solicitan dinero de manera descarada a cambio de bendiciones celestiales. El predicador dominico de indulgencias Johannes Tetzel de la época de Lutero era un aprendiz al lado de todos estos ladrones vestidos de ángeles. Y no mencionamos, por no aburrir a nuestros amables lectores, a quienes, pese a las veces que se han desenmascarado sus patrañas, continúan proclamando y prometiendo prosperidades a cambio de una obediencia ciega a los predicadores de semejante infundio. Ningún romano pontífice, por mucho que se lo tilde de anticristo y se lo acuse de no ser sino una figura mediática vendida a unos poderes político-económicos bien determinados, ha tenido jamás el éxito que obtienen los predicadores de la prosperidad de nuestros días en vaciar literalmente los bolsillos de masas empobrecidas y aborregadas con esperanzas falsas. 

Lo dicho, una babel con todas las de la ley. 
El predicador dominico de indulgencias Johannes Tetzel de la época de Lutero era un aprendiz al lado de todos estos ladrones vestidos de ángeles.
Pero si nos limitáramos en esta reflexión a señalar estos problemas que tanto daño están causando hoy, ahora mismo, en multitud de congregaciones, sin añadir nada más, tal vez alguien podría pensar (o no) que la descripción de tales situaciones se ajusta con mayor o menor exactitud a la realidad. Y, desde luego, siempre habrá quien la considere exagerada, y también quien piense que no hemos reflejado ni la mitad del problema. Cada cual es muy libre de pensar como bien le parezca, naturalmente. Pero entendemos que, en tanto que creyentes y discípulos de Cristo, tenemos la obligación moral de añadir unas líneas complementarias, en las que ofrezcamos a estos hermanos nuestros lo que, creemos sinceramente, podría ayudarles a volver a encontrar ese camino que, evidentemente, han perdido. Nos limitaremos a cuatro puntos que creemos fundamentales en este sentido, siendo conscientes de que se podría añadir muchísimo más. 

El primero es el hecho de reconocer que el cristianismo en su conjunto, evangélico incluido, no aparece en el mundo de hoy por arte de birlibirloque, como caído de otro planeta. Nadie puede en nuestro siglo XXI pretender ser cristiano ignorando deliberadamente que Nuestro Señor Jesucristo vivió a comienzos del siglo I de nuestra era y que, desde Él hasta nosotros, existe todo un desarrollo cronológico de la Iglesia (con mayúscula, es decir, la Iglesia universal). Ésta ha atravesado los siglos de la Antigüedad, el Medioevo, la Edad Moderna y la Contemporánea pasando por diferentes etapas, algunas más gloriosas que otras, algunas más vergonzosas que otras, cada una con sus graves equivocaciones y sus grandes aciertos, pero todas ellas constituyen una herencia imposible de obviar o de eliminar de un plumazo. El gran error en que muchos evangélicos han caído desde hace más de un siglo y más de dos, consistente en romper vínculos con todo lo que tenga sabor a “iglesia establecida” o “iglesia histórica”, no ha sido sino un abrir de par en par las puertas de la anarquía y la disgregación. Son demasiados los evangélicos actuales que lamentan profundamente la situación de total anomalía en que se encuentran sus iglesias, por lo que una manera muy buena de dar marcha atrás a la pendiente de sectarismo y disolución en que se encuentran sería volver a las fuentes, es decir, a la herencia que hemos recibido todos los creyentes desde el siglo I. Hay cosas muy buenas y muy útiles en el finisecular elenco cristiano universal, desde la Oración Dominical enseñada por Jesús (el  Padrenuestro) para que sus discípulos la recitáramos juntos y meditáramos en ella, hasta los credos antiguos, en los que se condensa y se expone de forma compendiada y magistral nuestra fe cristiana, pasando por la práctica sacramental del bautismo y la Cena del Señor, o los escritos y reflexiones de los grandes siervos de Cristo de siglos pretéritos (Padres de la Iglesia, teólogos, Reformadores), a lo cual, tristemente, no se presta la debida atención, cuando no se lo rechaza abiertamente. Forma parte también de esa herencia histórica la noción de Iglesia como cuerpo de Cristo, en la que los ministros de culto sirven a la grey del Señor, con la preparación requerida para ello, y son debidamente respetados en virtud de aquello que ofician y representan, al mismo tiempo que los laicos ejercen sus dones y ministerios particulares para honra y gloria del Señor de la Iglesia[7].

El segundo es el regreso a la Palabra viva del Dios Vivo. Alguien dirá que, precisamente, en este punto las iglesias evangélicas son fuertes, dado que se cimentan exclusivamente en la Biblia. Con la mano en el corazón lo decimos: ¡ojalá fuera cierto! Otro gallo cantaría al pueblo evangélico de nuestras latitudes y de otras si tal aserto fuera verdad. No se ha de confundir el hecho de cimentarse en la Palabra de Dios con el biblicismo. Por una parte, hemos señalado más arriba cómo en demasiadas congregaciones evangélicas de nuestros días la exposición bíblica ha sido arrinconada para dejar paso a un tipo de espectáculo cúltico de muy cuestionable inspiración que nada tiene que ver con ella, y, por otra, el mundo evangélico en general (con sus muy honrosas excepciones, que, gracias a Dios, las hay) se percibe más como un fundamentalismo biblicista desfasado de corte anglosajón[8] que como un conjunto cristiano con fundamento bíblico razonable. El regreso a la Palabra significa un estudio serio y profundo de lo que la Biblia transmite y enseña en esencia, dejando de lado los extremismos de todo tipo y esas lecturas distorsionadoras de las Escrituras, más propias de secta decimonónica que de una Iglesia que, se supone, viene leyendo y estudiando los Libros Sacros desde hace veinte siglos. Ninguna supuesta “inspiración de lo alto” nos va a auxiliar en la investigación concienzuda de los escritos bíblicos; más bien debemos estar agradecidos a los instrumentos que hoy la Providencia ha puesto en nuestras manos, esas variadas ciencias auxiliares que nos introducen en el mundo y en el pensamiento de quienes compusieron los relatos sagrados[9]. Ni los antiguos ni los Reformadores hicieron de la Santa Biblia la llave mágica que abre todas las puertas o desvela todos los secretos. Discusiones sobre hipotéticos futuros proféticos, la lucha contra las ciencias biológicas, enarbolar la Palabra de Dios como un manual de moral y buenas costumbres, declarar la Biblia autoridad suprema en todos los campos del conocimiento, o hacer de las autorías de los libros de la Escritura dogmas inamovibles o “prueba de fe genuina!, constituyen conceptos que no han entrado jamás en el horizonte de quienes, en épocas pasadas, se acercaban a las Escrituras buscando su contenido fundamental. 
el mundo evangélico en general (con sus muy honrosas excepciones, que, gracias a Dios, las hay) se percibe más como un fundamentalismo biblicista desfasado de corte anglosajón que como un conjunto cristiano con fundamento bíblico razonable.
El tercero es, precisamente, ese contenido fundamental de la Santa Biblia: Cristo, su enseñanza, su persona y su obra, y muy especialmente su muerte y resurrección, vale decir, los acontecimientos que culminan la Historia de la Salvación, de la que Él es el auténtico protagonista. Una lectura de las Escrituras que no nos conduzca a la figura de Jesucristo es, sencillamente, errónea[10]  y, a la larga o a la corta, contraproducente. De hecho, la Biblia no es la piedra angular sobre la que es edificada la Iglesia de Dios, sino el propio Cristo. Las Escrituras nos han sido dadas para que, a través de ellas, lleguemos a Cristo, lo escuchemos y lo reconozcamos como lo que realmente es, como quien verdaderamente es. De ahí que el culto, la liturgia, la proclamación, el testimonio de la Iglesia, han de ser esencialmente cristocéntricos. Si somos honestos con nosotros mismos, es muy poca la doctrina o el dogma que hallamos realmente plasmado en el Nuevo Testamento (y en el Antiguo); ello constituirá la labor de los teólogos que vendrían después hasta hoy. Pero toda la Sagrada Escritura está impregnada de Cristo, desde el Evangelio según San Mateo (desde el Génesis, en realidad) hasta el Apocalipsis. Sorprende, y no de modo agradable, la escasa cantidad de literatura evangélica de calidad hoy publicada que haga de Cristo el centro de su estudio, si la comparamos con la infinidad de libros y opúsculos que salen a la luz con “recetas” para vivir mejor o de manera más exitosa, o incluso para que nuestras oraciones tengan “efecto” o “poder” en nuestras propias vidas y en las de los demás. Las librerías evangélicas rebosan de toda una pseudopsicología de moda o de temas propios de una apologética decimonónica trasnochada, mientras que la persona del Redentor del mundo parece no ser bienvenida en sus estantes, salvo por parte de autores más bien clásicos. Si el mundo evangélico desea volver a ser lo que le corresponde, ha de regresar a Cristo, vale decir, experimentar una nueva conversión y un auténtico reavivamiento, muy diferente de lo que en esos medios se entiende por tal. 

Al cuarto y último punto ya hemos aludido de pasada en el párrafo precedente, cuando mencionábamos el testimonio de la Iglesia como especialmente cristocéntrico. Ahora nos limitamos a añadir que ese testimonio no puede ceñirse en exclusiva a discursos mejor o peor ensamblados de tono apologético o a contar experiencias personales. Sin duda que todo ello será necesario en ciertos momentos y lugares, como cualquier otra actividad que se entienda como testimonio de fe. Pero nos referimos, más bien, a una clara conciencia de la presencia de Cristo en la sociedad, una presencia efectiva que se resume en la palabra griega agape[11], es decir, amor. Son muchos nuestros contemporáneos necesitados de satisfacer su sed religiosa, sin duda alguna[12], pero también hay grandes cantidades de personas que lo que menos necesitan es sermones, testimonios o relatos de experiencias religiosas, y sí ayuda de otro tipo. Es muy loable la labor que muchas congregaciones evangélicas de nuestro país, y de otros, realizan a favor de los conciudadanos menos favorecidos, tanto en el área de reparto de alimentos o consejería (atención personalizada, escucha a quienes precisan hablar de sus problemas), pero son demasiados los grupos que se amparan en el nombre de evangélico carentes de cualquier tipo de conciencia solidaria, a la que estigmatizan como mundanalidad (cuando no de  izquierdismo político) o como salvación por obras (??!!). 
Si el mundo evangélico desea volver a ser lo que le corresponde, ha de regresar a Cristo, vale decir, experimentar una nueva conversión y un auténtico reavivamiento, muy diferente de lo que en esos medios se entiende por tal.
La práctica de la solidaridad social (no nos gusta la palabra caridad por sus connotaciones religiosas derivadas) es algo presente en la historia de la Iglesia desde sus comienzos, y, bueno es reconocerlo, las grandes denominaciones históricas han hecho de ello una de sus cuñas de entrada del evangelio en el entramado social, si bien no siempre de la mejor manera posible. Y, como decíamos más arriba, el amor es signo de esa presencia de Cristo. Cabría preguntarse si el mundo evangélico actual rezuma ese amor, no ya por los del mundo, sino dentro de sus propias filas. Resulta difícil encontrarlo en un entramado paraeclesial donde las divisiones y las secesiones son moneda corriente por motivos injustificados, o donde el anatema y la condena desde el púlpito se ha convertido, por desgracia, en moneda corriente, incluso entre hermanos que, se supone, comparten la misma fe. Sólo cuando el amor de Cristo impregne estas congregaciones, será posible todo cuanto hemos dicho antes, y entonces el testimonio evangélico se convertirá en una realidad atractiva y perenne[13]. 

Deseamos que Dios reavive en verdad las congregaciones evangélicas dispersas y, juntamente con quienes formamos parte de las denominaciones históricas, presenten un frente unido por Cristo en medio de un mundo cada vez más necesitado del mensaje redentor de Jesús. 


Notas
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[1]  Parafraseamos el texto de RVR60, aun siendo conscientes de su deficiente traducción en este caso concreto. No fue el “lenguaje”, o capacidad de emitir sonidos articulados con intención comunicativa, lo que se confundió en Babel, sino la “lengua”, es decir, el sistema empleado para comunicar e interactuar, con lo que, conforme a la narración sagrada, se generó un cierto caos entre aquella población antigua, ahora incapaz de entenderse y, por ende, de trabajar juntos. 
[2]  Es decir, cultiva lo que se conoce como “etimologías populares”, sin fundamento lingüístico serio, pero sí con una gran carga afectiva e ideológica. 
[3]  Se dice “una babel” de cualquier lugar donde se desarrolla una actividad realizada con cierta confusión, griterío o desorden, por ejemplo. 
[4]  En los países de cultura latina no se suele diferenciar entre protestante y evangélico, lo cual constituye un craso error que puede generar aún más desconcierto. 
[5]  El Antiguo Testamento siempre ha sido la mina inagotable de la que las sectas históricas más conocidas, especialmente las que vieron la luz en los Estados Unidos durante el siglo XIX, han obtenido sus materiales y doctrinas distintivas. El mundo protestante, por el contrario, y sin desdeñar o minusvalorar la importancia de los escritos del Antiguo Pacto, desde la Reforma había hecho hincapié, no obstante, en el mensaje salvador del Nuevo. 
[6]  De esta horrible situación se dan casos muy concretos hoy en día, que no mencionamos con mayor detalle por no herir sensibilidades, pero que mucha gente conoce de primera mano, así como se dieron en períodos no demasiado lejanos de la historia europea. 
[7]  El declive del ministerio pastoral en un sinfín de congregaciones evangélicas debido a una falsa concepción de las funciones ministeriales, así como a una visión desenfocada de la realidad del sacerdocio universal de todo creyente, han conducido a un ninguneo absoluto de la figura del pastor que ha redundado en la pérdida de personas valiosas y bien preparadas, y su sustitución por gentes que no están a la altura requerida para un menester sagrado de esta envergadura. 
[8]  Es decir, originario de los  EEUU. El fundamentalismo se gestó en América  del Norte entre finales del siglo XIX y comienzos del XX como una reacción agresiva contra los progresos de las ciencias naturales (teorías evolucionistas) y  los avances de la crítica bíblica europea. Alcanzó su punto más elevado en los EEUU en los años 20 y 30 del siglo pasado y, desde entonces, ha venido manteniendo un tipo de enseñanza infantil de las Escrituras con derivaciones peligrosas incluso de tipo político, como se evidencia en la historia reciente de la gran república norteamericana. 
[9]  Entra ahí toda una gama de disciplinas, desde las relacionadas con la filología (lingüística semítica, literatura comparada, crítica textual), hasta las emparentadas con la historia (arqueología, epigrafía, numismática), pasando por un amplio espectro que incluye la sociología, la geografía, y hasta la biología en sus distintas ramas. 
[10]  No nos referimos, lógicamente, a los estudios especializados que algunos exegetas y eruditos en general realizan sobre ciertos pasajes muy concretos, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, en los que se analizan fuentes, medios vitales y los orígenes de esos textos. Lo que queremos decir es que la lectura devocional e incluso homilética de las Escrituras nos ha de conducir al Hijo de Dios, sin lo cual correríamos el riesgo de perder el norte, como de hecho sucede. 
[11]  Escrito y pronunciado sin tilde. No debe confundirse con el vocablo ágape,  su adaptación castellana, que en nuestro idioma significa “banquete, festín, convite o comida en conjunto”. 
[12]  Más de los que en principio podría parecer, según indican en ocasiones ciertas estadísticas realizadas en nuestro país y en otros de nuestro entorno. 
[13]  Son demasiados los que han constatado, y muy a su pesar, la gran efervescencia de ciertos movimientos evangélicos, pero que no dejan de ser flor  de un día, o de una semana, o de un mes. Recordamos a cierto “evangelista” que en una semana de fervorosas y teatrales campañas llenaba las congregaciones hasta con 500 o 1000 personas (todo un récord en un país europeo), pero a los pocos días esas muchedumbres desaparecían tal como habían llegado, sin dejar ni rastro.



Juan María Tellería es Licenciado en Filología Clásica y en Filología Española. Diplomado en Teología por el Seminario Bautista de Alcobendas (Madrid), Licenciado en Sagrada Teología y Magíster en Teología dogmática por el CEIBI. Profesor y Decano Académico del Centro de Investigaciones Bíblicas (CEIBI). Es presbítero ordenado y Delegado Diocesano para la Educación Teológica en la Iglesia Española Reformada Episcopal (IERE).




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