Protestante rico, católico pobre - Por Alfonso Ropero


Es un tópico común decir que los países protestantes son más ricos que los católicos. Todos lo hemos dicho o pensado en un momento u otro. Se explica diciendo que en los países protestantes existe una ética del trabajo que falta en los católicos. Por eso los países del sur de América vieron con buenos ojos, ojos de los libertadores, la introducción del protestantismo de sus vecinos del norte, de Estados Unidos, para intentar dinamizar sus sociedades y equipararlas económicamente a esa nación cada vez más poderosa en el panorama mundial.

La obra del gran científico social Max Weber, La ética protestante y el espíritu de capitalismo (Die protestantische Ethik und der 'Geist' des Kapitalismus, 1904-1905) parecía a muchos demostrar la ecuación protestantismo = capital; catolicismo = pobreza. El filósofo español José Luis Abellán no tuvo problemas en defender la tesis de la pobreza católica como una nota de superioridad del catolicismo sobre el protestantismo capitalista y materialista[1]. Curiosamente, también los promotores de la teología de la liberación, asumieron el mensaje de pobreza católico, mediante una interpretación espiritual de la pobreza unido a un marxismo metodológico inspirado en la lucha de la explotación del hombre por el hombre. Así lo ve el mismo Abellán[2].

Dejando a un lado la mucha tinta que ha hecho correr la tesis de Max Weber, baste decir para nuestro propósito, que Weber se propuso como primer objetivo responder al concepto del materialismo dialéctico marxista elevado a categoría científica para la interpretación de la historia y de la economía. Su estudio del papel histórico desempeñado por elementos pertenecientes a la esfera supraestructural de la sociedad, como la ética y la moral religiosa, demuestra el carácter causal y determinante de estos factores espirituales en la economía, lo que le coloca en una posición contrapuesta a la teoría materialista de la historia sustentada por el marxismo[3].

El capitalismo existía antes del capitalismo, como hace notar Weber. Era el capitalismo de grandes riquezas concentradas en las manos de un pocos que hacían gala de una gran ostentación y poder. El capitalismo que Weber analiza, es el capitalismo moderno europeo, austero en la persona de sus gestores, e inversor en industrias y proyectos empresariales, propio de los países donde prevaleció la ética puritana.


Endurecimiento de las condiciones laborales

En la época feudal, regulada por la doctrina y potestad de la Iglesia católica, todo era miseria, barbarie y superstición, según el imaginario que se impuso luego de la Reforma y la Ilustración. Siempre, antes de nosotros, tinieblas. Con nosotros arriba la luz. Pues bien, en la Inglaterra del siglo XV un trabajador necesitaba diez semanas de su trabajo para adquirir el pan de un año, en 1726 precisaban la totalidad de sus ingresos. ¿Qué había ocurrido entre ambas fechas? La Reforma en Europa, el Puritanismo en Inglaterra. A los trabajadores el protestantismo no les supuso ninguna mejor económica, sino todo lo contrario. Cuando los campesinos alemanes, que notaban como su vida se iba deteriorando, con ocasión de la revolución protestante, cuando muchos príncipes se independizaron del control de Roma, pidieron a Lutero que intercediera por ellos. Solo pedían que se terminaran los abusos que se cometían contra ellos, y que, en nombre de la fraternidad cristiana, recibieran un salario suficiente para alimentar a su familia. Al principio Lutero simpatizó con ellos, pero cuanto estos, viendo que no se respondía a su demanda, iniciaron una revuelta —tan común en la época como hoy serían las huelgas, bajo el símbolo de la alpargata o zapato campesino—, Lutero se puso de parte de los príncipes. Hubo ciertamente violencia por parte de los campesinos, pero nada comparable a la violencia de los poderosos, católicos y protestantes unidos en esta ocasión para aplastar a los revoltosos. Un poco más y no dejan ninguno. Y si algunos dejaron con vida fue simplemente porque de otro modo se quedarían sin los brazos necesarios para las faenas del campo. A partir de entonces, en la protestante Alemania, la vida del campesino empeoró y no levantó cabeza hasta bien entrado el siglo XX. 

Pues bien, en la Inglaterra del siglo XV un trabajador necesitaba diez semanas de su trabajo para adquirir el pan de un año, en 1726 precisaban la totalidad de sus ingresos. ¿Qué había ocurrido entre ambas fechas? La Reforma en Europa, el Puritanismo en Inglaterra. A los trabajadores el protestantismo no les supuso ninguna mejor económica, sino todo lo contrario.

La disolución de los conventos y monasterios y su apropiación por parte de los potentados y grandes señores, redujo aún más el nivel de vida de los campesinos, pues se les privó de unos terrenos comunales que, aunque pertenecientes a los monjes, estaban a disposición libre de los aldeanos. Encima se les encareció el arrendamiento y se endureció las condiciones de trabajo.

Los pobres, como dijo Jesús, siempre estarán con nosotros (Mt 26:11), y estos sobrevivían de la caridad, de la limosna y de la «sopa boba» de los conventos. La primera decisión del primer rey protestante en Inglaterra, Eduardo VI, fue legislar sobre la obligatoriedad del trabajo, pudiendo ser sometidos a esclavitud los transgresores de esta disposición. El acta dice literalmente que se mandará «marcar a los mendigos con un hierro candente y se los declarará esclavos por espacio de dos años», durante los cuales sus amos podían ponerles una argolla de hierro y mantenerlos solamente con pan y agua. «¡Esta fue la acta precursora de esa famosa ley en cuya virtud se estableció la iglesia de Inglaterra!», exclama indignado. «¡Robar a los infelices el único recurso que para alivio de su miseria les habían señalado la magna Carta, la justicia, la razón, las leyes y la naturaleza, no concederles ningún otro, y sin embargo condenarlos a la esclavitud, marcarlos con hierros candentes, cargarlos de cadenas o engancharlos como animales de tiro por solo el crimen de implorar la compasión pública para remediar su hambre!»[4].

La situación de los campesinos empeoró dramáticamente debido a la enormidad de los impuestos, las leyes que fijaban salarios bajísimos a los trabajadores, la avaricia de los especuladores en papel moneda y de los que vivían de las contribuciones los cuales chupaban, a manera de voraces sanguijuelas, la sangre del pobre. Por el contrario, en la Inglaterra papal del siglo XIV, el Parlamento inglés, durante el reinado de Eduardo III (1312-1377) fijó los salarios de los trabajadores de tal modo que pudiera acceder a la carne de vaca, de cerdo, de carnero y de ternera. Un carretero ganaba en un día casi el importe de un pato y medio cebado, y una mujer el importe de dos cuartillos de vino tinto. Un segador podía adquirir un vestido con el trabajo de seis días; un carretero podía comprar casi un par de zapatos con el salario de un día, con el de cuatro un carnero gordo esquilado, algo impensable en los siglos posteriores a la Reforma, cuando la dieta de carne solo era posible en las mesas pudientes. Los pobres se tenían que contentar con pan y agua. Es lo que lleva a William Cobbett a asegurar que la Reforma empobreció y degradó la masa general del pueblo en Inglaterra e Irlanda. Hay aquí también algo de panfletario, pero en términos generales nos pone sobre aviso respecto a esa fácil equiparación entre protestantismo y riqueza. El doctor Davide Cantoni, Profesor de Economía e Historia de la Economía en Ludwig-Maximilians-Universität München, escribió una tesis sobre «Los efectos económicos de la reforma protestante», donde analiza el crecimiento económico de 272 ciudades alemanas (162 luteranas, 88 católicas y 21 calvinistas) de 1 300 a 1 900, llegando a la conclusión de que la diferencia de religión no explica las diferencias de crecimiento entre unas y otras[5]. «La economía entiende muy poco de dioses», dice el titular de Prensa del País, donde se pregunta por qué triunfan o fracasan los países. 

Y llegó la Revolución Industrial

Puesto que la verdad está en la Biblia y esta no puede aumentar y disminuir, dejemos estas cuestiones para los divinos (teólogos), y dedíquese el esfuerzo generalizado de las mejores mentes del país a las artes útiles del comercio y la invención de medios técnicos con los que mejorar la producción de bienes, dijeron los utilitaristas. Así es como algunos países protestantes, en una escalada secularista impensable en los países católicos, donde la religión ocupaba la mayor parte del espacio social y las inquietudes de las mentes más ilustradas, se comenzó a improvisar una serie de inventos que iban a cambiar drásticamente el mundo del trabajo y los medios de transporte, lo cual daría una inmensa ventaja a esos países en el futuro. Así es como surgió la Revolución Industrial, dando lugar a un tipo de capitalismo acelerado, que tampoco repercutió en el bienestar general de la gran masa del pueblo, antes al contrario; la aceleración del ritmo de trabajo llevó a la concentración de la riqueza y de los instrumentos de producción en pocas manos. Las condiciones de trabajo, pese a la mejora introducida por las máquinas, en cuanto a ahorro de fuerza muscular o animal, no tuvo su contrapartida en la prestación de bienes para los manipuladores de esos nuevos medios mecánicos. La nueva situación resultó nefasta para los artesanos y para los trabajadores manuales. El hecho de que la mano de obra femenina e infantil resultara fácilmente adaptable a la producción mecánica y más barata que la de los varones, originó lo que es fácil de prevenir, el desempleo masivo de los obreros adultos, a la vez que se explotaba inmisericordemente el trabajo infantil. «Hubo lugares donde los niños, sometidos a durísimas jornadas de trabajo, permanecían encadenados a las máquinas para evitar que se durmieran. Poca distancia había entre este sistema y la situación de los esclavos en las colonias, donde imperaba la ley del látigo»[6].
 

Así es como algunos países protestantes, en una escalada secularista impensable en los países católicos, donde la religión ocupaba la mayor parte del espacio social y las inquietudes de las mentes más ilustradas, se comenzó a improvisar una serie de inventos que iban a cambiar drásticamente el mundo del trabajo y los medios de transporte, lo cual daría una inmensa ventaja a esos países en el futuro. Así es como surgió la Revolución Industrial, dando lugar a un tipo de capitalismo acelerado, que tampoco repercutió en el bienestar general de la gran masa del pueblo, antes al contrario

Fue una época terrible para los trabajadores, hacinados en celdas insalubres como colmenas, los hombres, sin trabajo, dados a la bebida, con toda la desgracia que esto acarrea en la familia. Un personaje chino se molestó de las imágenes que los misioneros británicos presentaban a sus compatriotas sobre la pobreza en el gran país asiático, y les desafió con ir al mismo corazón del gran Imperio británico, y tomar imágenes de los slums o suburbios obreros infectos de Londres. Seguro que aventajaría en miseria a los de China. La burguesía industrial, como ocurre en muchos países de Latinoamérica, creó sus propios barrios residenciales con jardines y dotados de todas las comunidades, estrechamente vigilados por la policía. 

No, los países protestantes no destacaron precisamente en el reparto equitativo de beneficios. No fueron los doctores de la Reforma, sino los intelectuales humanistas y los primeros reformados sociales, algunos de inspiración cristiana (los socialistas utópicos que llamó Marx), los que lucharon por aminorar el sufrimiento de la clase obrera e intentaron de crear una relación de cooperación entre capitalistas y trabajadores.

Basta lo hasta aquí dicho para darnos una idea clara de que, en términos de bien común, de mejora de la clase obrera, los países protestantes no superaron a los católicos. Hicieron falta muchas revueltas y revoluciones, con la pérdida de muchas vidas humanas, para que los Estados se preocuparan un poco por el sector más desfavorecido de la población, la clase obrera sometida a salarios de hambre y condiciones de vida miserable, como ciudadanos de segunda y tercera clase.


El Evangelio, entre la riqueza y el pauperismo

Es evidente, a la luz de las enseñanzas de Jesucristo y sus seguidores, que el cristianismo no estuvo en pro del capitalismo. Las advertencias contra el peligro y la riqueza injusta son constantes. «No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón» (Mateo 6:19-21). «Los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo y en muchos deseos necios y dañosos que hunden a los hombres en la ruina y en la perdición» (1 Timoteo 6:9).

Por otra parte, la riqueza puede ejercer un ministerio positivo, como es el alivio de la desgracia de los más desfavorecidos. «El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad» (Efesios 4:28). Queda bien claro que el apóstol Pablo no pensaba en términos individualistas, sino sociales, siempre preocupado por el bienestar común, de lo que él siempre dio ejemplo como apóstol y misionero, trabajando con sus propias manos para así no ser carga a nadie, sino al revés, «pobre, pero enriqueciendo a muchos» (2 Corintios 6:9).

Así, pues, el cristianismo no está a favor del capitalismo, ni del pauperismo[7]. La pobreza advenida o impuesta deshumaniza a la persona, y el cristianismo está por la humanidad de la persona, trabajador manual o no, por su realización como persona ante Dios y los hombres. La pobreza que deja a las familias en la indigencia, indefensas ante las enfermedades y sometidas a todo tipo de depresiones, que generan violencia, es un reto ante el cual todos debemos unirnos para buscar la manera de erradicarla, como hemos erradicado otros males del mundo. La pobreza elegida como estilo de vida, consistente en prescindir de todo lo accesorio que no contribuya a la realización personal y a la comunión más íntima con el Señor, es un camino abierto para todo aquel que así quiere manifestar su seguimiento de Cristo. Pero esto es una decisión de cada cual. Independientemente de un camino u otro, lo importante es ser conscientes de que, en cuanto cristianos, estamos por los demás, por su bienestar espiritual, psíquico y físico; por la redención del pecado, y por la salvación de las condiciones socio-económicas que oprimen a la gente. 


Notas:
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[1] Estudié esta con algún detalle en mi libro Filosofía y cristianismo. CLIE, Barcelona 1997. 

[2] José Luis Abellán, La idea de América: origen y evolución, p. 257. Iberoamericana Editorial, Madrid 2009. 

[3] Los interesados pueden consultar Carlos Alberto Mejía Sanabria, Karl Marx y Max Weber: ¿ruptura o continuidad? (Universidad del Valle – Cidse, Cali 2013); Michael Löwy, “Marx y Weber: Kapitalismus”, Estudios sociológicos XXXII, 96, (2014), pp. 655-677; María Celia Duek, “Max Weber: posición política, posición teórica y relación con el marxismo en la primera etapa de su producción”, Convergencia. Revista de Ciencias Sociales, 50 (2009), pp. 249-280. 

[4] William Cobbett, Historia de la Reforma Protestante en Inglaterra e Irlanda, vol. II, pp. 339-340. Librería Religiosa, Barcelona 1850.Véase Bronislaw Geremek, La piedad y la horca. Historia de la miseria y de la caridad en Europa. Alianza Editorial, Madrid 1989. 

[5] Davide Cantoni, “The Economic Effects of the Protestant Reformation: Testing the Weber Hipothesis in the German Lands”, Journal of European Economic Association, 13/4 (2015), pp. 561-598. Véase Joaquín Ocampo Suárez-Valdés, “Revisitando la Reforma protestante (1517-2017): ética, economía política y liberalismo”, Revista de Historia Moderna, 36 (2018), pp. 350-376. 

[6] Vicente Aguilera, La vida en la era de las revoluciones, p. 26. Mas-Ivars Editores, Valencia 1972. 

[7] Véase Craig L. Blomberg, Ni pobreza, ni riquezas: una teología bíblica de las posesiones materiales. CLIE, Barcelona 2013.

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Alfonso Ropero, historiador y teólogo, es doctor en Filosofía (Sant Alcuin University College, Oxford Term, Inglaterra) y máster en Teología por el CEIBI. Es autor de, entre otros libros, Filosofía y cristianismo; Introducción a la filosofía; Historia general del cristianismo (con John Fletcher); Mártires y perseguidores y La vida del cristiano centrada en Cristo.



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