¿Qué enseña el Antiguo Testamento a la Iglesia y a la sociedad de hoy? - Por Joseba Prieto

El conjunto de libros que conforman la Biblia Hebrea han tenido una influencia incalculable, especialmente en lo que se conoce como “cultura judeocristiana”. A pesar de la evidente antigüedad de sus relatos, sus páginas han sido leídas por muchísimas personas, en contextos culturales y religiosos sumamente alejados del contexto original en que estos se forjaron.
Aunque en nuestra sociedad occidental ya no existe un libro “sagrado” que configure la conciencia de los individuos, los relatos bíblicos siguen impregnando nuestra cultura de múltiples formas.

Aun así, la relación con el Antiguo Testamento no ha estado exenta de problemas. Una cuestión que ha causado verdaderos quebraderos de cabeza es, precisamente, la relación entre Antiguo y Nuevo Testamento. Ya a mediados del siglo II, la Iglesia tuvo que enfrentarse con el llamado “reto marcionita” que cuestionó la necesidad de la herencia judía para el mensaje cristiano. Marción, desde una postura radical, planteó una oposición absoluta entre la Biblia Hebrea y el mensaje de Jesús, entre el Dios de Israel y el Abba, lo que le llevó a rechazar no solo el Antiguo Testamento sino todo rastro de judaísmo en el Nuevo, eliminando de un plumazo los evangelios de Mateo, Marcos y Juan, junto con numerosas cartas del Nuevo Testamento.

Ciertamente, los planteamientos de Marción fueron excesivos y tendenciosos (con una clara “obsesión” antisemita), pero hay que reconocer cierta honestidad en su intento de conciliar una lectura literal del texto bíblico con la fe cristiana. Sin embargo, Marción ignoró un dato fundamental que, ya desde sus inicios, la Iglesia tuvo muy presente: no es posible llevar a cabo una interpretación exclusivamente literal de la Biblia Hebrea[1].

Ante la “herejía marcionita”, la incipiente Iglesia se vio obligada a replantear su relación con los escritos de la Biblia Hebrea, reconociéndolos como oficiales y colocándolos delante de sus propios escritos. Así, la Iglesia se situó en sintonía con las primeras comunidades cristianas, donde la Biblia Hebrea ocupaba un papel fundamental, adoptado con absoluta naturalidad. En palabras del teólogo alemán E. Zenger: “La ‘Escritura’ constituía el lenguaje y el mundo simbólico de los destinatarios de los textos del Nuevo Testamento”[2].
ya desde sus inicios, la Iglesia tuvo muy presente: no es posible llevar a cabo una interpretación exclusivamente literal de la Biblia Hebrea
En concreto, los textos veterotestamentarios fueron la base sobre la cual los primeros cristianos fundamentaron el significado de la persona de Jesús de Nazaret. Principalmente, interpretaron su vida, muerte y resurrección a la luz de las esperanzas y anhelos proféticos, aunque cualquier alusión cristológica, por velada que fuera, les resultaba útil para legitimar la obra de Cristo, que solo tenía sentido en sintonía con la fe y la esperanza de Israel. De este modo, el Nuevo Testamento refleja cómo las primeras comunidades cristianas plantearon un principio hermenéutico nuclear para su lectura del Antiguo Testamento, la reinterpretación de los textos a la luz de la vida y obra de Jesucristo.

Hoy día, a pesar de los siglos de historia que nos preceden, las objeciones de Marción siguen estando presentes, de una forma u otra, en todas aquellas personas que, sin éxito, tratan de encontrar un sentido a los textos del Antiguo Testamento. Ante esta realidad, el presente artículo trata de responder a la siguiente pregunta: ¿Qué utilidad tiene hoy día el AT?
Lógicamente, sería ingenuo pretender dar una respuesta última a esta cuestión en este breve acercamiento, pues el planteamiento permite un abordaje desde multitud de puntos. En ese sentido, he optado por enfocar la cuestión desde dos principios concretos que, a mi juicio, vertebran el corazón de la Biblia Hebrea, principios que conllevan implicaciones significativas para la iglesia y, por extensión, para la sociedad en su conjunto. Por un lado, hablaremos de la dialéctica entre fe y cultura como paradigma de transformación espiritual y, por otro lado, de la idea de un Dios relacional como fundamento de la relación entre los seres humanos.

DIALÉCTICA ENTRE FE Y CULTURA, PARADIGMA DE TRANSFORMACIÓN ESPIRITUAL

Si hay algo que dificulta un abordaje honesto y crítico del texto bíblico es la convicción de que su sentido es “uno”, ignorando toda la riqueza de significados que albergan estos relatos. Esta convicción la encontramos en el propio Marción, convencido de que la Biblia Hebrea mostraba “una única imagen” de Yahveh, opuesta al Abba de Jesús (ignorando todas aquellas imágenes del Antiguo Testamento que sintonizan totalmente con el Dios de Jesús). Sin embargo, hoy sabemos que los textos veterotestamentarios reflejan una clara diversidad de testimonios acerca de Dios, y de su relación con el pueblo de Israel[3]. Es decir, los relatos de la Biblia no son monocolores, no plantean una única visión o enfoque sobre las cuestiones que en ellos se tratan.

Los textos del Antiguo Testamento, escritos desde la fe y para la fe, reflexionan acerca de cómo esa fe se manifiesta en la realidad concreta, pero esta reflexión no se lleva a cabo en el vacío, sino en íntima relación con el contexto socio-cultural en el que estos autores están inmersos. Es decir, los autores del texto bíblico, en diálogo con la cultura que les rodea, parten de conceptos antiguos comunes a sus contemporáneos para, a través de su experiencia personal de fe en Dios, transformar esos conceptos, dando lugar a nuevas y mejores concepciones sobre la realidad de Dios y de todo cuanto existe[4]. De esta forma, es lógico que los distintos conceptos evolucionen y se desarrollen a lo largo del texto bíblico.
hoy sabemos que los textos veterotestamentarios reflejan una clara diversidad de testimonios acerca de Dios, y de su relación con el pueblo de Israel
Un ejemplo claro de esta interacción dialéctica entre fe y cultura lo encontramos en los mitos
de orígenes de Gn 1-11, donde los autores bíblicos echan mano de antiquísimos mitos sumerios para expresar una nueva forma de comprender la realidad. Otro ejemplo lo encontramos en los códigos legales del Levítico o el Deuteronomio, con claros antecedentes y paralelos en las legislaciones de civilizaciones que precedieron a Israel, como el código de Hammurabi. Lo interesante de esto es que los autores bíblicos, aunque parten de todo un conocimiento previo heredado durante generaciones, son capaces de profundizar más allá con creatividad y discernimiento, introduciendo novedades capaces de sorprender, a la vez que invitan a la reflexión y la meditación personal, fruto de su fe en un Dios único y diferente.

Sin embargo, este diálogo no se da únicamente entre la fe de Israel y la cultura que le rodea, sino también dentro de la propia fe judía. En los diferentes libros que componen la Biblia Hebrea podemos apreciar un diálogo interno, una tensión dialéctica. La evolución de la fe hebrea lleva a los autores a replantear conceptos previamente aceptados, a reformularlos o, en ocasiones, incluso a cuestionarlos. Una tradición dinámica y viva que permitía actualizar y transformar la fe en sintonía con el contexto sociocultural y la experiencia vivida. Un ejemplo muy visual de esta dinámica interna de interpretación lo encontramos en la cita de Ex 34, 6-7, que a lo largo del texto bíblico va transformándose, desapareciendo poco a poco la idea del castigo en las generaciones futuras (Jon 4,2; Sal 103,10; Sal 145, 8-9). Otra muestra de esta interacción dialéctica la encontramos, por ejemplo, en el libro de Job, donde se cuestiona directamente la sabiduría tradicional judía que impregna el libro de Proverbios, o en el libro de Rut, donde se plantean serias objeciones a la política de pureza racial de Esdras y su visión exclusivista de la fe.

En conclusión, la esencia que vertebra el corazón de la Biblia Hebrea es puro diálogo, profunda interacción dialéctica entre la fe y la cultura, una reflexión constante sobre qué significa ser el pueblo de Dios en medio del mundo, quién y cómo es ese Dios en quien creemos[5]. Este principio que encontramos en el Antiguo Testamento (y en la tradición rabínica)[6], con esa libertad tan amplia para debatir, evaluar y contrastarlo todo, para explorar y sopesar diferentes interpretaciones acerca de la realidad que nos rodea, se convierte en un paradigma de transformación para nuestra espiritualidad hoy. La Biblia Hebrea, con su ejemplo, nos enseña a no conformarnos con una visión simplista, estática y reduccionista de la realidad, pues nos impulsa a establecer comunidades hermenéuticas encarnadas que traten de discernir la voluntad divina en el contexto presente, que interactúen con aquellos que les rodean, forjando una fe en diálogo continuo con la cultura y con quienes comparten una visión diferente de la fe, creando un terreno en común capaz de transformar eficazmente la realidad, pues una fe encarnada es la única que puede generar sentido, identidad y propósito.
Porque, en última instancia, el objetivo de esta dialéctica transformadora no es la innovación por la innovación. En la Biblia Hebrea, este diálogo tiene el propósito de tratar de comprender, cada vez mejor, quién es Dios y qué es lo que espera de nosotros. Y esto conecta directamente con el segundo principio que quiero señalar.

UN DIOS RELACIONAL, FUNDAMENTO DE LA RELACIÓN ENTRE LOS SERES HUMANOS

Si hay una idea que recorre el Antiguo Testamento es precisamente que Yahveh es un Dios relacional, que puede ser conocido y quiere establecer un vínculo con el ser humano. Hoy día, tras siglos de tradición judeocristiana, esto no nos sorprende, pero en su origen fue sumamente revolucionario. Nuevamente, en los textos bíblicos este concepto está circunscrito a un patrón cultural concreto como es la idea del “pacto”, común entre los pueblos de la Antigüedad (la alianza del Sinaí, por ejemplo, presenta numerosas semejanzas con otros documentos legales del Bronce Tardío[7]. De este modo, empleando un concepto habitual en las relaciones tribales, el Antiguo Testamento refleja la relación de Yahveh con el ser humano.

Así, el carácter de Dios se va descubriendo a través de estos pactos o alianzas, motivados por ese deseo relacional. Lo interesante de todo ello es que el propósito final de estos vínculos, en los que Dios “se da a conocer”, siempre es la invitación a una actitud recíproca para con los semejantes. Es decir, que la misma Gracia, Amor, Justicia o Misericordia que Dios ha mostrado para con el ser humano a través de esa alianza, se ha de convertir, a su vez, en el fundamento que rija las relaciones entre las personas. De esta forma, en el Antiguo Testamento se forja una conciencia social que impregna la identidad del pueblo de Israel, consciente de que su Dios, diferente al resto de dioses, quiere conformar una sociedad alternativa, igualitaria, solidaria, de hombres y mujeres libres, donde los más desfavorecidos sean atendidos y dignificados.

De hecho, esta dimensión ética de la fe judía es especialmente característica de los profetas hebreos, que casualmente remiten una y otra vez al pacto entre Dios y su pueblo, pues ambos aspectos, la conciencia social y el vínculo establecido con Dios, están íntimamente conectados. En este sentido, la Biblia Hebrea no plantea una espiritualidad anclada meramente en la religiosidad, sino todo lo contrario. En el encuentro con el Dios de Israel, los seres humanos son llamados a vivir vidas que transformen eficazmente la realidad que les rodea, en sintonía plena con Dios, con uno mismo, con el prójimo y con la tierra que pisan sus pies.
De esta forma, en el Antiguo Testamento se forja una conciencia social que impregna la identidad del pueblo de Israel, consciente de que su Dios, diferente al resto de dioses, quiere conformar una sociedad alternativa, igualitaria, solidaria, de hombres y mujeres libres, donde los más desfavorecidos sean atendidos y dignificados.
En conclusión, creo que estos dos principios representan enseñanzas pertinentes y significativas para nuestro mundo hoy. Por un lado, la invitación al diálogo y la interacción entre fe y cultura como medio de transformación espiritual es un paradigma sumamente necesario, más aún en una sociedad donde cada vez hay menos disposición para escuchar al otro. Por otro lado, la concepción de un Dios relacional que nos invita a establecer relaciones sanas con aquellos que nos rodean sigue siendo una cuestión de gran calado, pues la ética social representa un aspecto crucial para la supervivencia del género humano.

Desde la fe cristiana creemos que la revelación plena de Dios se encuentra en la persona de Jesús de Nazaret, criterio hermenéutico por excelencia, pero un Jesús desvinculado de sus raíces judías sería una falsificación (por mal que le pesara a Marción), pues su praxis y su forma de ver el mundo se fundamentaron en valores enraizados en estos antiguos relatos hebreos. Es más, creo que estos dos principios formaron parte de la cosmovisión de Jesús y los primeros cristianos: por un lado, una visión dialéctica de la fe que les llevó a releer y reinterpretar con asombrosa libertad muchos pasajes del Antiguo Testamento, y a establecer un diálogo entre su fe y la cultura griega imperante; por otro lado, la convicción de que las buenas noticias que habían recibido no les vinculaban solamente con Dios, sino que les comprometían con todos aquellos que les rodeaban, conectando directamente con el núcleo ético de la espiritualidad hebrea.
Desde la fe cristiana creemos que la revelación plena de Dios se encuentra en la persona de Jesús de Nazaret, criterio hermenéutico por excelencia, pero un Jesús desvinculado de sus raíces judías sería una falsificación
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Notas 

[1] Dionisio Byler, La Autoridad de La Palabra en la Iglesia (Biblioteca Menno, 1995), 148.
[2] Erich Zenger, ‘El Significado Fundamental Del Primer Testamento. Interpretación Cristiano-Judía de La Biblia Después de Auschwitz’, Selecciones de Teología 156 (2000), 252–58.
[3] Walter Brueggemann, Teología Del Antiguo Testamento. Un Juicio a Yahvé, Ediciones Sígueme (Salamanca, 2007), 744.
[4] Dionisio Byler, Toda obra escrita es útil (Biblioteca Menno, 2016) 19-34.
[5] Dionisio Byler, Entre Josué y Jesús. El Sentido de la historia del Antiguo Testamento (Biblioteca Menno, 2015), 82-87.
[6] Un dicho de la tradición rabínica refleja nítidamente esta cuestión: “En la Escritura hay setenta caras” (Bemidbar Rabbah) comprender, cada vez mejor, quién es Dios y qué es lo que espera de nosotros. Y esto conecta directamente con el segundo principio que quiero señalar.
[7] John Drane, Introducción al Antiguo Testamento (CLIE, 2004), 57-60.

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Bibliografía

- Brueggemann, Walter, Teología del Antiguo Testamento. Un juicio a Yahvé, Ediciones Sígueme (Salamanca, 2007)
- Byler, Dionisio, Entre Josué y Jesús. El sentido de la historia del Antiguo Testamento (Biblioteca Menno, 2015)
———, La Autoridad de la Palabra en la Iglesia (Biblioteca Menno, 1995)
———, Toda obra escrita es útil (Biblioteca Menno, 2016)
- Drane, John, Introducción al Antiguo Testamento (CLIE, 2004)
- García Ruiz, Máximo, Redescubrir la Palabra. Cómo leer la Biblia (CLIE, 2016)
- Zenger, Erich, ‘El Significado Fundamental Del Primer Testamento. Interpretación Cristiano-Judía de La Biblia Después de Auschwitz’, selecciones de Teología 156 (2000), 252–58


Joseba Prieto es estudiante de Grado en Teología en el SEUT.


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