El problema moral del Antiguo Testamento, con Marción de fondo - Por Alfonso Ropero

Una Biblia, dos Testamentos o Alianzas, el Viejo y el Nuevo Pacto. No siempre es fácil observar la relación entre ellos. En ambos resuena la misma Palabra de Dios, pero qué duda que en ellos apreciamos una dialéctica de continuidad y discontinuidad. La Ley por medio de Moisés fue dada, pero la Gracia y la Verdad vinieron por medio de Jesucristo, nos enseña el Evangelio de Juan (1:17).

No solo hay dos tiempos, el tiempo de los padres, en los que Dios habló por medio de los profetas, y el tiempo kairótico del ahora, que nos ha hablado por el Hijo (Heb 1:1); sino que también hay dos modos, el modo de ser y vivir en el viejo Israel, y el nuevo modo ser y vivir del nuevo Israel en Cristo. Habéis oído que se enseñó a los antepasados... Pero yo os digo» (Mt 5:21-48).
Hay también dos realidades, por un lado, el pueblo de Dios ligado a una tierra, a un territorio concreto con un templo como centro y foco de adoración; por otro, un pueblo en camino, sin territorio propio, cosmopolita, abierto al mundo, sin templo material y a la vez con tantos templos espirituales como creyentes abiertos a la acción de Dios en Espíritu. Y, por último, dos esperanzas, a saber, una vida larga y repleta, de bienes y de descendientes para el judío piadoso; una vida de sacrificio por el Evangelio con la esperanza de ser admitido en el reino eterno de Dios en los cielos para el cristiano fiel. Para unos la perspectiva de la vida de ultratumba es triste, sombría; para otros, una perspectiva de gloria y bendición en comunión ininterrumpida con Dios.


El rasgo más común de Dios en el viejo pacto es el de un Soberano que interviene militarmente en la historia, movido la mayoría de las veces por la ira. Para Jesucristo, Dios es como un padre de familia, incluso como un agricultor o un buen pastor —imágenes, por otra parte, presentes en la enseñanza profética del Antiguo Testamento— guiado por el amor y la salvación de sus criaturas.




La auto-presentación de Dios en la Vieja Alianza no puede ser más tremenda:
"¡Ved ahora que yo soy el único Dios! No hay otros dioses fuera de mí. Yo doy la muerte y la vida, yo causo la herida y la sano. ¡Nadie puede librarse de mi poder!
Levanto la mano al cielo y juro: Tan cierto como que vivo para siempre, es que me vengaré de mis adversarios cuando afile mi espada reluciente y comience a impartir justicia.
¡Daré su merecido a los que me odian! Mis flechas se embriagarán de sangre, y mi espada se hartará de carne: sangre de heridos y de cautivos, cabezas de jefes enemigos” (Dt 42:39-42, Biblia La Palabra).


El rasgo más común de Dios en el viejo pacto es el de un Soberano que interviene militarmente en la historia, movido la mayoría de las veces por la ira. Para Jesucristo, Dios es como un padre de familia, incluso como un agricultor o un buen pastor 

Una imagen radicalmente bárbara: un Dios rodeado de las cabezas cortadas de sus enemigos. Lo mismo se repite de un modo constante en los profetas. Nahúm, por ejemplo:

"Jehová es Dios celoso y vengador; Jehová es vengador y lleno de indignación; se venga de sus adversarios, y guarda enojo para sus enemigos.
Jehová es tardo para la ira y grande en poder, y no tendrá por inocente al culpable. Jehová marcha en la tempestad y el torbellino, y las nubes son el polvo de sus pies. El amenaza al mar, y lo hace secar, y agosta todos los ríos; Basán fue destruido, y el Carmelo, y la flor del Líbano fue destruida.
Los montes tiemblan delante de él, y los collados se derriten; la tierra se conmueve a su presencia, y el mundo, y todos los que en él habitan.
¿Quién permanecerá delante de su ira? ¿y quién quedará en pie en el ardor de su enojo? Su ira se derrama como fuego, y por él se hienden las peñas" (Nah 1:2-6).

Son imágenes aterradoras pensadas para provocar el cumplimiento de los mandamientos de parte de aquellos más apartados de Dios del pueblo de Israel, y para afirmar de un modo rotundo la destrucción y la victoria final sobre los enemigos del pueblo elegido.
Al principio los discípulos de Jesús recurrían al Antiguo Testamento, cuyo carácter de escritura inspirada por Dios asumían, como una autoridad que legitimaba, esclarecía y explicitaba el misterio de Cristo, el Salvador de la humanidad, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Al escándalo judío de un Mesías-Ungido-Cristo muerto y rechazado por las autoridades religiosas del pueblo judío, el seguidor de Jesús el Cristo respondía: “Esto sucedió para que se cumpliese la Escritura”. Y se remitía al texto pertinente. "Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras" (1 Co 5:3-4).

Por el Diálogo de Justino con el judío Trifón, sabemos de los debates y las polémicas entre cristianos y judíos en su manera de citar y entender las Escrituras del pueblo hebreo, con la mutua acusación de estar tergiversando la Palabra de Dios.
A medida que elemento gentil fue creciendo en la iglesia, hasta el punto de superar a los de procedencia judía, se elevaron voces que, sin dejar de reconocer el cumplimiento de las Escrituras, presentaron quejas respecto a la moral del Antiguo Testamento, e incluso se atrevieron a cuestionar la conveniencia de considerar la Biblia hebrea como un libro igualmente válido para la iglesia. Se negaban a aceptar que los libros que componen el Antiguo Testamento fuesen incluidos en el naciente canon o colección de literatura religiosa que iba siendo reconocida por las iglesias como inspiradas y dignas de ser admitidas como autoridad por los creyentes en Cristo.


A medida que elemento gentil fue creciendo en la iglesia, hasta el punto de superar a los de procedencia judía, se elevaron voces que, sin dejar de reconocer el cumplimiento de las Escrituras, presentaron quejas respecto a la moral del Antiguo Testamento, e incluso se atrevieron a cuestionar la conveniencia de considerar la Biblia hebrea como un libro igualmente válido para la iglesia.

Para ellos, la moral y teología del Antiguo Testamento basada en un código de leyes y castigos, donde trasluce en casi todas sus páginas el rencor contra los países vecinos y el deseo de venganza, es contraria a la moral cristiana del perdón y la misericordia. El Dios del Antiguo Testamento, el Yahvé de los Ejércitos, es un Dios violento [1], instigador principal de la matanza de los cananeos no tenía nada que ver con el Dios y Padre bondadoso de Jesucristo; la historia del Antiguo Testamento, tan llena de crímenes, engaños, robos, incesto, adulterios, asesinatos, espíritu de revancha, guerras de exterminio, está en las antípodas del mensaje de Jesús y de la predicación apostólica.

Frente al Señor Todopoderoso del Antiguo Testamento se encuentra como antítesis el Dios encarnado en un Mesías débil que es rechazado, sufre y muere a manos de sus criaturas [2]. A la dinámica de la Ley y el cumplimiento de la misma; el cristianismo opone la dinámica de la Gracia y el amor regenerador.
Marción, que vivió aproximadamente entre el año 85 d. C. y hasta mediados del segundo siglo, es quizá el personaje más conocido de la historia en su rechazo del Antiguo Testamento como Escritura Sagrada. La razón principal de ello, como bien analiza Juan María Tellería, fue su lectura estrictamente literalista del Antiguo Testamento [3]. Su postura no era única y ganó muchos adeptos.


Frente al Señor Todopoderoso del Antiguo Testamento se encuentra como antítesis el Dios encarnado en un Mesías débil que es rechazado, sufre y muere a manos de sus criaturas

Marción parte de la reflexión del problema del mal en el mundo, y como estaba firmemente convencido de que la divinidad suprema ha de ser esencialmente buena, llegó a la conclusión que “el origen del mal estaba no en un Dios supremo, sino en el Poder divino creador de este mundo tan perverso, quien quiera que fuese. La respuesta a quién había sido ese creador lo tenía Marción en la Biblia hebrea: Yahvé, el dios del Antiguo Testamento, a quien se podría denominar también Demiurgo, utilizando la terminología platónica para el hacedor de este mundo material” [4].

La influencia de Marción fue tan grande, que Tertuliano llega a decir que la doctrina marcionita "ha llenado el mundo entero"[5]. Y la prueba más elocuente de esta gran difusión y de la necesidad de la Iglesia de reaccionar contra Marción son las numerosas obras polémicas que, en diversos lugares del Imperio, se compusieron contra Marción [6]. Se expandió en el tiempo y todavía en el siglo IV, Agustín de Hipona, en su juventud, fue miembro de un grupo maniqueo que despreciaba el Antiguo Testamento por considerarlo amoral y calificarlo de repugnante; abogaban por un cristianismo primitivo sin necesidad del testimonio de los escritores hebreos.

A principios del siglo XX el eminente teólogo protestante liberal Adolf von Harnack escribió una influyente obra, en la que colocaba a Marción en paridad con Lutero respecto a su carácter reformador y su acercamiento histórico-gramatical a la Escritura: Marción: das Evangelium vom fremden Gott (Marción. El Evangelio del Dios extranjero).
En ella dice:“Rechazar el Antiguo Testamento en el siglo segundo, fue un error que la gran Iglesia condenó con razón; mantenerlo en el siglo dieciséis fue un destino al que la Reforma todavía no se podía sustraer; pero, desde el siglo diecinueve, conservarlo todavía en el protestantismo como documento canónico, de igual valor que el Nuevo Testamento, es consecuencia de una parálisis religiosa y eclesiástica” [7].

Fue muy común entre los eruditos de la alta crítica de la época de Harnack rechazar el Antiguo Testamento como producto del pueblo judío, objeto de ataques cada vez más frecuentes. El asiriólogo Friedrich Delitzsch calificaba Biblia hebrea como un corpus de literatura religiosa enteramente superfluo para el conjunto de la cristiandad [8].

No hay que irse a representantes tan elevados del pensamiento, para encontrarse, quizás no con el mismo nivel de consciencia y comprensión, pero si con la misma inquietud y desazón interna, con muchos lectores comunes de la Biblia, que cuando atraviesan la densa lectura del Antiguo Testamento, tropiezan con muchas historias y textos duros y difíciles de asimilar. Es más, perciben que se enfrentan a dos revelaciones de Dios en conflicto en la misma Biblia: una de ira y otra de amor. Incluso aquellos creyentes que tienen por costumbre leer la Biblia completa, suelen leer el Antiguo Testamento de un modo ligero y muy selectivamente [9]. La mayoría opta por no leerlo en absoluto, excepto ciertos pasajes escogidos circunstancialmente.

Para muchos la lectura del Antiguo Testamento les supone una prueba y un desafío a su fe. Nada de qué extrañarse, y mucho menos que condenar, hay que darse cuenta que es un problema más común de lo que parece. Uno de los más famosos biblistas de nuestros días, John Dominic Crossan, escribió una interesante obra con el sugerente título de Cómo leer la Biblia y seguir siendo cristiano [10].


Para muchos la lectura del Antiguo Testamento les supone una prueba y un desafío a su fe

El jesuita Roger Lenaers, ciertamente un espíritu crítico, llega a decir, muy en línea con Marción, aunque con otros argumentos, que la Iglesia debería atreverse a eliminar el carácter sacro del Antiguo Testamento. Es más, debería desaconsejar la lectura total de la Biblia por parte de los fieles. El mundo descrito en los textos bíblicos le es extraño a la gran mayoría de los fieles, razona Lenaers. Falta familiaridad con las costumbres e ideas de antes. En vez de la Biblia entera, propone editar “antologías con textos relativamente accesibles. Y aun entonces muchas explicaciones serían imprescindibles, lo mismo que una introducción general a los problemas con los que se confronta la lectura del lector moderno de estos textos cuya antigüedad se remonta a 2000 años o más”[11].

Esta problemática, tan antigua y tan moderna, pone delante de nuestros ojos la necesidad de la formación bíblicoteológica de todo lector de la Biblia. No basta con saber leer y tener fe para entender e interpretar correctamente la Biblia, y menos aún el Antiguo Testamento. Por eso, y para empezar, recomiendo la lectura del artículo de Juan María Tellería, “El Antiguo Testamento, y nosotros” [12], y para continuar y ahondar más, su Teología del Antiguo Testamento (CLIE 2018).
Los cristianos del siglo II y posteriores, exorcizaron el peligro marcionita afirmando y confesando sin ambages el monoteísmo bíblico. No hay dos dioses, uno bueno, el Dios “extraño” más allá de la creación, y otro malo, el Demiurgo creador de este mundo de miseria y miserable. Hay dos Testamento y un solo Dios, unidos por una línea roja de salvación que culmina en Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre. “El mismo único Dios del Antiguo y del Nuevo Testamento se propuso una finalidad única: la salvación de la humanidad”, escribía Teodoro de Mopsuestia [13].


A la vez, en oposición a la lectura bruta, literal de la Escritura practicada por los marcionitas, aconsejaron y practicaron la lectura espiritual, simbólica, alegórica, ya presente en la hermenéutica judía de su época. No renegaron de la letra, pero la leyeron a la luz del Espíritu de Cristo. Así es como Agustín, a fuerza de escuchar los sermones bíblicos de corte alegórico de Ambrosio de Milán, se despojó del lastre maniqueo, recuperó su fe católica, y comenzó a apreciar la belleza y sabiduría de la Escritura por encima de lo “bárbaro” de su lenguaje. La alegoría —sin menosprecio del sentido gramatical— se convirtió en un poderoso instrumento de unificación de las Escrituras frente a las pretensiones heréticas marcionistas, gnósticas y maniqueas [14].

La interpretación alegórica no es una manera caprichosa de hacer decir a la Biblia cualquier cosa a gusto del lector, antes, al contrario, está firmemente anclada en Jesús, en su propio ejemplo. Jesús también fue un lector piadoso del Antiguo Testamento, y cuando se expresa lo hace según las viejas categorías bíblicas. Pero algo nuevo ocurre, como señala Henri de Lubac, Jesús hace explosionar la Escrituras, “las sublima y las unifica haciéndolas converger sobre Él” [15]. Toda la Escritura es percibida con una luz nueva. “Toda la Escritura es, por Cristo, transfigurada” [16].


La interpretación alegórica no es una manera caprichosa de hacer decir a la Biblia cualquier cosa a gusto del lector, antes, al contrario, está firmemente anclada en Jesús, en su propio ejemplo.

Paul Beauchamp, teólogo y gran especialista en Sagradas Escrituras, ahonda en esta línea con una intuición sugerente y muy fecunda en el estudio exegético del Antiguo Testamento y su relación con el Nuevo. Comienza diciendo en su magnífico estudio L’un et l’autre Testament: “El cumplimiento de las antiguas Escrituras no nos proyecta hacia el nuevo Libro, sino fuera de cualquier libro. Las Escrituras del Antiguo Testamento no se cumplen en las Escrituras del Nuevo”. No, porque, nos remiten al acontecimiento de Cristo y su facticidad [17].

Frente a Marción y sus epígonos modernos, no hay que desprenderse del Antiguo Testamento, sino al contrario, adaptarse a él como el recinto construido para albergar a Jesucristo en su condición de siervo (cf. Flp 2:7). Sin él, Jesucristo no puede ser conocido. “Este recinto se va excavando lentamente, según un proceso histórico, hasta su completo vaciado, que el Espíritu ha venido a colmar. Jesús tenía que asumir la semejanza para que su identidad quedara revelada fuera de toda semejanza” [18].

La Escritura no llega a su cumplimiento más que propulsándonos fuera de ella, al acontecimiento de Cristo, su vida y su muerte. “La cruz de Cristo es la clave de las Escrituras precisamente porque revela a los pueblos la clave de su historia y se la muestra en los humanos que estos pueblos rechazan” [19]. Cuando dejamos que Jesucristo sea la norma y criterio de la Biblia cristiana, entonces muchas de las dificultades con que nos topamos en nuestra lectura del Antiguo Testamento comienzan a ser despejadas, como hace notar Crossan [20].

Como he escrito en otro lugar [21], Jesucristo debe guiar tanto nuestra conducta como nuestra lectura y entendimiento de la Biblia, pues Él es la llave que nos abre su significado más profundo. Esto nos ayudará a mantener una relación sana y fructífera con lo que ella significa en sí misma y para nosotros. Así lo entendió Jesucristo cuando dijo a sus oyentes que “Abraham vuestro padre se regocijó de ver mi día; y lo vio, y se gozó” (Jn 10:25), pues para Jesús toda la Biblia da testimonio de él (Jn 5:39).


Jesucristo debe guiar tanto nuestra conducta como nuestra lectura y entendimiento de la Biblia, pues Él es la llave que nos abre su significado más profundo.

Luego, ni Antiguo Testamento al destierro, ni al encumbramiento a una posición que no le corresponde, que es la tentación y el peligro que hoy vive la mayoría del fundamentalismo evangélico, literalista y acrítico. El Antiguo Testamento no es un código de leyes que imponer en nuestro tiempo. Cumplió su papel en Israel, pero hoy ya no estamos bajo la Ley, sino bajo la gracia (Ro 6:14), o si se quiere bajo la ley del Espíritu, y donde está el Espíritu allí hay libertad (2 Co 3:17).

Incluso, desde el punto vista de la moralidad cristiana, el Antiguo Testamento deja mucho que desear, aunque sea a la vez un claro testimonio del valor de la santidad y el anhelo de justicia de los creyentes de la antigua alianza. Para el cristiano, como escribe José Luis Sicre, a la hora de encarar el problema moral del Antiguo Testamento, “el principio más importante es que la moral del Antiguo Testamento es imperfecta. La revelación definitiva de Dios le llega a través de Jesús, que, según el evangelio de Mateo, distinguió claramente entre las normas enseñadas a las generaciones antiguas y la moral nueva, típica del cristiano […].Por eso, el Antiguo Testamento no debe ser norma absoluta de conducta para el cristiano, ni tampoco motivo de escándalo. En todo caso, motivo para escandalizarnos de nosotros mismos, viendo lo poco que hemos avanzado a pesar del mensaje y del ejemplo de Jesús” [22].

Cuando los cristianos leemos el Antiguo Testamento —decía el entonces el cardenal Ratzinger— no lo leemos en sí mismo y por sí mismo; lo leemos siempre con Él y por Él. De ahí que no tengamos que cumplir la ley de Moisés, ni las prescripciones de pureza ni los preceptos sobre los alimentos ni todo lo demás, sin que por eso la palabra bíblica se haya quedado vacía de sentido ni de contenido. No leemos todo esto como algo que está en sí mismo terminado. Lo leemos con Aquel en el que todo se ha cumplido y en el que todo cobra su auténtico valor y verdad.




Por eso, leemos el relato de la Creación de la misma manera que la Ley, también con Él, y por Él sabemos —por Él, no por un truco posteriormente inventado— lo que Dios a través de los siglos quiso progresivamente imprimir en el alma y en el corazón del hombre. Cristo nos libera de la esclavitud de la letra y nos devuelve de nuevo la verdad de las imágenes” [23].


NOTAS___________________

[1] A este tema, y teniendo en cuenta la mentalidad moderna, tan sensible a la violencia, dedica G. Barbablio su libro Dios ¿violento? Lectura de las Escrituras hebreas y cristianas (Verbo Divino, Estella 1992); cf. Paul Beauchamp y Denis Vasse, La violencia en la Biblia (Verbo Divino, Estella 1992). Uno de los argumentos contra la creencia en Dios del científico ateo Richard Dawkins, es precisamente este. “Dios es el personaje más desagradable de toda la ficción: celoso y orgulloso de serlo, un controlador fanático mezquino, injusto e inclemente; un «limpiador» étnico vengativo y sediento de sangre; un matón caprichosamente malevolente, misógino, pestilente, megalomaníaco y sadomasoquista” (El espejismo de Dios. Espasa, Madrid 2012). Véase Jesús García Trapiello, El problema de la moral en el Antiguo Testamento. Herder, Barcelona 1977.

[2] En la ideología de Marción, Jesucristo es víctima de la ira y crueldad del Dios-Demiurgo creador que lo llevará hasta a cruz. Jesús sufre voluntariamente la muerte a manos de los esbirros del Dios creador, su enemigo, pues esta muerte es un auténtico “rescate” de la humanidad de manos de ese Creador. Dos obras muy completas sobre Marción son la de Judith M. Lieu, Marcion and the Making of an Heretic. God and Scriture in the Second Century (Cambridge University Press, Nueva York 2015), y la de Sebastian Moll, Marción. El primer hereje (Sígueme, Salamanca 2014).

[3] Juan María Tellería, Teología del Antiguo Testamento, p. 58 y ss. CLIE, Barcelona 2018.

[4] Antonio Piñero, Cristianismos derrotados. Edaf, Madrid 2009.

[5] Tertuliano, Adversus Marcionem, V, 19,2.

[6] Samuel Fernández, “La salvación sin mediaciones según Marción y la respuesta de Tertuliano”, Teología y Vida, 42/1-2 (2001), pp. 50-73.

[7] Adolf von Harnack, Marcion:das Evangelium vomfremden Gott. Leipzig 1920. Reimpresión, Darmstadt 1985, pp. XII y 217.

[8] Friedrich Delitzsch, Die grosse Täuschung (La gran decepción), p. 95. Stuttgart, 1920-1921

[9] A esta actitud y costumbre inconsecuente responde Phillip Yancey en su obra La Biblia que leyó Jesús. Ed. Vida, Miami 2003.

[10] John Dominic Crossan, Cómo leer la Biblia y seguir siendo cristiano. Luchando con la violencia divina desde el Génesis al Apocalipsis. PPC. Madrid 2016.

[11] Roger Lenaers, Otro cristianismo es posible, p. 54. Editorial AbyaYala, Quito 2008.

[12] Juan María Tellería, “El Antiguo Testamento, y nosotros”, https://www.escritorioanglicano.com/single-post/2019/05/13/Elantiguo-testamento-y-nosotros

[13] Teodoro de Mopsuestia, Introducción al comentario sobre Jonás, PG 66,318.

[14] Juan Varo Zagra, “Agustín de Hipona y la exégesis alegórica”, Florentia Iliberritana 16 (2005), pp. 339-352.

[15] Henri de Lubac, La Escritura en la Tradición, p. 10. BAC, Madrid 2014.

[16] H. de Lubac, La Escritura en la Tradición, p. 25.

[17] Paul Beauchamp, El uno y el otro Testamento. Cumplir las Escrituras, p. xxvii. BAC, Madrid 2015.

[18] P. Beauchamp, El uno y el otro Testamento, p. xxviii.

[19] P. Beauchamp, El uno y el otro Testamento, p. 444.

[20] J.D. Crossan, Cómo leer la Biblia y seguir siendo cristiano, pp. 49 y 275.

[21] A. Ropero, “Jesucristo, clave hermenéutica de la Escritura”, https://www.escritorioanglicano.com/singlepost/2019/04/10/JESUCRISTO-CLAVE-HERMENÉUTICA-DE-LAESCRITURA-

[22] José Luis Sicre Díaz, Introducción al Antiguo Testamento, p. 38. Verbo Divino, Estella 2011.

[23] Joseph Ratzinger, Creación y pecado. EUNSA, Pamplona 1992. Cf. F.F. Bruce, Esto es aquello. Editorial Mundo Bíblico, Las Palmas de Gran Canarias 2001.



Alfonso Ropero es Doctor en Filosofía (Sant Alcuin University College, Oxford Term, Inglaterra) y  Máster en Teología por el CEIBI. Es autor, entre otros libros, de Filosofía y cristianismoIntroducción a la filosofíaLa renovación de la fe en la unidad de la IglesiaMártires y perseguidores; La vida del cristiano centrada en Cristo.


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